Cuba: Joel Caballero y un milagro posible

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Por Dailene Dovale de la Cruz.

Es viernes, 2 de marzo de 2018. Joel Caballero, médico de la Clínica Central Cira García, cumple sus 34 años. Ese día queda guardado en su memoria (y en su diario).

Hacía una semana, su colega Dr. Iosmill Morales Pérez, le había comentado sobre un paciente de solo diez años. El joven médico conoció al pequeño y su madre. Observó un niño de piel pálida, delgado, de ojos claros, muy temerosos y sollozantes, que era trasladado junto a su mama a la sala de espera.

Un ángel guardián, así se presentó al pequeño, quien entre llantos le confesó gustar el fútbol, adorar el equipo Real Madrid y al jugador Cristiano Ronaldo. Prometió, entonces, regalarle un afiche de Cristiano Ronaldo si se portaba bien.

«Luego le pregunté (indagando sobre la pérdida de olfato secundaria al tumor) si él era capaz de reconocer el sabor de un helado con los ojos cerrados. No podía. Solo sabía el sabor por el color. Para atenuar la situación le dije que sí existía el chocolate blanco. Prometí una barra si se portaba bien. Ya iban 2 promesas».

El 2 de marzo, despierta a las 6 de la mañana. Es el día marcado para la cirugía. Durante la semana se prepara para el proceder, revisa el instrumental, la técnica quirúrgica, la estrategia a seguir en el paciente.

Una hora después, su colega pasó a recogerlo y llevaron todo un arsenal de instrumentos y dispositivos médicos para la cirugía, en el Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez.

Después de sortear varios obstáculos, se encontraban ambos en el salón (el médico y su pequeño paciente).

-Joel, Joel… ¿Esto va a hacer rápido?

-Sí.

-Recuerda mi chocolate blanco –le dice el pequeño con picardía–y mi poster de Cristiano Ronaldo.

La tarde de 3 de septiembre nos encontramos por primera vez, en su casa muy cerca de la heladería Coppelia. Confieso, entonces, conocer historias de pacientes casi salvados, no por un milagro divino, sino tras el esfuerzo de él y todo un equipo. La primera pregunta a este ser cargado de un optimismo irremediable, va hacia los orígenes: ¿Qué le motivó a estudiar medicina?

«Tiene que ver con mi afinidad por las Ciencias Naturales, por la biología como asignatura. Desde pequeñito, en fin de año, que se diseca un cerdo, tenía mucha curiosidad por el conocimiento de los órganos internos de los animales».

Las rutinas de este médico son una sucesión de estudio, atención a pacientes, operaciones y más estudios. «Los lunes es un día de consulta donde atiendo muchos pacientes, tengo una larga lista de espera y termino a veces hasta la noche. Los martes y los jueves suelo operar en otro centro, normalmente los hospitales pediátricos, Juan Manuel Márquez, el William Soler, también opero en el Cira García, y también puedo tener cirugía en el Oncológico, aunque el día de las grandes operaciones es el miércoles”.

Cada paciente precisa estudio e investigación. La neurocirugía, acota, es una especialidad tan joven tiene quizás pocos años y está en continua evolución. Las técnicas cambian y cada paciente es muy diferente, requiere preparación psicológica, estudiar el caso y analizar la estrategia.

«El éxito de la cirugía está en la estrategia, en clasificar bien la cirugía y evaluar antes al paciente. Seleccionar bien la técnica quirúrgica y la estrategia. Visualizo varias veces las operaciones que voy a hacer con cada paciente. Es complicado pero es muy lindo».

Durante un recorrido por el centro con dos residentes de Neurocirugía, es convocado a inter-consultar una paciente en la sala de Atención Médica Internacional. Era una joven, de apenas 33 años con una cuadriplejia (incapacidad para movilizar el cuerpo) secundaria a un tumor cervical extenso.

La paciente, relata el médico,  ya había sido operada en Inglaterra hacía 5 meses por un tumor cervical extenso y permaneció en ese estado durante 4 meses.

Durante el examen, nota varios detalles: una ausencia total de movilidad en los cuatro miembros y, a pesar de ello, no contar con complicaciones como escaras o infecciones respiratorias,

La madre, única acompañante,  explica que buscaban una segunda opinión. Después de la primera cirugía la biopsia no fue concluyente y la paciente se encontraba sin diagnóstico y sin tratamiento específico. Un presentimiento la llevó al avión y a Cuba.

«Después de evaluarla ella insistió en la cirugía. Discutí su caso con los intensivistas, los anestesiólogos y practiqué la cirugía».

La joven recuperó la fuerza completa. Queda como una lección en vida. «Me mandó fotos con los niños. ¡Imagínate una muchacha que estaba confinada ya a la muerte!»

¿Qué siente ante una operación?

«Mucho miedo. Puede ocurrir una complicación, a pesar de seguir los protocolos y realizar una buena técnica quirúrgica. Mi principal sentimiento es de temor, ante alguna complicación. ¿Cuál es la herramienta que tengo para poder vencer ese miedo? El deseo del buen resultado, pensar lo que significa para ese paciente salir bien. Tienes miedo porque está la familia afuera, puede ser un niño, puede ser la familia, la esposa, el papá o la abuela de alguien, que espera afuera por el resultado».

Tras culminar la cirugía, Joel Caballero revisa el material, acompaña al paciente a terapia. No abandona el hospital hasta que el paciente está en terapia intensiva. Deja el hospital una hora o dos horas después de la cirugía.

Semejante carga de trabajo influye en que sus horarios no sean flexibles y roben parte del horario familiar. «Es difícil. Muchas veces llego a la casa y la niña está durmiendo, mi esposa me cuenta algo que hizo ese día y me lo perdí».

Al trabajo tenso y agotador en el hospital, lo acompaña el estudio desde la casa. «Tú ves ahí está montada en la computadora con un lector de CD. Esto es como una extensión del trabajo. Es inevitable».

Joel Caballero es muy joven, tiene apenas 34 años. Tiene el deber de sanar cuerpos, pero hay más en su rutina laboral. «Todos los años publico entre tres y cinco publicaciones en revistas de alto impacto y digamos que eso ya es una pasión». Pero quizás su cualidad más hermosa es esa capacidad de sentir como propio los padecimientos de sus pacientes.

Puede hablar de ellos, como si fueran los amigos-vecinos-familiares de siempre: de la cirugía a un médico intensivista, un músico, los familiares de otros colegas, ancianos, niños y siempre entregar todo el esfuerzo posible, para tener un final feliz.

Un final que es comienzo, como aquella vez. Mientras aquel niño perdía los efectos de la anestesia y todo el personal acompañante habla animado, él irrumpe con evidente preocupación: «Ahora solo hay algo malo… Tengo que comprar una barra de chocolate blanco».

Tomado de Juventud Rebelde.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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