Migraciones

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En sus orígenes, los hombres y mujeres iban de un lado para otro buscando mejores condiciones naturales de vida. Eran recolectores y trashumantes que no habían aprendido todavía que con su inteligencia y trabajo podían establecerse en un sitio y crear por sí mismos las condiciones para vivir establemente en un  mismo lugar.

Luego de alcanzado el sedentarismo, las migraciones se mantuvieron como opción ante situaciones muy graves de pobreza, hambrunas y pandemias, desastres naturales, guerras de conquista, conflictos bélicos brutales, regímenes dictatoriales, incertidumbres e inestabilidad política, entre otras causas.

Hubo flujos migratorios masivos muy importantes en la época moderna, como el de los europeos hacia las Américas, para conquistarla y someterla. Apropiarse de sus riquezas mediante la explotación de los pueblos originarios primero, de los esclavos africanos después y, posteriormente, extenderla a los criollos.

También el de los pueblos africanos, traídos por los europeos para las Américas, donde los explotaban como esclavos en sus colonias del Nuevo Mundo.

Menos conocidas fueron las poblaciones europeas obligadas a emigrar por hambrunas y represión en sus países de origen, como los irlandeses y los italianos.

Las causas más extendidas han sido las económicas, la aspiración de poder resolver los problemas fundamentales de la subsistencia y vivir un poco mejor.

La emigración es clasista

Emigran los pobres, los trabajadores y los pueblos de los países subdesarrollados. Cuanto más problemas hay, más masivo y trágico es el movimiento migratorio. Los ricos, los explotadores y los ciudadanos de los países desarrollados no emigran, hacen turismo o viajan con misiones de sus empresas y gobiernos para velar por sus negocios e intereses. O vienen a estudiarnos, ver cómo somos, a redescubrirnos.

No tiene nada de particular que EEUU y sus aliados más desarrollados de Europa Occidental, sean los principales receptores de millones de emigrantes de los países pobres del planeta, atraídos por los estándares de vida existentes en esas naciones, devenidos aspiración para millones de personas en el mundo.

Es común escuchar, como una verdad absoluta, que Europa Occidental pudo reconstruirse después de la II Guerra Mundial gracias al Plan Marshall, que no fue un acto de solidaridad de los EEUU —donde no detonó una bomba ni se libró un solo combate—, sino una gigantesca operación de expansión del liderazgo político internacional, del capital financiero y el comercio de mercancías de EEUU en el mercado europeo, aparte de la necesidad  de enfrentar la influencia positiva y creciente del socialismo en los pueblos que sufrieron directamente y por segunda vez la destrucción que lega las pugnas y las avaricias imperiales.

Sin embargo, nadie menciona la explotación de las colonias que desde el siglo XVI tenían las metrópolis europeas en África, Asia, Oceanía y América, que las convirtió en países ricos, y las que todavía tenían al concluir la última guerra mundial, que fueron sometidas a una explotación intensificada.

En la actualidad el flujo migratorio internacional ha crecido en espiral y complejidad en el mundo de la globalización neoliberal y unipolar liderado por EEUU a causa de las profundas injusticias que lo caracterizan, como las graves y hondas desigualdades económicas y sociales que han surgido; el sometimiento de la sociedad y el estado burgués tradicional al libre mercado y los intereses del capital financiero y especulativo; la tiranía del libre mercado; la privatización de los servicios públicos; la apropiación de las riquezas nacionales por el capital extranjero; el aumento de la explotación sobre las clases trabajadoras y el empobrecimiento de las capas medias de la sociedad; la inestabilidad política, los conflictos armados, las guerras de rapiña e intervenciones militares de EEUU y la OTAN en los países subdesarrollados; el acelerado deterioro del medioambiente, el incremento de los desastres naturales y otras causas.

Ya no existen la URSS, el campo socialista ni la guerra fría para echarles la culpa. También desapareció el balance de fuerzas internacionales que contenía la voracidad y la agresividad del capitalismo, potenciadas desaforadamente después de 1991, porque el pretexto de la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico internacional es un cuento que, ni siquiera potenciado mediáticamente, alcanza para encubrir la codicia de los poderosos, ni justificar las guerras que han tenido lugar ni la carrera para multiplicar el arma nuclear ni otros sofisticados medios para matar más y mejor.

Miles de personas mueren todos los años intentando emigrar en precarias condiciones a través de fronteras terrestres y los mares, o a merced de las mafias de traficantes humanos.

Los trabajadores migrantes que logran llegar al Norte desarrollado asumen las labores que el estadounidense y el europeo se niegan a realizar. Se trata de los empleos con actividades más duras y menor remuneración, algunas de ellas con fuerte impacto en la salud por ser físicamente muy agotadoras o altamente contaminantes.

Por su condición de migrantes, muchas veces ilegales, son sometidos a leoninas condiciones de trabajo y superexplotación, sus salarios son inferiores, no tienen ningún derecho y deben callar o perder ese empleo que les permite subsistir en mejores condiciones que en sus naciones y les da algunas posibilidades de ayudar a sus familiares, en contexto peores en sus lugares de origen; o se les somete a abusivas y prolongadas detenciones para luego ser expulsados hacia sus países sin contemplaciones.

Y en las condiciones de la crisis económica mundial que vivimos, en EEUU y Europa crecen todavía más las medidas restrictivas y xenófobas contra los inmigrantes.

Robo de cerebros: el crimen mayor

Entre las peculiaridades del mundo neoliberal que reflejan la voracidad de los países más ricos sobre las riquezas de los países subdesarrollados, ocupa un lugar jerarquizado el “robo de cerebros” y la selección de fuerza de trabajo calificada,  que les llevan para las metrópolis imperiales, atraídas por buenos contratos o la esperanza de alcanzarlos.

Es el capital humano creado en los países del sur, el único que a la larga puede producir el desarrollo y la eliminación de la pobreza en sus naciones. Al migrar para los países ricos deja de  ser un factor activo del progreso del lugar donde nació. Son personas que aun con su preparación o justificados en ella misma, se ven forzados a emigrar por problemas económicos u otros ya mencionados. No se emigra por placer, emigrar no es viajar, son excepciones los que se van por deleite a otra geografía, otra cultura, otra historia, otra psicología, otras costumbres, otras formas de hablar que no es la suya.

Algunos académicos magnifican el papel de las remesas que hacen los emigrantes a sus familiares y las presentan como ayudas al desarrollo económico de los países. Es cierto: ayudan a  quienes las reciben porque contribuyen a resolver algunos de los acuciantes problemas que de manera personal o familiar confrontan. En este sentido, contribuyen a la estabilidad y la paz social, pero no tienen ese impacto en la economía de los países ni en el desarrollo, sólo posible con el resultado del trabajo y las inversiones en los procesos productivos, los servicios, la calificación y la salud de la fuerza de trabajo.

Una gran parte de la divisa enviada por los emigrantes, se queda en las metrópolis y los bancos de los países desarrollados. No llega al destinatario, que recibe moneda nacional y en muchos casos es un dinero circulante sin respaldo en valores creados, lo cual propicia los procesos inflacionarios. Incluso, si llega la divisa al destinatario, esta debe cambiarse en moneda nacional y la divisa regresa a las metrópolis y los bancos imperiales.

No hay nada nuevo en lo que aquí se explica. Tampoco es una crítica a la emigración. Se trata de apuntes reflexivos sobre lo que la vida real y concreta nos ha enseñado, lo que hemos visto y hemos estudiado.

Lo importante es no quedarse en la contemplación del problema, ni huir de la miseria, ni siquiera denunciarla, sino cambiar los problemas que dan lugar a la emigración, cambiar el sistema que produce hambre, pobreza, enfermedades, explotación, embrutecimiento, egoísmo, corrupción, guerras, represión y el endiosamiento del dinero y la ganancia, en vez de resolver necesidades del ser humano común y del conjunto de la sociedad.

 Por Amado Soto García/Bohemia

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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