Trabajo de cuidado: Una batalla por la equidad de género y la justicia social

Por Suilán Rodríguez Trasancos.

El envejecimiento poblacional aumenta a nivel mundial y, como consecuencia de ello, el trabajo de cuidado. No obstante, esa labor sigue siendo invisibilizada y desvalorizada en muchas regiones, a pesar de las luchas mantenidas y de las investigaciones que sobre ella se desarrollan; así como el trato improcedente a quienes lo realizan, en su mayoría mujeres. He aquí otro de los grandes problemas que se mantienen a través de la historia, relacionado esta vez con el tema del cuidado: la desigualdad de roles y retribuciones en relación con los géneros.

Este cruel panorama vino a complicarse con la llegada en el año 2020 de la pandemia COVID-19. La mayoría de las cuidadoras y trabajadoras domésticas quedaron sin empleo, recursos y seguridad social; completamente desamparadas ante una situación epidemiológica sin precedentes. El llamado de los gobiernos instó a cumplir con la necesidad de aislarse y mantenerse en casa, de forma tal que pudiera controlarse la enfermedad. Ello colmó los hogares de miedo e incertidumbre, y modificó de manera terrible y radical la vida de las domésticas y cuidadoras.

Un gran porciento de quienes cumplen este tipo de trabajo está representado por trabajadores informales, algo característico de los países más desarrollados o con mayor densidad de población, y de las capitales de toda la región. Mujeres migrantes, con frecuencia de países latinoamericanos y caribeños o de las zonas rurales de sus propios países, se ven obligadas a abandonar sus propias familias en busca de un sustento económico, y se encuentran con una situación desventajosa e inesperada.

Merecen especial atención las trabajadoras del hogar que limpian y cuidan de menores y adultos mayores que, en su mayoría, no cuentan con un contrato formal. En América Latina y el Caribe casi el 10% de las mujeres ocupadas son trabajadoras domesticas. Sus derechos laborales, en la mayoría de los países de la región, no están protegidos de forma efectiva (1).

La aparición del virus Sars-COV-2 hizo que la vida de todos se transformara, a primera vista sin distinción de color de la piel, género o edad. La población se vio obligada a encerrarse en sus hogares, y las trabajadoras domésticas y de cuidado, en su mayoría, a abandonar sus empleos. En unos casos, debido a que las familias dejaban de percibir salario, no podían seguir pagando el servicio, y se convertían en cuidadores en el interior de la familia; y en otros, por temor al contagio con personas ajenas que, al relacionarse con el mundo exterior sin los debidos cuidados, pudieran ser la fuente de transmisión del virus.

Esta situación, por tanto, incrementó la necesidad de trabajos de cuidado no remunerados al interior del núcleo familiar, lo que ha traído como consecuencia que la mujer trabajadora tenga doble y hasta triple jornada laboral; que se confundan los márgenes entre el descanso y el trabajo del hogar, así como entre estos y el trabajo a distancia o teletrabajo. Lo más penoso y repetido en muchas de las familias es el no reconocimiento de la labor doméstica y la mayoritaria obligatoriedad de su cumplimiento para la mujer, pues son labores que no se detienen y, que se estima, “le pertenecen” a ellas fundamentalmente.

Después del primer impacto de la COVID-19 y el desarrollo de una nueva realidad en el planeta se ha profundizado en los estudios y se revisan las consecuencias que puede traer para familias y poblaciones completas la situación existente. Especialistas de distintas disciplinas, directa o indirectamente relacionadas con la situación familiar, alertan y denuncian irregularidades, ya sea en las horas del empleo, durante los servicios de cuidado o en el servicio de la familia, no remunerado y con otras secuelas.

Ha transcurrido mucho tiempo en situación extraordinaria, las poblaciones suben y bajan la percepción del riesgo y, en función de ello, reclaman o desechan los trabajos contratados dentro del hogar. La pandemia ha tenido consecuencias devastadoras para una gran variedad de ocupaciones, pero las empleadas domésticas y de cuidado han sido las más afectadas, y definitivamente al ser la forma de vida y subsistencia de muchas migrantes por su alta demanda, se han retomado donde ha sido posible.

El coronavirus se ha expandido con rapidez a nivel mundial, y América Latina y el Caribe no son la excepción. Las posibilidades de acceso a los sistemas de salud y la calidad de los mismos, los sistemas de protección, las condiciones laborales y la carga del cuidado, entre otros, aumentan el nivel de exposición al contagio y las limitaciones para protegerse. La situación epidemiológica que vivimos ha evidenciado y reafirmado las desigualdades, discriminaciones y violaciones a las que estaban expuestas las mujeres desde años inmemoriales, en particular las trabajadoras domésticas y, dentro de ellas, las migrantes.

Recurro a algunos ejemplos. El diario The New York Times en español del 24 de septiembre de 2020 denunciaba un caso que ilustra lo expuesto: A mediados de agosto, cuando un par de sus clientes habituales, una pareja de profesores de la Universidad de Pensilvania y sus hijos, le pidieron que fuera a limpiar su casa, ella aceptó encantada. No había nadie cuando llegó, lo cual parecía una sabia precaución, dados los lineamientos de distanciamiento social. Lo que le pareció extraño fueron las tres botellas de Lysol que había en la mesa del comedor. Tenía una rutina en cada casa, y nunca había usado desinfectante.

Del Carmen comenzó a fregar, lavar la ropa y planchar. Después de unas horas, salió a tirar la basura. Una vecina la vio y casi gritó: “¿María, qué estás haciendo aquí?”. Los profesores y sus hijos, dijo la vecina, habían contraído el coronavirus.

“Estaba aterrada”, recordó Del Carmen. “Empecé a llorar. Luego me fui a casa, me quité toda la ropa, me bañé, me metí en la cama, y durante la noche y el día siguiente esperé a que me diera coronavirus.  “Hay mucha gente que no quiere desinfectar sus propios hogares, así que llaman a una empleada doméstica”, dijo (2).

Semejante suerte han corrido otras tantas mujeres cuidadoras. Dos casos tomados del blog Factor Trabajo, de agosto de 2020, nos lo muestran.

La vida de Camila, una profesora en un colegio de México, ha cambiado profundamente en los últimos meses. A raíz de la pandemia, ha tenido que adaptar su rutina para poder seguir trabajando de manera virtual al tiempo que se ocupa de sus hijos y de las tareas del hogar tras el fallecimiento de su esposo a causa del coronavirus. Luz, una peruana en Chile, también ha tenido que hacer malabares. Tras haber emigrado para buscar mejores condiciones de vida para sus tres hijas que dejó en Perú, acaba de perder su empleo y no ha logrado encontrar nuevas oportunidades para seguir generando ingresos (3).

La situación de informalidad, a pesar de todo, les conviene a las familias empleadoras, pues les resulta menos costoso el servicio y a la vez se sienten menos comprometidas y sin grandes presiones, cuestión que también aprovechan muchos gobiernos para desentenderse. Por esta misma situación, las empleadas domésticas o de cuidado se han visto desde el primer momento forzadas a retirarse sin garantía salarial o derecho a la protección laboral. Existen muchos ejemplos de egoísmo, maltrato e injusticias, por tanto, se le debe prestar una atención diferenciada a este problema en los estudios e investigaciones actuales del mercado laboral.

Esta realidad se repite en los países de nuestra región de la misma manera que en los países desarrollados. Es importante el llamado a los gobiernos y administraciones a que tomen medidas y amplíen un fondo destinado al pago de ingresos mínimos temporales a los nuevos desempleados ante las medidas asociadas al coronavirus y que permitan a las familias proteger a las trabajadoras domésticas, manteniendo su salario mientras dure esta situación y su derecho a licencia con salario en caso de que adquirieran la enfermedad.

La convocatoria de la Organización Internacional del Trabajo no se ha hecho esperar dada la situación crítica mantenida. El director general señaló: «La pandemia de la COVID-19 ha puesto de manifiesto la función siempre esencial de quienes con su trabajo heroico brillan en esta crisis sanitaria. Personas que suelen ser invisibles, subestimadas, e incluso ignoradas. Hombres y mujeres que trabajan en la sanidad y en la prestación de cuidados, la limpieza y las cajas de supermercados; los cuidadores no remunerados intrafamiliares y de la comunidad (buena parte de los cuales son mujeres), a menudo, trabajadoras migrantes, y con demasiada frecuencia pertenecientes al grupo de trabajadores pobres y en situación de fragilidad» (4).

Urge entender que lo más importante y en lo que se debe centrar la estrategia es en las personas, en enmendar la injusticia, en crear condiciones respetables para llevar a cabo cada labor en todo momento. Los cuidados de calidad van aparejados a dichas condiciones. Las trabajadoras domésticas y las dedicadas al cuidado deben tener derecho a la protección como cualquier otro trabajador. Las cuidadoras y los cuidadores, en su gran mayoría en la América Latina, han expresado su disposición a cuidar a todo el mundo, ya sea en los hogares o en hospitales, y a hacerlo bien, pero la respuesta hacia ellos no ha sido la mejor, y continúan sin ser reconocidos ni incluidos en los grupos prioritarios para la vacunación.

Las cubanas también encaran el nuevo escenario con fortalezas y debilidades. Entre nosotros se presenta similar variedad de situaciones, desde las cuidadoras profesionales, es decir, trabajadoras estatales de la Salud y la Educación, ya sea en hospitales, hogares de ancianos o círculos infantiles; aquellas que ejercen el trabajo por cuenta propia como actividad lícitamente establecida, y las que realizan este mismo trabajo en el mercado informal, con problemáticas menos conocidas.

Según el Anuario Estadístico de 2018, en el sector de la salud de la Isla las mujeres representan el 68,8% de todo el personal de salud y asistencia social, y hoy, según la agencia de noticias IPS con fecha de marzo 2020, integran más de la mitad de las brigadas médicas que prestan servicios en otros países afectados por el coronavirus. Una parte importante de las mujeres son dirigentes en muchos centros, tienen cargos de alta responsabilidad, son doctoras o enfermeras, y sus vidas se ven en la disyuntiva entre el cuidado familiar y el cuidado a otros, porque es la mujer la que lleva la mayor responsabilidad en la atención a los niños o a familiares dependientes en sus hogares.

A pesar de que en Cuba se hacen múltiples esfuerzos por acabar con la división sexual del trabajo y por lograr la adecuada valorización de la mujer en su rol de columna familiar en muchos hogares; aunque aumentan las campañas de reconocimiento y estímulo, conjuntamente con las leyes que permiten una mayor participación del hombre en los cuidados y otras actividades domésticas, este es un problema aún sin resolverse totalmente y que también pesa en nuestra sociedad, así como en la salud y desarrollo de la mujer cubana, si bien es protegida en caso de enfermedad como cualquier otro trabajador.

Carecemos de suficiente información estadística acerca del cuidado familiar en el marco de la vecindad y como parte del mercado informal. Este es otro problema a resolver para lograr cambiar la situación y para que exista una mayor atención desde lo profesional, con capacitación de expertos y apoyo institucional, y para el conocimiento de todo aquel que lo necesite.

El período pandémico ha puesto al mundo a repensar muchos temas. Este, no por reconocido, estudiado y presente en las luchas actuales, ha logrado llegar a buen término. No hay un balance justo en las responsabilidades productivas y reproductivas, pues tanto mujeres como hombres pudieran continuar en el mercado laboral en igualdad de condiciones, sin que tengan que ser las mujeres quienes se vean afectadas en mayor grado por la desigual distribución del trabajo en el hogar. Es un imperativo avanzar en el reconocimiento del trabajo de cuidado y reproductivo como un derecho.

Recientemente en la clausura de XII Foro Ministerial para el Desarrollo en América Latina y el Caribe 2021, Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para la América Latina y el Caribe (CEPAL), planteó que esta organización regional ha propuesto cinco acciones prioritarias, entre ellas, extender los ingresos básicos de emergencia, impulsar sistemas de cuidado en inclusión de las mujeres y una canasta básica digital. Una vez más, la institución se ve en la necesidad de abogar por la mujer y el sistema de cuidado.

Es además muy importante que las políticas y medidas que se implementen por los gobiernos sean aplicadas igualmente en todos los territorios. Hay que repensar todo el sistema de cuidado en la región y modificarlo. Por su implicación social es un deber de todos.

Notas

(1) Rosa Cañete Alonso: “El coronavirus no discrimina, las desigualdades sí”, nota informativa de Oxfam, marzo de 2020. 

(2) Ver  www.nytimes.com/es/2020/09/22/español/negocios/trabajadoras-domesticas-covid.amp.html

(3) Verónica Alaimo, Carolina Cabrita Félix y Laura Karina Gutiérrez: “Trabajadora, madre, hija, profesora, cuidadora… el impacto de la COVID-19 en el trabajo de las mujeres”.

(4) “COVID-19: Las naciones del G7 deben hacer efectiva la igualdad de género para que el futuro de las mujeres en el trabajo sea mejor”, Organización Mundial del Trabajo.

Tomado de La Jiribilla/ Foto de portada: OPS.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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