Cuba: Sesenta años de una Declaración de principios

La Primera Declaración de La Habana, aprobada en acto multitudinario en esta capital hace hoy 60 años, ratificó al mundo la voluntad de independencia y soberanía de Cuba frente a la agresividad de Washington.

Con esa demostración de rebeldía, la Revolución naciente replicó la Declaración de San José, acordada en Costa Rica por Estados Unidos y sus gobiernos acólitos de la región, durante la Séptima Reunión de Consulta de Cancilleres de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Ese documento, promovido por el Secretario de Estado norteamericano Christian Archibald Herter, abría las puertas a sanciones contra Cuba, ya amenazada por Washington, por su acercamiento con la Unión Soviética y otros países socialistas como China, dispuestos a brindar ayuda solidaria a la isla.

El texto cubano, leído por el líder de la Revolución, Fidel Castro, ante un millón de compatriotas que ofrecieron su respaldo, denunció la naturaleza rapaz de Estados Unidos y condenó la política hostil de la potencia norteña contra Cuba y su historia de intervenciones en América Latina.

«Frente al hipócrita panamericanismo que es sólo predominio de los monopolios yanquis sobre los intereses de los pueblos americanos y manejo yanqui de gobiernos prosternados ante Washington, la Asamblea del Pueblo de Cuba proclama el latinoamericanismo liberador que late en José Martí y en Benito Juárez«, plasmó el documento.

Ratificó, asimismo, la política de amistad con todos los pueblos del mundo, incluidos los países socialistas, y anunció el establecimiento de relaciones diplomáticas con China.

Expresó que la democracia no puede circunscribirse únicamente al ejercicio electoral manejado casi siempre por latifundistas y políticos profesionales, y la definió como el derecho de los ciudadanos a decidir sus propios destinos.

En la lucha por esa América Latina liberada, frente a las voces obedientes de quienes usurpan su representación oficial, surge ahora, con potencia invencible, la voz genuina de los pueblos, apuntó la Declaración que expresó la fe en el futuro de América Latina liberada de ataduras al imperialismo norteamericano.

El Canciller de la Digni­dad, Raúl Roa García, decía que el sello de correos era el primer embajador de Cuba porque entraba en cualquier lugar u hogar del mundo, sin pedir permiso, con el mensaje de la Revolución.

Una votación inédita en el mundo

Entre el 22 y el 29 de agosto de 1960 había tenido lugar en Costa Rica la VII Reunión de Consulta de Minis­tros de Relaciones Exteriores de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la que Washington logró la complicidad de los cancilleres lati­noamericanos para aprobar la llama­da Declaración de San José, enfilada contra la Revolución cubana.

Aquella vergonzosa y servil ma­niobra no podía quedar sin respuesta y esa la dio el pueblo cubano aquel 2 de septiembre, en que se manifestó lo que el Che denominó “esa fuerza te­lúrica llamada Fidel Castro” y su ex­traordinario afán de auscultar siem­pre la voluntad popular.

Tras referirse al contraste entre la situación que había vivido la nación en el pasado y los avances logrados durante la breve ejecutoria revolucio­naria, dio a conocer las acusaciones de los cancilleres, que fueron rechazadas una tras otra por los reunidos.

Y a continuación sometió a consi­deración de la Asamblea General Na­cional del Pueblo de Cuba la Decla­ración de La Habana, contentiva de nueve puntos.

 

Comenzó con el repudio a la De­claración de San José como docu­mento dictado por el imperialismo, y atentatorio a la autodeterminación nacional, la soberanía y la dignidad de los pueblos hermanos del continente; continuó con la condena más enérgica a la intervención abierta y criminal que por más de un siglo había ejerci­do Estados Unidos sobre América La­tina; expresó el rechazo al intento de preservar la Doctrina Monroe, y pro­clamó, frente al hipócrita panameri­canismo calificado como el predomi­nio de los monopolios yanquis, y su manejo de los Gobiernos de la región, el panamericanismo liberador de José Martí y Benito Juárez. Proclamó la amistad con el pueblo estadounidense y la voluntad de marchar con el mun­do y no con una parte de este.

Resaltó que la ayuda espontánea­mente ofrecida por la Unión Soviética a Cuba, en caso de que nuestro país fuera atacado por fuerzas militares imperialistas, no podía ser considera­da jamás un acto de intromisión, sino de solidaridad; negó categóricamente que haya existido pretensión alguna por parte de la URSS y la República Popular China de utilizar la posición económica, política y social de Cuba, para quebrantar la unidad continen­tal y poner en peligro la unidad del hemisferio, y afirmó que no se les po­día culpar de la existencia de una Re­volución que era la respuesta cabal de Cuba a los crímenes y las injusticias instaurados por el imperialismo en la región.

El documento expresó el propósi­to de establecer relaciones diplomáti­cas con las naciones socialistas, ade­más de rescindir los vínculos con el régimen títere de Formosa sostenido por “los barcos de la Séptima Flota yanqui”.

Condenó enérgicamente el latifun­dio, la explotación del trabajo humano, la ausencia de maestros, de escuelas, médicos y hospitales, la falta de protec­ción a la vejez en los países latinoame­ricanos, rechazó la discriminación del negro y del indio, la desigualdad y la explotación de la mujer, repudió a las oligarquías que mantenían a los pue­blos en la miseria e impedían su desa­rrollo.

Defendió además el deber de las naciones subyugadas y explotadas a luchar por su liberación, y la solidari­dad entre los pueblos oprimidos, colo­nizados o agredidos.

Expresó la fe en que América Lati­na marcharía pronto unida y vencedo­ra, libre de las ataduras que convertían a sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano y que le impedían hacer oír su verdadera voz en las reuniones donde cancilleres do­mesticados hacían coro infamante al amo despótico; y manifestó la decisión de Cuba de trabajar por ese común des­tino latinoamericano.

Un mar de brazos levantados res­pondió a la convocatoria de Fidel de que alzaran las manos los que apoya­ran la Declaración, y a su pregunta de qué hacer con la Declaración de San José, la multitud reclamó: “¡La rom­pemos!”, y a la vista de todos la hizo pedazos.

Aquel 2 de septiembre constituyó para Cuba una rotunda victoria moral y política. A los enemigos se les fue el tiro por la culata.

Tomado de Resumen Latinoamericano/ Fuente: Alina Martínez y PL

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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