Cuba: El cuartelazo del 10 de marzo

Por Dailenis Guerra Pérez (*)/ Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano

Pasaba la década de los 50 en Cuba. Aún estaba jovencita, pero su imagen destruida por un capitalismo despiadado, dependiente y subdesarrollado, le arrugaba el rostro. Tenía que alimentarse, amargamente, de las desigualdades sociales, el desempleo, el analfabetismo, la pobreza, la corrupción y la represión; sustentos miserables de aquel tiempo.

En 1952 dirigía la isla Carlos Prío Socarrás. Eran momentos de elecciones y se vislumbraba el triunfo del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Se había vuelto más que partido, la esperanza. Sería el único salvador de la nación avasallada durante tantos años por un dominio neocolonial norteamericano.

Fulgencio Batista también lo sabía. Su Partido Acción Unitaria tenía muy pocas posibilidades de triunfar y ya se había echo público su complicidad con los Estados Unidos.

Ambas partes planearon y ejecutaron un golpe militar. Batista, perro fiel, ejecutó todo un plan para impedir la victoria del partido progresista.

El 10 de marzo de 1952, mientras Carlos Prío Socarrás dormía en su finca de La Chata, Batista salía desde su finca de Kukine rumbo a la mayor fortaleza militar de Cuba, ubicada en el campamento de Columbia.

Al amanecer el golpe militar se había consumado. La capital se encontraba prácticamente en poder de los golpistas, quienes extendían rápidamente sus influencias sobre los cuarteles del interior.

Al rememorar el suceso, Fidel Castro dijo en La Historia me Absolverá: «¡Pobre pueblo! Una mañana la ciudadanía se despertó estremecida; a las sombras de la noche los espectros del pasado se habían conjurado …»

No hubo coraje para oponerse al golpe. Se asumió una actitud demagógica y vacilante. Solo sectores y figuras representativas del pueblo cubano como la FEU, el PSP y Fidel Castro entre otros, actuaron en defensa de los intereses de la patria y protestaron con atrevimiento.

El golpe significó el desmontaje de la democracia burguesa en Cuba y la imposición de una dictadura militar proimperialista.

Se derogó la Constitución de 1940 y se plantó, firme como ceiba, una tiranía feroz.

Desde el norte se brindó con vino las buenas nuevas; en la isla se tragó con amargura el buche de la represión. Se multiplicó la persecución, la tortura y el crimen. Con una política entreguista, corrupta y represiva, el autentisismo había defraudado al pueblo.

El golpetazo despertó aún más el sentir patrio de jóvenes revolucionarios, creó en la población un clima agitado, capaz de demostrar la incapacidad del gobierno para mantener el orden, la paz pública, y los derechos de propiedad y libre empresa.

“Su golpe es (…) injustificable, no se basa en ninguna razón moral sería ni en doctrina social o política de ninguna clase. (…) Su mayoría está en el Ejército, jamás en el pueblo. Sus votos son los fusiles, jamás las voluntades; con ellos puede ganar un cuartelazo, nunca unas elecciones limpias…”, expresó Fidel públicamente en un manifiesto escrito pocas horas después del suceso.

Abel Santamaría Cuadrado, en una carta pública escrita el 17 de marzo de 1952, decía: “¿Para qué, en este momento, dogmas y doctrinas, si lo que necesitamos se llama acción, acción? (…) Basta ya de pronunciamientos estériles, sin objetivo determinado. Una revolución no se hace en un día, pero se comienza en su segundo (…)”.

El golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 era el cuarto en veinte años. Significó el surgimiento de una generación política con un nuevo líder, Fidel Castro echaba sus anclas a navegar con proa segura.

Había escrito “¡Revolución no, Zarpazo!”… “De principios se forman y alimentan los pueblos, con principios se alimentan en la pelea, por los principios mueren”.

(*) Periodista cubana, Colaboradora de Resumen Latinoamericano corresponsalía Cuba.

 

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: