A 18 años del inicio de la guerra de Iraq, Aznar sigue sin rendir cuentas

Por Roberto Montoya.

A las 3:35h de la madrugada del 20 de marzo de 2003 en España cazabombarderos F-117 estadounidenses comenzaban el demoledor ataque contra los palacios presidenciales y el amplio complejo de edificios gubernamentales del régimen iraquí en Bagdad.

Luego seguirían los bombardeos masivos contra objetivos militares, puentes, carreteras e infraestructuras claves de la capital, de Mosul, Kirkuk y otras ciudades. Paralelamente gigantescas columnas de blindados concentrados en Kuwait atravesaban la frontera iraquí. El ataque por distintos flancos era amplísimo, devastador.

La enorme maquinaria bélica puesta en marcha por Estados Unidos, secundada por las fuerzas armadas británicas, había comenzado la Operación Libertad Iraquí.

Aznar y Blair fueron los principales aliados de Bush en la ‘Guerra contra el Terror’ que EE UU lanzó a nivel planetario tras los atentados del 11-S de 2001.

Acababa de vencer el ultimátum que el trío de las Azores —George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar— habían dado a Sadam Husein para abandonar el poder.

Era una invasión ilegal, no autorizada por la ONU y rechazada por Alemania, Francia y otros países de la propia OTAN, pero más que anunciada.

Bajo el paraguas de la Guerra contra el Terror que había declarado George W. Bush tras los atentados del 11-S de 2001 todo era posible. 

La cruzada planetaria del Bien contra el Mal ya se había ensañado a partir del 7 de Octubre de ese año con Afganistán, entonces bajo el control de los talibán. EE UU encabezó para ello la mayor coalición militar vista desde la segunda guerra mundial.

Ese mismo mes se había puesto en marcha también la gran operación encubierta conocida como Los vuelos de la CIA. Esa agencia de inteligencia utilizó una flota de una treintena de aviones camuflados para trasladar ilegalmente prisioneros secuestrados en distintos países a cárceles secretas —algunas en territorio europeo— para ser torturados impunemente.

Poco después, en enero de 2002, el Pentágono transportaba a su ilegal base naval de Guantánamo en aviones de carga desde Afganistán, encapuchados y encadenados, a decenas de prisioneros para torturarlos con total impunidad en ese gulag caribeño, lejos de los tribunales federales estadounidenses.

La ofensiva de EE UU se ampliaba más y más ante una comunidad internacional atónita y pasiva

El 29 de enero de 2002, Bush utilizaba el tradicional discurso anual del Estado de la Unión para señalar a Irak, Irán y Corea del Norte como miembros de un Eje del Mal, al que posteriormente añadiría a Cuba, Siria y Libia. Todo valía contra ellos.

En menos de un año desde aquel momento ya todo estaba preparado para iniciar la guerra.

La fuerte presión de EE UU como país víctima de los atentados del 11-S y su denuncia —falsa— de que Irak trabajaba junto con Al Qaeda y almacenaba armas de destrucción masiva de gran alcance, le permitió a Bush arrancar a la ONU  varias resoluciones exigiendo a Sadam Husein el desarme total.

El régimen de Sadam Husein aceptó la exigencia hecha por las Naciones Unidas a través de la Resolución 1.441 de Noviembre de 2002 para que permitiera que más de mil inspectores de la Unmovic (Comisión de Monitoreo, Verificación e Inspección de la ONU) inspeccionaran todas las instalaciones de armas químicas, bacteriológicas, nucleares y de misiles balísticos existentes en Irak.

El dictador iraquí aportó igualmente un informe de casi 13.000 páginas con todos los detalles de las mismas.

La capacidad armamentística iraquí había mermado notablemente tras la Guerra del Golfo de 1991 y los doce años posteriores de embargo, y todos los expertos y las agencias de Inteligencia de EE UU y de sus aliados lo sabían.

Pero el Gobierno Bush tenía prisa, no quería esperar porque sabía que los inspectores de la Unmovic no habían de encontrar nunca esas armas de destrucción masiva, sencillamente porque no existían.

Para saltarse etapas Washington se sacó otra baraja de la manga, aprobó una nueva Estrategia de Seguridad Nacional que oficializaba la guerra preventiva, la posibilidad de realizar ataques militares contra una organización o país enemigo anticipándose a supuestos ataques futuros que pudieran intentar.

Aznar defendió una y otra vez la estrategia de la ‘guerra preventiva’ de EE UU, llevar a cabo acciones militares ante posibles planes de ataques enemigos

Tanto José María Aznar como Tony Blair, los dos principales líderes europeos que secundaron desde el primer momento los planes de Bush, apoyaron también entusiastas la teoría de la guerra preventiva.

Los dos dieron una rueda de prensa conjunta en la Moncloa el 30 de enero de 2003 en la que insistieron en el peligro que suponían las ‘armas de destrucción masiva’ de Sadam Husein para la seguridad mundial.

Dos días después Aznar repetía su versión en una entrevista a Europa Press: “El Gobierno tiene información reservada que demuestra que Irak, con armas químicas, y biológicas, y conexiones con grupos terroristas, supone una amenaza para la paz y la seguridad mundial. Tenemos evidencias suficientes en ese sentido”.

Y el 5 de Febrero lo repetía en el Congreso de los Diputados. Defendiendo la estrategia de la guerra preventiva estadounidense Aznar sostenía en el Congreso de los Diputados que España debía apoyar  una intervención militar contra Irak si en las siguientes semanas no se desarmaba.

A diferencia de la postura que tuvo Felipe González durante la Guerra del Golfo —mandó tropas, entre ellas 200 soldados de reemplazo— José Luis Rodríguez Zapatero reclamó que se esperara el resultado del informe de los expertos de la Unmovic, y que si el Consejo de Seguridad debatía una resolución para autorizar  la guerra, que España votara en contra.

El Partido Popular se quedó solo en aquella sesión, en la que Aznar volvió a insistir en que su Gobierno tenía “pruebas suficientes” sobre la existencia de esas fantasmagóricas armas de destrucción masiva que no aparecían por ningún lado.

Una semana después Aznar lo volvía a repetir en una entrevista en Antena 3: “Puede usted estar seguro”, le decía a Ernesto Sanz de Buruaga, “y pueden estar seguras todas las personas que nos ven, de que les estoy diciendo la verdad, el régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva, tiene vínculos con grupos terroristas y ha demostrado a lo largo de la historia que es una amenaza para todos”.

El ‘No a la Guerra’ movilizó en 2003 como nunca antes a millones de personas en el Estado español; el 85% de la población rechazaba la intervención militar

El 15 de febrero millones de personas se lanzaron a las calles de las principales capitales mundiales para decirle No a la Guerra y en el Estado español hubo 350 concentraciones ese día
La más importante, la de Madrid, reunió a 1,8 millones de personas. Las encuestas indicaban que casi el 85% de los españoles rechazaban la guerra contra Irak y que el 63% consideraba que el principal objetivo de Bush era hacerse con el control del petróleo iraquí. 

Pero Aznar seguía repitiendo una y otra vez, machaconamente, su versión de que había que intervenir en Irak.

El 18 de febrero lo hacía en una entrevista en la Cope y poco después lo volvía a hacer en Newsweek y otros medios nacionales e internacionales.

Aznar se esforzaba por demostrar a Bush que era su mejor portavoz en Europa, que era parte de esa ‘Europa moderna’, como decía Donald Rumsfeld, frente a la “Vieja Europa’, en referencia a Francia, Alemania y otros países que rechazaban la intervención militar.

La oposición parlamentaria criticaba la falta de transparencia y las decisiones unilaterales que adoptaba el Gobierno sin consultar al Parlamento, como la firma de un nuevo Convenio de Defensa entre España y EE UU por el cual se amplió el uso de las bases militares de Rota y Morón, pero Aznar y su equipo siguieron adelante haciendo caso omiso de todas las críticas.

Ni Bush ni Blair ni Aznar respondían siquiera a las informaciones de servicios de inteligencia franceses, alemanes y organismos de prestigio como el Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, que rechazaban sus teorías sobre las supuestas relaciones de Sadam Husein con Al Qaeda y descartaban que Irak tuviera un arsenal de armas de destrucción masiva.

Los informes que llegaban de los 1.200 expertos de la Unmovic encabezados por el suizo Hans Blix, que inspeccionaban sobre el terreno todas las instalaciones iraquíes, al igual que los análisis que hacían numerosos estrategas militares, llegaban a la misma conclusión: descartaban que Irak pudiera conservar capacidad para elaborar armas de destrucción masiva.

Pero ninguno de esos argumentos importaba. La Administración Bush era una gran fábrica de fake news que bombardeaba constantemente con supuestas pruebas ‘indiscutibles’, fotografías aéreas, testimonios, grabaciones y una vasta maquinaria de propaganda de guerra como tantas veces ha  utilizado EE UU a lo largo de su historia intervencionista.

Y sin esperar al informe de los expertos de la Unmovic ni a una nueva resolución del Consejo de Seguridad, el trío de las Azores condujo al mundo a una nueva y devastadora guerra. Una guerra  que suponían un paseo militar y que cientos de miles de muertos después y tras destruir un país sigue aún abierta.

Aznar siguió durante mucho tiempo asegurando que “tarde o temprano las armas de destrucción masiva serán encontradas”.

En Octubre de 2003, siete meses después de iniciada la guerra, Aznar daba una conferencia en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional ante un auditorio compuesto por altos mandos militares españoles.

Allí el entonces presidente volvió a defender como “correcta, justa y necesaria” la intervención en Irak; defendió la necesidad de “emprender acciones de carácter anticipatorio”  y criticó en cambio la “débil conciencia nacional de defensa” que según él existía en España, culpando de ello en gran parte a la “conciencia pacifista” reinante.

Aznar miente cuando repite que “todo el mundo pensaba que había armas de destrucción masiva” y cuando insiste en que “España no participó en la guerra”

Tuvieron que pasar cuatro años más para que Aznar admitiera por primera vez que en realidad no había armas de destrucción masiva en Irak. Desde 2015 ni la ONU ni nadie buscaba ya esas armas. Las tropas de EE UU y sus aliados controlaban el país y era imposible seguir manteniendo la farsa.

Aznar no hizo su reconocimiento convocando para ello una rueda de prensa monotemática, sino que se vio obligado a hacerlo en febrero de 2007 durante un acto en Pozuelo de Alarcón donde se presentaba el libro El camino a la democracia en España, de Manuel Álvarez Tardío.

Una estudiante entre el público explicó que estaba haciendo una tesis sobre la guerra de Irak y tenía interés en saber si aún en ese momento el líder del PP consideraba que habían existido esas armas de destrucción masiva cuya búsqueda sirvió de justificación para lanzar la guerra.

La pregunta cogió de sorpresa a Aznar. “Todo el mundo pensaba que en Irak había armas de destrucción masiva, y no había armas de destrucción masiva. Eso lo sabe todo el mundo, y yo también lo sé…ahora”. Y con su sorna habitual añadió: “Tengo el problema de no haber sido tan listo para haberlo sabido antes”.

Y siguió mintiendo: “Pero es que cuando yo no lo sabía nadie lo sabía; todo el mundo creía que las había, ¿sabes? Entonces es un problema, claro, porque las decisiones hay que tomarlas no a toro pasado, sino cuando está el toro sobre el terreno, y es ahí cuando hay que torear. Torear con cinco años de retraso, esa es tarea de los historiadores”.
El cinismo de Aznar no es nuevo pero en un tema como este es hiriente, criminal. Con la excusa de esas inexistentes armas de destrucción masiva él, junto con Blair y Bush, declararon una guerra unilateral, sin respaldo de la ONU ni siquiera de los principales aliados europeos, y en España, sin apoyo de ningún partido salvo el suyo, el PP, y con el 85% de la población en contra.

Una guerra que provocó cientos de miles de muertos en Irak; obligó al éxodo de millones de iraquíes; convulsionó e hizo aún más violento Oriente Medio; estimuló el terrorismo yihadista y puso a España en su diana.

Bush y Blair se terminaron disculpando años después de iniciada la guerra, Aznar nunca lo hizo ni tuvo que responder ante ninguna comisión de investigación parlamentaria.

En la reciente entrevista con Jordi Évole el ex presidente volvió a hacer gala una vez más de su cinismo.  “Toda la información que yo tenía iba en la dirección de que existían armas de destrucción masiva”. Aznar se cerró en banda cuando Évole le preguntó si desmentía entonces las afirmaciones del director del CNI en ese entonces, Jorge Dezcallar, que asegura que le advirtió una semana antes de que se iniciara la guerra que no había pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva. Aznar dijo que no quería discutir con él ni con ningún ex director del CNI de antes o después.

Ese es el todo el balance que hace aún hoy día Aznar de su papel protagónico en aquella crisis.

El propio George Bush se disculpó en diciembre de 2008 durante una entrevista a la ABC News.

“El mayor arrepentimiento de toda mi presidencia es el error de inteligencia en Irak. Mucha gente se jugó su reputación al decir que las armas de destrucción masiva eran una razón para derrocar a Sadam Hussein”.

Otro cínico, sin duda, pero al menos intentó buscar una justificación, un culpable de su ‘error’.

Tony Blair hizo otro tanto. En octubre de 2015 el ex primer ministro laborista británico se disculpó durante una entrevista con la CNN de “haber utilizado información de inteligencia errónea”.

Blair reconoció también no haber previsto el caos y la violencia que provocaría el derrocamiento de Sadam Husein. Otro cínico, qué duda cabe, pero se disculpó públicamente.

Un año después, en julio de 2016, se conoció el Informe Chilcot, el resultado de una comisión de investigación que encargó en 2009 el primer ministro británico Gordon Brown para conocer todas las implicaciones y responsabilidades del Reino Unido en la guerra de Irak.

El exhaustivo trabajo llegó a la conclusión que el régimen de Sadam Hussein no suponía ninguna amenaza real para los intereses británicos; que la guerra se inició sin haber agotado otras alternativas; que se había socavado la autoridad de la ONU y que la intervención se llevó a cabo sin el respaldo de una base jurídica.

Aznar es nombrado 24 veces en el Informe Chilcot como uno de los protagonistas de la trama que se urdió para justificar la guerra. El embajador británico en Washington de 1997 a 2003 declaró a la comisión de investigación que Aznar presionó a Estados Unidos para que la invasión se llevara a cabo en el plazo inicial previsto. El presidente español no era partidario de esperar a una segunda resolución de la ONU —como planteaba Blair— si no había seguridad de conseguir que se aprobara la intervención militar.

Estados Unidos no hizo una investigación semejante y España tampoco. A pesar de que España no tuvo una presencia concreta significativa en la ofensiva militar, sí tuvo una gran corresponsabilidad política en ella, algo que Aznar pretende ignorar cuando dice que “España, como se sabe, no intervino”. Tiro la piedra y escondo la mano.

“España no participará en misiones de carácter ofensivo; en consecuencia no habrá tropas de combate españolas en el teatro de operaciones”, anunció Aznar en el pleno del Congreso del 19 de marzo de 2003, horas antes de que se iniciara los bombardeos y la invasión de Irak.

Sin embargo, España sí estuvo en la guerra, desde el primer momento, aunque fuera cubriendo tareas de apoyo. El mismo 20 de marzo España envió 660 soldados de la Armada y 280 de Tierra, con varias unidades especialidades en guerra nuclear, bacteriológica y química; la fragata Reina Sofía; el buque de asalto Galicia y el petrolero Marqués de Ensenada. 

Poco después se crearía la Brigada Plus Ultra, con 1.300 soldados españoles y con el refuerzo de más de 1.000 efectivos de países latinoamericanos que actuaron bajo mando español. Murieron tres militares españoles y ocho agentes del CNI antes de que el nuevo Gobierno de Rodríguez Zapatero ordenara tras su llegada a la Moncloa en 2004 la retirada de las tropas de Irak.

Las tropas españolas fueron objeto de 90 ataques militares

En las manifestaciones que se siguieron produciendo en el Estado español después de iniciada la guerra, junto al No a la Guerra, se vieron carteles que ponían: “Aznar, nos vemos en La Haya”.

Sin embargo, ni Aznar ni Blair ni Bush tuvieron que responder ni ante el Tribunal Penal Internacional de La Haya ni ante tribunal alguno.

En 2006, durante el primer mandato de Rodríguez Zapatero, ERC reclamó en el Congreso de los Diputados que el Gobierno elaborara un informe sobre la participación española en Irak, desde el punto de vista político, militar y también comercial, para saber los intereses de grandes empresas españolas que estaban en juego. No salió adelante.
Diez años después ERC propuso la formación de una comisión de investigación en la Cámara de Diputados con el mismo objetivo. En aquel momento el portavoz de Esquerra en el Congreso, Joan Tardá, dijo que la aceptación o rechazo de esa propuesta sería “la prueba del algodón de la voluntad de regeneración de la democracia española”.

La moción fue rechazada. Y en 2017 ERC, conjuntamente con Unidas Podemos, hizo una reclamación similar en el Senado, con el mismo resultado.

Aznar, como Trillo o Palacios siguen sin rendir cuentas. La ‘democracia plena’ española no superó  la prueba del algodón todavía.

 

Tomado de El salto diario Foto de portada: Álvaro Minguito.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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