¿Por qué defender las elecciones del 6 de diciembre en Venezuela?

Por Geraldina Colotti

Este episodio está dedicado a Venezuela, en el contexto de América Latina y del enfrentamiento entre la hegemonía imperialista norteamericana y la construcción de un mundo multicéntrico y multipolar que frena su carrera.

Hablamos de Venezuela en términos de actualidad política, pero también en términos simbólicos, ya que es bueno enmarcar su importancia general para las esperanzas de cambio estructural que se abrieron al mundo a principios del tercer milenio con la victoria de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998.

El próximo 6 de diciembre se celebrarán elecciones parlamentarias. Un evento de gran importancia, quizás el más importante en comparación con los 24 anteriores: esta es la elección no. 25 – que han tenido lugar desde la victoria de Chávez hasta hoy. ¿Por qué es la más importante? Primero, porque las elecciones, en la Venezuela bolivariana, pueden definirse como una palanca para aumentar la conciencia de las masas populares. Porque la figura principal de la «democracia participativa y protagónica», como se llama a la venezolana, es la búsqueda de una dialéctica constante entre conflicto y consenso,

Un conflicto permanente determinado por el hecho de que el socialismo bolivariano -que se define como socialismo del siglo XXI- no eligió proscribir a la burguesía a través de la dictadura del proletariado, sino convivir con ella, apostando por quitarle el suelo de debajo de los pies, desmantelando desde adentro el viejo estado burgués, y ganando cada vez más apoyo al proyecto de sociedad propuesto.

Eligió vivir «durmiendo con el enemigo en casa», como dicen, dejando al descubierto el nervio de la coerción revolucionaria. Sólo entendiendo adecuadamente este punto se puede comprender cuán ridículas son las acusaciones de autoritarismo que se hacen contra el gobierno bolivariano.

La filosofía del diálogo guía todos los intentos de mediación política en Venezuela: tanto a nivel internacional a través de la propuesta de «diplomacia de paz con justicia social», como a nivel interno. Una metodología comparable a la que lleva a cabo el movimiento feminista en sus momentos de asamblea más felices: la búsqueda permanente de consensos y el uso del «centralismo democrático» solo para respetar las decisiones colectivas.

Y, por otro lado, la fuerza de la mujer es visible en todos los niveles de las estructuras de poder de la sociedad venezolana: desde los básicos, donde las mujeres dirigen el 80% de los organismos de masas, hasta los poderes del Estado, que son 5, dos más que los canónicos de las democracias representativas, a saber, el legislativo, el ejecutivo, el judicial. La constitución bolivariana prevé dos más, el poder Moral, o ciudadano, y el poder Electoral, todos rigurosamente elegidos, como diríamos, «desde abajo» y revocables por referéndum popular a mitad de período, así como lo es el presidente de la República. Y para mantener unido el equilibrio de estos cinco poderes está el Tribunal Supremo de Justicia.

En los últimos días se ha difundido la noticia del nombramiento de una compañera indígena al ministerio de descolonización y despatriarcalización de Bolivia. Noticia obviamente positiva. En Venezuela, sin embargo, esto ha existido desde que existió la constitución bolivariana, en 1999, y hay ministras que representan, según sus leyes ancestrales, a las más de 35 poblaciones nativas registradas en Venezuela.

El diálogo, en el caso de estas elecciones, ha dado lugar a numerosos encuentros con todos los componentes de la oposición, incluidos los golpistas, encabezados por el imperialismo estadounidense que quiere apoderarse del país, y que por esta razón siempre han abandonado la mesa de diálogo.

Al final, el sistema electoral se ha enriquecido. Un sistema automatizado considerado a prueba de fraude, que da resultados irrefutables en pocas horas, y que lleva meses realizando revisiones y verificaciones, que continuarán incluso después de la votación con todos los partidos presentes y con los «acompañantes» internacionales de todas tendencias políticas. Un sistema automatizado que entrega una contraseña secreta a todas las partes, que pueden controlar aún más el progreso de la votación, y que proporciona tanto una respuesta manual con un comprobante de voto, así como la recepción telemática del voto mediante la huella. Un sistema tan seguro y claro que prevé el inmediato recuento manual de los votos de una muestra de más de 50% de las papeletas escrutadas.

El proceso de diálogo ha permitido ampliar el sistema proporcional, el número de diputados y partidos, manteniendo inalterada la figura prospectiva de la democracia participativa y protagonista. El 40% de los candidatos y candidatas son menores de treinta años, la mayoría de los candidatos y candidatas se presentan por primera vez y la participación de mujeres es del 50%.

Decíamos antes sobre la existencia de los 5 poderes que deben mantenerse en equilibrio, de lo contrario se desestabilizará la democracia. Por tanto, es importante entender que, en 2015, cuando se celebraron las últimas parlamentarias, ganó la derecha. ¿Cómo ganó? Haciendo política con la guerra económica que el imperialismo libró ya durante la enfermedad de Chávez, esperando la debilidad del nuevo liderazgo y jugando con las contradicciones que quedaban abiertas. La misma táctica usada contra el gobierno de Allende en Chile.

Tan pronto como tomó posesión del parlamento, con su amplia mayoría, la derecha intentó inmediatamente retroceder el reloj de la historia, volviendo al sistema de democracia burguesa, que había permanecido vigente desde 1958 hasta la constitución de 1999. Trató de usar uno de los cinco poderes, el legislativo, como palanca para desestabilizar el Estado, mientras que la propaganda neocolonial en Europa, que considera sólo la democracia burguesa occidental digna de respeto, nos hizo creer que Maduro estaba cerrando el Parlamento.

Fueron años de furiosa violencia desatada por la derecha golpista, que fue presentada aquí por los medios hegemónicos como democrática y pacífica mientras quemaba vidas en la calle para ser consideradas chavistas (29 personas terminaron así). La violencia cesó una vez más con la democracia directa, con la participación popular, con el poder popular organizado.

 El 1 de mayo de 2017, durante la fiesta de las trabajadoras y trabajadoras, Maduro de hecho convocó al poder popular constituyente, máxima instancia de poder para el ágora bolivariano y más allá. Una mirada a las demandas que se levantan desde Chile y desde otras partes de América Latina nos hace comprender cuán profunda es la necesidad que la voluntad popular, la verdadera y no mediada por las élites que siempre la pisotean, haga oír su voz en frente al colapso del capitalismo y sus mecanismos de poder en todo el mundo.

Sin embargo, esa decisión, por la cual la mayoría de la población votó por una Asamblea Nacional Constituyente, fue vista en estos lares como un acto autoritario. Maduro cierra el parlamento, se dijo, mientras se planeaban ataques desestabilizadores desde ese parlamento en manos de la derecha, se pedían y se obtenían medidas coercitivas unilaterales que son consideradas como crímenes de lesa humanidad por la ONU, y se llegava a la autoproclamación de Guaidó y al robo legalizado de los activos venezolanos a nivel internacional.

Evidentemente, dada la potestad plenipotenciaria de la Asamblea Nacional Constituyente, ese brote desestabilizador en el cual se había convertido en el parlamento, y que estaba provocando el progresivo desprendimiento también de la parte no golpista de la derecha venezolana, podría haberse cerrado. En cambio, tanto la ANC como el parlamento de oposición continuaron legislando en el mismo edificio, un aula frente a la otra. ¿Cuántos han reflexionado sobre esto?

Hay, por supuesto, comunistas que critican, por así decirlo, desde la izquierda, esta filosofía del gobierno bolivariano, que prefiere apagar el fuego por sí solo con un mínimo de coacción por parte del Estado. Pero, incluso en este caso, deberíamos mirar la historia de las revoluciones, tanto las del gran siglo XX, como los procesos de cambio estructural que se pusieron en marcha con esmero tras la desaparición de ese mundo: el esfuerzo por reconstruir un lenguaje común en la demonización general del comunismo, la dificultad de unir una izquierda desintegrada y silenciada como la que estamos viendo en Europa; el esfuerzo titánico por haber reunido un bloque social anticapitalista y antiimperialista remotivando un nacionalismo progresista y popular, y reconvirtiendo las fuerzas insurrectas y guerrilleras en construir un pasaje a la lucha política por otros medios, pero con los mismos principios (un pasaje por lo contrario hasta hoy cerrado en esta Europa securitaria); la dificultad de reconstruir nuevas relaciones de poder en un mundo dominado por el sistema capitalista.

En este sentido, Venezuela también debe ser considerada un ejemplo para los revolucionarios y revolucionarias de los países capitalistas, que se enfrentan, especialmente en Italia, con una pregunta ineludible: ¿por qué no se llegó al poder ni con elecciones ni con la lucha armada? ¿Por qué, incluso con el consenso que tenía la izquierda en Grecia, no fue posible pasar? Venezuela, como de otras formas y en otras ocasiones lo hizo el pequeño barco Granma en Cuba, nos dice que se puede hacer.

Dice que las masas pueden organizarse en torno a un proyecto de cambio estructural teniendo en cuenta las nuevas condiciones, alianzas y modulaciones, pero con la condición de mantener el mismo espíritu que animó la revolución de 1917 y que llevó a la Unión Soviética, o la Larga marcha china, y que se resistió al imperialismo.

Venezuela es un ejemplo de resistencia y una muestra de los costos a pagar incluso por una verdadera democracia, que solo nos da el socialismo. ¿Crees que, con todo lo que han pasado y están pasando los sectores populares por el feroz bloqueo económico-financiero impuesto por EE.UU. y Europa, con toda la tradición de levantamientos populares que tiene Venezuela, no se habrían deshecho ya de Maduro y del gobierno bolivariano?

Si no lo hacen, si no terminan en una trampa de derecha como ha sucedido en Brasil y otros países latinoamericanos, es gracias a la alquimia que han desplegado, precisamente, en la dialéctica entre conflicto y consenso, donde la conciencia popular, la del poder popular organizado constituye la linfa central.

Para mirar la revolución bolivariana es necesario quitarse las anteojeras, porque la insurgencia de Chávez ha trastocado las categorías tradicionales entre derecha e izquierda, pero no como lo hemos hecho en Europa, en nombre de un posmodernismo que ha debilitado la necesidad de la lucha de clases. Lo hizo relanzando, a su manera, el laboratorio del siglo XX en el presente, y poniendo en conocimiento del mundo los límites de la democracia burguesa, los límites de un voto ritual en el que siempre deciden las 60 familias que gobiernan el mundo. “En Estados Unidos hay un sistema fraudulento, del tercer mundo ”. ¿Sabes quién lo dijo? El Sr. Donald Trump, respondiendo a los periodistas por qué no tiene la intención de admitir su derrota ante el «demócrata» Biden.

Mientras tanto, las señoras y señores de la Troika, en Europa, se enfrentan a la resistencia de aquellos países de la Unión Europea que no quieren ofrecer garantías sobre los «derechos humanos». Pero la Unión Europea sanciona precisamente a aquellos países que, como Venezuela, se centran en los derechos básicos de las personas, hogar, trabajo, salud, educación, sin separarlos de todos los demás derechos, siendo los primeros requisitos previos para todos los demás derechos.

Para comprender la particularidad del sistema bolivariano, basta con mirar la diferencia entre lo que ocurre en los países capitalistas en cuanto a la relación entre la legitimidad de los derechos y la legalidad del estado burgués. Quienes no tienen casa y la ocupan, quienes ocupan espacios destinados a la especulación y los entregan a la ciudadanía, son desplazados y procesados, quienes no tienen trabajo y protestan, son “invitados” con la fuerza a respetar la «propiedad privada». Es más culpable quien funda un banco que quién lo roba, escribió el gran poeta revolucionario Bertolt Brecht. Pero, ¿Quién sigue hoy sus palabras?

En Venezuela, cuando las grandes empresas privadas huyen por la noche poniendo candados en las fábricas y dejando a los trabajadores en casa, son los propios ministros e incluso el presidente quienes van a quitar los candados y entregar las fábricas a los trabajadores, dotándolos de las herramientas para continuar.

¿Qué tipo de sociedad propone el socialismo bolivariano? Cualquiera puede hacerse una idea leyendo al menos tres textos fundacionales: la Constitución Bolivariana, también disponible en otros idiomas, el Libro Rojo, el estatuto del Partido Socialista Unido de Venezuela, y el libro Violeto, con las tesis del socialismo feminista. Así se podrá ver cuál es la genealogía de referencia, el panteón de madres y padres que van desde los héroes y heroínas indígenas, hasta las y los cimarrones, hasta el árbol de las tres raíces: Simón Rodríguez, el maestro libertario del Libertador, Simón Bolívar, padre de la patria venezolana cuyo sueño era construir una Patria Grande para todo el continente, y el símbolo de las luchas campesinas, Ezequiel Zamora.

Luego están los pensadores y las pensadoras del marxismo y de la independencia latinoamericana, y las influencias de corrientes de pensamiento como la Teología de la Liberación, que nos lleva a considerar a Cristo como el primer socialista. Uno de los principales referentes es el revolucionario peruano Carlos Mariátegui, según el cual el marxismo no debe ser “ni calco ni copia”, sino una inspiración ideal y concreta para la realidad concreta.

El PSUV se fundó en 2007, tras un período de incubación que aprovechó todas las sugerencias vividas en el laboratorio de prácticas e ideas que se habían puesto en marcha en esos años y que, en torno a la exhortación de Simón Rodríguez, “o inventamos o erramos”, terminó discutiendo cuestiones históricas que han dividido, incluso dramáticamente, al movimiento obrero en el transcurso de la historia: por ejemplo, entre centralización y autogestión.

Así, paralelamente a los procesos de nacionalización que permitieron recuperar las principales industrias del país, se desarrolla el estado de las comunas, donde se organiza el poder popular, dentro pero también fuera del partido, se organiza la gestión de la polis, en fábricas y barrios, o en la economía popular, a través la gestión directa del presupuesto. Una de las principales propuestas del chavismo por el nuevo parlamento que saldrá del 6D es el parlamento comunal.

Lo que propone el socialismo bolivariano es una sociedad de economía mixta, que lucha contra los grandes monopolios pero intenta poner la propiedad privada no especulativa al servicio del desarrollo de las fuerzas productivas, siempre que respete las estrictas leyes del trabajo y el medio ambiente. Una economía en la que la propiedad social y autogestionaria se desarrolla cada vez más, hasta el punto de reducir el peso de la propiedad privada, que en todo caso debe mantenerse bajo control estatal.

Y se podría continuar, porque la revolución bolivariana tiene un carácter verdaderamente permanente, continuo y dialéctico, que intenta estar a la altura de los desafíos del presente.

El desafío de cuántos y cuántas quieren reiniciar un proceso de cambio estructural incluso en los países capitalistas, es decir, que consideran que el primer deber de un comunista es hacer la revolución en su propio país, es abandonar vacilación y decir enérgicamente a los Estados Unidos y la Unión Europea: manos fuera de Venezuela. Esto también se puede decir firmando la petición de la Red europea en defensa de la revolución bolivariana que se puede encontrar, en varios idiomas, en el sitio web francés le deux rives.

Tomado de Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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