La COVID-19: Solidaridad o navegar por los mares inciertos del egoísmo

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Daniel Defoe en su Diario del año de la peste describe el Londres de 1665, asolado por la «plaga». Es posible imaginar, a través de la lectura de la obra, la terrible situación de los habitantes de la ciudad.

Ante el avance de la epidemia, los ricos y poderosos buscaron refugio lejos de la urbe, y la familia real se fue a Oxford mientras la enfermedad hacía estragos en los barrios pobres. Charlatanes de todo tipo vaticinaban catástrofes y señalaban augurios. Monjes flagelantes recorrían las calles iluminadas por las hogueras.

A pesar de que muchos escaparon de Londres, algunos funcionarios de la City se quedaron y organizaron el enfrentamiento a la epidemia. Junto a los médicos, jugaron un importante papel en la salvación de hombres, mujeres y niños.

El gobierno local recurrió al confinamiento de la gente en sus casas para paliar la plaga, las casas con enfermos eran marcadas y cerradas; contagiados y familiares debían permanecer en el interior de las viviendas, y en la puerta se colocaba un guardián encargado de comprar los alimentos necesarios y de avisar a los enterradores cuando alguien moría. El castigo por violar el confinamiento era muy severo.

La medida de aislar a los enfermos impidió que la plaga se extendiera aún más, en una época donde los conocimientos médicos eran bien escasos.

«De no haberse puesto en vigor la medida del confinamiento de los enfermos, Londres se habría convertido en el sitio más terrible del mundo», cuenta el relato de Defoe.

Los médicos, armados de lo que podían, intentaban socorrer a los infectados. Aquellos doctores de la peste, famosos en toda Europa, vestían con una larga túnica, guantes de piel, sombrero de ala ancha y llevaban en la mano un bastón que usaban para remover pacientes, evitando en lo posible el contacto físico.

Lo más característico de esa vestimenta era una máscara con lentes gruesos para proteger los ojos y un pico de pájaro, por el cual el médico respiraba para filtrar las miasmas y malos olores.

Según coinciden varios historiadores, la primera vez que se recurrió a la cuarentena fue durante la epidemia de la Lepra, que asoló a Lyon, Francia en el año 583, aunque en el bíblico Pentateuco se mencionan formas de aislamiento ante epidemias que datan de más de  3 000 años.

Los historiadores estiman que el término de cuarentena apareció en Venecia en tiempos de la peste bubónica. Su origen está en el término quaranta giorni, por los 40 días que estuvo Jesús en el desierto.

Estas medidas de aislamiento han salvado millones de vidas a lo largo de la historia. La epidemia del sars (síndrome respiratorio agudo grave), que tuvo su origen en noviembre de 2002, en Cantón, China, y desde allí, llegó a Hong Kong y Vietnam, fue declarado epidemia controlada a finales de 2003, gracias a la cuarentena.

Solo hay dos caminos ante la «nueva peste»: sumarse a la solidaridad o subirse a la barca de los necios y navegar por los mares inciertos del egoísmo, convirtiéndose en homicida involuntario de su familia, de sus amigos, de sus vecinos y de sus compatriotas. Alea iacta es.

Por

Tomado de Granma

Foto de portada tomada de Internet

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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