Tratado Transatlántico: Ante la crisis capitalista

Por Arnaldo Musa 

Con la llegada de un nuevo presidente a Estados Unidos acceden al poder figuras vinculadas —como Biden— a los dos mandatos de Barack Obama y que barruntaban con sus socios europeos un nuevo tratado para enfrentar la crisis global.

No se ha difuminado en nada la grave situación creada especialmente en Estados Unidos por la letal pandemia de la COVID-19 y ya los «tanques pensantes» confeccionan el Tratado Transatlántico que, como el que EE.UU. suscribió hace 27 años con México y la aceptación por Canadá —renovado en el 2020—, están hermanados en las falsas promesas de empleo y mejoras de la calidad de vida.

Las voces a favor dicen que se incrementará el comercio entre las dos regiones. Las empresas europeas podrán ser tratadas como locales en Estados Unidos y viceversa.

Señalan que los aranceles desaparecerán y que los productos y servicios podrán ser comercializados sin trabas. Para ello, se creará una comisión reguladora que armonice las legislaciones de ambos lados del océano.

En este punto es donde las voces críticas ponen un primer alto. Vista la experiencia previa con el convenio de EE.UU. con México y Canadá, la armonización regulatoria puede parecerse más a una regulación a la baja para permitir que los productos norteamericanos puedan encontrar menores resistencias en el mercado europeo.

Tal es el caso de los productos transgénicos que hoy se comercializan libremente en Estados Unidos, con una baja protección fitosanitaria comparada con la europea. Los servicios públicos como la salud o la gestión del agua estarán también en la mira de los desreguladores.

Recordatorio

En otro comentario en este portal («¿Resucitará Detroit?») recordamos lo malsano que fue el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica.

De hecho, fue el detonante de la insurrección indígena en el sur de México, cuando en la mañana del primero de enero de 1984 el Ejército Zapatista de Liberación Nacional hizo coincidir el alzamiento en armas con la entrada en vigor del Tratado, advirtiendo que se estaba condenando al campo a la desaparición.

Más de dos décadas y media después, unos dos millones de campesinos mexicanos han perdido sus tierras y con ello, sus trabajos.

La lucha sindical en Estados Unidos fue fuerte en algunos sectores, pero la inercia del golpe a los sindicatos libres pasó factura para poder conservar derechos que se han perdido.

Se sabía, a ciencia cierta, de sus efectos, y hoy no quedan dudas de lo que significó para la mayoría de los trabajadores y campesinos empobrecidos.

Una imagen desoladora son los retos de las pequeñas granjas familiares rodeadas de grandes campos agroindustriales en el oeste norteamericano. Campos enormes de cultivos de maíz y soja subvencionados por el gobierno enmarcan lo que fueron cultivos diversificados de pequeñas propiedades familiares.

Las grandes extensiones se encuentran cercadas, y en ellas se puede leer carteles con los nombres de Monsanto o Archer Daniels, grandes empresas de semillas transgénicas que, al ser subsidiadas, llegan a bajo precio a los hogares mexicanos.

Esas familias en México han pasado de ser productoras de maíz, cultivo nativo y centro de origen, a ser importadoras netas. La competencia desleal y la asimetría han marcado las relaciones ejercidas desde los lobbies corporativos del agronegocio.

Tomado de Cubasí/ Foto de portada: Getty Images

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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