EEUU: Tiempo de nubarrones

Por Néstor Núñez

Empeñado en negociar desde pretendidas posiciones de fuerza y mediante el más desaforado chantaje, el presidente de los norteamericanos parece decidido a poner fin a otro acuerdo multilateral en materia de seguridad y equilibrio internacionales.

En efecto, desde finales de mayo último, Washington anunció su intención de retirarse del acuerdo internacional sobre cielos abiertos suscrito, adoptado y aplicado desde 1992 por 34 países.

El documento ha concedido desde entonces a expertos militares el derecho recíproco para sobrevolar y tomar nota de despliegues bélicos ajenos, para controlar y evitar tensiones peligrosas y riesgos de acciones armadas inesperadas entre los integrantes del pacto.

La extendida área de vuelos libres fijada por el protocolo se extiende desde la ciudad canadiense de Vancouver hasta el puerto de Vladivostok, en el Lejano Oriente ruso, y ha permitido tener constancia exacta y comprobada de los desplazamientos de tropas y buques de guerra en esa vastedad geográfica.

Según lo estipulado, el acuerdo debería renovarse este noviembre, pero la sombra del jefe de la Oficina Oval y sus “asesores” volvió a resurgir para negarlo todo, como ha sucedido con una miríada de tratados comerciales, el pacto con Irán sobre el uso pacífico de la energía atómica, y los relativos al cambio climático y el control de misiles de corto y medio alcance, entre otros, de los cuales el Washington oficial se ha desentendido unilateralmente en los últimos tiempos. Ello sin contar las posibles horas de vida que quedan al START, el añejo protocolo entre el Kremlin y la Casa Blanca para el control mutuo de sus arsenales nucleares.

Y, como en todos los casos, Trump culpa a los demás de tales “fracasos”. Y, esta vez, según su personal apreciación, Rusia es la culpable de la “decepción gringa” con el tema de los cielos abiertos, porque —dice— ha violado la letra del documento al evitar vuelos de reconocimiento sobre zonas de Kaliningrado, a la vez que ha utilizado sus aparatos en labores de “espionaje militar” contra los Estados Unidos.

Por su parte, Moscú advirtió desde un primer instante que no reconoce ni admite semejantes sandeces y falsedades y, este 6 de julio, en una conferencia a distancia de los firmantes del citado convenio, rechazó las maniobras oficiales norteamericanas, y advirtió de la peligrosidad que entraña, especialmente en los vínculos entre la OTAN y Rusia, la decisión muy particular de un gobierno y un presidente a quien, entre otras muchas cosas, la seguridad de sus aliados le importa un bledo, porque los estima “sacrificables” si con ello puede adelantar sus caprichos particulares y chovinistas.

En consecuencia, Moscú hizo constar que no admitirá la catarsis de falsedades en su contra como materia de posibles discusiones sobre un pacto que —precisó— evidentemente Washington desea abandonar con el propósito de enredarse en una nueva espiral armamentista de corte netamente hegemónico.

Advertencia rusa sumamente oportuna, porque si bien entre ciertos estadistas europeos al acuerdo de cielos abiertos “resulta un enorme aporte al clima de distensión en el Viejo Continente”, no faltan otros que se unen al coro trumpista para solicitar de Rusia que “contribuya a la paz cumpliendo con corrección” la letra del protocolo, porque —y lo añadimos nosotros— de todas todas, la culpa siempre radica en el Este.

Mientras, y para seguir calentando el escenario, trascendió que luego de anunciar una reducción de las decenas de miles de efectivos norteamericanos radicados en Alemania desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, informó Washington de su propósito de mudar a tales “sobrantes” a Polonia, donde los gobernantes locales han hecho todo lo posible por mostrar su “profundo apego” al gran socio del que aspiran a lograr protección contra el cercano y “malévolo” gigante euroasiático.

Tomado de Cubahora

Foto de portada: William Hopper/AFP

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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