Cuba: El derecho a la vida de los ancianos

Por Liset García.

Frente a la enfermedad Covid-19, el país destina los recursos necesarios y también orienta cómo protegerse para evitar el contagio en la comunidad y en centros como los asilos de ancianos, donde se han extremado las precauciones.

El silencio reina en el asilo de ancianos 28 de enero, ubicado en la barriada habanera de Lawton. Así debe ser para la tranquilidad de los más de 150 ancianos residentes allí. Una antigua edificación recién remozada los acoge, y aunque no ha concluido del todo la restauración, gozan de las comodidades que los espaciosos salones propician.

En la parte de la instalación que ahora ocupan en lo que fue el Convento Santa Marta, todo está en orden, y se han extremado las medidas de limpieza y de vigilancia ante el azote del coronavirus, causante de tantas muertes en el mundo, sobre todo en la población de adultos mayores, una de las más vulnerables.

El personal de salud, los asistentes sociales y el resto de los trabajadores de este centro tienen una máxima: Un pueblo sin niños no tiene futuro, un pueblo sin ancianos no tiene historia. Así comenta la directora de este hogar, Enrieta Callaba Alacán, especialista en Medicina General Integral, quien por experiencias vividas sabe qué hacer para velar por la salud de estas personas que al llegar al ocaso de sus existencias, viven solos o a sus familiares se les imposibilita atenderlos como merecen.

Una botella de hipoclorito da la bienvenida en la puerta del asilo. Todo el que entra debe lavarse las manos y pisar la frazada para higienizar las suelas de los zapatos. Los periodistas accedemos al lugar y halla a los ancianos sentados en sus sillones en amplios y ventilados salones, donde en unos minutos les entregarán la merienda de la mañana.

Dice Norkis Torres Finalés, de 71 años, que sabe bien cómo protegerse de esa nueva enfermedad que tanto daño ha hecho en otros países, y está confiado porque “el sistema cubano de salud nos protege y seguirá haciéndolo para que no nos pase nada”.

Ibrahín Sabigne García lleva cinco años allí, desde que perdió una pierna en un accidente de tránsito. En su silla de ruedas se le ve fuerte, bien alimentado, tanto que no parece tener 79 de edad. Él sabe que debe guardar la debida distancia, usar el nasobuco y lavarse las manos frecuentemente.

En otra área, la de las mujeres (entre los residentes hay 109 hombres y 54 mujeres), América Leal Batista, está terminando de merendar un pan con carne y un vaso de leche, y cuenta lo sabroso que preparan los alimentos allí y la cantidad. A cada rato eleva las manos, las abre y las cierra; es el nuevo saludo a lo coronavirus.

Dice que además del desayuno, el almuerzo y la comida, meriendan tres veces, a media mañana, a media tarde y antes de acostarse. “A nosotros no nos entra ese bicho”. También lo asegura Adelaida Margarita Fong, que contagia con su sonrisa a todos. De ella dice la trabajadora social Lianet Brea, que hay que controlarle los abrazos. “Siempre se está riendo y abrazando”.

Además de la Directora, otras tres médicos hacen su labor en el hogar, junto al personal de enfermería que cubre guardias de 24 horas. Se pasa visita dos veces al día a todos los ancianos, se aplica la rutina establecida, nada rutinaria pues cada uno tiene su especificidad, controlada en sus historias clínicas.

La mayoría está física y mentalmente apta, unos cuantos padecen alzheimer y otras patologías como la llamada Enfermedad Obstructiva Crónica, que lleva un seguimiento estricto, y más ahora por la amenaza del Covid-19”, explica Enrieta Callaba.

Agrega que normalmente están autorizadas las visitas familiares de 2 a 5 de la tarde, pero ahora ante la emergencia se prohibieron, así como la salida a la calle de los internos. En los primeros días, cuando empezaba la epidemia y no habían arreciado las medidas de protección, si querían salir a comprar cigarro, se le autorizaba a uno que comprara el de los demás. Ahora se le encarga a alguien del personal que labora aquí.

En lo que fue la capilla del convento, una amplia sala que conserva hermosos vitrales y el encanto de entonces, otros ancianos descansan y algunos conversan, alejados unos de otros. Las doctoras María Aurora Arderí, Nayara Cordero y Lisaidy Paneque –esta última piensa estudiar la especialidad de Geriatría–, pasan de un lado a otro observando su comportamiento.

Una de las enfermeras que está de turno el día de la visita, Marisol Díaz, anota en las historias los pormenores del día, mientras observa a dos que han aislado en una sala especialmente habilitada para eso, porque no se sienten bien.

Hay que vigilarlos de cerca, manifiesta, al tiempo que cierra los ojos y dice en voz alta: espero que el coronavirus no toque a ninguno de mis ancianos. Asienten las tres doctoras. A su lado, la directora inhala fuerte y asegura: “tenemos un sistema de salud robusto, experimentado en combates a virus, epidemias, a fenómenos atmosféricos, y un pueblo preparado. Sabremos cómo enfrentar lo que venga”.

Tomado de Bohemia/ Fotos: Yasset Llenera

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cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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