La violencia de género en la sociedad cubana. Educación Popular: desmontando mitos

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¿Cuál es el panorama de la violencia de género en la sociedad cubana? ¿Qué diferenciaría y asemejaría el caso cubano al de otros países de América Latina y el Caribe?

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Mareelén Díaz: En la sociedad cubana está presente la violencia contra la mujer al igual que en cualquier sociedad del planeta. Cuba no escapa a este fenómeno global.

Si es diferente o semejante la violencia que ocurre aquí a la de países latinoamericanos y caribeños, es otra cuestión. Podría compararse a partir del registro de actos violentos constituidos en delito y que son denunciados ante los órganos de justicia (que reflejan en mayor medida violencia del hombre hacia la mujer). Pero esta cantidad es mínima en relación con lo que ocurre realmente en la sociedad.

Hay una cultura de no denuncia e incluso pareciera que se perciben más efectos negativos con la denuncia que con el sostenimiento en el tiempo de conductas violentas.

A esta invisibilidad contribuye que la violencia en la familia provoca sentimientos de vergüenza, pena y minusvalía en las víctimas, por lo que tratan de ocultar eventos lacerantes provenientes de personas que deberían ofrecer cariño, apoyo y amor.

Además, existe la concepción de que los asuntos familiares y, en mayor medida, los eventos de violencia, corresponden al mundo privado del hogar, aun cuando se violen derechos elementales de los seres humanos. Esta idea responde al refrán popular que reza: “los trapos sucios se lavan en casa”.

Otro elemento tiene que ver con que, de generación en generación, se ha legitimado un proceso de naturalización de la violencia intrafamiliar .

Las desigualdades de poder –real o simbólico-, las relaciones que privilegian a unos y discriminan a otros, las concepciones rígidas que imponen límites, derechos, deberes, espacios y normas al resto; producen realidades violentas que pueden ser aceptadas o no por los miembros de la familia, pero que siempre establecen conflictos relacionales e insatisfacciones individuales.

Aun con la información acumulada, las investigaciones realizadas hasta ahora, al no tener un alcance nacional y no estar basadas en muestras estadísticamente representativas, no permiten determinar con precisión los niveles de violencia intrafamiliar y, específicamente dentro de esta, la violencia contra la mujer, prevalecientes en Cuba; ni tampoco posibilitan efectuar comparaciones internacionales detalladas al respecto.

Tomando en cuenta la naturaleza de nuestro sistema sociopolítico, que promueve la solidaridad entre las personas, así como el desarrollo social alcanzado por nuestro país en diferentes esferas y la existencia de una amplia red de instituciones que actúan a nivel comunitario, puede suponerse que los niveles cubanos de violencia intrafamiliar son inferiores, tanto en cantidad como en gravedad de los hechos en cuestión, a los prevalecientes en la mayoría de los restantes países latinoamericanos.

Pero, desafortunadamente, esto no puede comprobarse. Sólo conozco de un estudio cualitativo que aborda la comparación y trabaja con pocos casos.

Me he referido explícitamente a la violencia contra la mujer porque me parece más claro el término. Sin embargo, no es la única forma de expresión. No toda la violencia que ocurre en la familia puede explicarse a partir de la dominación masculina y los ejes esenciales de la cultura patriarcal.

El círculo de la violencia se explica mediante tres ejes de análisis: la transmisión intergeneracional de modos de comportamientos cargados de expresiones de violencia, la alternancia de los roles de víctima y victimario en las mismas personas en el funcionamiento del grupo familiar, y el vínculo entre el funcionamiento familiar en situación de violencia y la violencia social.

En los tres ejes se aprecia una relación dialéctica en la que existe una interconexión, que en última instancia explica la trama en la cadena de producción de la violencia intrafamiliar, por supuesto, en conexión con la violencia social.

En los tres ejes se aprecia una relación dialéctica en la que existe una interconexión, que en última instancia explica la trama en la cadena de producción de la violencia intrafamiliar, por supuesto, en conexión con la violencia social.

Clotilde Proveyer: Muchas veces en Cuba se evita el tratamiento sistemático de la violencia porque aún funcionan mitos y estereotipos que obedecen al peso de la cultura patriarcal y, aunque se han operado cambios sustantivos en la situación social de las mujeres cubanas que marcan diferencias importantes en sus manifestaciones con otras realidades nacionales, su presencia en nuestro entorno no tiene carácter excepcional.

Téngase en cuenta que Cuba es un país con una cultura patriarcal entronizada en la identidad de las y los cubanos, en la forma de concebir y materializar las relaciones intergenéricas y, por ende, en la socialización de género que predomina aún en la sociedad. Hablar de las semejanzas y diferencias requiere de estudios más documentados.

Pero algunos resultados de investigaciones e indagaciones apuntan a cifras proporcionalmente menores de mujeres víctimas de homicidios, al menor tiempo de duración de las relaciones en las que el hombre maltrata a su compañera, a mayor autonomía femenina en la esfera económica y emocional, entre otros hallazgos.

Sin embargo, estos indicadores no pueden llevarnos ni a la complacencia ni a la falsa idea de que, con todas estas transformaciones, tenemos resuelto este problema social, tan viejo como la propia sociedad.

Norma Guillard: Considero que la punta del iceberg de la violencia está justamente en la influencia de la cultura patriarcal, cosa no fácil de resolver por todo lo que implica modificar algo a ese nivel. Es innegable que en Cuba el machismo está muy enraizado y a veces nosotras mismas, como mujeres, nos dejamos influenciar y no cooperamos en su erradicación, al mantener el hábito de mujer protectora.

La diferencia de la violencia en Cuba con otros países de América está relacionada con la educación de la población y el desarrollo de la autoestima de la mujer, que no permite que los momentos de violencia de género lleguen a situaciones más graves. Contamos con un desarrollo mayor de la equidad, no hay diferencias laborales en salarios y hay una mayor sensibilidad para enfrentar las secuelas que nos quedan.

Gabriel Coderch: La violencia de género está siendo estudiada cada vez más, y van aflorando sus causas. Pero no sólo debemos desnaturalizar las causas de la violencia de género, sino de cualquier forma de manifestación de violencia en la sociedad.

En Cuba hay un problema serio de violencia contra la mujer. Por una parte va el discurso, las mejores ideas, y por otra la realidad. Vivimos en medio de la violencia, ya sea como víctimas o victimarios, y muchas veces la consideramos como algo privado: un hombre agrede a su esposa y esto, por lo general, queda en lo privado, como quedan las veces que una esposa es violada por su marido. Y, si el violado es un hombre, ¿a quién se le ocurriría ir a levantar una denuncia?

Es cierto que hay países donde es alarmante el número de mujeres violentadas y muchas veces se sabe por la prensa amarillista, que en Cuba, gracias a Dios, no tenemos. También que muchas mujeres cubanas no hacen las denuncias correspondientes y aquí entran a jugar muchos factores, como el que un agente de la policía puede llegar a decirle a una mujer que no debía hacer la denuncia porque esas son cosas entre marido y mujer, por ejemplo.

Es que se echa un manto sobre el fenómeno, como si no pasara nada. Pero, para una sociedad humanista como la nuestra, el hecho de que haya violencia en una familia, una forma de violencia –aunque sea una– en un barrio o una comunidad, debe ser preocupación de todos.

Considero que es muy válido que existan centros académicos que estudien el tema y desde ellos se hagan aportes, pero son necesarias intervenciones directas, que trabajen a nivel de la subjetividad de las personas, en las que se descubran las formas de violencia y se puedan visualizar.

Esther Suárez: Cuando estuve trabajando en México como docente, conocí de muchos casos de violencia de género y pienso que es algo culturalmente enraizado allí, que se produce en todos los sectores sociales.

En Venezuela, en 1994, la conocí, pero en los estratos humildes de la sociedad, los de menor grado de instrucción. En Cuba es algo generalizado, si vemos como violencia de género la imposición por la fuerza de los hombres al abordar un ómnibus o penetrar en un recinto; la ocupación por los hombres de los asientos de los transportes públicos; el proferir palabras obscenas en los espacios públicos, sin el mínimo pudor, ante la presencia de mujeres, ancianos o niños; el comportamiento diferenciado de los funcionarios públicos en dependencia del sexo del sujeto que tengan como dialogante.

De todo ello tengo decenas de ejemplos. Creo que una diferencia estriba en que, en los países foráneos, hay una mayor educación formal, con independencia de la existencia de maltratos físicos y sicológicos del hombre hacia la mujer en el seno de la familia y el hogar y, también, en el espacio laboral. Entre nosotros esa educación apenas se ejercita.

Aquilino Santiago: Los tópicos que se tratan en las actuales propuestas investigativas son en extremo interesantes, porque abordan un problema que pudiera parecer muy singular y muestran una multiplicidad de aristas que lo tornan muy complejo.

Particularmente no sé si alguien pudiera sentirse en posición de hacer afirmaciones conclusivas o de abarcar el fenómeno con todas sus implicaciones. Pero, honestamente, no es mi caso. Se impone que todos los interesados en resolverlo hagamos nuestros modestos aportes, sin temores ni superficialidades, hasta que logremos un espacio plural, multidisciplinario y abierto, que cree progresivamente un arsenal teórico para la toma de decisiones.

No creo que la violencia de género de Cuba sea un problema pequeño ni particular. Minimizarlo o pretender su inaccesibilidad, escudándonos en sus características particulares, nos aleja de la solución. En mi experiencia personal, los trabajos que he leído de autores de la región tienen más similitudes que diferencias con la realidad cubana y esto nos haría remontarnos a nuestra herencia cultural común hispana o latina, pero más allá todavía.

 Me atrevería a afirmar lo mismo de trabajos europeos o estadounidenses. Pienso que sería más útil concentrarnos en las similitudes, que no son pocas y nos ayudan a economizar –si evitamos elementos básicos ya tratados–, que detenernos a hacer diferenciaciones triunfalistas o excluyentes.

La prolongada crisis económica que vive la población cubana, el incremento del consumo de alcohol y drogas legales e ilegales, la convivencia de varias generaciones en una misma casa, entre otros, han sido descritos por algunos estudiosos como desencadenantes de la violencia de género en Cuba. ¿Qué hay de cierto en estas supuestas evidencias que relacionan estos factores con el aumento de la violencia de género? Para usted, ¿cuáles son las verdaderas causas de este fenómeno?

Clotilde Proveyer: No son supuestas las evidencias que muestran que el consumo de alcohol y de drogas, así como las situaciones de crisis, se convierten en desencadenantes o catalizadores de conductas violentas, pero la causa real de este problema social tiene que ver con relaciones de poder y control.

Vuelvo entonces a la reflexión anterior sobre la cultura patriarcal. Está demostrado que, cuando hay paridad, hay negociación en la resolución de conflictos. No podemos olvidar que la violencia supone siempre un acto relacional y debe haber un actor empoderado y otro carente de poder.

Históricamente, las mujeres han sido un grupo social subalterno del poder masculino y ahí está la más importante razón de la violencia de género: el uso de la violencia como un mecanismo de control patriarcal.

Mareelén Díaz: Todos esos factores complejizan y muchas veces están presentes en la violencia en las familias y, específicamente, contra la mujer, pero no son su causa.

La violencia es aprendida. Se incorpora al repertorio de respuestas conductuales de las personas, a partir de sus referentes y concepciones propias, elaboradas sobre la base de concepciones sociales.

Estas nociones, incorporadas a la subjetividad individual y social, “naturalizan” el comportamiento violento, lo hacen “legítimo, justificado, efectivo y hasta necesario” a los ojos de quien lo ejecuta de manera acrítica.

Una buena parte de estos conceptos descansa en la cultura patriarcal, que no está interiorizada de igual modo en todos los individuos y a la que tampoco se puede responsabilizar absolutamente.

La importancia de admitir que la causa de la violencia está en el aprendizaje individual y social radica justo en su pronóstico futuro: si la violencia es aprendida, es modificable.

Norma Guillard: Ciertamente, estos son muchos de los factores detonantes de la violencia de género. Pero el factor fundamental está relacionado con la necesidad de modificación de los patrones culturales y de trabajar el tema del respeto a la otra persona.

Esther Suárez: Doy por sentado que el consumo de alcohol y drogas puede incidir, al menos en los casos en que la reacción sea la violencia. Pero creo que la causa principal es social y cultural: crisis de valores, ausencia de normas, de orden…

Aquilino Santiago: Afirmar que la violencia de género que sufrimos hoy es consecuencia de la crisis, implica una fractura con una tradición androcéntrica y violenta, que siempre ha existido. Definitivamente, una sensibilización hacia su registro la ha hecho brotar a la opinión pública.

Sin embargo, negar las particularidades de los tiempos que vamos viviendo, sería otro extremo igual de desacertado. No estamos apelando a una solución cobarde o mediocre por su eclecticismo, pero sí nos proponemos una disección cuidadosa del tema.

Se impone diferenciar un sustrato tradicional sociocultural, en un escenario postmoderno y lleno de especificidades. El éxito de nuestra empresa radica en poder enfrentar tanto lo histórico —que resulta más fácil de identificar y más complejo de resolver, por una razón obvia de continuidad— como lo actual, que nos sorprende por su ocurrencia, pero sobre todo que hace posible la intervención.

Gabriel Coderch: Yo no considero que las drogas y el alcohol sean desencadenantes de la violencia. En las comunidades donde hemos trabajado el tema, como parte del programa de capacitación que llevamos a cabo desde el Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar A. Romero (OAR), hemos podido constatar que hay personas alcohólicas o consumidoras de drogas que jamás han levantado ni la voz.

Claro que también los hay que agreden, pero más porque se sienten controladores y desean confirmación del poder del macho sobre la mujer, los hijos y la familia. Las verdaderas causas de la violencia son otras. Por una parte está esa falsa creencia del poder del hombre, como causa fundamental de la violencia de género a partir de la relación de poder.

Si lo vemos desde la subjetividad de la mujer, apreciamos el miedo que sienten ante el “poder” del hombre, la baja autoestima, la victimización por depresión. Las mujeres aún no están dotadas de mecanismos defensivos.

Los actos violentos son más frecuentes en Cuba hoy, si se compara con décadas anteriores, o son más visibles gracias al camino abierto por las investigaciones científicas  desde la década del noventa, intentos aislados de los medios de comunicación y el inicio de cierta toma de conciencia de diferentes actores sociales?

Mareelén Díaz: Puede compararse a partir de una percepción personal, pero es muy difícil hacerlo desde el punto de vista científico, si no cuentas con datos cuantitativos y/o cualitativos para interpretar la realidad.

Un estudio evolutivo tendría que saltar grandes obstáculos metodológicos. Por otro lado, se trata de un fenómeno que se ha caracterizado, durante siglos, por su invisibilidad. Hay que luchar por hacer visible lo que intencionalmente se oculta por diferentes razones.

Que se hable más del tema en los medios de comunicación y en las investigaciones, no significa necesariamente que el fenómeno se ha incrementado. Además, se debe tener en cuenta que un resultado inevitable del tratamiento del tema implicará un incremento del número de casos que sale a la luz pública.

Es mejor valorar los esfuerzos según el número de casos atendidos y la cantidad de acciones locales y estrategias globales dirigidas a la transformación, y trabajar en función de la prevención. Aunque los resultados no sean inmediatos, sí serán más sostenibles.

Clotilde Proveyer: No podría responder con exactitud. La carencia de estadísticas macrosociales nos puede llevar a la especulación. También es importante tener en cuenta que este problema social ha estado muy estigmatizado por consideraciones culturales estereotipadas.

Sin embargo, no caben dudas sobre lo que está significando, en materia de concientización y de documentación científica, lo que se realiza desde la academia, los medios de comunicación y las organizaciones sociales.

Hemos comenzado el proceso de desmontaje de los mitos que rodean a la problemática de la violencia en Cuba. La creación del Grupo Nacional que coordina la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), y que este año cumple 10 años, ha sido una contribución importante, además de otras muchas y muy importantes iniciativas y acciones coordinadas que se están realizando en diferentes instituciones.

Quisiera enfatizar la importancia de los medios de comunicación en la toma de conciencia, no sólo sobre lo ilegítimo del proceder violento, sino sobre lo que debemos y podemos hacer para combatirlo y modificarlo.

Me parece oportuno destacar la importancia de la documentación mediática en este tema desde el compromiso, como lo muestra La deseada Justicia, el último documental de Lizette Vila. Obras como esta tienen un poder demoledor en la toma de conciencia.

Norma Guillard: Si comparamos, los actos violentos no son más sino que son diferentes, porque las causas son diferentes. La necesidad de la supervivencia trae como consecuencia un enfrentamiento y una pérdida de valores y eso es lo que más influye hoy.

La diferencia financiera frente a una realidad económica dura hace que se busquen estrategias que conducen, a veces, a la violación de derechos. En esta etapa parece que son más los actos de violencia porque están más visibilizados, pero siempre la ha habido de una forma u otra.

Si ahora los medios la reflejan, al igual que las investigaciones, es porque existe una realidad que la produce y porque se ha ganado conciencia de que no vivimos en una burbuja, ni somos perfectos.

Aquilino Santiago: Me parece evidente que, en la actualidad, existe en general una mayor violencia y una mayor violencia de género, una forma que yo considero secundaria. Más aún, hay un exceso en la dosis de violencia necesaria para cumplir los objetivos del agresor, que choca con los ideales éticos de convivencia y tolerancia.

Si se está tratando más el tema es, precisamente, porque se está acentuando el contraste entre un ideal y una realidad que no se resuelve en la medida en que muchos esperamos. Hay una tradición machista que perdura, hay matices actuales que tienen mucha relación con un contexto económico desfavorable y, sobre todo, aparece una inseguridad y una necesidad de reafirmación individual que nos hace percibir como peligroso todo lo diferente.

Entiéndase “lo diferente” en asuntos de género, raza, posición social y todo lo que quiera añadirse. La voluntad política de la macrosociedad es indispensable para la solución, pero no basta con eso. Lo difícil es convencer en el momento de brindar un recurso eficaz de no violencia para resolver las diferencias y para lograrlo se impone una actitud activa que requiere formar y sedimentar una tradición que demuestre su eficacia.

Esther Suárez: Depende de qué actos violentos estemos hablando. Si se trata de aquellos que incluye la crónica roja, no puedo saberlo. De un lado no hay crónica roja y, del otro, vivimos en el mejor de los mundos posibles. Si nos referimos a la violencia que enumero en la pregunta primera, ha crecido.

Gabriel Coderch: Considero que en la actualidad hay más actos violentos. En uno de los últimos cursos que facilitamos en el OAR se nos decía que vivimos hoy en una constante violencia.

Una madre violenta a su hija o hijo para que estudie una carrera de técnico medio, porque esta se estudia en la ciudad y tal vez después pueda acceder a la universidad. Las maestras y maestros violentan a sus educandos para que firmen un contrato para una de las carreras “priorizadas” .

Entre tanto, si esa muchacha o muchacho no accede ni a lo que desea su madre ni lo que desean sus profesores y quiere estudiar el preuniversitario (bachillerato), el Estado lo violenta a estudiarlo becado en una escuela al campo, lejos de su familia. Vemos cómo se nos violenta desde posiciones de poder y lo peor es que no nos damos cuenta.

Recuerdo que, al escuchar todo, esto me pregunté: ¿esto es violencia? Y mi respuesta fue afirmativa. Fueron estos actores sociales de los barrios los que me hicieron reflexionar. No es que todos lo hayamos hecho, pero sí muchos que son agentes transformadores y manejan la experiencia de la construcción colectiva que propulsa la educación popular.

¿La educación basada en la cultura de paz, en modelos más democráticos de convivencia y en esquemas menos rígidos para entender la sexualidad, las identidades de género y la relación entre ellos; será una fórmula viable a largo plazo para resolver el problema de la violencia de género? ¿Cuál sería el papel que, a su juicio, deberían desempeñar los medios de comunicación y hasta dónde podría contribuir la sociedad civil cubana en la promoción de un cambio?

Clotilde Proveyer: En primer lugar, quiero enfatizar la importancia de las vías educativas como imprescindibles para el desmontaje de las conductas violentas. Debemos trabajar denodadamente por el logro de una socialización de género que promueva la equidad, el respeto y la cooperación entre los géneros.

La violencia tiene un origen cultural y es preciso desmitificar la justificación de tales actos basada en la creencia sobre el carácter instintivo de la violencia. El instinto agresivo es innato, pero la acción cultural es la que genera la violencia. Las mediaciones culturales son tan importantes que pueden atenuar y/o modificar lo inscrito en los genes.

Tenemos que trabajar en la educación con perspectiva de género desde todas las instituciones socializadoras (la familia, la escuela, los medios de comunicación, entre otras), para enseñar a las niñas y los niños, desde edades tempranas, a convivir de manera respetuosa, revalorar lo que de humano prevalece en ambos géneros y promover la formación de identidades de género más plenas y humanas, sin discriminación ni subordinaciones.

Ya referí la importancia que le concedo a los medios como una vía de amplio alcance y de gran efectividad en el logro de estos objetivos. Ustedes también están haciendo una importante contribución en la sensibilización y concientización de cada vez más amplios sectores en nuestra sociedad.

Mareelén Díaz: En mi consideración, a los medios les corresponde el papel significativo que no se restringe a hacer visible el tema (que es importante), sino que también desde un rol bien activo puede contribuir mucho a la transformación social en cuanto a la educación, la socialización y el aprendizaje de modelos de comportamiento no violentos.

Es más fácil describir la violencia, sobre todo la física, y estamos menos acostumbrados a ejercer la comunicación positiva. Incorporar habilidades de la comunicación positiva implica que las personas sean capaces de expresar sus ideas y sentimientos honesta y claramente, sin ofender, agredir o amenazar a otros. Los medios no pueden entrenar la formación de estas habilidades, pero sí mostrarlas como referentes de relaciones interpersonales no violentas.

Cada vez más la democratización de la sociedad, la aceptación de la diversidad, la práctica de la tolerancia, el respeto a los otros y el desarrollo cultural en sentido amplio, constituyen elementos básicos para tender a disminuir la incidencia de la violencia en las familias. La multiplicación de iniciativas y de experiencias que contribuyan a estos objetivos, entre las que incluyo las de la sociedad civil en su conjunto, con un rol importante, no sólo puede sino que debe ser estimulada.

La tarea y el empeño son tan altos y complejos, que no logro imaginar un grupo social, una institución o sector de la sociedad que quede fuera. Incluyo también niveles: el social, el grupal, y también el individual. Mientras pensemos la violencia en otros, ajena, estaremos más lejos de modificar las concepciones básicas de la subjetividad social que la originan y la alimentan. Es esencial que cada persona pueda mirarse por dentro. Reconocerla es el primer paso para combatir la violencia.

Aquilino Santiago: Posiblemente sea más efectivo revisar las redes de apoyo social y facilitar la generalización de los factores protectores de la sociedad hacia las víctimas, que desgastarse en pensar cómo reprimir al agresor, sobre todo si pensamos que la violencia es una conducta que se aprende, por lo que el maltratador de género es víctima de violencia en otras muchas esferas.

Si la violencia persiste es porque sus resultados aplicativos son evidentes. Se aprende rápido y sin muchas exigencias intelectuales. Si alguien lo duda, que piense en lo eficaz que sería eliminar a todas las personas que le crean un conflicto. Nos toca demostrar y convencer de que el empleo de la violencia no es legítimo desde esas posiciones morales que nos mantienen unidos como pareja, como familia o como cualquier grupo humano.

Esther Suárez: Sin dudas el papel de los medios es determinante. También el de la escuela y del Partido Comunista de Cuba (PCC), sobre todo al interior de sus núcleos y de todas sus instancias. Ellos deben dar el ejemplo, para esto necesitan una educación en tal sentido. Es lamentable el nivel de dogmatismo y esquematismo que existe en esta organización política.

Norma Guillard: Justamente consideramos que la cultura de paz, los modelos de democracia en la convivencia, el respeto a la diversidad, una buena educación sexual serán los que, de una forma u otra, nos lleven a los cambios tan necesarios para enfrentar la violencia de género. En esto los medios juegan un papel determinante por su fuerza.

Dependerá de la voluntad de cambios de pensamiento en la dirección de los medios, porque también están compuestos por personas con vivencias particulares que pueden enfocar de forma negativa algunos problemas. Como decimos: “podría ser peor el remedio que la enfermedad”. Claro que no podemos olvidar que la mejora de la situación económica también jugaría su papel en la solución.

Gabriel Coderch: Por supuesto, educar en una cultura de paz es educar desde una postura no sexista, en la que hay un respeto y aceptación a lo diverso, en la que se ha elabora otro concepto de ser hombre y mujer.

No hay forma de entender la sexualidad si no se educa en una nueva cultura. No se puede comprender la violencia si no se conocen las causas y que, entre estas, están las relaciones de poder en las que la mujer heterosexual, el gay, la lesbiana y otros deben subordinarse al designio del “macho heterosexual” en la vida privada y en la pública.

Un papel importante lo tienen que jugar los medios, porque son controladores, son un núcleo operativo que hoy tiene una fuerza incalculable, por su alcance. Entonces, son los medios un motor impulsor importante. Son, en Cuba, los que pueden mover las ideas y los corazones, ayudar a romper los mitos y a valorar justamente las realidades. Por supuesto, siempre que haya una voluntad política. No se trata de que la televisión ni la prensa plana hagan un periodismo amarillista. Eso no es bueno.

Lo que tienen que hacer, sin temor alguno, es dar espacio para que la gente pueda visualizar la violencia, conocer los modelos “inadecuados” de masculinidad y feminidad, y desde ahí tratar de producir el cambio necesario, la lógica adecuada.

En estos momentos hay en la isla muchas organizaciones de la sociedad civil socialista, como el OAR, que estamos contribuyendo desde nuestros escenarios a visualizar el problema, a que las mujeres se empoderen para prevenir la violencia, a que los hombres reconozcan los comportamientos poco saludables en su definición de virilidad, a que admitan que un hombre tiene tanto derecho a llorar como una mujer, a que reconozcan que son violentos y que hay formas de no serlo, de resolver los conflictos, que nada tienen que ver con el empleo de la violencia. Hoy muchos estamos unidos en este trabajo.

Eso es parte de esa cultura de paz que estamos buscando y que deseamos, para que, sin renunciar a nuestras identidades, nos unamos con el noble fin de salvar a nuestra sociedad de este flagelo.

Por IPS

 
 

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Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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