Cuba: Maternidad

Por Dailenis Guerra Pérez (*) / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

Llegué a la sala de cesareadas del hospital y ella estaba allí. Por encima del nasobuco naranja reconocí su mirada, su voluminoso cuerpo y las marcas oscuras en sus mejillas, secuelas propias del embarazo, que indicarán para siempre que dio a luz a una criatura.

Ella también me reconoció. Habíamos coincidido varias veces en la consulta de genética provincial en busca de muchas respuestas. Un colectivo de expertos nos devolvieron la paz: nuestros bebés estaban en perfecto estado.

Ahí los caminos tomaron rumbos distintos. Ella volvió al Hogar Materno Clodomira Acosta y yo a mi sala de cuidados prenatales del Hospital General Ernesto Guevara de la Serna, en Las Tunas.

Treinta veces se asomó el sol desde nuestro último encuentro, tal vez más. Cuando la estancia es larga en un hospital se pierde la noción del tiempo; sin embargo, Lisney había dado a luz felizmente.

Su historia de resistencia comenzó con 24 semanas de gestación, cuando la presión arterial se le disparó sin motivos y quedó ingresada en un hogar bajo estricta vigilancia médica.

Los exámenes se volvieron rutinarios. Las agujas penetraban en su piel para extraer sangre o propiciar medicamentos al cuerpo. Dice con calma que no dolía, que perdió la cuenta de los pinchazos porque la epidermis se vuelve resistente con cada perforación.

A las 31 semanas los ginecobstetras detectaron un lento crecimiento de la bebé y fue trasladada al hospital provincial. El destino volvía a unirnos por las mismas causas. Recibió la mejor atención médica y su hija comenzaba a crecer.

Los análisis no paraban, ni la preocupación de los médicos por salvar a su criatura. Hoy elogia la esmerada atención de especialistas y enfermeras; que durante seis semanas permanecieron atentos. Agradece y se le humedecen los ojos al rememorar la atención, el desvelo, el humanismo, la profesionalidad y el cariño.

El 26 de febrero nacía Rossibel Alejandra, nombre que escogió para su nueva creación en homenaje a las abuelas. Hoy, Lisney Machado Pérez acaricia con paciencia infinita de madre heroica a su bebé. Comenta que a pesar del agotamiento físico no desfallece porque sueña con llenar de duendes la vida de su criatura.

Lisney junto a su hija Rossibel Alejandra. Foto: Cortesía de Lisney.

 

Considera que ser madre por segunda ocasión se ha convertido para ella en una vocación más noble que terminar los estudios, triunfar en una carrera o mantenerse delgada. Que ejercerá la maternidad sin descanso, como lo ha echo con su niño de seis años.

Sonríe, está ya preparada para la cantaleta de que se laven los dientes, se acuesten temprano, saquen buenas notas y organicen los juguetes.

Si le preguntan la mejor virtud de una madre duda en responder: «En esta nueva experiencia, creo que la paciencia infinita. Ser madre es lo más extraordinario de la vida. Somos capaces de amar indescriptiblemente; de sufrir en silencio ante una enfermedad de tus hijos y solo eres feliz si ellos también lo son».

Amamos desde que llegan al vientre – continúa. No importa cómo es su rostro, ni su piel, ni su sexo. Solo sabes q está ahí, dentro de tí una criatura; expresión viva del amor.

Entonces llora de felicidad y emoción. Se le puede permitir, se lo permito y la acompaño en el sollozo.

(*) Periodista cubana, Colaboradora de Resumen Latinoamericano corresponsalía Cuba.

Foto de portada (ilustrativa): Getty Images.  

 

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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