Cuba: Nuestras deudas

Por Liudmila Peña Herrera.

Esto no es una tarjeta de felicitación, ni un compendio de triunfos, ni un informe de avances. Si usted se considera machista, quédese y lea; si no tiene la certeza, sígame también. Si quien lee estas líneas es una muchacha, una señora, una anciana, le ruego que busque dentro de usted misma, que se observe bien y se diga lo que ve; y si le gusta o no lo que ve, que se pregunte cuántas deudas consigo misma carga hasta el día de hoy. Posiblemente ya haya recibido (¡y qué bueno!) muchísimas felicitaciones, en el mundo real o virtual. Si cada palabra, tarjeta, sticker, emoji, se convirtieran en oportunidades para crecer, en comprensión, en repartición justa de los deberes, en menos limitaciones…, de seguro terminaría la necesidad de luchar por mayor equidad de género en el país. 

Cualquiera pudiera pensar que no es un día para tales asuntos, y que yo debería estar concatenando palabras bonitas en modo de crónica victoriosa. Claro que podría: no son pocos los triunfos sobre el machismo y la herencia patriarcal; es real que la Revolución abrió puertas para que las mujeres salieran del ámbito doméstico y se convirtieran en lo que ellas quisieran y fueran capaces de conquistar. Todo eso es verdad, y hay más: recibimos igual salario por un trabajo equivalente; el espacio conquistado en la vida política del país es importante, pues ellas constituyen el 53,22 por ciento del Parlamento; somos el 49 por ciento de la fuerza laboral y representamos más del 60 por ciento de los egresos de la Educación Superior.

Las cifras, informadas durante la Primera Sesión regular de la Junta Ejecutiva de ONU-Mujeres (en febrero último), revelan que, ciertamente, la situación femenina se ha transformado muchísimo en las últimas décadas. «Pero las mujeres nunca están conformes», podría ser la frase conclusiva de quien no mira más allá de estadísticas, porque no entiende que la vida no está solo en los números. Las conquistas no nos deben confundir: existe un sinfín de asuntos no resueltos que repercuten y se reflejan en las mujeres que somos hoy.

Ayer pregunté —en la red social Facebook— sobre las deudas con las que cargamos las mujeres con respecto a nosotras mismas. Y si bien muchas de las que respondieron son profesionales reconocidas en su ámbito laboral, a una le queda la insatisfacción de haber perdido el matrimonio por dedicarse «más a la profesión que al marido» (como se han encargado de recriminarles); a varias les duele haber postergado tanto su superación académica (en materia de maestrías y doctorados) que terminaron jubilándose sin conseguirla; a otras aún les asusta caminar solas por la calle ante el temor del acoso; les molesta que las consideren incompletas porque no se han decidido por la maternidad; a alguna le impide apoyar a las lesbianas en su lucha, el temor a ser considerada como tal; a otra más le enoja que su expareja siga siendo apreciado como «hombre íntegro y militante ejemplar» a pesar de que ella haya tenido que asumir la responsabilidad completa del cuidado de la hija, porque él decidió que el divorcio era con todo, a sabiendas de la violencia de la que ella huía.

Ser mujer no tiene por qué constituir ni un reto ni un obstáculo. Foto: Enrique González Díaz

En pleno siglo XXI, una muchacha de 25 años asegura que le «metieron en la cabeza que, por ser «a última de la familia» (y hembra)», estaba destinada a cuidar a sus cinco mayores. ¿Por qué una joven debe ser sometida a una carga sicológica semejante, al punto de llevarla a la enfermedad, cuando tiene otros miembros con quien compartir tal compromiso? ¿Por qué predestinar a una muchacha desde adolescente, por qué limitarla, culpabilizarla? ¿Y será la única? ¿Y será fácil lograr diálogo y consenso en tales situaciones? ¿Existirá igualdad de oportunidades en estas circunstancias?

No habrá equidad entre géneros hasta que no se comprenda que compartir labores domésticas (entre mujeres y hombres) no es «ayudar», como no es «ayuda» que la mujer gane su salario y lo ponga a disposición de la economía del hogar. No la habrá hasta que no se entienda que «peca» igual el marido como la esposa que engaña; que la anticoncepción es responsabilidad de ambos; que la mujer, como el hombre, necesita tiempo y espacio para sí misma, y que el maltrato no es amor.

Las mujeres tenemos la gran responsabilidad de querernos más, de mirar hacia el placer y la realización sin culpas y sin miedos, de despojarnos de las prendas del machismo, y de dejar de juzgar a la de al lado. Debemos aprender a defender tanto nuestros sueños como los de nuestra pareja o los de nuestros hijos. Ser mujer no tiene por qué constituir ni un reto ni un obstáculo, y qué mejor que el 8 de marzo para recordarlo. 

Tomado de JR / Foto de portada: Archivo Granma.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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