La pesadilla de Facundo Molares Schoenfeld en Bolivia

 

 

En Bolivia hay un argentino viviendo en carne propia los delirios del gobierno de facto. 

A los 44 años, el siempre inquieto Facundo Molares Schoenfeld llegó a Santa Cruz de La Sierra para trabajar como reportero gráfico. Por una insuficiencia renal, debió ser hospitalizado en estado de coma inducido. Mientras permanecía internado en grave estado, personal policial presentó una orden de detención por su presunta participación en el bloqueo de un puente. Ese fue el inicio de un tortuoso recorrido por dos de las cárceles más peligrosas de Bolivia.

Su padre Hugo Molares relata en diálogo con Página/12 el calvario que vive Facundo, quien permanece detenido en la cárcel de Chonchocoro. También lamenta que apenas pudo ver a su hijo 15 minutos, antes de permanecer 25 horas demorado en una comisaría junto a su actual pareja. Y antes de tener que abandonar el país bajo la amenaza de ser «masacrado«.

Facundo Molares Schoenfeld nació en San Miguel, provincia de Buenos Aires, y su activa militancia social lo llevó a recorrer Ecuador, Cuba, Paraguay, Brasil, Perú, Chile y Bolivia hasta llegar a Colombia. Allí integró las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC). Su padre Hugo Molares, juez de Paz de Trevelin, provincia de Chubut, lo define con mucho cariño: «Mi hijo es una gran persona, sin preocupaciones materiales y siempre preocupado por el otro».

Facundo es perito forestal. «También escribe muy bien y le encanta la fotografía», cuenta el padre. Había llegado a Bolivia para retratar con su cámara la compleja realidad de un país en estado de ebullición tras las elecciones del 20 de octubre. Colaboraba con la revista de izquierda Centenario.

«Hacia fines de octubre, mi hijo me escribe por whatsapp y me dice que no se siente bien, que está en cama con fiebre. Me decía que podía ser hepatitis, dengue o paludismo», cuenta Hugo Molares. Desde ese momento se cortó la comunicación entre ellos. Pensó que estaba en algún lugar aislado de Bolivia y sin señal. Ese fue el inicio de una verdadera pesadilla.

Primero, Molares Schoenfeld fue atendido en una sala de primeros auxilios. Como los dolores se intensificaron, ingresó el 11 de noviembre en el Hospital Japonés de Santa Cruz de la Sierra por problemas en los riñones. «Ese día me llega una llamada anónima que me dice que mi hijo estaba internado en grave estado. Con mi pareja conseguimos un pasaje para el 12 de noviembre y volamos para allá«, relata su padre.

«Una vez que llegué al hospital, lo tuve que identificar porque estaba internado como NN. Me dice el médico a cargo que tiene una insuficiencia renal aguda», recuerda. «Después me dice que hay que hacerle diálisis y comprar medicamentos que el hospital no tiene«, agrega. Hugo vio a su hijo en una camilla, entubado y en coma inducido.

Salió a la calle con su pareja para tomar un poco de aire. También para cruzar a la farmacia y comprar los medicamentos solicitados. Cuando deciden volver al hospital, se encuentran con una camioneta particular estacionada. Del vehículo bajaron tres personas que se identificaron como policías para tomarles declaración.

«Les pregunto si disponen de una orden judicial, pero antes de responder nos suben a la camioneta. No me gustaba nada la situación. Estas tres personas me dicen que los tenemos que acompañar a Montero, a 60 kilómetros de donde estábamos. Una vez ahí nos someten a interrogatorios severos y a maltratos psicológicos. Nos retienen 25 horas en una comisaría y nos sueltan al día siguiente de madrugada», recuerda.

Una vez liberados, lo primero que deseaba Hugo Molares era ver a su hijo. «Consulto si puedo volver al hospital. Les explico que estuve solo 15 minutos con él, que apenas le pude acariciar la cabeza. Me dijeron sin vueltas que me convenía irme de Bolivia. Que si nos quedábamos en el país nos iban a masacrar», asegura.

Días después, y aún en terapia intensiva, Facundo Molares Schoenfeld es imputado por varios presuntos delitos. Le inician una causa por homicidio e incitación a la violencia. Se remiten a un bloqueo al Puente de La Amistad ubicado en el departamento de Santa Cruz. «Según dicen, en ese bloqueo murieron dos personas. Hay fotografías de dos personas armadas pero ninguna de ellas es mi hijo. Es algo absolutamente injusto», detalla su padre.

«En ese momento descubren que había militado en las Farc, un dato muy conveniente para el régimen y para demonizarlo», advierte Molares. A partir de allí, para la opinión pública boliviana Facundo Molares Schoenfeld era «El argentino de las FARC».

El 29 de noviembre, a Facundo le dictan prisión preventiva en una audiencia cautelar celebrada en el mismo hospital. «El 2 de diciembre una patrulla policial se lo lleva al presidio de Palmasola prácticamente desnudo y sin medicación, esgrimiendo un certificado de una médica ajena al hospital», explica Molares. El penal de Palmasola, que fue visitado por el papa Francisco en 2015, está a las afueras de Santa Cruz y es uno de los más peligrosos de Bolivia.

El 5 de diciembre, un médico determina que a las afecciones que Molares Schoenfeld ya tenía, se le suma una infección pulmonar. «Para nuestro espanto y asombro, el 6 de diciembre llega otro móvil penitenciario sin orden judicial y de ahí lo llevan al penal de Chonchocoro, situado a 4 mil metros de altura y con temperaturas extremas. A ese lugar llevan a una persona enferma y con prisión preventiva”, sostiene su padre indignado.

Facundo Molares Schoenfeld permanece detenido en Chonchocoro. «Me encantaría volver a verlo, pero es difícil volver a un país bajo amenaza de muerte», dice Hugo Molares, que espera que la pesadilla termine de una vez. «Mi hijo está detenido ilegalmente y nada de lo que hicieron con él tiene justificación».

Tomado de Página/12 / Informe: Guido Vassallo.

Se reciben firmas y adhesiones a solidaridadconfacundo@gmail.com

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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