Otras hegemonías posibles

Resulta imprescindible pensar, concebir, diseñar, rechazar fórmulas manidas, retóricas y proyectos agotados en la programación televisiva.

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El proceso comunicativo es una negociación que trasciende el acto estrictamente psicológico, abarca el ámbito cultural politizado para dar sentido al texto audiovisual. Los públicos son heterogéneos, participativos, críticos, reciben cada mensaje en dependencia de sus intereses, motivaciones, preferencias, los cuales condicionan el consumo, espacio activo de producción de sentido y, por tanto, de contradicciones.

En esta columna apunté que dicho panorama exige pensar cada vez más no solo en un espacio aislado, sino en el ordenamiento de la programación, teniendo en cuenta la adecuada jerarquización de espectáculos —noticieros, ficciones, musicales o emisiones de otros perfiles— que los destinatarios puedan apreciar de manera empática o crítica, en dependencia del sujeto y de la recepción, por lo general en familia.

Un acierto notable en la programación del Canal Educativo 2 ha sido abrir el universo informativo con 14 horas de transmisión de TeleSur y no cerrar la preferencia —como ocurría— a “lo mejor”, obviando la coexistencia de lecturas tan diversas como espectadores. Estos reconstruyen historias, aceptan o rechazan emisiones, estilos, informaciones, a partir de subjetividades, las cuales están mediadas culturalmente.

Sin duda, se favorece la oportuna y necesaria opción de colocar en la pantalla diversidad de conceptos, enfoques y dinámicas, con plena conciencia de que la televisión social nace bajo la impronta de la expansión a gran escala de dispositivos móviles inteligentes, el boom de las redes sociales, y el establecimiento de nuevos paradigmas de comunicación. Existe un nuevo sujeto, hijo de la cultura digital, al que hay que se le deben dar presupuestos de contenido, éticos, estéticos, creativos, frente a lo que recibe de fuentes no siempre fidedignas, las cuales establecen de forma consciente estrategias manipuladoras —suelen dar gato por liebre— mediante una euforia fabricada envuelta en la apariencia de verdad.

Hay que aprovechar la oportunidad de dejar ver, (re)conocer geografías, relatos, culturas ignoradas en su mayoría, y sobre todo, la eficacia del discurso televisual, en tanto descubridor de conflictos políticos, económicos y sociales.

Consciente de la amenaza del poder omnipotente de las transnacionales de la información, de su sistemática expansión, otros tonos, otros ritmos, otras maneras de mirar, ver, interpretar, coloca en la pantalla TeleSur; tampoco olvidemos que el significado de una obra audiovisual adquiere sentido al intervenir el lector-espectador, quien complementa el sentido propuesto por creadores y realizaciones.

Nuestros informativos tienen que alertar cada vez más sus miradas, oídos, inteligencias, propuestas, hacia la forma de organizar el torrente de imágenes y sonidos en un discurso coherentemente estructurado, sin perder de vista las estrategias del emisor y el contexto de recepción al cual va dirigido.

En concordancia con Jesús Martín-Barbero, “al sumirse como nueva experiencia cultural, la propia televisión abre el camino a hacerse alfabetizadora de la sociedad toda en los nuevos lenguajes, destrezas y escrituras audiovisuales e informáticas que conforman la específica complejidad cultural de hoy. Este rasgo delimita una tarea estratégica que pocos medios pueden llevar a cabo como la TV: la socialización extendida de los nuevos modos de aprender y saber, de leer y escribir, a los que se hallan asociados los nuevos mapas mentales, profesionales y laborales que se avecinan, y también las nuevas sensibilidades, estilos de vida, gustos”.

De igual modo, resulta imprescindible pensar, concebir, diseñar, rechazar fórmulas manidas, retóricas, proyectos agotados, en la programación dominical y durante el resto de la semana, en los canales nacionales, desde el establecimiento de otra hegemonía posible, basada en la competencia por asegurar la calidad artística del espectáculo televisual, imprescindible en todo tipo de emisiones y perfiles.

Cuando el espacio no interesa, el televidente apaga el artefacto, de esta manera reconoce otra hegemonía, la propia, que lidera en la TV en el siglo XXI, donde participa como público-hacedor-realizador.

Por Sahily Tabares /cultura@bohemia.co.cu

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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