Por Bruno Sgarzini

En 1954, el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz caminó en medio de una muchedumbre, compuesta por mercenarios, empleados de compañías afectadas con sus medidas económicas, y miembros del nuevo régimen que lo había derrocado, como traficantes de drogas de Puerto Rico, presidiarios de Colombia, y hasta el barman de un burdel en Tegucigalpa, Honduras.

México había conseguido que Estados Unidos le permitiese salir de Guatemala, luego del golpe orquestado por la CIA, pero debía hacerlo en medio de una muchedumbre que le arrojaba huevos podridos, ratas muertas y piedras porque el dictador Carlos Castillo Armas, contratado por 6 millones de dólares para derrocarlo, había prohibido que llegara en carro a tomar el vuelo que lo sacaría de su país.

En el aeropuerto, el embajador de Estados Unidos John Peufery, quien dirigió el golpe desde su sede diplomática con uniforme color caqui y una pistola Colt en la cintura, lo esperaba para obligarlo a quedarse en calzoncillos, a instancia de los secuaces de Castillo Armas, antes de subir a su vuelo con destino a México.

El coronel más popular de Guatemala, que solo había querido cobrar impuestos a la estadounidense United Fruit para darle zapatos a los niños de su país, se iba de su tierra en calzoncillos después de recibir cuanta cosa le pudieran tirar.

Los paralelismos con esta historia narrada por Ryszard Kapuciski y el escape al borde de la muerte de Evo Morales, también en un avión de México, pueden sonar forzados.

Pero la historia de la región en 1954 empezaba en Guatemala porque John Foster Dulles, secretario de Estado, y su hermano Allan Dulles, jefe de la recién creada Agencia Internacional de Inteligencia (CIA), daban su primer golpe en la región, luego de la Segunda Guerra Mundial, porque consideraban que Árbenz era un comunista por haber querido recuperar unas tierras otorgadas a la United Fruit para que los campesinos guatemaltecos la produjeran.

La compañía de la cual uno de los Dulles era abogado solo producía un 8% de las hectáreas en su poder otorgadas por el dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera.

Remodelar la memoria de BOLIVIA PARA BORRAR A EVO MORALES COMO INTENTARON CON PERÓN

Cuando Juan Domingo Perón fue derrocado por la «Revolución Libertadora» (un remezclado de militares, empresarios, Iglesia Católica y embajada de Estados Unidos) se prohibió decir su nombre y el de Eva Perón, además del nombre del Partido Justicialista y hacer cualquier gesto que tuviera que ver con su identificación política.

Una de las anécdotas de aquella época versaba sobre la cantidad de veces que los peronistas se reunían en alguna esquina de Buenos Aires, y gritaban «Viva Perón», antes de correr con todas sus fuerzas para que los policías no los metieran en la cárcel.

«La Revolución Libertadora», como se llamó ese experimentó, desató una brutal represión hasta contra las figuras del espectáculo y deportistas identificados con el ciclo peronista.

El objetivo era extirpar ese «tumor maligno» denominado peronismo. Remodelar la memoria de los argentinos sobre ese ciclo, y además, por supuesto proscribir al peronismo para que Argentina volviera a ser «un país de bien» donde el pobre supiese que siempre iba a ser pobre, como era desde los tiempos del modelo agroexportador al servicio de Gran Bretaña.

Desde 1955 hasta 1974, Perón dirigió desde el exilio todas las tendencias del peronismo, que actuaban con unidad cuando había que ir a votar, o cuando había que abstenerse. Así fue cómo el general, que se había ido del país por negarse a un baño de sangre entre argentinos, logró que el voto blanco superara al total de votos en el referéndum constitucional de 1957, y en ciertos momentos ordenó votar, por ejemplo, por Arturo Frondizi dándole la presidencia de Argentina hasta que los militares, de nuevo, le dieron un golpe por no poder evitar que el peronismo siguiera vigente.

La novela de enredos llegó al punto tal que, en 1964, Brasil prohibió salir a Perón en un vuelo hacia Argentina cuando la especulación sobre su regreso tenía a su país alborotado. Hasta que, finalmente, la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse firmó un Gran Acuerdo Nacional en el que permitió regresar al general a su país luego de 20 años de exilio. Eso sí, solo después de vencido el plazo para presentar su candidatura a las presidenciales de 1974.

Hoy en Bolivia se habla de Evo Morales y su partido el Movimiento Al Socialismo (MAS) casi con las mismas palabras. Los golpistas se niegan a dar garantías a Evo para que pueda volver al país sin ir preso, se le prohíbe además presentarse a un nuevo mandato, y hasta se dice que Bolivia fue «liberada» de una organización criminal.

Como en los tiempos de Perón se habla de una lista de «víctimas de los últimos 14 años de gobierno», y  se trata a una habitación de Evo en la casa presidencial como un gran lujo que se dio a «costa de los bolivianos», exactamente lo mismo que hicieron luego de derrocado Perón.

DEL FALLIDO MAGNICIDIO A UNA GUERRA CONTRAINSURGENTE IGUAL A LA DE LOS 70

En 1981, con poco tiempo de diferencia, los presidentes de Ecuador y Panamá, Jaime Roldós y Omar Torrijos respectivamente, murieron en accidentes aéreos con manufactura estadounidense por la oposición de ambos a alinearse con su política, según John Perkins, exsicario económico de Washington. Evo Morales unos días antes del golpe sufrió un accidente bastante similar con su helicóptero por el cual responsabilizó al jefe de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman, copartícipe del derrocamiento del presidente boliviano.

Kaliman fue formado en una Escuela de las Américas en Panamá, que solo en sus primeros años hasta 1975 había formado a 33 mil 147 militares latinoamericanos, entre los cuales 170 se convirtieron, casi inmediatamente, en jefes de gobierno, ministros, comandantes, generales o directores de los departamentos de inteligencia de sus respectivos países. El 30% de la formación en la Escuela de las Américas fue técnica y el 70% fue un directo adoctrinamiento político sobre la guerra contra el comunismo, y los valores del «cristianismo católico representados por Estados Unidos».

En Historia de la Doctrina de Seguridad Nacional, el profesor Édgar de Jesús Velásquez Rivera de la Universidad del Cauca afirma que la política de Estados Unidos para América Latina fue en los 50 de contención,  de contrainsurgencia en la época de los 60 y 70, y de conflictos de baja intensidad para «recuperar los territorios perdidos por el mundo libre» en los 80.

En esta fase, la Administración Reagan denominó a la insurgencia como un «tumor maligno que debía ser extirpado, mediante lo que se conoció como un conflicto de baja intensidad, que no hiciera distinciones entre civiles y personal militar (donde también se usara la ayuda económica y la asistencia humanitaria como armas del conflicto)».

«Una de las primeras etapas de todos estos procesos eran el destierro o eliminación de los líderes populares, reventando el tejido social de las organizaciones civiles haciéndolos amparados en normas legales de reciente creación por el legislativo, entre las cuales destacan la asignación de funciones de jueces a miembros de la fuerza pública y el establecimiento de teatros de operaciones», sostiene Velázquez Rivera sobre las distintas etapas de la Doctrina de Seguridad Nacional aplicada por Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.

Hoy Bolivia se encuentra rodeada de un continente donde en países como Ecuador se habla de luchar, de nuevo, contra la «insurgencia».

Al tiempo que la autoproclamada Jeanine Áñez crea su propias leyes para la represión, a través de decretos que eximen de responsabilidad penal a los militares que disparen contra manifestantes, y la persecución de altos dirigentes del MAS. Intentando de una u otra forma reventar el tejido social de las bases sociales que apoyan hoy a Evo Morales, como si de nuevo en la región hubiesen conflictos de baja intensidad para «recuperar los territorios perdidos por el mundo libre».

Las masacres de Senkata y Sacaba como una forma de instalar un nuevo Terrorismo de Estado 

La masacre más importante del siglo XX en América Latina ocurrió en El Mozote, un pueblo de El Salvador ubicado en el departamento de Morazán, donde en 1981 hacía vida la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. Por varios días, el batallón Atlácatl del Ejército salvadoreño, formado por la CIA, interrogó hombres, mujeres y niños, mediante torturas, para que confesaran sus vínculos con la guerrilla.

Al finalizar los cruentos interrogatorios, los militares ordenaron en filas a los hombres y niños antes de fusilarlos. Muchas mujeres, en cambio, fueron violadas hasta la muerte. Se estima que entre 800 y 1 mil personas murieron en esa masacre con el claro objetivo, por un lado, de exterminar la población civil, en un de área de influencia del FMLN, y por el otro, aterrorizar a todo aquel que colaborase, o pudiese hacerlo, con la guerrilla.

Hace unas semanas, la masacre de Senkata, El Alto, fue una operación de tierra y aire con helicópteros y tanques disparando a civiles desarmados. Oficialmente fueron asesinadas 11 personas, pero existen denuncias de desapariciones, cadáveres secuestrados por el Ejército, cuerpos desmembrados, y restos de mujeres violadas después de muertas, según un informe de una delegación argentina de expertos que visitó Bolivia.

Se suma el hecho de las amenazas a los sobrevivientes, detenciones arbitrarias de dirigentes, y un deliberado intento de amedrentar a los abogados de las víctimas. En El Alto, además, después del golpe han sido incendiadas las casas de los dirigentes sociales y políticos cercanos al MAS por parte de organizaciones paramilitares, protegidas por las Fuerzas Armadas de Bolivia. De nuevo, como en El Mozote, el nivel de persecución y amedrentamiento busca aterrorizar a la población que se opone al golpe para inmovilizarla, o simplemente silenciarla.

Según la delegación argentina, además, existe una circular militar del General de Brigada Luis Salazar Escobar que permite establecer «zonas militares», como si el país estuviera bajo una guerra interna.

En este contexto, la hoja de ruta del golpe cierra con la validación del movimiento cívico, policial y militar en unas elecciones presidenciales en esta condición. De darse esto bajo la unidad de mayoría de los golpistas detrás del líder cívico Luis Fernando Camacho, el discurso de «pacificación» del país que sostienen los golpistas tendría el barniz democrático que le falta ante la comunidad internacional. Por eso, los golpistas intentan deliberadamente aterrorizar y silenciar a casi la mitad de Bolivia que votó a favor de Evo Morales en las últimas presidenciales.

Según las palabras ya citadas del profesor Édgar de Jesús Vélazquez, una de las primeras etapas de este tipo de guerras contra «enemigos internos consiste en el destierro o eliminación de líderes populares, reventando el tejido social de las organizaciones civiles haciéndolo amparados en normas legales de reciente creación».

Bolivia, en un continente donde Estados Unidos habla de proteger la democracia de «intentos de subvertirlas», sin lugar a dudas, es un deja vú de los años 70 con nuevos métodos del siglo XXI, como si la única forma de hacerse de las riquezas, y los activos de América Latina, fuese a través de un nuevo Terrorismo de Estado.

Tomado de Misiòn Verdad