El desgarramiento de Achutti, fotógrafo viajero de las muchas pieles

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Por Maribel Acosta Damas(*) / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano Cuba. 

 / Fotos: Cortesía del entrevistado.

Luiz Eduardo Robinson Achutti es hijo de una generación de intelectuales y artistas brasileños que apostó a la utopía de un mundo mejor. Es Profesor titular del Departamento de Artes Visuales del Instituto de Artes de la Universidad Federal de Río Grande del Sur (UFRGS. En su recorrido por la fotografía de prensa primero y luego por la fotoetnografía, fue incorporando pieles al recorrer su país y muchos otros. La mirada antropológica pasó a ser parte de una obra que tiene anclada su raíz en la vida humana. Medio siglo es mucho tempo para mirar y narrar. Ahí ha estado Achutti. Contando. Visitó Cuba por primera vez en 1986 y se metió en la piel de la isla, sin divagaciones, dejándose llevar entre la gente en un camino preciso y extraordinario. Igual su lente relató los viajes por los países del antiguo Campo Socialista.

Y a cuantos lugares pudo, volvió. Sobre él, esta periodista ya escribió: “A Cuba volvió, cuando el mundo ya era otro, muchas cosas habían cambiado y, la batalla contra el peligro de la amnesia que una vez había acechado a Macondo, parecía también amenazar a la isla. Achutti atrapó ese tiempo, en pleno siglo XXI. Pero no importó porque la isla seguía defendiéndose de los huracanes de dentro y de fuera; y seguía riendo y llorando al mismo tiempo como los boleros que la han sostenido cada noche. El malecón habanero, ese muro que delimita el mar y el horizonte, sigue poblado hasta el amanecer; los carretilleros, vendedores de frutas y viandas de la isla, pueblan las calles. Los muros de La Habana relatan los imaginarios nuevos y viejos… el tiempo transcurrió. Sin embargo, quedó el milagro del viento que acaricia. Y Achutti, sabio hombre de lente que viene de muchas pieles, descubrió el milagro del tiempo”. La fotoetnografía le debe aportes que cambiaron la mirada del campo académico, y el mundo, la memoria poética del tiempo. Es de los imprescindibles aunque él lo niegue una y otra vez en esta desgarradora entrevista… como sucede con los verdaderamente grandes.

Maribel Acosta Damas-. Detrás de cada foto suya hay una vivencia de casi medio siglo, ¿Cuáles han sido esas vivencias que han condicionado su trayectoria cómo fotógrafo? 

Luiz Eduardo Robinson Achutti-. Soy un hijo de clase media. Somos del sur de Brasil, pegados a Uruguay, un país que aprendí a amar desde muy joven. Estudié desde el primer grado en una escuela modelo, privada, en Porto Alegre, el Instituto Educacional João XXIII. Esta escuela fue diseñada por tres grandes maestros y un administrador escolar. Una de ellas, Zilah Totta, había sido secretaria de Estado de Educación y había adoptado la pedagogía de Paulo Freire. Otra, muy experimentada, Lilia Rodrigues Alves, era hija de un general, además de Leda Falcão de Freitas y Frederico Lamachia Filho, quien había sido el jefe de gabinete de la profesora Zilah en la Secretaría, un administrador que ayudó a crear esa escuela, basada en la libertad, comunidad, cooperación, la cual le dieron el nombre del Papa socialista Juan XXIII.

Comenzó como una escuela privada para estudiantes de clase media y media alta, luego se convirtió en una fundación. En pleno apogeo de la dictadura tuve la facilidad/felicidad de estudiar allí, pasando buena parte de mis días en una burbuja de democracia, libre pensamiento y cariño. Posteriormente, la profesora Zilah informó que “uno de los objetivos era fundar una escuela con la participación de padres, profesores, alumnos y personal, de tal manera que cuando el alumno se matriculaba, los padres también”.

Cuando casi había terminado la Secundaria, en mi ciudad, Porto Alegre, en 1976, los estudiantes universitarios retomaron el movimiento estudiantil, a pesar de la dictadura. Esto tuvo repercusiones para los estudiantes de Secundaria, que fue mi caso.

Desde que tenía 14, 15 años descubrí que Brasil era feo y necesitaba cambiar. A los 16 años fui al centro de la ciudad a comprar un periódico clandestino que había sido impreso en rojo para denunciar el asesinato en la cadena de la dictadura, de un periodista paulista, Vladimir Herzog. Este asesinato, forjado como un suicidio, marcó un límite, porque allí comenzó el fin de la dictadura militar (1).

MAD-. ¿Cómo ha sido su recorrido profesional? 

A-. Ese mismo año, 1975, hice un curso corto de fotografía en el Foto Cine Club Gaúcho. Y me inicié en la fotografía. Quería ser un fotoperiodista importante, creía que con mi fotografía podría ayudar a cambiar mi país. Mi abuelo paterno, Bortolo, hijo de un inmigrante libanés, era farmacéutico, técnico de fotografía y buen fotógrafo, uno de esos herederos de los alquimistas, que se iniciara en la fotografía unos 40 años antes. Mi abuelo se jubiló y fue trabajar, hasta que se jubiló, como empleado de la Universidad Federal de Santa María. Técnico de fotografía, se encargaba de parte de la publicidad, pero también de las fotografías en la Universidad, incluso a través de microscopios para áreas científicas.

Al mismo tiempo, un tío, hermano de mi madre, era actor de teatro de resistencia contra la dictadura. Es mayor que yo unos 16 años. Lo encarcelaron por poco tempo en la misma ciudad de Santa María. Las familias de mis padres eran de allí y vinieron a la capital, Porto Alegre. Yo tenía el sueño de ser actor de teatro, que, de hecho, lo fui durante unos años. En 1975 empecé a participar del Grupo de Teatro Alternativo, bajo la dirección de Ana María Taborda. Comenzamos por su obra propia – El matadero -, que abrió la temporada teatral en, en marzo de 1976, en el Teatro de Cámara.

Un año después hice la selección para ingresar a la Universidad Federal.

La fotografía iba despacio, necesitaba trabajar. El teatro era difícil, creía que no tenía talento y en ese momento ganar algo como actor era difícil. Además, bajo la dictadura, pocos grupos lograron hacerse espacio y vivir de su arte.

Cuando decidí cursar la Universidad, tuve ganas de ser sociólogo y lo logré. En 1978 empecé en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, en mi ciudad, Porto Alegre. Decidí dedicarme a mi curso y probar la fotografía un poco más. Yo no podía hacer todo al mismo tiempo y no tener ningún ingreso -según mis padres- que ciertamente tampoco apoyaban el teatro; la fotografía ni siquiera la consideraban y las Ciencias Sociales les causaban lástima… Pero yo fui valiente y mantuve las tres actividades.

Ya en el 1981 fui a buscar trabajo como asociado de la Cooperativa de Periodistas de Porto Alegre – Cogonal -, polo de resistencia democrática. Los periódicos democráticos independientes, «nanitos», como los llamábamos, estaban siendo cerrados por la persecución de la dictadura, encarcelamientos, incendios premeditados de periódicos, presión sobre los anunciantes. Con poca venta y con miedo, cerraban uno tras otro. El Jornal Movimento fue de los últimos en cerrar. Como éramos una cooperativa de periodistas, todavía resistimos un poco más, hasta que el Ejército arrestó a cuatro de nuestros principales dirigentes: el director y el editor en jefe de Coojornal, nuestro periódico mensual, la secretaria-general y el presidente de la cooperativa. Poco tiempo después, incendiaron algunos quioscos de venta de periódicos y revistas que aún vendían la “prensa alternativa”. Nuestros días estaban contados.

Comenzando como fotoperiodista a través de Coojornal, también trabajaba como freelancer para la sucursal en Porto Alegre del principal diario del país, el Jornal do Brasil, que incluso recibió homenaje en una canción de samba. En el derrumbe, seguí trabajando como free para el JB. Luego cerró la Coojornal.

La vida puede ser buena, pero siempre triste, como hoy en Brasil. En aquel momento era la misma mezcla de mal y bien, pero ciertamente no peor que hoy.

Luego, cuando JB contrató a un buen fotógrafo, con más experiencia que yo, comencé a trabajar para otro importante periódico, Folha de S. Paulo, en la oficina de Porto Alegre. Al mismo tiempo, con un amigo, creé una pequeña agencia de fotografía, como lo hicieron importantes fotógrafos de Río de Janeiro y São Paulo, debido a la influencia de las grandes agencias francesas. Todos luchamos por la autonomía, por ser los dueños de nuestro trabajo, para que fuera bien pagado y nuestra autoría en las publicaciones siempre fuera acreditada. Estas fueron las principales demandas de la categoría profesional de los periodistas.

Logré graduarme en Ciencias Sociales, donde descubrí el campo de la Antropología, en que me encuentro hasta hoy. En mí, el fotoperiodismo estaba desenfocado. El teatro fue un buen sueño. En la Facultad estuve todo el tiempo buscando cómo usar la fotografía en este otro campo de conocimiento, hasta que en la Antropología descubrí la antropología visual, con una fuerte tradición en el cine documental, el cine etnográfico, que fue aclamado por Jean Rouch.

Fue entonces cuando decidí convertirme en profesor y, para eso, concursé para la Universidad pública de mi ciudad – UFRGS. Desde 1994 he estado enseñando aquí. En el mismo año ingresé a la Maestría, buscando ayudar a componer el campo de la denominada Antropología Visual. Bajo la orientación de la Dra. Ondina Fachel Leal, nos decidimos proponer la imagen fija como una posible forma narrativa y no más solamente como anexos, datos o prueba de haber estado en el campo; o para el narcisismo del investigador, etc. Intentamos profundizar en los caminos que solo habían abierto Margareth Mead, John Collier y algunos otros. Yo creé, construí y conceptualicé sobre la Fotoetnografía, que este año cumplirá 25 años. Defendí mi tesis en 1996 y en 1998 me fui para hacer el Doctorado en París, en la misma área, proponiendo siempre la fotografía como forma y potencial narrativo para el campo de las ciencias humanas.

Así que tanto en el Máster como posteriormente en el Doctorado en París, bajo la dirección del cineasta etnógrafo Jean Arlaud, heredero de Rouch, traté de conceptualizar y proponer alguna organización para lo que llamé Fotoetnografía -la fotografía utilizada como forma narrativa- a través de secuencias de imágenes, para estudiar, contar y difundir aspectos de la cultura de los grupos humanos, urbanos o no. Una construcción mediante imágenes fotográficas realizadas en el trabajo de campo con los supuestos éticos y teóricos derivados de la Antropología. Sin sustitución del texto verbal. Antes, una forma de colaborar entre fotografías y textos, dos narrativas que interactúan; una informa a la otra, para que la investigación antropológica y sus resultados sean más ricos e interesantes.

MAD-.En su recorrido por países del antiguo Campo Socialista, ¿con qué expectativas llegó hasta ellos y con cuáles se fue?

A-. Desde años antes, todavía en la Graduación, yo tenía el proyecto de conocer y fotografiar el mundo socialista, era un plan de inventariar todo el mundo socialista. En unos años, casi consecutivamente, fui a Cuba, en 1986, y a Nicaragua, en 1988.

Tengo la edad de la Revolución Cubana, nací el 4 de enero de 1959. Hasta los 26 años viví bajo la dictadura militar y la censura de información. No sabíamos prácticamente nada del mundo socialista. Decidí que quería verlo de cerca. Mi primer viaje fue a Cuba fue en 1986. Tenía unos contactos que me había dado un profesor de aquí. Las relaciones de Brasil con Cuba todavía estaban rotas. Un jueves de julio de 1986, estaba en casa de Helio Dutra y su esposa Ella. Fui a encontrarme con él. Me ofreció un café. Me iba a sugerir caminos en La Habana, no sabía nada. Al llegar me dijo: «Debes saberlo, Brasil ha retomado relaciones con nosotros».

Fui un poco ingenuo, un soñador. Tenía 27 años cuando fui a Cuba. Llevé una exposición fotográfica lista. También quería ver y fotografiar a Fidel, pensé que me iban a recibir como amigo. Estaba equivocado. Era amigo de una Cuba imaginaria. La Cuba real, en cambio, ni siquiera sabía que yo existía, obviamente. Tenía el pelo largo, hasta la mitad de la espalda, soy rubio, ojos azules, parecía un rockero americano. La gente me miraba en las calles, asombrada o riéndose de mi tipo. Donde fui, lo primero que me dijeron fue: – «Aquí pagas en dólares». Hoy lo entiendo, pero ahí había cambiado 100 dólares por 90 pesos que no pude gastar. Tenía el biotipo del enemigo. Pasé unos 15 días caminando y fotografiando por todas partes. Conseguí entrar en una escuela infantil, porque quería fotografiar a los jubilados que cuidaban a los niños. Entré, fotografiado. Cuando el director regresó del almuerzo, me botó. Llegué a la conclusión de que nunca podría acercarme a Fidel. Tomé muchas fotos, aprendí que me gustaba Cuba y me fui. Pero me fui pensando que volvería pronto.

En Managua, en 1988, la agregada cultural de la Embajada de Brasil, socióloga Carmen Vargas, reabriría la “Casa do Brasil”, el sector cultural de la embajada, que hasta entonces estaba cerrado. Yo y el periodista Sérgio Lagranha estuvimos casi un mes allí, presentando la exposición que hicimos con fotografías de brasileños. Ese viaje podría haber dado como resultado un libro, “Nicaragua 88”. No lo hicimos. De allí nos dirigimos a conocer al archipiélago de Solentiname, que conocí por un libro de Cortázar. En 1989, fui a la Alemania Oriental. Al año siguiente regresé a Alemania, para asistir al ritual del final de la República Democrática Alemana. Fue difícil. En este punto, mi inventario del mundo socialista se vio obstaculizado por el fin del llamado socialismo real y mi proyecto de inventariar terminó con él.

El plan era volver, siempre lo ha sido. Debido a diversas circunstancias, lo retrasé. La operación “Rescate a mí y al pasado”, casi treinta años después, comenzó en 2016, en Cuba. En 2018 volví a Nicaragua y encontré muchos cambios. En 2019 estaba sin dinero para regresar a Alemania. Así que planeé este viaje para 2020; serían treinta años desde que regresé, en 1990, para fotografiar la “despedida” del socialismo del Este. Sin embargo, no tenía suficiente dinero y la pandemia me condenó a quedarme en casa. Entonces, solo queda Cuba. Francia todavía existe (risas). Aun así, en 1989 todavía fotografié a Mitterrand, que poco después murió.

MAD-. Visitó Cuba varias veces, ¿qué descubrió? ¿Hasta dónde el mito y la realidad coincidieron? 

A.- Después de mi primer viaje a Cuba, siempre pensé que volvería pronto. Me tomó 30 años volver. Período redondo, así que quería. Había dejado a un chico de 27 años en La Habana, a los 57 decidí ir a rescatarlo, lo necesitaba cerca de mí, para seguir pensando en el mundo.

La Habana ha cambiado mucho, al menos visualmente, mucho más colorida, pero confusa, compleja para mí. Y el hecho de haber alquilado una habitación en la casa de una cubana me hizo conocer más de cerca La Habana Vieja, que en realidad no conocía. Sí, ha cambiado mucho. No estoy seguro, pero creo que La Habana me gustó más en 2016 que en 1986. Es interesante un ser con casi sesenta años que se partió por la mitad, antes y después de La Habana. Llevé de aquí veinte fotos tomadas en el primer viaje. Se las mostré a la gente en la calle, para tratar de encontrar lugares que quería volver a fotografiar. Muchas personas no habían nacido ni eran niños en 1986. Fue interesante. Cuando vieron mi foto frente a ese mural del Che en el Ministerio de Hacienda, en 1986, me miraron y se inquietaron. Yo fui prueba del deterioro que provoca el tiempo. El Che era entonces, 2016, sin colores, apenas perfilado en hierro. Debo haber ganado algo, pero también perdí colores. No dejé de aportar un cierto didactismo sobre el tiempo y los sueños.

MAD-. ¿Ha estado en situaciones en las que ha tenido que optar por la fotografía o por la integridad suya o de los otros? 

A-. Solo dos momentos “fuertes”, ambos en Nicaragua. Cuando fui al norte, Matagalpa, de donde vinieron los ataques de los Contra, desde Honduras, matando a campesinos, estaba muy asustado. En el camino encontramos un convoy del ejército sandinista. No sabía quiénes eran.

Y luego, en el norte, para llegar a la frontera, cuando decidieron que ningún militar me acompañaría, porque si la Contra lo identificaba lo matarían. Así que me di por vencido. Tomé algunas fotos de los jóvenes soldados del ejército sandinista en entrenamiento y regresé a Managua.

Quizás peor, cuando quise viajar en un velero australiano a Solentiname (2). El velero perdió su motor, hubo una tormenta, pensé que me iba a morir de vómitos o ahogamiento. Fondeamos detrás de la isla de Ometepe para cortar el viento y de allí partimos en la mañana para terminar el viaje hacia Solentiname, un lugar muy hermoso, donde tomé algunas fotografías de los pintores campesinos primitivos.

MAD-. ¿Ha tenido que enfrentar dilemas éticos en su trabajo profesional?

A-. Fui, con el presidente del diario donde trabajaba, a salvar a la familia de un bastardo de la derecha, que en la dictadura trabajaba para la derecha u obedecía a la derecha. Pero no fue un dilema, fue un acto humanitario. Nadie lo sabe, o pocos lo saben.

MAD-. ¿Cómo la fotografía le cambió la vida? 

A-. Hay una expresión de la filosofía alemana que aprendí en la escuela: estar en la vida. La fotografía es mi forma de ser en la vida. Mi vida, mi discurso, la construcción de mi memoria, que al final siempre será la única que quedará. Nada más importa.

MAD-. ¿Cuál es su método de trabajo?

A-. Intento saber de antemano adónde voy. Miro a la gente, en primer lugar hablo con la gente, espero que me acepten. Siempre llevo conmigo la ética que aprendí de la Antropología. Investigamos con personas, no sobre ellas. Con ellas. Y tienen que querernos cerca, o no hay investigación, ni fotografía ni Fotoetnografía.

MAD-. ¿Qué coloca primero, la foto o la postura humana?

A-. En principio, el fotoperiodista nunca puede perderse una foto. Ya no soy fotoperiodista, soy documentalista, fotógrafo… Hay fotos que no tomo. Gente en desgracia, muy mal, no fotografío. Si nunca hubiera logrado salvar a nadie, no sería con una foto. Un ejemplo, que no sé por qué sufrí tanto: en 2013 volví a París, donde había vivido cuatro años. Regresé más como turista. Había toda esa inmigración de los países de Europa del Este. Era de noche y fui con mi esposa a pasear por la Plaza de la Bastilla, con esas viejas cabinas telefónicas que ya no existen, todas de cristal. Llovía levemente, y vi a una madre y dos niños pequeños dentro de una de esas cabinas, sentados en un colchón doblado por la mitad, mientras el padre recorría la plaza pidiendo dinero. Iba a fotografiar, la madre me miró, y yo no quise fotografiar más. Pensé que solo aumentaría su humillación. Nunca lo hice, nunca haré este tipo de foto.

MAD-. ¿Cómo se compara entre la pléyade de fotógrafos latinoamericanos y brasileños en particular? 

A-. Brasil es muy grande, no conozco tantos. No me comparo. Cada vez que trataba de pensar así, me perdía a mí mismo. Pero hace poco gané un texto que decía que soy un “poeta del tiempo”. Entonces, soy mucho y no me interesan los demás.

MAD-. ¿Qué ha ganado y qué ha perdido la fotografía en los nuevos escenarios tecnológicos? Hoy, cuando cualquiera puede hacer una buena foto y captar un momento trascendental, ¿sobran los fotógrafos profesionales? 

A-. La fotografía perdió todo el aspecto ritual que tenía antes, todas las incertidumbres e inseguridades. Hoy ganó la posibilidad de fotografiarse con poca luz o casi nada. Flashes, siempre los odié. Los equivocados usan flashes. Ganamos también con menos peso en la espalda y una seguridad casi instantánea de poder confiar en que tomamos la foto que queríamos. Pero perdimos mucho en el océano de los millones de fotos banales, inútiles e inútiles que se toman cada mes. Es decir, en general, la fotografía hoy parece nada, es mínima, no vale nada. Casi nadie puede observar atentamente fotos, son para algunos como un tipo de polución, que no deber hacer ningún bien a la salud de nadie.

MAD-. ¿Qué trabajo le queda por hacer a usted? ¿Cuál sueña? 

A-. Si algún día termina la pandemia, me gustaría viajar un poco más, para visitar algunos lugares, como el sufriente Líbano, de donde salió parte de mi sangre. También siempre me gusta volver a donde he estado. Me gustaría volver a Berlín, como volví a Cuba, pero la pandemia no me lo permitió.

Dormido, casi nunca sueño, hace años. En francés, creo que el verbo songer se usa para «soñar despierto». Despierta también no he podido soñar bien, hay mucho ruido. No sé, sueño con poder mantener organizado lo que he soñado en imágenes y pensar en posibles nuevos proyectos.

¡Ah, sueño con un mundo mucho mejor, no meritocrático, no religioso, no sexista, no racista, no anti-ciencia, no capitalista! ¡Sueño con todo diferente!

MAD-. ¿Qué ha descubierto en ese recorrido? ¿Dónde? 

A-. Descubrí que nunca sería un fotógrafo mundial, famoso. Nací en una ciudad mediana, en un país sin importancia y aún menos hoy (estamos perdiendo lo adquirido desde Getulio Vargas, con la Constitución de 1988 y con Lula). Necesitaba trabajar aquí. Quizás no tenía ideas ni me atrevía a pertenecer al mundo, como algunos de mis ídolos. Pero hoy, con 62 años vividos, no sufro por eso, incluso porque no queda tiempo y quizás ni queda el mundo, en el sentido que soñé.

Llegué a conocer un poco sobre otras culturas, pude interactuar con algunas personas, vi de cerca las dificultades de mucha gente del mundo…

Me siento como una persona sin poder y un fotógrafo de tamaño incierto y desconocido.

Hay un eslogan irónico que adopté en 2013, cuando comenzó la destrucción de Brasil: “La vida es compleja”. Mi vida hoy es la docencia, el trabajo con la documentación y la investigación a partir de la fotoetnografía.

Recientemente, la Universidad Federal de Río Grande del Sur, editó un libro en honor a Achutti por sus 45 años de aportes a la fotografía. El investigador, donó ese libro para que fuera utilizado por los estudiantes de Periodismo de la Universidad de La Habana. Aquí está en buenas manos Achutti, y esa es también parte de tus desgarradoras utopías. Gracias.

1- En un acto de extrema valentía, 1.008 periodistas de todo el país desafiaron la dictadura y firmaron un manifiesto negando la versión del suicidio y denunciando la muerte de Erzo como un asesinato político. Este manifiesto, con las firmas, fue publicado días después en uno de los principales diarios del país, el Estado de São Paulo, y en periódicos de los sindicatos de periodistas.

2- En lago Cocibolca.

(*) Periodista cubana, especializada en televisión. Es profesora de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana y   Doctora en Ciencias de la Comunicación.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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