Libia a 10 años de la invasión imperial

Por Hedelberto López Blanch (*) / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

A diez años de las revueltas en Libia, provocadas y aupadas por Estados Unidos, Francia y otras naciones occidentales que conllevaron al asesinato de su líder, Muammar El Gaddafi, la nación árabe, pese a su riqueza petrolera sigue siendo escenario de conflictos, corrupción y pobreza.

En el tiempo transcurrido más de 6.000 personas perdieron la vida y alrededor de un millón huyeron de sus hogares. Las exportaciones han descendido un 90% y las pérdidas del Producto Interno Bruto (PIB) se contabilizan en más de 200.000 millones de euros en los últimos ocho años.

Actualmente en Libia existe un llamado gobierno de transición que trata de mantener el control de la capital, Trípoli, apoyado por Occidente y la ONU, y en el oeste se encuentran las tropas del autoproclamado Ejército Nacional de Libia.

La división ocurre en todos los niveles y cada territorio tiene sus instituciones, Parlamento, Gobierno y hasta Banco Central. Tal situación ha provocado pobreza, desigualdad, corrupción y falta de expectativa para los ciudadanos.

Libia se ha transformado completamente, pero no para bien sino para mal, pues sus ciudadanos, que antes de la invasión y destrucción por parte de países occidentales, solían disponer de un alto estándar de vida, hoy se encuentran en medio de guerras entre facciones, padeciendo pobreza y desatención económico-social.

La producción de petróleo casi se ha paralizado, y las extracciones que se realizan están bajo control de compañías occidentales extranjeras o de grupos armados; los bancos carecen de liquidez y los hospitales se están quedando sin medicinas.

Datos ofrecidos por Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) revelan que más del 70% de la población padece hambre, vive con miedo y más de 600.000 personas han sido desplazadas debido a los conflictos.

Cuando en 1990 y en 1991 tuve la oportunidad de visitar esa nación árabe, encontré un pueblo con alto nivel de vida, y seguridad, además de un amplio sistema de atención pública gratuita que abarcaba salud y enseñanza para sus habitantes.

Libia, contaba en 2011 con casi siete millones de habitantes, y sus grandes recursos naturales como los hidrocarburos, unido a una política socio-económica a favor de los ciudadanos, le permitieron que el desarrollo humano en esa nación fuera relativamente elevado.

Antes de los ataques de la coalición que comenzaron el 19 de marzo de 2011, la economía Libia era una de las más fuertes de África con la esperanza de vida más elevada de todo el continente.

El PIB (nominal) per cápita constituía el primero de toda África, ostentaba el segundo lugar por PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo, y encabezaba el Índice de Desarrollo Humano de la región.

La atención sanitaria y la educación eran gratuita lo cual elevó la calidad de vida y educacional de su población.

Para comprender un poco el porqué de los hechos actuales, recordemos que Gaddafi llegó al poder en 1969 tras derrocar al rey Idris, con un proyecto nacionalista que afectó directamente a Estados Unidos e Inglaterra; rompió lazos con Occidente y sacó las bases militares extranjeras asentadas en el país. A partir de ese momento fue considerado un “enemigo desagradable” de Occidente.

En las décadas del 70 y 80 del pasado siglo el desarrollo económico y social se puso a disposición de las grandes masas desfavorecidas. Fueron construidas carreteras, hospitales y escuelas por todo el país.

A partir de 1992 Gaddafi se acerca a Europa y a Estados Unidos, entran numerosas compañías petroleras extranjeras, y en 2006 Washington decide sacarla de la lista de países terroristas, pero de todas formas, su política de altas y bajas no era segura para los intereses occidentales.

La táctica imperial consistía en que con el derrocamiento de Gaddafi, Washington, Londres y Paris, controlarían esa importante nación del norte de África que junto a Egipto (aliado de Occidente desde hacía 40 años) les darían seguridad marítima plena sobre el Canal de Suez y del mar Mediterráneo, ruta fundamental para el traslado del crudo desde el mar Rojo.

Otro importante factor era el enorme potencial de agua potable que posee ese país, recurso cada vez más escaso en el orbe.

En su subsuelo existe un enorme caudal acuífero que se estima en 35 000 kilómetros cúbicos (la capacidad que tiene el río Nilo en 300 años) ubicado en la zona sur de su territorio y que el país árabe comenzó a utilizar a partir de 1984 cuando se inició la construcción del llamado Río de la Vida, que lleva el líquido por enormes canales subterráneos hasta las principales ciudades del norte.

Pero lo que acabó de llenar la copa de las fuerzas de poder Occidental fue la proposición de Gaddafi de no realizar transacciones mercantiles en dólares o euros, emplear el dinar de oro en el comercio internacional y crear un único estado africano con espacio económico común.

El planteamiento fue apoyado por varias naciones africanas y árabes pero provocó una álgida respuesta por parte de Estados Unidos y la Unión Europa. El presidente de Francia, Nicolás Sarkozy (había recibido más de 10 millones de dólares por parte de Gaddafi para su campaña electoral) declaró públicamente: “Libia amenaza la estabilidad financiera de la humanidad”.

Sospechosamente en marzo de este año 2021, Sarkozy ha sido condenado en Francia a tres años de prisión por hechos de corrupción. Qué tarde llega una leve justicia.

Estados Unidos que no estaba dispuesto a ceder el estatus hegemónico que el dólar ha mantenido por décadas, le marcó otro punto negativo a Gaddafi.

Todos estos aspectos, unido a las ansias por controlar las fuentes del oro negro en el mundo y de yacimientos acuíferos, fueron las causas para que las potencias occidentales se lanzaran como aves de rapiña a atacar a este país soberano y tercermundista.

A diez años de la invasión, derrocamiento y asesinato de Gaddafi (20 de octubre de 2011) las fuerzas imperiales han convertido a Libia en un Estado fallido donde impera el caos y la desolación.

(*)  Periodista cubano. Escribe para el diario Juventud Rebelde y el semanario Opciones. Es el autor de «La Emigración cubana en Estados Unidos”, «Historias Secretas de Médicos Cubanos en África» y «Miami, dinero sucio», entre otros.

Foto de portada: MAHMUD TURKIA / AFP.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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