Paraguay: La causa de los incendios

Por Miguel H. López.

El aumento exponencial de los focos de incendio en casi todos los departamentos, despliega la cruel metáfora de que el país –literalmente- se está quemando y la impotencia invade a la población.

La situación –que se instala en medio de la crítica realidad socioeconómica y sanitaria, desnudada por la pandemia del nuevo coronavirus- tiene origen en la actividad humana, pero no en el simple hecho de encender una fogata y no apagarla bien o desplegar patologías pirómanas para ver la catástrofe o tirar una colilla mal apagada al pasto seco. Hablamos de aquella causa más de fondo, más estructural, más vinculada a la destrucción y aniquilación de los recursos naturales.

No habría tanta sequía si lloviera con regularidad. Esta aparente obviedad, tautológica, encierra sin embargo realidades terribles vinculadas al agronegocio, la ganadería extensiva y el extractivismo implacable de los recursos naturales.

Hilando más fino, podemos decir que tiene relación con el modelo agroexportador de materia prima. Que a su vez deviene de un modelo económico aupado en las líneas más elementales y al mismo tiempo más brutales del sistema capitalista donde el lucro es central; y aunque tenga sus variantes, todas sin excepción son antihumanas.

Actualmente Paraguay ocupa el cuarto lugar en el mundo como exportador de soja, el primero en exportación de azúcar orgánica y el octavo como productor de carne. Detrás de esto, que los empresarios y el Gobierno consideran un gran éxito, subyace el alto precio que la población del país debe pagar.

Para que haya mayor producción de grano, aumenten los hatos de ganado y se amplíen los cañaverales para una mayor zafra, se necesitan cada vez más y más extensiones de tierra. Para que ésta esté disponible y pueda servir a los propósitos de los cultivos extensivos y las pasturas, deben eliminarse los bosques y apropiarse de las parcelas de los campesinos. La desaparición de esas masas boscosas a su vez repercute de modo irreversible en el desequilibrio del espectro climático, la extinción de diversidad de fauna y flora, la destrucción y desaparición de los cauces de agua y la desertificación de grandes áreas y territorios. Asimismo, el conflicto por la tierra se sitúa en uno de los principales factores de crisis socioeconómica.

Cuando esas superficies finalmente son reemplazadas por sojales, principalmente, y otros rubros modificados genéticamente, que exigen para su subsistencia la eliminación de malezas con poderosos agrotóxicos, muchos prohibidos en casi todos los países por su peligrosidad, la arena queda envenenada, la población circundante contaminada y las aguas superficiales y subterráneas inutilizadas. Se produce el despoblamiento del campo y las migraciones humanas van a las periferias urbanas a engrosar los cinturones de pobreza.

Entonces es cuando la combinación de aquellas destrucciones, con algo similar que ocurre en otras latitudes y continentes, más las emisiones de carbono por las industrias –principalmente en los países centro- desata lo que los ambientalistas denominan el calentamiento global, un fenómeno total de deterioro profundo del clima, el aumento de la temperatura en el planeta y la alteración de todos los parámetros estables, desencadenando fenómenos y eventos de sequías, inundaciones, tsunamis, tormentas devastadoras, y mucha, mucha más pobreza y enfermedades.

Entonces, cuando expresamos: si lloviera regularmente no habría esta sequía y menos estos incendios, es como decir: si no se hubieran destruido los bosques, seguirían las caídas cíclicas de lluvia y las sequías serían acontecimientos poco usuales. Tampoco habría tantos pastizales secos que deliberada y criminalmente quemar, para que broten nuevas hojas, abonadas por las cenizas, para alimentar a las vacas. Ni los escasos bosques, islas de masa vegetal, existirían ni estarían tan deshidratados y tan vulnerablemente arrinconados como para sucumbir bajo las llamas del capital que arrasa, con lo poco que queda, para seguir alimentando sus bolsillos, sin pagar impuestos por sus ganancias, salvo pingües gravámenes que de tan simbólicos se convierten en burla hacia el resto del país.

Los incendios que consumieron/consumen en estos días importantes zonas del Paraguay –y que llegan hasta la trastienda de los Poderes del Estado en la Costanera de Asunción- tienen su origen en la mezquindad y la ambición de sectores políticos y empresariales que se enriquecen a costa de la ruina y la muerte. El Gobierno lo sabe y nada hace para evitarlo. Por el contrario, se identifica con ellos y los protege, los subsidia y los alienta a seguir destruyendo.

El problema no es simple, aunque las autoridades subidas sobre cierto discurso de la gran prensa comercial, prefieren culpar de los campos y bosques que arden en llamas a cazadores, fogatas de campamentos y díscolos anónimos pirómanos.

Lo hace por no encarar de frente la situación, por no afectar privilegios de un reducido sector de la población, que medra con la devastación; y por apañar sus propia inoperancia y complicidad con toda esta destrucción…

Tomado de Adelante!/ Foto de portada: Adelante!

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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