Las desigualdades que pone al descubierto la COVID-19

Ernesto ahora sabe con certeza que tiene la COVID-19, pero llegar a ese diagnóstico fue una odisea que no imaginó.

En su muro de Facebook publicaba este martes el joven residente en Miami, Florida, Estados Unidos, que ante la presencia de una tos seca persistente, malestar corporal y dolor de cabeza, a pesar de ser síntomas leves, llamó al número indicado para informar y pedir que le hicieran el test.

La respuesta fue sorprendente: no calificaba. ¿Cómo es posible?, preguntó él, que había leído mucho sobre la enfermedad y sabía que todos esos malestares eran indicios del padecimiento. Otra vez el asombro: “Además de eso debe tener más de 65 años o haber viajado fuera del país o haber estado en contacto con un enfermo directo”.

Otros dos centros de diagnóstico tampoco consintieron hacerle la prueba y, cuando finalmente encontró una institución que le hiciera el examen, le dieron cita para dos días después. El resultado le llegaría cuatro días más tarde, le explicaron, pero para entonces era muy probable que los síntomas ya hubiesen derivado en un agravamiento.

La publicación de su historia generó la solidaridad que finalmente le permitió acceder a la prueba que necesitaba y al diagnóstico positivo que temía, y que otros ignoraron; pero también abrió las puertas para que muchos más contaran de una realidad que afrontan varias sociedades, por la desorganización en el enfrentamiento a la pandemia, el colapso de algunos sistemas de salud, la no cooperación del sector privado y hasta la desidia e ineptitud de algunos gobernantes.

Como un sálvese quien pueda catalogó la usuaria Mabel a lo que experimentó en San José, Costa Rica, donde una prima que estuvo con fiebre alta y mucha tos durante siete días seguidos no fue recibida en emergencias. En el hospital le dijeron que su médico de cabecera debía hacerse cargo, pero ante los reclamos de la madre finalmente le explicaron que allí no tenían pruebas ni de influenza ni de coronavirus y tuvo que regresar a su casa a recuperarse sola.

La ausencia de test es una constante en varios territorios, según denunciaron en la red social. Amanda, quien vive en España, dijo que en su localidad ya ni siquiera los hacen, solo se les aplica a los que se hallan graves en el hospital y al personal de salud.

De la misma manera Franklyn comentó que en los Países Bajos el examen se realiza en última instancia, pues no hay pruebas suficientes para afrontar toda la demanda.

Otra cara del fenómeno, el lucro a costa de la vida, la mostró Liuba, quien reside en Miami. Su esposo, que había tenido fiebre muy alta, recibió varias negativas para la realización del análisis de diagnóstico, hasta que pagó 150 dólares y el resultado se lo entregaron cuatro días después.

Más de 27 millones de personas no tienen seguro médico en Estados Unidos, según la Oficina del Censo de este país, lo que significa que una buena parte de la ciudadanía no tiene recursos para afrontar esta epidemia o queda con enormes deudas tras ser atendido en los servicios sanitarios.

Es conocido el caso de Danni Askini, una mujer residente en Boston que, tras haber sido tratada por la COVID-19, recibió una factura de casi 35 mil dólares.

Llaman la atención esas cifras ante el avance de la enfermedad en ese territorio, que se ha convertido en el epicentro de la pandemia, por la cantidad de contagiados y el alza de los fallecidos.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la nación norteamericana reportaba hasta el cierre del 8 de abril 363 321 enfermos y 10 845 fallecidos; mientras que España, entre los países más golpeados, refería 140 510 positivos al SARS CoV-2 y 13 798 muertos.

Solo una respuesta global coordinada y articulada puede hacer frente a la magnitud sin precedentes de esta emergencia sanitaria, afirmó recientemente el secretario general de la Organización de Naciones Unidas, António Guterres, quien resaltó que este virus nos afecta a todos, aunque no exactamente por igual.

Guterres aludía a las diferencias entre ricos y pobres, entre Primer y Tercer mundos, entre mujeres y hombres… que se agudizan por la ineficacia en la actuación y la politización que han hecho del asunto algunos gobiernos.

Debemos combatir el virus para toda la humanidad, con un enfoque en las personas, apuntaba el secretario general, y ponía el énfasis en los más vulnerables y en la importancia de reforzar los sistemas de salud, las protecciones sociales y los servicios públicos.

Pero su llamado no ha encontrado recepción en países como Estados Unidos, que se involucra en acciones casi de piratería contra otras naciones (como ocurrió con los ventiladores artificiales donados a Barbados por la cantante Rihana) y obstaculiza la ayuda destinada a terceros (como sucedió con un cargamento de insumos médicos que la fundación Alibaba regaló a Cuba), en lugar de organizar del todo la respuesta en sus propias fronteras.

Un reporte de la Deutsche Welle daba cuenta este miércoles de que el 34 por ciento de las muertes por la COVID-19 en New York pertenecen a la comunidad hispana, la más golpeada por la enfermedad, según datos oficiales.

El alcalde de esa ciudad, Bill de Blasio, señaló que las cifras muestran “claras disparidades” en la manera en que el nuevo coronavirus afecta a la población, debido a las características del sistema sanitario estadounidense y las desventajas en las que sitúa a las personas de bajos ingresos.

Este ejemplo, y la historia de Ernesto y sus contactos, demuestran que ningún país, por poderoso que sea, puede afrontar la situación actual solo, sino que se precisa coordinar acciones, buscar apoyo, aprender de las experiencias de otros y dejar a un lado los odios y contradicciones, que no conducen a ninguna parte.

¿Escogerán los Estados el camino de la solidaridad y la cooperación salvadores, o el del egoísmo? Habrá que esperar.

Por K M G / R L

Foto de portada tomada de Internet

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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