Argentina: “La historia detrás de esta foto”

Por Héctor Rodríguez.

“Cada semana, invariablemente, hacía el mismo itinerario. Viajaba en colectivo desde Villa Ballester hasta la estación, luego el tren a Retiro y después otro ómnibus hasta la Plaza de Mayo. Bajaba y caminaba para incorporarme a la ronda. Al regreso, el recorrido era a la inversa. Resulta que el jueves anterior, volviendo de nuestra marcha en la plaza, vi la ciudad íntegramente empapelada. No salía de mi asombro —recuerda Delia Cecilia Giovanola—. Las calles llenas de afiches y obleas, cubiertas las pantallas publicitarias de las avenidas. En las esquinas, en las veredas, los postes de luz, en todos lados. Los autos con las calcomanías pegadas en las lunetas. En el respaldo de los asientos en los colectivos, también en los trenes. Toda esa propaganda decía lo mismo: “Las Malvinas son argentinas”. Y aparecía el otro mensaje, ese de ‘los argentinos somos derechos y humanos’. Me dio mucha bronca”.

“Volvía a mi casa. Me senté en el colectivo, miré por la ventanilla y me topé con esa calcomanía infame en el vidrio. Llegué indignada, en especial con los periodistas y reporteros. Ellos venían abiertamente a cubrir la guerra de Malvinas; muchos de ellos nunca aparecían por la Plaza”.

Al día siguiente ya lo tenía decidido. Busqué un cartón, creo que lo hice con una bandeja de masas, de esas de confitería. Me arreglaba con lo que tenía en casa. Con decirte que el fichero con las 1800 fichas con las cartas que fui recibiendo, lo armé con una caja de zapatos. Las propias fichas las hacía con esas fajas de cartulina blanca con las que te envolvían la pastafrola en la panadería. Tomé un marcador negro, el más grueso que encontré, y escribí”.

“Al jueves siguiente llegué temprano y con mucha firmeza. Por el cartel. Porque si no, no se iba a ver. Es que éramos tantas en aquel tiempo… tantas, que no había espacio entre nosotras. Yo solo quería viralizar nuestra lucha. Eso buscaba expresar. La repercusión no la quería para mí sino para que el mundo tomara más conciencia de lo que estaba pasando. Los fotógrafos empezaron su tarea, gatillaban las cámaras, mudos. Puse cara como mirando al vacío, para que la atención se concentrara solamente en el cartel que estaba mostrando”.

“Terminó nuestra ronda y me olvidé del hecho. En el momento no le di tanta importancia. Así, durante muchos años. Regresé a casa y guardé el cartel en un cajón. Yo suelo guardar todo”.

Recién treinta años más tarde (en abril de 2012) vio publicada en Facebook aquella foto sosteniendo el cartel. Su querida sobrina Gabriela Giovanola publicó en su muro el testimonio de Delia: “Esta foto me la tomó hace 30 años un enviado de un periódico y al tiempo llegó a mis manos. En ese entonces, mientras nuestros soldados luchaban en las Malvinas, era frecuente que gran cantidad de periodistas extranjeros concurrieran a Plaza de Mayo para tomar fotos y hacer reportajes a las Madres y Abuelas que todos los jueves realizaban sus rondas. Con el correr de los años la perdí de vista, no sé cómo ni cuándo. Ahora, después de tanto tiempo… ¡la encuentro publicada aquí! Pensar que ya pasaron 30 años y los problemas siguen siendo los mismos, las Islas siguen apropiadas, nuestros nietos también. Nuestros caídos en Malvinas siguen lejos de sus familias. Ellos ni siquiera pueden llevarle una flor. Sobre nuestros desaparecidos, ni siquiera sabemos dónde están”.

Lo que nunca supo Delia Giovanola —hasta que conversamos ayer—, es quién le había tomado la instantánea ese jueves de principios de junio de 1982, cuando aquella guerra absurda forzada por un genocida, estaba por finalizar, con centenares de muertos y miles de heridos y mutilados.

Su autor fue el fotógrafo uruguayo Amado Becquer Casaballe. Nacido en Montevideo en 1951, pasó su infancia y adolescencia en la pequeña ciudad de Santa Lucía, a 60 kilómetros de la capital. Fue en ese tiempo que descubrió el valor de las imágenes, según contó alguna vez. A los 13 años hizo sus primeras fotos. Y a los 20 compró su primera cámara fotográfica. Comenzó a conocer, entonces, los primeros secretos de ese arte que acababa de abrazar. En 1974 cruzó el charco y se instaló en Buenos Aires, en una piecita alquilada en el barrio de San Telmo.

Su primer trabajo para pagar sus gastos, fue en una tornería de Haedo. No eran tiempos fáciles. La Triple A se movía a sangre y fuego en medio de la impunidad mientras Amado iba tratando de entender a un movimiento tan amplio y abarcador como el peronismo. En los funerales de Perón pudo trabajar con una cámara Canon prestada. Tuvo allí la certeza de que sería reportero gráfico.

De a poco comenzó a vincularse con colegas y a colaborar en la revista Fotomundo. Durante el Mundial 78 trabajó para la agencia NA (Noticias Argentinas) y un año más tarde ingresó a Clarín, donde permaneció tres años. Ya era un profesional en pleno crecimiento.

Un año antes de la tarde histórica en la Plaza, formó parte de la primera Muestra El Periodismo Gráfico Argentino, expuesta en una galería de San Telmo. Aún eran tiempos de dictadura: el hecho se vio reflejado en la falta de apoyo de la Asociación de Reporteros Gráficos argentinos.

Tras la fotografía tomada a Delia Giovanola, en 1982, su vida profesional continuó viaje por diversos países de Latinoamérica, exponiendo y dando charlas.

Dentro del Museo Malvinas, en el predio de la ex ESMA, una gigantografía retrata a la abuela Delia con aquella imagen emblemática en blanco y negro. “En 2015, el día del acto en el Museo, iba caminando hacia la entrada de la mano de una muchacha que me acompañaba. Iba mirando el piso, como lo hacemos las viejas. De golpe —dice—, levanto la cabeza y me encuentro con esa foto inmensa. Me veo ahí, abarcando toda la pared. ¿Esa que está ahí soy yo? le pregunto a la chica. La guía, sorprendida, miró dos veces la foto y volvió su mirada hacia mí. “Sí, es usted”, me respondió sorprendida”.

La foto y el mensaje que creó Delia Giovanola a sus 56 años (“Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”), terminó dando la vuelta al mundo. En postales, efemérides, notas periodísticas, manuales de estudios y homenajes. Foto reproducida y viralizada miles de veces en las redes sociales. Porque es el símbolo de una época.

Fue generada a partir de un gesto de impotencia (y luminosidad, a la vez) de una Abuela que junto a cientos de compañeras como ella, llevaban años reclamando por sus familiares desaparecidos, con sus pañuelos blancos en la Plaza de Mayo. Y se hizo visible a partir del capital simbólico construido por un conjunto de reporteros gráficos comprometidos y valientes, como Becquer Casaballe, que supieron dar testimonio del tiempo que les tocó atravesar.

La composición de esa foto tiene una potencia inusual. Consigue condensar la tragedia y el horror de la dictadura durante siete años de lucha continua, con el fin de ese tiempo oprobioso ocurrido en 1983. Un cartel sencillo y casero, de 20×20, de impecable caligrafía (propia de una docente como lo fue Delia), estableciendo una marca imborrable en la memoria social.

El fotógrafo Amado Becquer Casaballe falleció en 2013. El cartón original, escrito de puño y letra, amarillento y ajado, se conserva en la Casa de Abuelas, en la ex ESMA. Delia Giovanola, después de tanto marchar, encontró a su nieto Martín en 2015 (cuatro años antes atravesó con un dolor inenarrable el suicidio de Virginia, su otra nieta). Mientras tanto, los argentinos, en vísperas de un nuevo aniversario del “2 de abril”, aún seguimos esperando que la Justicia reactive la causa en la que se investigan las torturas y tormentos que sufrieron nuestros soldados durante la guerra del Atlántico Sur por parte de sus oficiales superiores.

 

Foto de portada: «Madre con cartel”/ Becquer Casaballe/ Archivo CMF.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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