De Patria y cultura en tiempos de Revolución (III)

Entre 2015 y 2016 primó un nuevo enfoque en las proyecciones de Estados Unidos hacia Cuba: se le excluyó de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo; se restablecieron las relaciones diplomáticas con embajadas en ambas capitales; se firmó un declaración conjunta para garantizar la migración regular, segura y ordenada, que puso fin a la política de “pies secos, pies mojados” y al programa de admisión para profesionales cubanos de la salud; se reanudó el correo postal directo y se restituyeron los vuelos comerciales de aerolíneas estadounidenses; se firmaron acuerdos de telecomunicaciones y contratos con una compañía norteamericana para la gestión de dos hoteles en La Habana; se concretaron más de 1.200 acciones de intercambio cultural, científico, académico y deportivo; más de 230 delegaciones empresariales y 284.000 turistas estadounidenses visitaron la Isla en 2016 (crecimiento del 74% respecto a 2015), y ese mismo año se concluyeron 23 acuerdos comerciales. No obstante, se “mantuvo sin variaciones esenciales la proyección geopolítica de Estados Unidos sobre Cuba, de promover cambios en el orden político, económico y social, con un enfoque más sutil y en correspondencia con la concepción estratégica del denominado ‘poder inteligente’” (González, 2017).

El nuevo diseño de subversión ideológica apostó por convertir el sector privado en un adversario de la Revolución a mediano plazo. Tal proyección tenía un precedente: el trabajo del Cuba Study Group, presidido por Carlos Saladrigas, cubanoamericano de rancia estirpe batistiana, que llevaba una década abogando por generar un “embrión de alternativa moderada y centrista” para socavar las concepciones antimperialistas de nuestro pueblo y los fundamentos clasistas que llevaron a la Generación del Centenario hasta la Sierra Maestra. En ese curso pretendió fomentar la microeconomía del país mediante la creación de un fondo de 300 millones de dólares para conceder créditos al sector privado. No se trataba de diversificar los actores económicos, por el contrario, formaba parte del diseño del Plan Bush. “Esta organización confía en que de la microempresa se llegue a la pequeña empresa y, de este modo, nazcan grandes empresas”, admitió Saladrigas en Madrid en octubre de 2007 (Peraita, 2007) en una entrevista en la que declaró como paradigma teórico de su proyecto al economista neoliberal Hernando de Soto, presidente del ultraconservador Instituto Libertad y Democracia, y asesor presidencial del corrupto y asesino Alberto Fujimori.

La meta no era fomentar las Pymes (pequeñas y medianas empresas) en la Isla, que forman parte de la concepción del modelo de desarrollo del socialismo cubano. En el plan de Saladrigas estas solo constituyen un punto de partida, y del resto se encargarían los programas de intercambio y formación de liderazgo que toman como paradigmas a Friedrich A. Hayek y Milton Friedman —marco teórico de la mayoría de los estudios de economía en Estados Unidos. La aspiración es abrir las compuertas de la conciencia cubana a la doctrina neoliberal —inclemente adversaria de las Pymes.

Bajo esta lógica estimularon la creación de una élite dentro del sector privado que, para convertir en demandas políticas las aspiraciones económicas que pretenden inculcarle, necesitaba de un núcleo intelectual y un espacio de legitimidad para la corriente socioliberal en un país en que la inmensa mayoría del pueblo —y de su vanguardia artística e intelectual— es leal a la Revolución y a su proyecto social. Todo apunta a que no perdieron tiempo durante los 18 meses que se extendieron las negociaciones secretas bilaterales. En ese lapso emergió una plataforma de articulación de esos intereses alimentada desde la administración Bush.

Raúl Antonio Capote, profesor y escritor cubano reclutado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en 2004, reveló las acciones al respecto de Kelly Keiderling, oficial de caso ubicada como jefa de la Oficina de Prensa y Cultura de la Sección de Intereses en La Habana, graduada por la Universidad de Georgetown —de donde salen la mayoría de los oficiales de la CIA y los funcionarios del Departamento de Estado— y con estudios de posgrado en el Colegio Nacional de Guerra de Washington. Kelly trabajó para formar grupos de debate, principalmente entre intelectuales y escritores afectados por la censura o con posiciones de distanciamiento hacia la Revolución. Capote ubica al principal gestor del “laboratorio” Cuba Posible como asiduo concurrente a las tertulias en la residencia de Kelly, que “no dieron el fruto esperado por la baja asistencia de los invitados y por lo comprometedor del lugar” (Capote, 2017).

Su espíritu, empero, estuvo en los debates teóricos promovidos por la revista Espacio Laical, que legitimaron la presencia de agentes enemigos pagados por Estados Unidos dentro de la oposición interna, junto a todas las corrientes ideológicas dentro y fuera de la Isla. Se trataba de confraternizar para derruir las barreras políticas de una Revolución radical, mientras Estados Unidos arreciaba el bloqueo y no abandonaba los epítetos de la guerra fría. El 21 de marzo de 2012 Saladrigas participó en la conferencia “Cuba necesita una revolución tecnológica. Cómo la Internet puede descongelar una isla congelada en el tiempo” —presidida por Marco Rubio y Mauricio Claver-Carone en la ultraconservadora The Heritage Foundation—, y ocho días más tarde Espacio Laical le organizó una disertación en la Isla; al final —estaba en el guion— posó radiante para las cámaras junto a contrarrevolucionarios del auditorio.

A las tertulias de Kelly también asistió una condiscípula suya en Georgetown: Katrin Hansing, profesora de Antropología del Baruch College en Nueva York y experta en el tema Cuba dentro de la vertiente menos beligerante del diseño de influencia. El 10 de febrero de 2013 —mientras su compañero de claustro, Ted Henken, se preparaba para acompañar a Yoani Sánchez en su gira por Estados Unidos—, Katrin envió a Soros un informe con un título revelador: “Documento de antecedentes: Cuba”, que concluía: “El actual período de cambio es un momento oportuno para tender la mano y trabajar con Cuba y los cubanos, para apoyarlos a convertirse en una sociedad más abierta” (Hansing, 2013).

Cuando en 2014 la Iglesia pidió a los editores de Espacio Laical cesar su trabajo en la revista, crearon Cuba Posible. El 21 de noviembre ya alcanzaron presencia en The New York Times: “La pareja refleja un colapso de la política binaria de los cubanos pro y anticastristas que dominaron durante décadas”, apuntó la corresponsal en México antes de indicar que pondrían “a prueba el umbral del gobierno para el debate, así como el apetito de los cubanos por encontrar una tercera vía” —lo mismo que intentó Eisenhower cuando se hizo evidente que Batista estaba derrotado. “Consultada” por la periodista, Katrin Hansing los calificó de “reflexivos y valientes” (Burnett, 2014). Al producirse el disparo de arrancada el 17 de diciembre, les tendieron una alfombra roja en el Departamento de Estado y les crearon una cuenta en un banco en el exterior.

Varios intelectuales con una obra aportadora creyeron en sus buenas intenciones. Comenzaron a retirarse al apreciar su entusiasmo desmedido por los nexos con la administración Obama y salir a la luz el patrocinio de Open Society, en cuya sede en Nueva York llegaron hasta a organizar un evento con un experto en transición de la Fundación Friedrich Ebert. Estaban haciendo carrera política e intentaron patentar el eufemístico y trillado término de “centrismo” para legitimar un proyecto de base neoplattista.

Ganaron atención —uno de ellos incluso fue acogido como miembro de Diálogo Interamericano— y asistencia financiera, no por sus tesis para perfeccionar el modelo de desarrollo escogido por el pueblo cubano, sino por declararse a favor del pluripartidismo y de establecer una socialdemocracia “tropical” —a solo 90 millas de Estados Unidos y, por supuesto, con un modelo neoliberal—, como si este pueblo no estuviera suficientemente “escamado”. Toda la retórica no consiguió velar sus intenciones de pulsear por el gobierno.

Ya entonces un grupo de jóvenes periodistas y profesores universitarios activos en las redes sociales disfrutaba de becas en Estados Unidos, Holanda y Alemania. Habían sido identificados por Ted Henken, profesor de Sociología en el Baruch College y uno de los expertos en “transición” de las conferencias académicas que nutrieron el Plan Bush, quien viajó a la Isla en 2011 para caracterizar este fenómeno desde el terreno. En su informe-artículo publicado en una revista financiada por la Fundación Friedrich Ebert, Henken reconoció que la administración Obama concebía Internet y la expansión de las comunicaciones con la Isla como herramientas clave de su propia política contra el gobierno cubano. Subrayó una idea “esperanzadora” que llamó la atención: “En los últimos años la extensión de la blogósfera cubana ha sido capaz (…) de construir algunos puentes y espacios que buscan salir de los ‘monólogos’ tanto oficialistas como opositores. Todo ello en un contexto en el que tanto para el gobierno cubano como para el de Estados Unidos la web forma parte de una batalla política de mayores dimensiones” (Henken, 2011: 90).

Poco después fue destacado como segundo jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana Conrad Tribble, oficial del Servicio de Inteligencia del Departamento de Estado con una maestría en el Colegio Nacional de Guerra de Washington, aficionado al canto, la música y activo en Twitter; por tanto, capaz de atraer la simpatía de jóvenes blogueros. Ello, unido a un agresivo programa de becas —35 millones de dólares destinó la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en 2015 a un nuevo plan de educación superior para América Latina— y los 40 millones de dólares para los programas de cambio de régimen administrados por contratistas de la USAID y la Fundación Nacional para la Democracia (NED) entre 2015 y 2016 —recibieron 304 millones desde 1996; el 90 % a partir de 2004—, le permitió a la administración Obama crear y articular una red de sitios web proclamados “independientes” —calificativo que no se reduce a Cuba y se extiende a los sitios creados contra la izquierda mundial—, con alcance a todos los sectores de nuestra sociedad y la emigración.

Una hornada procedente de facultades de humanidades de las universidades cubanas se unió a los propósitos de la contrarrevolución. La mayoría emigró entre 2010 y 2015. Sufrían los efectos de la crisis global de 2008 y los contratos de la USAID y la NED les garantizaron estabilidad financiera. Otros en el país, críticos de la política editorial de nuestros medios, quizás en un principio tuvieron la ilusión de hacer un periodismo diferente. Entre los de mayor protagonismo en esa nueva plataforma mediática anticubana —dentro y fuera de la Isla— resaltan 14ymedio, ADN Cuba, Cibercuba, Rialta, El Toque y El Estornudo.

Obama concluyó su mandato el 20 de enero de 2017. Cuatro meses después Donald J. Trump ya había sellado una alianza con Marco Rubio y seleccionado como director de la CIA a Mike Pompeo —más adelante lo elevó a secretario de Estado—, quien tras titularse en la Academia de West Point patrulló el telón de acero hasta la caída del Muro de Berlín. Miembro del Tea Party, Pompeo tendría un papel protagónico en la revisión de los programas de subversión contra Cuba.

El 16 de junio de 2017, en el teatro Manuel Artime Buesa de Miami, y frente a un auditorio que anhelaba detener el proceso de normalización de las relaciones bilaterales, Trump cambió las reglas del juego: rodeado de politiqueros, esbirros y mercenarios calificó de equivocada la PPD-43 y la derogó. Para exaltar los ánimos rememoró Bahía de Cochinos, la Crisis de Octubre, la operación Peter Pan y el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, mientras un multipremiado grupo de terroristas deliraba de entusiasmo. Ninguno llevó una bandera cubana. “¡USA! ¡USA! ¡USA!” clamaban agitando banderitas de Estados Unidos. Y en las postrimerías del acto, hombres y mujeres con la mano derecha en el pecho escucharon sobrexcitados la versión de “The Star-Spangled Banner” mal tocada por un violinista cuyo mérito —según dijo Trump— era ser el hijo de Benigno Haza, quien participó junto a José María Salas Cañizares en el asesinato de Frank País, Raúl Pujol y otros jóvenes santiagueros durante la tiranía de Batista.

Trump dio un vuelco a las relaciones bilaterales: tendió una alfombra roja en el despacho oval a la brigada 2506 y puso la gestión de la política hacia Cuba en manos de una nueva generación dentro de la órbita reaccionaria y revanchista que impera en la Florida. Nombró a Mauricio Claver-Carone como director del Hemisferio Occidental en el Consejo de Seguridad Nacional —funcionario de más alto rango en la Casa Blanca para los asuntos de América Latina y el Caribe—; a Yleem Poblette, subsecretaria de Estado para Control de Armas, Verificación y Cumplimiento, y a Mercedes Viana-Schlaap, consejera principal para comunicaciones estratégicas. Como administrador asistente del Buró de Latinoamérica y el Caribe de la USAID fue designado John Barsa, exasesor en la Cámara de Representantes de Lincoln Díaz-Balart y, en el momento de su nominación, funcionario del Departamento de Seguridad Nacional.

Convencidos de que la lucha por hacerse del poder político en Cuba está signada por la lucha de clases, y que —más allá de legítimas insatisfacciones— la orientación popular de la democracia en Cuba cuenta con el respaldo mayoritario de su gente, los teóricos de la subversión en Estados Unidos apostaron por generar el caos en un pueblo condenado a la asfixia económica. Mientras, intentaban fomentar ínfulas de millonarios entre una clase media alta que necesitaría barrer el socialismo para satisfacer sus aspiraciones personales, y una cifra creciente de nuestros graduados universitarios recibían de manera directa formación neoliberal en becas de maestrías y doctorados concedidas por prestigiosas instituciones de enseñanza superior en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica.

En medio de carencias inducidas e insuficiencias del modelo económico cubano y de su gestión —incluida la resistencia silenciosa de quienes rechazan los cambios demandados por las circunstancias—, la revolución de las comunicaciones se encargó de acrecentar el espejismo del “sueño americano” renovado por la industria del entretenimiento. El consumo como supuesta esencia de la vida llega hoy por canales mucho más eficientes que Hollywood: Instagram, Facebook y WhatsApp, tres redes sociales de Internet que propician una necesaria cercanía familiar con esos jóvenes cuya elevada instrucción les concedió una ventaja determinante en los países de su asentamiento, luego de recibir ofertas laborales al concluir estudios de posgrado. Paradójicamente, nuestra televisión difunde esos modelos replicados en películas, novelas y series extranjeras, y hasta en la programación para niños y jóvenes, lo que completa el veneno en quienes no tienen acceso a medios digitales, por lo general familias con bajos recursos.

Esa clase media alta que pretenden desarraigar necesita de un núcleo intelectual encargado de subvertir los símbolos construidos a lo largo de 150 años, y capaz de sembrar en el imaginario popular, mediante malabares lingüísticos, la imagen de una Cuba enferma de cáncer con metástasis en su institucionalidad revolucionaria como consecuencia de la genética social —o sea, nada tienen que ver la guerra genocida de Estados Unidos ni las incapacidades o pifias internas; el problema es estructural: el socialismo es inviable.

Durante 2019 el clima bilateral entre Estados Unidos y Cuba experimentó un deterioro sustancial. Las medidas coercitivas y las acciones de subversión ideológica generaron un escenario de confrontación acelerada. Ante la situación atravesada por Venezuela y el complejo escenario socioeconómico interno, quienes se hallaban al frente de los planes de desestabilización asumieron el momento como una oportunidad sin precedentes para forzar los cambios.

El núcleo intelectual a cargo de los programas de cambio de régimen, pese a todo, no lograban ver la luz al final del túnel. “¿Piensan los miembros del Partido Comunista y los miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FAR) que podrán mantener la estabilidad política y la paz social en medio de un estancamiento económico que puede agravarse cuando el régimen venezolano colapse completamente?”, se preguntaron en un artículo publicado el 2 de mayo de 2019 en openDemocracy —sitio británico financiado por Open Society y la Fundación Ford— las politólogas Laura Tedesco, vicedecana de Artes y Ciencias en Sant Louis University-Madrid Campus, y Rut Diamint, profesora de la Universidad Torcuato di Tella en Buenos Aires. Para ellas el entusiasmo originado “con el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, la visita de Barack y Michelle Obama, los Rolling Stones y el desfile de Chanel hoy es un sueño irrepetible. Solo el deteriorado gobierno venezolano mantiene un respeto inmaculado por el poder cubano”. Y apuntaron otra intencionada idea:

Miguel Díaz-Canel apuesta por el inmovilismo. Para este cubano sin carisma, anodino y fácilmente olvidable sería impensable promover cambios que pudiesen desestabilizar el poder de las FAR y al supuestamente todopoderoso General de Brigada Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, director del Grupo de Administración Empresarial, S.A. y exyerno de Raúl Castro. Y, sin embargo, el cambio será inevitable. No sabemos cuándo, ni cómo, ni quién lo impulsará o lo llevará a cabo. La paciencia de los cubanos no es eterna. Por ahora, el poderío de la burocracia cubana suena inquebrantable y su autoridad indiscutible, pero vale recordar que la revolución es un producto de condiciones históricas y esas condiciones no son inmutables.

Las autoridades no parecen atentas a cómo preservar los logros, si un cambio se avecinara. La sobrevivencia eterna de la revolución es una utopía que ni los propios generales de las FAR pueden creerse. Es posible que no sepan cómo salir. Ni cómo protegerse a sí mismos en un proceso de cambio. Y lo más inquietante, del otro lado de la vereda no hay nadie que asuma la responsabilidad de transformar Cuba. La disidencia, los grupos opositores, los cubanoamericanos, no han mostrado, hasta ahora, capacidad para articular una propuesta de gobierno o movilizar a los cubanos descontentos por las penurias cotidianas.

(…)Díaz-Canel podría ir ya preparando su transformación a reformista o su discurso de despedida (Tedesco y Diamint, 2019).

Tedesco y Diamint coordinan desde 2016 el proyecto Diálogos sobre Cuba, como parte del programa de formación de liderazgo de la NED —antes Tedesco coordinó por cuatro años un proyecto sobre liderazgo en Argentina, Venezuela, Ecuador, Uruguay y Colombia con dinero de Open Society. Con más incertidumbre que certezas, en julio convocaron a un taller los días 12 y 14 de septiembre de 2019 en Sant Louis University-Madrid Campus, institución jesuita estadounidense vinculada al ejército, en la que se enseña en inglés y completan estudios los soldados acantonados en Madrid. Querían evaluar el papel de las Fuerzas Armadas en los cambios que pretenden promover; y también adiestrar. Los participantes tenían que realizar una lectura previa a su concurrencia al evento, asistir a todas las actividades previstas y, muy importante, regresar a Cuba una vez finalizado el programa. ¿Sus figuras principales? El expresidente español Felipe González y el británico Richard Youngs, viejo contratista de la NED que preparó una conferencia sobre el poder transformador del activismo político.

Asistieron al taller dos agentes enemigos pagados por sucesivas administraciones de Estados Unidos: Manuel Silvestre Cuesta Morúa y Reynaldo Escobar (esposo de Yoani Sánchez), y una de reciente incorporación a la plantilla: Yanelis Núñez Leyva. También un dramaturgo, autor de varias obras llevadas a las tablas durante los últimos años sin sombra de censura. ¿De qué podría aleccionar González, un hombre que asumió la dirección del Partido Socialista Obrero Español gracias al auxilio de la CIA y la Inteligencia franquista, y luego de asumir la presidencia del país creó en octubre de 1983, y dirigió con el seudónimo X —como revelan documentos desclasificados por la CIA—, los Grupos Antiterroristas de Liberación que por cuatro años secuestraron, torturaron, asesinaron y enterraron en cal viva a 27 presuntos militantes etarras en territorio de Francia? ¿De qué hablaría un hombre que se hizo millonario con la política y hoy se ha unido a José María Aznar para vender en Europa a Juan Guaidó, un producto made in USA? ¿Qué hacía un dramaturgo en este taller sobre cómo aniquilar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, símbolo del más profundo patriotismo mambí, para derrocar la Revolución?

La beligerancia ganó en perfidia. El reverdecer del discurso de una progenie de estirpe terrorista alimentó un segmento de la emigración que llegó después de 2010 y no halla el “sueño americano”. Para no culparse, desahogan su furia en la Revolución y en Fidel. Sus esfuerzos se articularon con fondos de la USAID, la NED y parte del dinero que puso a correr en la Florida el grupo supremacista Proud Boys, que dirige Enrique Tarrio, hijo de cubanos nacido en Miami hace 34 años, que mantiene vínculos con la ultraderecha y la maquinaria republicana local. Florecieron el fascismo y la xenofobia, y la guerra psicológica adquirió una dimensión rayana en el terror. Auxiliado por el desarrollo de las comunicaciones, el corro adaptó los mensajes a una audiencia que ha encontrado en las redes sociales de Internet el canal para proyectar sus propios reveses y rabias.

Así se llegó al 3 de noviembre de 2020, el martes negro en la carrera política de Donald J. Trump, único presidente de Estados Unidos no reelecto para un segundo mandato en los últimos treinta años. El pueblo de Cuba fue capaz de resistir al acoso y de sobrevivir al nudo gordiano con que intentaron estrangularlo en medio de la Covid-19 —200 medidas en cuatro años, incluida la inédita implementación de los títulos III y IV de la Ley Helms-Burton. A Eliot Abraham, experto en guerra sucia con rol protagónico en el Irangate, buscado por Trump en la reserva de hienas, debía ocurrírsele algo. Tenían lo necesario dentro del equipo anticubano del gabinete, reforzado con varias promociones: Josh Hodges, protegido de Mauricio Claver-Carone, pasó de subdirector para el manejo de información en el Directorado de Comunicaciones Estratégicas del Consejo de Seguridad Nacional, a director para el Hemisferio Occidental; Carlos Trujillo, de embajador ante la Organización de los Estados Americanos, a subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental, mientras John Barsa fue nombrado administrador general de la USAID.

Timothy Zúñiga-Brown, encargado de negocios en La Habana, disponía en el populoso barrio de San Isidro de un grupito dado a “las groserías manieristas y fascistoides” —como apuntó un escritor y crítico cubano—, que había proclamado a Trump como su presidente y hasta uno de sus integrantes demandó a viva voz una intervención militar yanqui contra Cuba. Crear una situación de contingencia no les sería difícil y la orden llegó: “Sin piedad, es hora de escalar hasta la cima”.

Continuará…

Bibliografía:

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Tomado de Cubadebate /  Fuente: La Jiribilla/ Foto de portada: EFE.

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Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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