El intruso y Alcides

Por Dailenis Guerra Pérez

Foto de Jorge Perez Cruz

Llegaba en bicicleta a la casa de Alcides. Era blanco y delgado, de estatura media. Sabía que su pelo estaba bañadito en canas, pero una gorra muy discreta que siempre portaba podía hacer dudar a mucha gente.

Él llegaba casi todas las tardes a conversar con Alcides de la cacería. Mi mamá me ponía a jugar a las muñecas en el portal mientras realizaba las labores hogareñas, sin saber que lo que menos me importaba cuando llegaba el intruso eran los juguetes.

Alcides vivía frente a mi casa. Era también un hombre mayor, de tez oscura y resistente. Agradable, pero serio, se metía de vez en cuando conmigo para hacerme decir alguna ocurrencia de muchachos.

Como costumbre escuchaba la pelota en una radio antigua y se sentaba en el portal en un taburete como lo hacía en El Lavao, el campo que le consumió más de media vida. Esperaba a Reyes, que no supe nunca cómo se hicieron amigos. Los escuchaba hablar desde el otro lado de la calle de la caza de guineas, de los mejores perros rastreadores y de buena madera.

Recuerdo el primer día que el intruso llegó con una camisa llena de medallas doradas. Se veían tan deslumbrantes con el brillo del sol que le pregunté a mi mamá por qué vestía de aquella manera. Ahí mismo ella me contó rápidamente, porque ahora comprendo que a las 6 de la tarde, las madres se vuelven locas en una cocina y tienen poco tiempo para contar historias.

Me dijo que todos le decían Reyes y que era una persona muy querida e importante. Que como había luchado por la soberanía cubana, sabía mucho de la guerra y había estado en una invasión que por el mar pretendía destruir la Revolución.

Yo nunca había escuchado tal historia, ni conocía a un héroe. En aquellos cortos años de la infancia me dediqué entonces a espiar al intruso. El frenazo de la bicicleta me alertaba su llegada. Escuchaba las conversaciones de “mayores”, como me decía mi mamá cuando me atrapaba espiando y me regañaba.

Escuché más de una vez la palabra Girón, alguna que otra anécdota curiosa y jaranera, de las que los héroes no le cuentan a los periodistas. Los dos veteranos se disputaban qué finca era mejor. Reyes defendía a capa y espada a la suya, donde nació en la zona de Velazco. La Mula se llamaba, y lo vio nacer el primero de marzo de 1940.

Pero Alcides que era por aquel tiempo muy observador me atrapó un día. Cruzó la estrecha calle y se paró bajo la mata de mango que custodia mi casa.

-A ver, ¿qué hace esa niña?

– Nada Alcides, jugando. Pero yo quiero saber ¿por qué él se pone medallas?

Aquella ocurrencia hizo reír a mi viejo vecino y le hizo un guiño a Reyes, que cruzó la calle y miró mis ojos.

Sentí pánico en ese momento. Estaba tan serio, entonces Alcides con su carisma le dijo: A ver viejo: cuenta otra vez tu historia, pero corta y entendible, que me aburres a la niña.

Mi mamá sacó entonces unos banquitos para sentarnos. Le hizo café a la visita inesperada y yo traté de entender su vida que me parecía muy larga. Me impactaba saber que estudió solo hasta segundo grado en una escuela particular porque no podían pagar los gastos.

Que mientras yo jugaba todavía, él con once años tuvo que trabajar para colaborar con sus padres que trataban de sobrevivir ante la nefasta economía que reinaba en las familias de la época neocolonial.

Dijo que aquella situación lo obligó a trasladarse hasta casa de unos tíos en la finca Los Limones en el barrio de Las Arenas en Las Tunas. Que había formado parte del Movimiento 26 de Julio y que había participado en la invasión a Playa Girón.

Cuando terminó me dijo si tenía alguna pregunta y yo solo atiné a decirle si era cierto que no había estudiado porque lo había visto leer el periódico en el portal de Alcides, que volvió a reír con mis ideas ocurrentes y le dijo: ¡Qué bueno, al fin una que no cree en tus cuentos! Y ambos amigos rieron desde el portal, tomando el café de mami.

Me hice amiga de Reyes desde aquel día. Y crecí viendo a los viejos amigos pasar el tiempo, contando los buenos momentos vividos. Ya no lo espiaba, incluso olvidé por un tiempo aquella acción. Hasta que un día lo vi llegar a mi secundaria con su camisa llena de medallas.

Iba a dar una conferencia donde contaba su vida. Y aquella historia de la infancia se volvió más intensa.

El intruso se incorporó al Movimiento 26 de Julio a finales del año 1957 y participó en algunas acciones de la lucha clandestina. En 1958 se alzó en la zona de La Herradura bajo las órdenes de Carlos Pérez Moro, un grupo perteneciente a la columna 14 del IV Frente Simón Bolívar.

Reyes participó en diferentes acciones como el traslado de armas hacia barrios y campamentos. Al triunfar la Revolución permaneció en el Ejército Rebelde, luego en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y por tres años en diferentes áreas como Jefe de escuadra de bazukas en la guardia especial del Primer Ministro. En ello concluyó su misión en las FAR a finales de 1961. Fue ese el mismo año en que durante el ataque a Playa Girón participaría directamente en las acciones combativas que propiciaron la primera derrota del imperialismo yanqui en América Latina y el Caribe.

Y entonces sí veneré al intruso. Lo saludaba desde mi portal casi todas las tardes. Sentí que era carismático y un hombre excepcional por sus convicciones. Observé que todos le querían, sonreían y preguntaban lo primero que se le ocurriese, como hacen las personas de pueblo pequeño.

Un día llegó más serio y aunque no pude escuchar la conversación, Alcides no sonrió. Las visitas se hicieron más prolongadas. Ya no venía en bicicleta y la ropa le comenzó a quedar holgada. Hablaba muy bajito en el portal y se quejaba de vez en cuando. Partí de casa y al regresar de vacaciones después de dos años, el viejo de oscura tez me dijo que el intruso no pudo contra un solo enemigo, el cáncer.

Rosendo Rosel Reyes murió el 9 de abril de 2019, el mismo mes que le propició memorables hazañas. Fue uno de esos seres que perduran en el alma de su pueblo, porque narraba la historia de Cuba desde sus propias experiencias.

Alcides y yo esperamos al intruso cada tarde desde nuestros portales, porque ni la muerte pudo arrebatarle a este hombre su grandeza.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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