Mujeres en el fútbol, discriminación más allá de titulares

Por Ania Terrero/ Colaboración Especial de Resumen Latinoamericano

Otra vez la discriminación hacia las futbolistas en Colombia sale a flote. Nunca ha dejado de estar, pero, de vez en vez, acapara titulares. Sin embargo, todo parece indicar que el tema volverá a pasar de moda sin que nada se resuelva. Los grandes medios lo olvidarán hasta la próxima queja. Lamentablemente, los problemas seguirán ahí, latentes, como la cultura machista que aún marca las relaciones entre hombres y mujeres en las sociedades de este mundo, de este continente.

A principios de este mes destacadas jugadoras del “deporte rey” en Colombia emitieron un comunicado en el que criticaron el recorte del calendario de la Liga y los bajos salarios que reciben, a partir de prácticas completamente discriminatorias. Sus colegas hombres perciben ingresos considerablemente más altos y su competencia no sufrió modificaciones.

“Nos preocupa el inmenso retroceso en cuanto a la duración de la competición, ya que en lugar de evolucionar y tener mayor competencia cada año se pierde continuidad”. Señalaron que con esta disminución se pierde, además, la visibilidad tan necesaria para conseguir inversores en el fútbol femenino.

Las atletas centroamericanas insistieron en que parte de su deber consiste en alzar la voz para que la realidad sea reconocida y respetada como parte de los procesos propios de un Estado social de derecho, donde la igualdad y el derecho al trabajo son pilares fundamentales.

Su declaración reafirmó lo que otra jugadora señaló días antes, en términos mucho menos diplomáticos. Carolina Pineda, futbolista del América de Cali y de la Selección Colombia de Fútbol, arremetió contra las autoridades deportivas de ese país por reducir a solo un torneo anual -con apenas tres meses de duración- la Primera División de las damas y por la persistente diferencia de salarios entre unas y otros.

“Dura más el torneo (masculino) del colegio que esta liga. Esto es una muestra del machismo que se vive en Colombia, no es solamente un tema de recursos”, destacó.

Ante la misiva de las jugadoras centroamericanas, el ministro de Deporte de esa nación, Ernesto Lucena, aseguró que el fútbol femenino ha sido apoyado con recursos: “Como Ministerio le dimos mil 400 millones de pesos a la liga femenina en 2020”.

Añadió que “el fútbol es un deporte autosostenible, no como otros recursos que dependen de los recursos por parte del Ministerio. Creo que la Dimayor (torneo femenino de Primera División) tiene un problema netamente económico, que con la pandemia se agravó”.

Claro, obvió todas las condicionantes sociales abiertamente machistas que relegan este tipo de torneos femeninos a segundos y terceros niveles de cara a potenciales inversores, independientemente de la calidad deportiva que presenten. Es la ley vieja del capitalismo: “Si a la gente no le interesa, ¿para qué vamos a invertir?”. Y, lamentablemente, el fútbol femenino aún es visto con recelo por el patriarcado persistente y sus cómplices.

Otro hecho que Lucena no tuvo en cuenta en su defensa es que la discriminación hacia las mujeres en el fútbol en Colombia -y el mundo también, por supuesto- no empezó ahora, ni tiene mucho que ver con la pandemia.

Ya en marzo de 2019, cuando la COVID-19 todavía pasaba por trama de películas, las futbolistas colombianas mostraron su insatisfacción frente a un escenario plagado de trato desigual y discriminatorio, acoso laboral, ausencia de garantías y despreocupación casi total por la integridad física y emocional de las deportistas.

En aquel momento, la abogada y profesora universitaria Paola Gómez denunció la desprotección de las atletas en temas de salud y seguridad social, la precariedad de recursos e infraestructura y la falta de apoyo profesional. En un artículo publicado en la Agencia de Información Laboral (AIL), argumentó que el trasfondo de dicha situación se encuentra en una sociedad anclada en resabios culturales, como el machismo, la misoginia y homofobia.

Además, destacó que por ser un escenario en el que se ensalza la figura del hombre y se menosprecia a la mujer, con frecuencia se dan casos de acoso sexual, violencia, discriminación e irrespeto por las preferencias sexuales.

Un mes antes, en febrero de 2019, varias denuncias sobre acoso sexual en el fútbol femenino colombiano salieron a la luz. Bastó con que dos jugadoras, Melissa Ortiz e Isabella Echeverri, ambas radicadas en Estados Unidos, lanzaran una campaña con el hashtag #menosmiedomasfutbol a través de sus redes sociales para que se conocieran muchos más casos.

Más allá de Colombia, un problema de muchas caras

La discriminación de género en el fútbol no es exclusiva de Colombia. Más o menos por esas fechas, pero en Estados Unidos, las 28 mujeres que componían la selección femenina de ese país iniciaron acciones legales contra la Federación de Fútbol (USSF).

Exigieron, entre otras demandas, igualdad salarial y mismas condiciones de trabajo con sus pares del equipo masculino. Figuras destacadas como Carli Lloyd y Megan Rapinoe instaron al cuerpo directivo a «promover la igualdad de género». También en Argentina se produjeron demandas similares.

La ola de denuncias confirmó lo que muchas investigaciones ya habían constatado. Según datos publicados por FIFPro en 2018, aunque la industria futbolística genera más de 500.000 millones de dólares cada año, un 49 por ciento de las jugadoras de fútbol profesional no reciben un salario y un 87 por ciento finalizará su carrera deportiva antes de los 25 años, por la baja o nula remuneración.

De hecho, a principios de 2020, la periodista Andrea Ortega señaló que, mientras Lionel Messi recibe 130 millones de euros al año, Ada Hegerberg —la mejor jugadora del mundo según la FIFA— recibe 400.000 euros al año, un sueldo 325 veces menor al del argentino. Antes, en 2012, el Club Santos de Brasil eliminó la rama femenina, solo para cubrir el sueldo de Neymar y retrasar su venta al FC Barcelona.

Justo esta semana, en España, las jugadoras del Burela Fútbol Sala, recién nombrado mejor equipo femenino de este deporte del mundo, comentaban entre risas en el programa de entrevistas “La Resistencia” que el salario de Messi “era 550 millones de dólares mayor que el de ellas”. Queda más que claro: en pleno 2021, la situación apenas ha variado.

Marion Reimers, periodista deportiva de FoxSports América Latina, insiste en que el problema es aún mayor: “las mujeres seguimos siendo consideradas ciudadanas de segunda clase y no es solo por el dinero”.

Desde su perspectiva, no estamos representadas en ninguna área de esta industria. “Por ejemplo, el 95% de los contenidos deportivos son dirigidos y presentados por figuras masculinas. Son ellos los que dicen que el fútbol femenino no vende, pero en verdad el problema es que al no tener mujeres dentro de este ecosistema, sus integrantes no saben cómo venderlo, ni saben a quién venderlo”.

Por suerte, se han dado algunos pasos en aras de eliminar la discriminación mundial latente en este deporte. ONU Mujeres, por ejemplo, firmó un memorándum con FIFA para cambiar las políticas, concientizar sobre equidad de género y utilizar el fútbol como herramienta para empoderar a las mujeres y las niñas. Sin embargo, queda mucho por hacer. Mientras no se articulen otras acciones concretas, la discriminación de género, también aquí, persistirá más allá de la nueva ronda de titulares.

(*) Periodista de Cubadebate. Graduada en 2018 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

Foto de portada: Dimayor 

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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