Cuba: La nieta del General Quintín

Por Lisandra Ronquillo Urgellés.

Dice deberle el parecido a la abuela paterna, también el nombre, pero mucho de sus facciones y el carácter le vienen de su segundo apellido —Bandera—, del abuelo Quintín, general de las tres guerras independentistas cubanas.

Julia Martina Corzo Bandera tiene mucho de lo cual enorgullecerse sobre todo, de las corrientes patrióticas que alimentan su existencia y han guiado el hilo de sus actos.

A su madre, Dulce Virginia, la conquistó un joven que, al igual que el padre, un singular aunque desconocido coronel del Ejército Libertador, se llamaba Ignacio Corso. Y de la unión de las dos raíces históricas nació una mujer que parece encarnar una mambisa de estos tiempos.

Mi mamá le tendía la mano a todo el que podía y, en ocasiones, se quitaba las cosas para dárselas a otros. Siempre he dicho que a ella el nombre le venía bien de dulce y de virgen; mi padre, ingeniero civil, era un hombre muy recto, incluso, a veces le decían que parecíamos militares. Hizo bien, nos ayudó a ser quienes somos ahora”.

-Debieron contarle muchas historias de Quintín…

Mi madre nos relataba anécdotas del abuelo. Recuerdo que decía que él era uno de los jefes de la invasión mambisa al occidente. Vino con su compadre, Antonio Maceo. Quintín lo hacía a pie y descalzo, mientras los demás iban a caballo. Lo que todavía nadie se explica es cómo, si la caballería llegaba a las cuatro de la tarde, ya a las siete él estaba en el campamento durmiendo con ellos.

Le llamaban el “Burlador de la Trocha”. Cuando Quintín quería pasar inadvertido por algún lugar, lo hacía, me contaban. Era una persona con la familia y otra en la manigua. Tuvo siete hijos, dos fuera del matrimonio y cinco con mi abuela Virginia, una negra hermosa que consiguió la libertad por sí misma. A pesar del poco tiempo que pudo dedicarles, era un padre cariñoso.

-La etapa final de la vida de su abuelo, y su muerte, rematado a machetazos, fue realmente cruel. Incluso, el presidente Tomás Estrada Palma se negó a darle sepulcro al patriota. ¿Cómo influyó este episodio en la familia?

Mi abuelo era un valiente, había participado en tres guerras y quería unirse a otra más, esta vez contra el presidente Estrada Palma, quien había traicionado el ideal de Martí, y hasta disuelto el Partido Revolucionario Cubano. La abuela le dijo que él ya estaba para sentarse detrás de la puerta a leer un rosario, y lo que hizo fue levantarse nuevamente en armas, en la llamada Guerrita de Agosto. Poco tiempo después, fue asesinado por la guardia rural. La familia sufrió mucho, Virginia estaba embarazada.

El cadáver recorrió la ciudad dentro de una tosca caja de madera traslada en un carromato para carbón, sin siquiera la bandera cubana para adornarlo. Los restos, afortunadamente, fueron rescatados y ahora descansa en el Cementerio de Colón. Sobre su tumba se levanta una columna cortada, como sucedió con su vida, que fue tronchada. He estado allí muchas veces con mis hermanas, es un sitio importante para mí.

-Historiadores y estudiosos polemizan sobre el tratamiento dado a los patriotas negros. ¿Cree que Quintín Bandera ha recibido el reconocimiento merecido?

Existen varios libros sobre Quintín, pero incluso en estos tiempos no siempre es bien reconocido. Algunos lo ven como una figura oscura, y no solo por el color de nuestra piel. Su primer historiador fue Tomás Savignón, con quien supe que mi abuelo aprendió a leer y a escribir a los 50 años en una cárcel española y conocí de su encuentro con la Reina Isabel II, cuando era apenas un niño. De Quintín queda mucho para hablar, y aunque algunos trataron de sumirlo en el olvido, la historia no perdona. Para mí, ser su nieta es un orgullo y es por ello que doy a conocer su historia a todo el que pueda.

A Julia le correspondió vivir una época diferente. Su estandarte no es la independencia que añoraba el abuelo, pues ese sueño fue hecho realidad el Primero de Enero de 1959. Desde esa fecha, la niña callada y observadora que creció en el barrio habanero de Jesús María, entendió que su lucha sería por la salud y comenzó los estudios de Medicina.

El triunfo revolucionario tuvo gran influencia en mí. A partir de ahí se abrieron las puertas a muchas oportunidades, graduarme fue una de ellas. Fui integrante de la primera brigada de médicos graduados por la Revolución en 1965. Ello me llena de satisfacción. Fue un momento de alegría y todavía en estos momentos me siento motivada. Éramos un grupo de muchachos que estudiábamos para obtener el sobresaliente. Nos llamaban Los médicos guerrilleros».

-¿Fue siempre la medicina la carrera de sus sueños?

Imagínate, mi mamá se graduó de Estomatóloga y uno de los tíos era médico. Desde chiquita crecí en ese ambiente que tanto me gustaba. Supe entonces que quería estudiar la especialidad para ayudar a otros; haciéndolo es como si reivindicara la injusticia que cometieron con mi abuelo. El primer brote de dengue en Cuba constituyó uno de los momentos más difíciles de esta profesión. Provocó la muerte de muchos, entre ellos, niños. Estoy orgullosa de haber inaugurado la primera terapia para su tratamiento en Ciego Ávila.

-Volvamos al pasado, el período en que sus padres se graduaron debió caracterizarse por un acentuado racismo…

Mi padre fue la única persona de piel negra graduada en su año. En aquella época eso significaba un gran sacrificio, pues tenían que estudiar más que el resto. En una ocasión lo invitaron a una comida en el restaurante El Potín, y allí, para que no regresara nunca, le cobraron la comida más cara. Pero para nosotros tener la piel negra nunca fue un impedimento, todos nos superamos.

-Los que la conocen dicen que posee un alma joven. ¿Es que los años han pasado imperceptibles para usted?

Desde 1991 trabajo como doctora en el laboratorio del Hospital Pediátrico del Cerro. A los 68 años fui de misión a Haití, un pueblo muy pobre y digno de admirar, pues a los médicos cubanos nos trataron siempre con mucho cariño. Cuando tenía 78 partí a Venezuela para participar en la misión Barrio Adentro, poco tiempo después de haber fallecido Chávez. Los venezolanos nos acogieron enseguida a pesar del ambiente convulso que se respiraba en el país.

Estar rodeada de juventud hace que me sienta joven. Siempre estoy organizando fiestas y, aunque no baile mucho, me gusta ver disfrutar a los demás

Lo de revolucionaria, una lo lleva en la sangre. Nunca he dicho no a las situaciones que la vida ha puesto ante mí. Hasta ahora siento que las he cumplido todas a cabalidad. Es algo genético en nuestra familia, nació conmigo.

Tomado de Cubadebate/ Foto de portada: Cortesía de la entrevistada.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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