Curiosidades de la capital cubana

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Así es mi Habana

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Caminemos por La Habana, capital de Cuba, y encontremos su magia. Sus personalidades ilustres y sus personajes pintorescos; su ecléctica arquitectura; su vegetación exuberante, misterios y leyendas; su cultura que rebasa los límites de sus fronteras marinas. Hoy, le proponemos conocer algunas curiosidades de esta ciudad

La Habana.- Son muchos y variados los sitios de interés de La Habana reproducidos en la propaganda turística.

Pero hay esencias de La Habana que no están captadas en la publicidad y que escapan al visitante, que quizás retorne a su país – o a sus provincias- sin conocer al menos algunas de las curiosas historias esta ciudad. Es difícil que alguien le informe sin más. Hay que rastrear los secretos.

Algunos son asuntos íntimos, otros personales. Todos pintorescos. Un consejo: si usted llega a La Habana debía buscar las historias que no aparecen en los folletos turísticos, hablar con la gente, preguntar…

Hay personajes históricos o modernos, anécdotas, sitios y hasta ciertas formas picarescas que no van a la cuenta de la historia pero que forman parte de la capital cubana. Tampoco puede negarse que escritores, sobre todo de temas costumbristas, han testimoniados estos haceres de una ciudad de dos millones de habitantes, muchos de ellos procedentes de otras provincias, que han cargado maletas, pero también cuentos, leyendas e inventivas.

Es interesante que hace muchos años –como también ahora lo hacen algunos compositores- la música ha sido la polea transmisora de la cotidianeidad. Son los llamados cronistas sociales del pentagrama.

Le pongo un ejemplo. Si le dijeran que los marcianos (sí, esos del planeta Marte) visitaron La Habana, ¿qué usted pensaría?

Pues bien. No llegaron en una nave espacial, pero si en el repertorio de una famosa orquesta, hoy en día una de las más populares del país, la Aragón, creada en la sureña provincia de Cienfuegos bajo la dirección del maestro Rafael Lay.

La Aragón, creadora del ritmo cha cha chá, dedicó una de esas piezas a los marcianos que no se sabe bien donde aterrizaron, pero que los músicos aseguran llegaron “bailando el ricachá”.

Dicen que todo partió de cierta señora que se ausentaba del hogar, tras el supuesto chisme de que había marcianos en La Habana. Imaginen el resto.

Hay otra pieza musical que pone al desnudo las mentiras de una habanera, magra de carnes, que rellenó sus ropas para abultar el trasero y contonearse en la célebre esquina de Prado y Neptuno para atrapar la mirada masculina.

“Estaba gordita/muy bien formadita/y todos los hombres la tenían que mirar…/”, denunciaba la pieza. Y en otra parte reseñaba la historia: “Se ha sabido que en sus formas, relleno tan solo hay. ¡qué bobas son las mujeres que nos tratan de engañar”. Pues bien. Todo indica que la joven existió y su secretó quedó inmortalizado por el compositor y director de las orquesta América, el maestro Enrique Jorrín.

Y, ¿conocía que la cantante Rita Montaner, nacida en la villa de Guanabacoa, llevó a planes estelares el popular maní tostado, cuando recreó el pregón de los vendedores de la leguminosa escrito por el compositor Eliseo Grenet?

“Maní, maní, si te quieres con el alma divertir, cómprame un cucuruchito de maní”, declamaba la diva desde su escenario…

Maní, por cierto, que aliviaba el hambre de los habaneros por los años 50.

Asimismo, en aquella época en la barriada de Luyanó vivió un hombre al que llamaban Bigotegato. El individuo en cuestión poseía un mostacho profuso, a la usanza de los tiempos coloniales, con la punta engomada mirando el cielo.

Era muy difícil dejar de mirar aquel enorme bigotazo que captó la atención del famoso Benny Moré, quien inmortalizó al Bigotegato de Luyanó en una de sus pegajosas melodías.

Mucho se ha escrito y hablado sobre el Caballero de París, que para tenerlo siempre presente vive bajo forma de estatua en dos puntos de La Habana: a la entrada del Convento de San Francisco de Asís y en la Pizzería Cinecittá, sita en la histórica intersección de las calles 23 y 12, en el Vedado.

El Caballero de Paris –que en realidad era español- fue un personaje muy querido de los citadinos, con quienes conversaba, hacía bromas. Su largo cabello y su barba blanca asustaban a los más chicos. Hoy, su figura en bronce, en especial la situada en la Habana Vieja, siempre tiene flores entre sus manos, en tanto las bellas besan su eterno rostro.

Fue el inolvidable cantante de danzones Barbarito Diez, quien en un pegajoso estribillo decía, con respeto y cariño: “¡Miren quien viene por ahí, el Caballero de Paris…!”

Pero, alejándonos ya de tales personajes llevados a la música, conversemos sobre la disposición del habanero de cambiar los nombres de los objetos.

Por ejemplo, llama Almendrón a los autos antiguos que ruedan por la ciudad, algo que pudiera confundir momentáneamente al turista con una gigantesca y deliciosa almendra. Los Almendrones, de los años 40 y 50, prestan servicios de alquiler a la población. Y la mayoría está como acabado de salir de la industria.

Las bicicletas –también llamadas chivo- coparon la imagen de La Habana en un período en el cual la economía cubana tocó fondo, luego de la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista de Europa del Este.

El alto número de esos equipos traídos de China, todas iguales, paliaron la ausencia casi total de transporte urbano. Sin embargo, de nuevo se manifestó el carácter distintivo, emprendedor y optimista del habanero.

Cada cual comenzó a transformar su equipo, cambiando detalles, eliminando piezas, cambiando colores, agregando adornos, inventando dispositivos para ampliar las plazas de ocupantes o para elevar la fuerza del pedaleo.

Cada bicicleta se convirtió en una historia personal y única, que pasó inadvertida a los reconocimientos Guiness, quizá por el propio y exclusivo detalle de la colectividad. Muchas bicicletas se convirtieron en bici-taxis y ahora también forman parte del transporte urbano, con sus sombrillas protectoras del sol y de la lluvia caribeña.

Un distintivo muy especial de La Habana, sobre todo en algunos barrios son las sábanas y otras ropas que cuelgan de sogas en los balcones, ganándole el espacio al aire que no encuentran en las pequeñas viviendas.

Las sábanas blancas –esas especialmente- casi volando en el espacio, captaron la atención del cantante y compositor Gerardo Alfonso, quien llevó las modestas piezas a los lugares más altos de la popularidad musical.

Sorprende muchas veces a los extranjeros como La Habana devino, por el interés de sus habitantes y las instituciones, en una plaza cultural pública, sin privaciones.

Cultivadores de las bellas artes, individuales o colectivos, profesionales o aficionados, están con sus obras en las calle de muchos barrios capitalinos, y también abundantes son los que disfrutan de tales producciones artísticas. Así, en Centro Habana, está el callejón de Hamel, y en la marinera Jaimanitas, las obras del ceramista Fuster copan la localidad, dándole un tono distintivo, y en la Habana Vieja las mulatas vestidas a la usanza de las esclavas constituyen un espectáculo.

Escenarios abiertos, como en el parque Trillo, también en Centro Habana, donde hay personas que tocan rumba y otros que la bailan en las aceras; hogares convertidos en talleres literarios, tertulias de poesías. Espacios comunitarios que se unen a los habituales para contribuir al desbordamiento de esa actividad humana en cada uno de los 15 territorios que conforma la geografía habanera.

Por eso le advierto: muchos de estas informaciones no están en el soporte turístico sobre La Habana. Hay que encontrarlas. Estas líneas son sólo un adelanto.

Por Lázaro Pérez/ http://www.radiometropolitana.cu

 

 

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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