Jorge Risquet visto por Piero Gleijeses

Por Hedelberto López Blanch.

Hace cinco años que falleció uno de los hombres más conocedores de las luchas cubanas en la ayuda a los países del continente africano. En ocasión de cumplirse este 28 de septiembre el día de su desaparición física, le solicité al profesor e investigador italonorteamericano Piero Gleijeses que me expusiera sus recuerdos y semblanzas sobre este gran revolucionario que durante muchos años ejecutó con maestría las líneas del Gobierno cubano hacia esas naciones hermanas.

Piero, profesor de la universidad Johns Hopkins y autor de dos maestrales libros sobre la actuación de Cuba en África: Misiones en conflicto, La Habana, Washington y África 1959-1976, y Visiones de Libertad, constituyen obras excepcionales, donde se combina a través de documentos oficiales, el rigor de un tratado histórico con la pasión de una esmerada narración basada y protagonizada por cientos de miles de cubanos.

El profesor Gleijeses obtuvo en 2003 con Misiones en Conflicto, el premio al mejor libro del año de la Asociación de Historiadores de Política Exterior de Estados Unidos, lo que representó un verdadero éxito pues esa institución no se caracteriza por ser progresista.

Pero dejemos que Piero hable sobre una de las personas que más admira y que lo ayudó en todo momento a crear su obra.

Jorge Risquet. Foto: Yaimi Ravelo

Risquet era para mí un hermano. Trabajamos juntos desde 1994. El era la persona encargada por Fidel y Raúl de supervisar mi acceso a los archivos cubanos para mis investigaciones sobre Cuba y África.

Todo empezó como una buena relación profesional – yo apreciaba su inteligencia, sus conocimientos profundos, su sentido de humor. Trabajar con él era agradable y también provechoso porque era un crítico agudo y muchas veces me demostró que estaba equivocado en mis análisis sobre la política de Cuba en África

A lo largo de más de dos décadas, poco a poco el respeto y la admiración se fueron convirtiendo en amistad cada vez más honda. El llegó a ser para mí el único hermano que he tenido. Es inmenso el vacío que su muerte ha dejado en mi vida.

Quiero compartir con quienes escuchen estas palabras el trozo de la vida de Risquet que conozco mejor: el papel que jugó en África como representante de Fidel y de la Revolución Cubana.

El camino africano de Risquet empezó en julio de 1965, cuando Fidel lo mandó a llamar para ponerlo al frente de la columna cubana que iba a enviar al Congo Brazzaville. Risquet y su columna cumplieron cabalmente las tareas que les encargó Fidel: salvaron al gobierno progresista de Massamba-Débat de una intentona de golpe militar – y lo lograron sin derramar una sola gota de sangre. Además llevaron a cabo la primera campaña de vacunación contra la polio en la historia del país y entrenaron a los guerrilleros del MPLA. Allí se forjó el vínculo entre Cuba y el MPLA.

Pero el nombre de Risquet estará asociado para siempre con el papel glorioso que Cuba jugó en Angola desde 1975, cuando los primeros soldados cubanos llegaron para defender al país de la invasión surafricana, hasta 1991, cuando los últimos soldados cubanos regresaron a la patria. Risquet fue el hombre de punta de Fidel en Angola y como tal tuvo que enfrentarse no solo a los gringos, pero también a los soviéticos.

Cuando escribo esto hay dos momentos que inmediatamente me vienen a la mente. El primero, la descarga que Risquet le metió en Luanda al general soviético Valentin Variennikov, el tercer oficial de más alto rango del Ejército Rojo. En diciembre de 1983 se reunieron en la jefatura de la Misión Militar Cubana. “Después del acostumbrado intercambio de cortesía, nosotros fuimos directamente al grano”, escribió Varennikov en sus memorias. “Risquet habló primero, y yo no objeté, pero cuando me correspondió, comenté, como si fuera en broma: “Y pensar que yo inocentemente creí que hablaría primero porque soy el invitado”. Risquet respondió: “No consideramos a un general soviético como un invitado entre nosotros”.

La discusión que siguió arroja luz sobre las relaciones cubano-soviéticas en Angola, y cómo los cubanos lidiaban con los soviéticos.

Risquet comenzó por recordar que en noviembre de 1982 Andrópov le había dicho a Fidel “que quería que nuestras relaciones fueran siempre francas, honestas y leales. Él dijo algo que le gustó mucho al compañero Fidel: “No dejar de decir una verdad, ni omitir una opinión por evitar un momento desagradable … Y en esta conversación con usted,» le dijo a Varennikov, “vamos a ajustarnos a ese principio”. Y a partir de ahí – hablando en nombre de Raúl Castro – le metió una descarga por la estrategia equivocada que la misión militar soviética impulsaba en Angola. Lo hizo con fina ironía, con inteligencia y con firmeza. “Yo le decía hace unos días sobre toda la amistad, toda la hermandad y la fraternidad que sentimos hacia la Unión Soviética,” dijo Risquet. “Pero le explicaba que dentro de estas relaciones fraternales habíamos tenido aquí a veces diferencias de opiniones. … Nosotros quisiéramos dejar, compañero general de Ejército, bien sentado que el mando militar cubano no se dejará arrastrar a ninguna aventura… Tenemos la responsabilidad con nuestro pueblo de las vidas que se pueden perder de forma inútil. Si los compañeros soviéticos quieren lanzarse en aventuras en Angola, pues que lo hagan con tropas soviéticas, pero sin los cubanos.” Risquet concluyó: “Tenga usted la absoluta seguridad, querido compañero general de Ejército, que si los sudafricanos atacaran las líneas que defendemos, combatiremos ferozmente, sin ninguna vacilación, pero con igual firmeza nos negaremos siempre a poner en peligro una sola vida cubana en operaciones que consideramos erróneamente concebidas, voluntaristas e irreales.”

Como Risquet siempre enfatizaba cuando hablaba conmigo, lo que él estaba haciendo era ejecutar las instrucciones de Fidel y de Raúl, no estaba improvisando, estaba ejecutando la política del alto mando de la Revolución Cubana. Pero lo que el soslayaba era que lo hacía con una inteligencia, un brillo, una elocuencia poco común.

Y esta elocuencia, inteligencia y brillo caracterizaron la actuación de Risquet cuando estuvo al frente de la delegación cubana en las negociaciones cuatripartidas de 1988 entre Suráfrica, Estados Unidos, Cuba y Angola para lograr la paz en el suroeste de África. La reunión decisiva fue la de El Cairo, a fines de junio de 1988. Fue la última en que los surafricanos llegaron con sus pretensiones absurdas: retirada simultánea de las tropas surafricanas y cubanas de Angola, gobierno de unidad nacional entre el MPLA y Savimbi en Luanda, y dejar para después cualquier discusión sobre la independencia de Namibia. Eran pretensiones absurdas porque Cuba, como dijo Raúl unos días antes, les había virado la tortilla a los surafricanos: ya las tropas cubanas habían parado en seco la embestida surafricana contra Cuito Cuanavale en el sureste de Angola y otras tropas cubanas, en el suroeste estaban avanzado hacia la frontera de Namibia. Estaban muy cerca de ella y los MIGs cubanos estaban volando en los cielos del norte de Namibia.

Fue Risquet, elocuente, apasionado, un maestro en el arte del sarcasmo, quien dominó la reunión de El Cairo. “Un documento huérfano de seriedad y de realismo como el presentado por el gobierno de la RSA constituye una broma de mal gusto,” dijo, refiriéndose al pliego de las exigencias surafricanas. “La época de las aventuras militares, las agresiones impunes, las masacres de refugiados como la de Cassinga en 1978, y otros hechos similares contra el hermano pueblo de Angola, esa época ha finalizado… África del Sur debe entender que no obtendrá en esta mesa lo que no ha podido obtener en el campo de batalla… Como si se tratara de un ejército vencedor en vez de lo que es en realidad, un ejército agresor, golpeado y en discreta retirada, los sudafricanos piden en su documento el número exacto de tropas cubanas estacionadas en Angola y los lugares donde éstas se encuentran dislocadas. Por razones obvias, este no es un dato que debe unilateralmente suministrarse a la otra parte en ningún conflicto”. Al terminar la reunión, el jefe de la delegación estadounidense, el secretario de Estado Adjunto para África, Chester Crocker, pidió una reunión con Risquet. Crocker creía que una virtud necesaria para un diplomático estadounidense era la arrogancia. Trataba a los angolanos con altanería. Pero ahora se enfrentaba a un cubano, a un representante de Fidel Castro, cuyos soldados estaban avanzando hacia la frontera con Namibia. Para surafricanos y gringos, la gran pregunta era, ¿se detendrán los cubanos en la frontera? Para contestar esta pregunta Crocker fue a ver a Risquet. “Una pregunta que surge es la siguiente,” le dijo: “¿Cuba tiene la intención de detener su avance en la frontera entre Namibia y Angola?” Risquet respondió: “Yo no le puedo dar esa respuesta. Yo no le puedo dar un meprobamato ni a usted ni a los surafricanos… Yo no he dicho que no van a detenerse ni que van a detenerse… Entiéndame bien, yo no estoy amenazando. Si yo le dijera que van a detenerse, yo le estaría dando un meprobamato, un tylenol, y no quiero ni amenazar ni quiero darle un calmante… Lo que he dicho es que solo los acuerdos sobre la independencia de Namibia pueden dar las garantías.”

Hay quienes en Cuba criticaron a Risquet porque le había hablado demasiado duro al gringo. Por cierto hay momentos en que hay que hablar suave – pero hay otros en que la mejor medicina es ponerse firme. Risquet intuyó muy correctamente que aquel era el momento, porque solo el miedo del avance victorioso de las tropas cubanas en Namibia obligaría a Estados Unidos y a Sudáfrica a aceptar las justas exigencias de Angola y Cuba. Y así fue. Unas semanas más tarde, refiriéndose a la reunión de El Cairo y a su desencuentro con Risquet, Crocker le dijo al Secretario de Estado de Ronald Reagan, George Shultz: “Descubrir lo que piensan los cubanos es una forma de arte. Están preparados tanto para la guerra como para la paz… Hemos sido testigos de una gran fineza táctica y de una verdadera creatividad en la mesa de negociaciones. Esto tiene como telón de fondo las fulminaciones de Castro y la proyección de fuerza sin precedentes de su ejército en el terreno”.

Cuando yo entrevisté a Chester Crocker 20 años más tarde, todavía le dolían las palabras de Risquet. Dijo, Risquet era un hombre muy duro. Sin embargo reconoció que era el mejor negociador con el cual se enfrentó en sus ocho años como secretario de Estado Adjunto para África. Es cierto, Risquet ejecutaba las instrucciones de Fidel y Raúl – pero ¡qué bien lo hacía!

Este hombre noble, generoso, entregado a la Revolución y a sus líderes nos ha dejado. Para Cuba es una gran pérdida. Y yo, he perdido a un maestro y un hermano.

∗La foto de portada ilustra a Juan Almeida Bosque, Nelson Mandela y Jorge Risquet en Namibia. 

Foto de portada: Arnaldo Santos / Granma 

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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