Eterno Fidel: A tres años de su partida

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Por Dailenis Guerra Pérez / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

Dos veces estuve muy cerca de Fidel. Con tres años los recuerdos son muy vanos. A esa edad lo conocí y para mí ya era gigante. Sinceramente no recuerdo su temple, solo la multitud que me ahogaba y el momento exacto en que mi padre me alzó sobre sus hombros para que pudiera ver al hombre de mil batallas.

No retuve su discurso en aquella plaza, lo reviví luego de muchos años. Las instantáneas blanquinegras de aquel momento también, con su rostro resplandeciente de vigor y alegría.

La segunda vez las lágrimas corrían por mi rostro y caían sobre la ardiente carretera central. Su féretro navegaba sobre un mar de pueblo fiel y taciturno. Fueron instantes en los que perdí los sentidos, concentré la mirada en la urna de cedro, sudada del largo viaje y volví a ver las imágenes borrosas por mi llanto.

Raúl, martirizado por el dolor, hacía a la Patria estremecer con la noticia: Moría el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, el hombre que nos devolvió esperanza y confianza y nos hizo más dignos.

Cuando se cumple el tercer aniversario de su muerte, diversas maneras de evocar su legado se practican en toda la Isla. Los cubanos rememoramos sus pasos seguros, su léxico magnánimo, su pensamiento futurista, sus frases abarcadoras, previsoras y sabias.

Su presencia se desborda no solo en las instantáneas gráficas y las imágenes que se difunden por toda la Isla. Se refleja en todo el pueblo, en los que lo tuvieron mucho más tiempo por la edad, en los menos jóvenes y en las nuevas generaciones que lo convierten en paradigma.

Hubiera querido tener el privilegio de vivir cien horas con Fidel; sentir el calor de su mano gigante y seguir el correcto camino que trazaba su dedo índice mientras se alzaba, fiel aliado de sus palabras, en cada alocución. Confundiría entonces el verde olivo de su prenda con la Sierra Maestra y mi cuerpo se estremecería ante anécdotas de su hidalguía.

Al Comandante lo tuve siempre cuando más lo necesitaba. Desde 19 pulgadas iluminadas por la electricidad, mi madre me sentaba en la sillita de la sala y me decía: “Corre, que va a hablar Fidel”. Lo veía ahí, orientando al pueblo, inspirando confianza y ganas de luchar, de seguirlo, de vencer.

Y es que al hombre que prefirió ser ceniza desde la inmortalidad lo distinguió su entrega férrea a este pueblo. Donde estaba Fidel, todo era posible: Desde una escuela, una fábrica, un laboratorio, un hospital. Sus palabras no quedaban atrapadas por el viento, quedaban impregnadas en las mentes de aquellos que lograban materializarlas en resultados sin titubear.

Por eso Cuba pudo resistir el afán del imperio por retomar sus días de gloria basados en humillaciones y servilismo. El mismo enemigo que intentó despojar su cuerpo de su espíritu tantas veces, sin pensar que su existencia se multiplicó en aquella despedida donde todos gritamos ¡Yo soy Fidel!

Cuando eternizamos el concepto de Revolución como un deber, también somos Fidel, o cuando lo sentimos dentro y el pecho se oprime de dolor por su ausencia física y superamos la confianza en sus hazañas. Al Comandante lo hemos hecho carnal, no se volvió ceniza escoltada por dura y celosa piedra, es el andar de una Cuba resistente e invencible.

Foto de portada: Archivo AP.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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