El Gobierno de Bolsonaro empuja al precipicio a la cultura brasileña

Por Víctor David López

El mundo de la cultura, al igual que el universo de las universidades públicas, fue calificado por Jair Bolsonaro y su equipo de Gobierno, desde el primer instante, como oposición. Brasil es una potencia cultural de primera categoría, de modo que una de las primeras medidas fue desintegrar el Ministerio de Cultura, relegándolo, primero, a formar parte del Ministerio de la Ciudadanía, para terminar recalando de manera improvisada en el Ministerio de Turismo, en forma de secretaría especial.

Para Jair Bolsonaro, el desafío de desactivar la actual cultura nacional, de empujarla hacia el precipicio, forma parte de sus directrices básicas. Y se está empeñando con todas sus fuerzas. Sería precisa una dedicación rotunda y mantenida para reunir en un mismo equipo directivo a tantos y tan atrevidos referentes del conservadurismo radical como los de la mencionada secretaría especial de cultura del Gobierno brasileño. Las instituciones públicas más necesarias en el ámbito cultural de Brasil han ido llenándose de perfiles bendecidos por el líder de ultraderecha y su clan familiar.

El singular equipo de la secretaría de Cultura

Al frente de la Fundación Nacional de las Artes (FUNARTE), ostentando el cargo de presidente, aparece el musicólogo y director de orquesta Dante Mantovani, famoso por la singular conexión de ideas en las que, según él, «el rock activa la droga, que activa el sexo, que activa la industria del aborto. La industria del aborto, a su vez, alimenta algo mucho más duro: el satanismo».

El profesor Rafael Nogueira es el nuevo presidente de la Biblioteca Nacional. Llega con la carta de recomendación del filósofo Olavo de Carvalho –una suerte de líder espiritual de Bolsonaro– y siempre le acompañará su reflexión sobre la presencia de canciones de Caetano Veloso o, por ejemplo, la banda de rock Legião Urbana, en los libros didácticos de los estudiantes brasileños. «Después no sabemos por qué todo el mundo es analfabeto«, sentenciaba.

Para mantener alto el listón, el elegido para presidir la Fundación Palmares –que desde 1988 promociona y preserva los valores culturales, históricos, sociales y económicos relacionadas con la comunidad negra– fue Sergio de Camargoperiodista negro contrario al movimiento negro y a cualquier medida que valore la necesidad de reparación hacia este colectivo, en uno de los países más racistas del mundo. Su mandato duró solo unos días. Un juez federal avaló a principios de diciembre la acción popular que instaba a suspender su nombramiento, resaltando la existencia de «incompatibilidades» entre sus declaraciones públicas y «los elementos esenciales buscados por la Fundación Palmares», al margen del ninguneo al artículo 215 de la Constitución, aquel que asegura que «el Estado protegerá las manifestaciones de las culturas populares, indígenas o afrobrasileñas, y las de otros grupos participantes del proceso civilizatorio nacional».

Al frente de toda esta plantilla, el dramaturgo Roberto Alvim, que hasta el pasado viernes era el secretario especial de cultura, y que formará parte de los futuros libros de historia porque, a Alvim, en un Ejecutivo fanático donde los haya, le han despedido por fanático. Y no es que haya mediado el expreso deseo del presidente, que le defendió hasta el final, sino las presiones del resto de partidos de la derecha, y, sobre todo, el requerimiento de la comunidad judía brasileña, que apoyan a Bolsonaro.

Y es que dentro del abanico de opciones que se le presentan a un político para plagiar –o parafrasear sin citar– a otro político en un discurso, elegir a Joseph Goebbels, uno de los ideólogos nazis, parece osado incluso para un gobierno de ultraderecha como el que desde hace un año y un mes comanda Brasil. Alvim no podrá rematar lo que apenas había comenzado a articular durante los últimos meses: la creación de un programa de ayudas orientadas a artistas conservadores, cuya criba se centraría en «películas sobre la independencia de Brasil y películas sobre grandes figuras históricas brasileñas», explicaba junto al presidente el día antes de su destitución. Uno de sus objetivos era «crear un cine saludable», ligado a los valores y principios patrios, «y alineado con esa idea de conservadurismo en el arte, un arte que dignifique el ser humano, que dignifique la condición humana».

Nuevo fichaje de Bolsonaro para la secretaría de cultura

Ahora todo hace indicar que esta tarea la continuará, al frente de la secretaría de cultura, la veterana actriz de telenovelas Regina Duarte, que está en negociaciones con el presidente desde el mismo momento en que Alvim abandonó el cargo.

La continuación de la obra de desactivación de la cultura crítica seguirá los mismos parámetros. No en vano, el secretario solo ha sido cesado porque la situación, para Bolsonaro, se transformó en insostenible. La estrategia de control y supervisión será la misma que la que llevó a emitir una ordenanza el año pasado para suspender las bases reguladoras de unas subvenciones para proyectos audiovisuales, que incluían apartados destinados sobre el colectivo LGTBI.

En aquella ocasión fue también la Justicia Federal la que dejó con las ganas a Jair Bolsonaro, dando luz verde a una acción pública de la Fiscalía que exponía que la ordenanza presidencial estaba «motivada por discriminación en base a orientación sexual e identidad de género», y debía ser anulada de inmediato. El penúltimo secretario de cultura, Henrique Pires, presentó su dimisión cuando comprobó de cerca cómo funcionaba la maquinaria censora.

Tomando de Público

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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