Argentina: «Lo que sé de la navidad»

Por Hugo Ginzberg*

No sé dónde, cómo, ni con quién pasé mi primera navidad cuando tenía apenas 2 meses hace 43 años. Sé que ese 24 de diciembre de 1975 fusilaban a mi mamá, después de apresarla viva junto a otros compañeros y compañeras, sé que el ejército ensayaba su práctica genocida, de desaparición sistemática de personas, contra los militantes que habían participado en el intento de copamiento del cuartel de Monte Chingolo y contra habitantes de la zona que habían sido solidarios con los combatientes.

También sé que mi abuela recorría comisarías, en los días que siguieron a la navidad, y que no aceptó la mano de mi madre en un frasco de formol que le ofrecieron como única prueba del asesinato de su hija, que rechazó la partida de defunción, que exigió el cuerpo nunca entregado y le inició juicio por asesinato a las fuerzas armadas. Sé que unos meses después vinieron el asesinato y desaparición de mi papá, de mi abuelo, de la hermana de mi mamá y su compañero ( que me habían adoptado como un hijo propio ), y también del otro hermano de mi mamá y su compañera. Solo mi tío Luis y mi abuela, ya en el exilio, sobrevivieron a la masacre familiar.

Las navidades siempre fueron fechas complicadas, vivía con mi abuela y ya unos días antes armábamos el pesebre, yo jugaba con las figuritas de barro mientras ella me contaba la historia de una familia perseguida, una familia que huía de la masacre y se salvaba cuando encontraba la solidaridad después de tantas puertas cerradas, como nosotros, abrazados en el refugio de los amigos y amigas mexicanas.

María era como ella, una madre que a través de los siglos busca memoria y justicia por su hijo asesinado, creo que así la veía, no en el sentido mágico o religioso, sino que de alguna manera se sentía hermanada, como se sintió tantas otras veces con otras madres de tantos lugares, en su lucha inclaudicable por la memoria y la justicia.

En Argentina la ceremonia del 24 empezaba muy temprano, cuando yo me despertaba ella había vuelto ya del mercado de flores, compraba claveles rojos y nos íbamos en el colectivo al cementerio de Avellaneda.

En el paredón del fondo estaba la fosa común donde en el año 84 había realizado una de las primeras exhumaciones con restos de desaparecidos, lo que dio pie en parte a la posterior conformación del equipo argentino de antropología forense, era apenas un descampado cubierto de claveles rojos, otros familiares iban el día 23 por lo que ese día en general estábamos solos, y mientras charlábamos sentados en el césped se acercaban vecinos de la zona y familiares de tumbas con nombres a dejar algunas de sus flores para otros muertos que al final también eran parte de su historia.

Ese lugar en el cementerio de Avellaneda ahora es un mausoleo, gracias a la tenacidad y el trabajo de familiares, de compañeros y compañeras, es un lugar de memoria histórica, donde se recuerda no solo el genocidio sino también la lucha por una sociedad más justa, la vida intensa y el compromiso de una generación.

Hoy nos despertamos temprano y fuimos en familia, llevamos unos claveles rojos, dejamos algunos en donde están los restos de mi mamá y les explicamos a las niñas que los demás eran para todos los compañeros y compañeras. Carmela tiene 6 años, se dedicó a acomodar flores, algunas que llevábamos nosotros y otras que estaban del día anterior, a leer en voz alta los nombres escritos como dando un presente más profundo que el de cualquier acto solemne y Franca con sus 10 años me recordó que hay preguntas que este pueblo nunca va dejar de hacerse: «¿Por qué peleaban? ¿Qué hicieron con los detenidos desaparecidos? ¿Por qué no están presos todos los asesinos? ¿Quiénes los protegieron?».

Hablamos un rato largo de los desaparecidos, de los militantes, de los gobiernos que vinieron, de las madres y su lucha, de su bisabuela, de los milicos y los que los protegieron, de nuestra propia historia familiar, la más pequeña por momentos escuchaba haciendo pausas para jugar y meter opiniones estéticas sobre tumbas y arreglos florales, decidieron agarrar unos pedazos de ladrillo y dejar unas estrellas rojas dibujadas como homenaje en el lugar, también quisieron escribir algo entre las estrellas antes de irnos. Franca decidió poner: “Aida te extrañamos”. Carmela, que parecía no haber entendido la conversación escribió: “ERP”, el que no había entendido era yo.

No sé mucho sobre la Navidad, el Espíritu Santo y todo lo demás, pero sé lo que me enseñaron, que hoy podemos compartir el pan y brindar por la memoria, la justicia, la lucha y la solidaridad.

Que así sea!

*Médico argentino egresado de la ELAM.

Fotos cortesía del Dr.Hugo Ginzberg 

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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