Balcones

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Hay tanto que decir de los balcones. Se ha escrito tanto de ellos: desde Shakespeare con Romeo entrando clandestinamente en el cuarto de Julieta; Gustavo Adolfo Bécquer, con sus nidos de golondrinas, y hasta no recuerdo qué inspirado compositor con aquello de: “tírala por el balcón, si tú no la tiras la tiro yo, eh, tírala…”.

El balcón puede ser el rincón preferido en casa. Imagíneselo pintado con su color preferido, con plantas y flores, par de butacones o balances y el fresco entrándole de frente en verano. ¡La vida misma! Incluso uno de espacio pequeño, bien aprovechado, puede hacer lo suyo por esa felicidad que todos buscamos. Porque tal vez no se trata tanto del área como del hecho de que al balcón “se sale”, mientras al cuarto, el baño, la cocina, e incluso la sala y el comedor, “se entra”.

Y lo nuestro, por idiosincrasia, es sobre todo “salir”, al espacio abierto, la luz, el aire, el sol por las mañanas y el cielo con luna y estrellas por las noches; ver gente en la calle, movimiento, saludar a una amistad que pasa, preguntar qué vino al agro, bajarle la jabita con una soga al mensajero, en fin, comunicarnos.

Claro que en esto de los balcones, como en mucho de lo nuestro, también hay extremos, sobre todo en lo concerniente al “salir a”. Hay quien sale muy temprano en la mañana, dispara par de cubos de agua desde su balcón y luego saca la frazada de limpiar y la exprime en el vacío, sin mirar si más abajo hay sábanas blancas colgadas.

También están los niños, siempre comiendo golosinas, frutas o “la papa”. Esos que tiran los papelitos, las cascaritas o el puré, para que la abuelita crea que se lo comieron todo. Y los no tan muchachitos, que sacan al balcón unos bafles con los cuales le regalan al barrio la música de su preferencia (la de ellos), todo el día, a todo volumen. ¡Alegre que es la gente del barrio!

Cuando hay cumpleaños y otras fiestas familiares, desde algunos balcones llueven cajitas vacías, cucharitas plásticas, merengue, cigarros encendidos y hasta tragos de ron y cerveza. Son de ese tipo de celebraciones donde se tira la casa por la ventana (balcón en este caso).

Los balcones pueden ser atalayas desde las cuales ciertas personas con ojos bien entrenados te pueden observar, sin que tú los veas, en momentos y circunstancias en que preferirías no ser visto por nadie; o como palcos de un teatro o gradas de un circo romano cuando se casa alguien en la cuadra, hay un choque en la esquina o una bronca. Todo el mundo sale a mirar y luego se preguntan y se responden y hacen comentarios unos a otros, de balcón a balcón.

Se ven muy bonitos esos espacios hogareños en días de fiestas nacionales, con banderas al viento y gente arremolinada cantando a voz en cuello, o gritándole a algún conocido: “¡Sube, sube!”, y el conocido que ve el alboroto allá arriba pero no oye lo que le gritan: “¿Qué tú dices?”, y allá arriba que tampoco lo escuchan por la música y las risas, vuelven a invitarlo: “¡Sube, sube!”.

De esos diálogos a distancia hay variantes para un domingo cualquiera en el que uno supone que puede dormir por lo menos una hora más porque es día de descanso. El niño ansioso de juegos le grita a la madre desde la acera: “¡Maaammíííí, tírame el guante!”. Y la Maaaammíííí, le explica sacando medio cuerpo por el balcón, que no sabe dónde está y entonces el chiquillo le indica dónde, pero resulta que allí tampoco, y el niño de nuevo —¡qué pulmones!— insiste que si no están ahí los busque en el closet y si no…

Claro que sería absurdo culpar de esto a los balcones, que también resultan muy a propósito para cumplir la tradición, a las 12 en punto del 31 de diciembre, de tirar un cubo de agua hacia afuera, “pa que se vaya lo malo”. Lo malo es que usted asome en ese momento la cabeza y le maleen la inauguración del año. Es como para decidirse y cumplir de una vez por todas la promesa: “Este año sí permuto, aunque sea para una casa sin balcón”. 

 Por Heriberto Rosabal /nacionales@bohemia.co.cu

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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