Mujeres en prisión: una visita a la mayor cárcel de mujeres de Cuba. Fotorreportaje

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Nadie está en la cárcel por voluntad propia. Nadie quiere estar. Pero la sociedad castiga con el encierro a las personas que violan la ley. Sin embargo, la cárcel puede ser un simple almacén de desahuciados, o un taller para formar y rescatar seres humanos.

Los recursos con los que cuenta un Estado son importantes, sin embargo, la voluntad política de una Revolución determina. «De todos los programas, el que más me apasiona, es el de convertir a las prisiones en escuelas, porque es el más humano, justo y socialista de verdad», dijo Fidel en el año 2000. Periodistas extranjeros –por ejemplo, TVE, Reuters, Russia Today, entre otros–, y cubanos, compartimos una intensa jornada en dos grupos. El nuestro, visitó un establecimiento y un centro penitenciarios, palabras que marcan una diferencia de régimen para los internos.

La sanción puede ser cumplida en condiciones severas, medias o mínimas. No importa la cantidad de años a cumplir, el interno puede transitar por las tres categorías, de acuerdo a su comportamiento, a sus antecedentes. Estuve en la prisión de mujeres más grande del país, ubicada en el Guatao. La población penal femenina en Cuba es de solo 4 000 internas, mucho menor que la masculina, que ronda los 40 mil.

Este establecimiento tiene capacidad para 500, pero la cifra de internas no alcanza el máximo posible. Continuamente son trasladadas a otros lugares de régimen medio o mínimo. De cualquier manera, todas las internas con las que conversé aprenden o estudian algo. Las profesoras, las cocineras, las activistas de salud, las instructoras de arte, son también internas. Una artesana es Ingeniera. Una maestra que imparte un curso de secretarias ejecutivas es abogada, cumple una sanción de 12 años por tráfico de drogas. Pero el delito más común es el de malversación. A una mujer joven que acaba de ser internada por ese delito, le cuesta hablar, se le anuda la garganta, es ingeniera industrial, su vida se torció pero no está acabada. Quizás todavía no lo sabe. Entre las extranjeras, 18 en total, el delito tipo es la droga, son mulas de paso equivocado por La Habana. Claudia es boliviana, madre soltera de tres hijos, no podía salir adelante y se convirtió en mula. La apresaron en La Habana. Trabaja en una fábrica textil, y recibe un salario mensual de 1000 pesos, pero ha aprendido algunos oficios: es peluquera, bordadora, cocinera. Su conducta es buena. Estuvo ingresada en un hospital, por una isquemia cerebral, pero no le cobraron nada. Como a cualquier cubana. Le quedan diez meses. Cada quince días recibe la visita de un sacerdote, porque es católica.

Una mexicana dice que prefiere cumplir su condena en Cuba, porque la cárcel en su país es muy violenta. Las internas pueden disfrutar del «pabellón» con sus esposos o novios, en habitaciones cómodas y privadas. A veces, se embarazan y tienen, claro, los mismos derechos que cualquier mujer cubana. Pueden vivir con sus hijos hasta que estos cumplan un año de edad. Las vimos llorar, reír, jugar voleibol, recibir o impartir clases, cantar o recitar, bailar. Durante los años duros del Período Especial, hubo escuelas en el campo más deterioradas. El bloqueo hoy no permite mayores «lujos». Pero esto es una cárcel, lo sé. Ellas no están de paseo. Sin embargo, creo, estoy seguro, que no serán años totalmente perdidos en sus vidas.

Por Enrique Ubieta Gómez/Blog La isla desconocida

 

alumnas en una clase
artesana 
cocineras
en una celda (o albergue)
habitación para el encuentro de parejas (pabellón)
embarazadas mientras realizan ejercicios para el parto
 interna con su bebé (1)
interna con su bebé (2)
 sala de visita para la familia
una madre es visitada por su hijo
un partido de voleibol
cantante aficionada
mientras recita un poema de amor de Nicolás Guillén
grupo de danza

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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