Mujeres de ciencia, entre la realidad y el estereotipo

Por Dixie Edith.

¿Cuántas mujeres científicas recordamos de nuestros libros de historia, ciencias naturales, matemática, física? ¿De cuáles nos hablaron en clase? ¿Cuántas noticias de ellas recibimos a través de los medios de comunicación? Las mujeres científicas siempre han estado en todas las esferas, y a todos los niveles, pero a menudo no las vemos. La historia se ha encargado de tacharlas de brujas, de esconderlas, de subestimarlas, incluso desde la voz y la pluma de destacados escritores y pensadores como Aristóteles, Erasmo de Rotterdam, Dostoievski, Pitágoras, Schopenhauer, Oscar Wilde, Santo Tomás de Aquino… 

Sin embargo, hasta el momento es una mujer, Marie Curie, la única persona en el mundo ganadora de dos Premios Nobel en diferentes categorías (Física, 1903 y Química, 1911). Fue Ada Lovelace, matemática y escritora, quien dedujo el algoritmo de la programación informática; Vera Rubin, quien descubrió la materia oscura y Caroline Herschel, quien develó la existencia de ocho cometas y fue coinventora del telescopio Herschel.  

En tanto, la neurobióloga Rita Levi-Montalcini descubrió la sustancia conocida como factor de crecimiento de los nervios, aporte por el que recibió en 1986 el Premio Nobel de Fisiología y Medicina; la química británica Dorothy Crowfoot Hodking descubrió, en 1969, la estructura cristalina de la insulina y Rosalind Franklin, utilizando la técnica de fracción por rayos X, obtuvo la imagen clave de la estructura del ADN. Más recientemente, la francesa Francoise Barré-Sinoussi descubrió, junto a Luc Montaigner, el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). 

De este lado del mundo, justo en el año en que el 11 de febrero, designado por las Naciones Unidas como el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia desde 2016, se dedica a las científicas en la lucha frente la COVID-19, dos cubanas ponen cerebro y corazón en las tareas del Panel Internacional de expertos que funciona como Grupo Asesor para el enfrentamiento de la COVID-19 en el mundo: Tania Crombet, directora clínica del Centro de Inmunología Molecular, y Guadalupe Guzmán, titular de investigación y diagnóstico del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK).  

No son las únicas. En Cuba, son mujeres el 42 por ciento de quienes investigan -entre titulares y auxiliares-, y resultan amplia mayoría en cuanto a categorías de especialización en tecnología de avanzada. Ellas representan, además, el 69,6 por ciento del sector de la salud pública, el 53,5 por ciento del sistema de las Ciencias, la Innovación y la Tecnología; y el 48 por ciento del universo científico del archipiélago.  

En pocas palabras, sobran ejemplos para contrarrestar a quienes dudaron, o aún dudan, de la capacidad intelectual de las mujeres. Si bien la lucha por librarse de la hegemonía machista ha sido escabrosa, no ha faltado la mujer dispuesta a transgredir los patrones “preestablecidos” por una sociedad históricamente patriarcal.  

“Aborrezco a la mujer sabia”, dijo Eurípides. Y no era simple manía de carácter, sino otra manera de hacer tangible el sempiterno y sistemático temor de que las mujeres salieran de los fogones y se convirtieran en sujetas con voz y derechos. El propio poeta griego, fiel a su género y a su época, nos dio la clave: “Que no viva bajo mi techo la que sepa más que yo, y más de lo que le conviene a una mujer. Porque Venus hace a las doctas las más depravadas”. 

De entonces acá la vida ha cambiado, pero las batallas de las mujeres por un espacio propio siguen estando plagadas de obstáculos. Más allá de las tareas del hogar, el cuidado de los hijos, las manualidades y las novelas, muchas sintieron la inclinación de descubrir otras profesiones. Las amantes de las letras se vieron obligadas a esconderse tras un seudónimo, la doctora a vestirse de hombre y la científica a mantenerse a la sombra del esposo.  Sobre todo, ha sido un reto mayúsculo derrumbar el mito de que la ciencia es masculina. Y no se trata solo de los estereotipos heredados a nivel simbólico, sino de cómo se instalan en el imaginario colectivo y se convierten en obstáculos concretos.  

Ellas cuentan sus historias  

Este jueves 11 de febrero, el Instituto de Cibernética, Matemática y Física (ICIMAF), de conjunto con la Sociedad Cubana de Física, la Academia de Ciencias y la Universidad de la Habana polemizaron, desde las plataformas vituales, sobre esas vallas cotidianas que enfrentan las mujeres científicas en su camino a la visibilidad, pero sobre todo, contaron cómo se las arreglan para saltarlas. 

Para la doctora Aurora Pérez Martínez, física e investigadora del ICIMAF, la resistencia se levanta como concepto clave. Hacer malabares entre la familia y la carrera es ya obstáculo vencido para esta mujer, que acumula más de 60 publicaciones científicas de alto impacto y la tutoría de no pocos nuevos especialistas.  Para ella, es importante visibilizar la presencia de las mujeres en la ciencia, pero también hacerlo desde una perspectiva de género que devele realmente sus causas, explicó a Cubadebate. 

“Le dedico tiempo al tema de género porque además de científica soy mujer, y porque somos poquísimas. Creo que cuando una ‘mira’ con lentes ‘violetas’ ve cómo hay formas explícitas y otras más sutiles de subvaloración hacia la mujer, muchos estereotipos, incluso algunos que luego pasan a los medios de comunicación y se refuerzan. Por eso, como decía Rosa Luxemburgo, aspiro a un mundo ‘donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres’”, detalló.  

Para Lídice Cruz Rodríguez, la maternidad y la ciencia se entrecruzan en una continuidad que ella misma asevera que ahora debe replantearse, “para poder llevar a cabo los sueños profesionales que aún tengo sin que afecten a mi hija”, explicó durante la cita virtual del 11 de febrero. 

Desde que era niña, cuando pensaba en qué quería estar haciendo a los 30 años, me veía con un esposo y al menos mi primer hijo. De alguna forma así es como nos educan a las niñas, en la certeza de que a partir de cierta edad debemos dedicarnos a la familia, narró Cruz.  

“Afortunadamente, llegué a la Facultad de Física donde empecé a visualizarme con 30 años de manera diferente”, explicó.  

La joven científica contó como se encontró con mujeres que tenían su familia pero que además tenían una carrera científica destacada. “Comencé a verme a los treinta años doctora y quizás empezando mi primer postdoctorado. Logré terminar mi doctorado recién cumplidos los treinta y entonces llegó Adela. Pero tengo a mi alrededor ejemplos de mujeres exitosas a las que admiro mucho y cuya carrera y liderazgo científico demuestran que es posible encontrar un balance entre ambas cosas”, precisó.   

Para Diana Alvear, también física, con un doctorado en curso y moderadora del debate, la conciencia de los obstáculos “de género” llegó de manera inversa. Nacida en una familia de mujeres fuertes y hombres que “comparten” cargas en lugar de solo “brindar ayuda”, confiesa que una de las “dificultades más evidentes es que dejen de verte como mujer y valoren tu trabajo”, explicó a Cubadebate. 

Alvear tuvo profesores que prestaban tanta atención a las estudiantes mujeres, que algunos varones del aula solían sentarse lejos para reducir las probabilidades de verse llamados a ir a la pizarra. También supo de amigas a las que sus jefes de proyecto les advirtieron, más de una vez, que tuviesen cuidado de no acostarse con los demás hombres del grupo, sin que la relación que sostenían diera pie para ello. 

“En mi año, al empezar la carrera éramos alrededor de cinco hembras. Nos graduamos dos. Hay otros cursos donde no se gradúa ninguna mujer. Ese ser siempre minoría supone que los estereotipos de género están permanentemente ahí, más o menos velados”, detalló. 

Esta investigadora también sintió presiones desde la permanencia social de otros mitos.  

“Cuando nos graduamos, mi pareja se fue a hacer su doctorado al extranjero. Yo decidí quedarme en Cuba cursando la maestría y, más adelante, mi propio doctorado. Mientras mantuvimos la relación a distancia, más de una vez tuve que responder al cuestionamiento de por qué yo no iba a reunirme con él, dejando mis estudios acá. Aquello siempre me pareció una crítica velada a que yo priorizara mi desarrollo profesional y me hizo sentir como la mala de la película. Hoy por hoy, me pregunto qué hubiese sucedido si mi familia hubiese sido otra”. 

Durante el encuentro on line, la también doctora en Ciencias y Académica de Mérito, Lilliam Margarita Álvarez Díaz, comentó acerca de algunos de los mecanismos que explican, desde perspectivas de género, cómo se articula la “segregación” de las mujeres en el espacio de las ciencias. 

Por ejemplo, reflexionó sobre el “tapete de mis problemas”, una expresión que describe los hechos en que las mujeres no pueden participar o asumir por su edad, las responsabilidades del cuidado que les son asignadas en la familia, la doble jornada o los disimiles problemas personales que les ponen frenos para actuar o tomar decisiones. 

Entrevistada para la investigación Soy una mujer científica. Webserie documental sobre la labor desempeñada por científicas cubanas durante el periodo revolucionario, tesis de pregrado defendida en la Facultad de Comunicación (FCOM) de la Universidad de La Habana en medio de la pandemia, Álvarez abundó en la manera en que operan algunos de esos mecanismos. 

Por ejemplo, habló del “techo de cristal”, que ilustra el empoderamiento femenino desde el análisis de las barreras que las mujeres deben superar para ocupar responsabilidades mayores en las esferas de poder a nivel político, gubernamental, ministerial, territorial, organizacional, institucional y empresarial. Para ella, representa “esa barrera transparente que las mujeres saben que pueden asumir, como es el caso de un puesto de poder pero que, sin embargo, no obtienen; ya sea porque no son propuestas, porque ellas mismas no lo desean, o porque observan a otras mujeres que sí han llegado al poder, pero éstas no representan para ellas modelos a seguir”, refiere la especialista en la referida tesis. 

También están el llamado “suelo pegajoso”, que habla de “la concentración de mujeres en las escalas más bajas del mercado laboral”, o sea, en puestos de menores cualificaciones y, por tanto, peores salarios y condiciones. O del, “efecto pipeta”, que explica el avance limitado de las mujeres, una vez graduadas, hacia la obtención de grados científicos como maestrías o doctorados, o hacia su desarrollo como científicas.

“Por tanto, se compara con una pipeta, llena de mujeres graduadas, licenciadas, ingenieras, doctoras, etcétera, pero donde solo algunas, por cuenta gotas, siguen avanzando en sus profesiones, como docentes o como científicas”, explicó Álvarez en Yo soy una mujer científica… 

No son estos los únicos mecanismos que explican, desde las teorías de género, las trabas, desafíos y avatares que significa ser una mujer científica en un mundo de hombres. Entre muchos otros, estos clasifican, apenas, como ejemplos para argumentar la necesidad de ver también las ciencias, con lentes violeta.  

Ante tamaño reto, la doctora Aurora Pérez, apuesta por resistir, por no cansarse. «Usando otra frase de Rosa Luxemburgo, ‘quienes no se mueven no notan sus cadenas’, creo que nosotras somos el ‘objeto’ de estudio de las cientistas sociales, pero a la vez podemos contribuir a dichos estudios con nuestras propias vivencias. Nuestros puntos de vista, nuestros enfoques, la manera en que hacemos redes, nos comunicamos e investigamos, etcétera, se los pierde la ciencia si no están las mujeres representadas en ella”, afirmó

Tomado de Cubadebate / Foto de portada: Tecnológico de Monterrey.

 

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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