Bielorrusia: Un polígono de pruebas para Occidente

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Por Antonio Rondón.

Los sucesos en Bielorrusia, con una clara injerencia foránea, más bien parecen demostrar un intento de Occidente por convertir a ese país en polígono para probar todos los métodos de sacar del poder a un gobierno legítimo.

Al arsenal de cambios forzados se agregan métodos nuevos como en el caso de Belarús, cuando se lleva a la huelga a los trabajadores para respaldar exigencias políticas de lo que sería un intento de golpe de Estado.

Sin embargo, se repiten las provocaciones contra la policía, los desórdenes en la capital, el involucramiento de la juventud, la exhortación a agentes del orden público a desertar de sus funciones, aún después que muchos de ellos fueron atacados por los mismos protestantes.

A ello se une el uso de grupos de mujeres en una maniobra para presentar una cara pacífica de acciones de desestabilización, el intento de bloqueo de calles o carreteras, la amenaza contra familiares de funcionarios estatales o la creación de estructuras paralelas al poder.

Claro está, en algunos casos como Ucrania, en 2004, en Bolivia, en 2019 y ahora en Belarús, el pretexto original fueron los comicios, aunque en otras etapas de la desestabilización se convoca a acciones directamente en contra del Gobierno, consideran analistas rusos.

De acuerdo con Evgueni Michenko, jefe de una compañía consultora que lleva su nombre, en las protestas se utilizó el programa Psiphon para evitar el bloqueo de la Internet, mientras el envío de información tuvo apoyo de embajadas occidentales, reveló la prensa rusa. Además, se empleó la comunicación por móviles sin servicio de Internet o telefónico, a través de una red de Bluetooth.

El director del Instituto de Filosofía de Belarús, Piotr Potrovsky, subrayó que esta vez una primera etapa de las manifestaciones careció de un centro único y esas acciones fueron acompañadas por la creación en las redes sociales de noticias falsas.

Potrovsky destaca el paso momentáneo de las acciones violentas a otras en apariencia pacíficas que incluyen desde cadenas humanas, hasta formar piquetes a la entrada de fábricas para alentar o presionar a obreros a ir a una huelga y presentar eso como algo espontáneo.

El tablero bielorruso

De acuerdo con la Comisión Central Electoral belarusa, Alexander Lukashenko ganó los comicios del 9 de agosto con el 80,1 por ciento de los votos, mientras la candidata opositora Svetlana Tijanovskaya solo contó con el 10,12 por ciento del apoyo en las urnas.

Aunque la diferencia de votos es visible, el esquema preparado en Occidente ignora los números de los comicios e insiste, sin la demostración de una prueba concreta y sin poder destruir las existentes en manos del Estado, en deslegitimar el proceso electoral. Lituania y Polonia, los países fronterizos con Belarús, están a la vanguardia dentro de la Unión Europea en la insistencia en desconocer la legitimidad dada por la población a Lukashenko en las urnas. Simplemente no ganó la oposición y, al parecer, por eso se debe anular la votación.

Observadores opinan que el plan de una victoria relámpago sobre Lukashenko, con tres días de provocaciones a la policía para obligarla a actuar y obtener los ‘inmolados’ del levantamiento, fracasaron, pues apenas se reportaron dos fallecidos, uno de ellos por autoagresión.

Ello llevó a pasar de inmediato a una segunda fase de mítines y manifestaciones frente a grandes empresas estatales para provocar paros laborales, con el anunciado objetivo de paralizar la economía, mientras se exhorta a los trabajadores a demandar nuevas elecciones.

Analistas rusos recuerdan las grandes empresas estatales, donde los obreros reciben salarios de entre 500 y 700 dólares, beneficios sociales, incluidos descansos en sanatorios, mientras la entrada en esos centros laborales por lo general es por concurso.

Las demandas de ir a la huelga hechas por Tijanovskaya chocan con intereses particulares de los obreros, quienes conocen los planes de la oposición de privatizar muchas de las fábricas del llamado sector real de la economía.

El gobierno belaruso considera que apenas 300 de los 650 mil trabajadores del sector industrial se unieron a los llamados de paralizar las actividades. En otras regiones fuera de la capital belarusa, además, se registraron manifestaciones a favor del Gobierno y la estabilidad.

Por cierto, en estos casos se trata de empresas competitivas con productos acabados como tractores, fertilizantes y derivados del petróleo que, aunque venden 60 por ciento de su volumen a Rusia, poseen una participación en el mercado europeo.

Algunos analistas consideran que en Occidente podrían estar interesados en llevar a la bancarrota de forma artificial a esas empresas para, luego de un proceso de privatización durante otro gobierno, adquirirlas a precio de remate.

Por otro lado, ello dificultaría la producción cooperada con Rusia como en el caso de la Fábrica de Remolques de Minsk, que produce los portadores de sistemas de defensa antiaéreos e incluso de misiles intercontinentales rusos.

En lo que sería un objetivo a largo plazo, Occidente podría buscar la creación de condiciones para convertir a Belarús en otro punto antirruso en la geografía regional, como mismo ocurrió con Ucrania, donde el nacionalismo rechaza todo lo que pueda venir de Moscú.

Además, países como Polonia desde hace algún tiempo actúan en regiones fronterizas como Grodno, donde el 15 por ciento de la población es de origen polaco y se promueve la identidad de sus ciudadanos con el país vecino, al cual en su tiempo pertenecieron territorios como ese. De hecho, una de las pocas administraciones provinciales belarusas que aceptaron el trabajo del llamado Comité de Coordinación de la oposición, fue Grodno, donde se autorizaron protestas y huelgas en los centros laborales y se demandaron nuevas elecciones.

Como en anteriores esquemas de revoluciones de colores, los comicios rara vez se repiten para escuchar la voz del pueblo en un proceso transparente, sino para garantizar el triunfo de la fuerza política que se intenta imponer con la desestabilización de un país, estiman expertos.

El comité de coordinación opositor exige un diálogo con el Gobierno, aunque el único punto de la agenda es el de ir a nuevos comicios, algo rechazado por Lukashenko.

La oposición busca abiertamente un financiamiento de sus protestas en el exterior. El excandidato presidencial Valeri Tsepkalo, quien expresó enojo por quedar fuera del comité coordinador, viajó a Polonia, donde pareció pactar la creación de un fondo polaco-estadounidense con ese fin.

De otro lado, llama la atención la partida de Tijanovskaya, después de salir del país y dejar tras de sí un vídeo donde llamaba al fin de las protestas y de la violencia. De hecho, Lukashenko señaló en su momento que a petición de ella, se le ayudó a salir de Belarús.

En Vilna, la capital de Lituania, la excandidata parece seguir instrucciones de Occidente de como intentar desde afuera activar a una oposición dividida y con escaso recurso político para demostrar algún viso de legitimidad.

Pero Lituania parece tener intereses particulares en la desestabilización de Belarús, en la cual también se promovió la suspensión de los trabajos en la Central nuclear en construcción en la localidad de Ostrovts.

En Vilna parece causar preocupación la puesta en funcionamiento de la planta nuclear, construida con un crédito ruso de 11 mil millones de dólares y en la cual en agosto de este año se inició el proceso de carga de combustible en la zona activa del reactor del primer bloque.

Después que en 2017 la Organización del Tratado del Atlántico Norte orientó a Estonia, Letonia y Lituania abandonar el Circuito de Distribución de Energía Eléctrica, formado con Belarús y Rusia como fuente, Vilna quedó como principal distribuidor de esa energía.

Lituania, que lanzó una fuerte campaña, aparentemente ecológica, contra la construcción de la central nuclear belarusa, recibe, sin embargo, energía eléctrica de una planta atómica en Suecia que revende a Letonia, Estonia y Polonia.

La puesta en funcionamiento de la instalación de Ostrovts dejaría a la república exsoviética en el mar Báltico fuera de competencia, pues su costo de producción de un kilowatt/hora es de 3-4 centavos de euro, en tanto el de la central sueca es de poco más de siete centavos de euro.

De cualquier forma, aunque continúa el intento de Occidente para promover una acción opositora en Belarús, su gobierno muestra nuevas herramientas para evitar convertir al país en una edición exitosa de la imposición manual de revoluciones de colores.

Tomado de Prensa Latina/ Foto de portada: PL.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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