Las Malvinas son argentinas, un reclamo histórico (II)

Por José Luis Méndez Méndez (*) / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

Cuando se produce la desmesurada respuesta inglesa ante el lance militar argentino para recuperar las islas Malvinas, la reacción de parte de la comunidad internacional es de solidaridad hacia el pueblo argentino. El Movimiento NO-AL, presidido por Cuba, protesta enérgicamente, en La Habana, se le instruye a Emilio Aragonés aún Embajador cubano en Argentina, que traslade a los militares argentinos la disposición de Cuba de situar aviones cubanos en una base aérea en el sur de Argentina, en Comodoro Rivadavia, como una medida disuasiva que frene cualquier intento militar británico más allá de restablecer su ocupación en las Malvinas.

Incluso se ofrece participar en apoyo de los argentinos en el conflicto bélico, como gesto latinoamericanista de solidaridad práctica. Argentina más allá de la dictadura que la oprimía era entonces un país de la Patria Grande amenazada y agredida por los imperios.

En esa reunión está el nieto de Emilio Aragonés, quien era un niño en varias ocasiones, le pide a su abuelo, que lo lleve a Argentina. Se le autoriza, y se le pide que descienda del avión con el niño cargado. Sucede así y los medios argentinos registran el hecho como un gesto de apoyo y confianza.

Los militares argentinos agradecen el ofrecimiento cubano, pero lo desestiman. El matiz político, a los efectos internos, que tenía la iniciativa de la guerra, después se revela como la causa principal del conflicto.

Cuando el Embajador cubano se entrevista con los militares superiores argentinos en el poder, está presente el ex dictador Jorge Rafael Videla, quien recuerda las proféticas reflexiones realizadas por Aragonés, al entonces dictador en 1976, cuando se exigió la aparición con vida de los diplomáticos cubanos secuestrados y desaparecidos. Videla dijo a Aragonés, que en esos días había recordado sus premonitorias palabras.

Durante la audiencia para tratar el caso de los diplomáticos, Videla le preguntó cuál era su opinión sobre la posición que adoptaría Estados Unidos ante cualquier intento de recuperar las Malvinas. Entonces, Aragonés le dijo al dictador: “Recuerde, que somos latinoamericanos y Ud. se acordará un día, que tenemos que unirnos, los imperios se entienden”. El recuerdo de Videla, se evocaba en 1982, por la complicidad de los Estados Unidos con Inglaterra en la contienda militar en Malvinas. Esta historia había comenzado meses antes.

En noviembre de 1981 se produjo el encuentro inicial de la Agencia Central de Inteligencia, CIA (por sus siglas en inglés) con el entonces comandante en jefe del Ejército argentino, Leopoldo Fortunato Galtieri. Participaron Duane Clarridge, jefe en la CIA, asistido por dos oficiales de la agencia especializados en actividades paramilitares.

Para esa fecha ya los militares hondureños y argentinos trabajaban juntos en América Central, el nivel de desarrollo de las acciones conjuntas y el incremento de la participación de la CIA en el conflicto local imponía que se negociara con las partes agresoras, por eso tratar directamente con el mando argentino era una prioridad, ellos habían llegado primero y se podía compartir el proyecto intervencionista.

La CIA tenía información anticipada, obtenida por sus fuentes en medios militares argentinos, sobre los planes de estos para recuperar por la fuerza los territorios ocupados por los ingleses en Malvinas, que eran reivindicados por Argentina.

Conocer y utilizar esta posibilidad le daba a Estados Unidos ventajas en la oferta a los golpistas, ya que se podía dar a entender que en caso de confrontación militar, los norteamericanos apoyarían a los argentinos en sus aspiraciones. La historia se encargaría más tarde de mostrar de qué lado estuvo siempre Estados Unidos en este conflicto.

El planteamiento concreto sería actuar de conjunto las tres partes participantes para desarrollar una guerra de insurgencia, en la cual los paramilitares argentinos tenían el rol principal. Estos tenían experiencias adquiridas en la represión a la lucha en las ciudades de su país, en la persecución urbana, pero hacía años que la “guerrilla” rural había sido derrocada y las destrezas no eran recientes. En Centroamérica se trataba de fomentar a las fuerzas insurgentes primero para atacar objetivos sandinistas desde sus bases en Honduras, para después incursionar en la profundidad nicaragüense.

Había que captar, reclutar, organizar, formar, disciplinar, armar y dirigir a miles de hombres capaces de derrocar al gobierno de Nicaragua. La labor de búsqueda de información era vital para facilitar las acciones. Los argentinos tenían objetivos muy definidos en el área: las organizaciones, que se oponían a la dictadura y que solidariamente se habían sumado a la lucha contra la dictadura dinástica de los Somoza, desde países centroamericanos los combatían.

Un grupo de militantes argentinos había participado en el derrocamiento de la dictadura somocista e incluso habían formado parte del comando que ajustició en Asunción, Paraguay al último dictador Anastasio Somoza Debayle en 1980.

El jefe militar argentino escuchó la oferta norteamericana, pero después de meditar, sorprendió al directivo de la CIA. Demostró estar informado de las contradicciones y la crisis por la que había transitado la agencia durante la administración del demócrata James E. Carter, cuando se cuestionó su proceder y se le impusieron restricciones en su actuación.

El astuto Galtieri, quería conocer hasta donde Estados Unidos estaba dispuesto a llegar y si la CIA realmente tenía la capacidad de decidir y actuar en Centroamérica, si tenía plenos poderes para enfrascarse a fondo y ser consecuente antes triunfos y fracasos. Sobre todo su contaba con el respaldo del Ejecutivo. Fue cauteloso.

El directivo de la CIA le dio seguridades de ser plenipotenciario, le explicó las limitaciones que había tenido ese servicio durante el mandato de Carter, quien había instrumentado una política con acento en los derechos humanos que no favorecía los operativos encubiertos, más bien perjudicó a los gobierno de muchos aliados históricos de Estados Unidos, pero con la llegada de la nueva administración republicana con Reagan al frente, se respiraban nuevos aires en Langley y una prueba de ello era su presencia en Buenos Aires en el primer año del turno republicano.

El taimado Clarridge le aseguró contar con la aprobación del director de la CIA, William Casey y el visto bueno del presidente Ronald Reagan. Seguidamente el jefe argentino explicó que su propósito era derrocar al gobierno sandinista, mientras los norteamericanos tenían como objetivo llevar la guerra de los Contras adentro de Nicaragua y presionar para que los sandinistas se sentaran a la mesa de negociaciones para convocar a elecciones. Esas eran las diferencias con un objetivo común: terminar con el comunismo donde pudieran encontrarlo.

Al jefe de la CIA le pareció fascinante la iniciativa que tuvieron los argentinos. Según él, ellos en el gobierno militar apreciaban que estaban predestinados al dominio en el extranjero, Ellos tenían una visión mesiánica. Querían llenar el vacío que había dejado EE.UU. durante la época del presidente James Carter. El objetivo era realizar el trabajo que la CIA no estaba en condiciones de hacer.

Tenían una visión estratégica y la comenzaron a instrumentar en Honduras. El coronel hondureño Gustavo Álvarez Martínez había estudiado en la Academia Militar Argentina. Los golpistas tenían buena relación con él. Cuando la CIA visitó a Galtieri ya tenían los militares argentinos una base en Honduras. Querían derrocar al régimen sandinista no solo porque era de tendencia comunista sino también porque protegía a Montoneros, una organización que luchaba contra la dictadura militar. Al final Galtieri aceptó el plan de la CIA sobre la “tripartita” es decir la acción coordinada de EEUU Argentina y Honduras. Luego vinieron tres días de instrucción.

Los represores argentinos hicieron demostraciones docentes a los oficiales de la CIA de cómo enfrentar a la resistencia. Los llevaron a un anfiteatro y les enseñaron cómo habían luchado en la guerra contra los Montoneros. Los participantes norteamericanos al final de la demostración evaluaron la estrategia represiva de: “fue muy sofisticada”.

A la CIA le pareció excelente la represión sistemática aplicada a miles de argentinos, las torturas, las desapariciones, los lanzamientos desde aviones y helicópteros de personas sobre la selva o el mar, la colocación de asesinados en tanques de combustibles con cal y cemento y arrojarlos al mar o a predios baldíos.

Sobre este proceder, que causó miles de víctimas en Argentina antes y después del golpe militar, Clarridge alegó en la entrevista que desconocía esas técnicas, aseguró que la CIA no las había enseñado y estimaba que esa resultado de las escuelas francesas y sudafricanas de contrainsurgencia. Añadió que había una relación muy estrecha entre los argentinos y los sudafricanos, al menos al nivel de la inteligencia.

El jefe de la CIA se hizo acompañar de dos oficiales especializados en operaciones paramilitares similares a la que se estaba gestando para Centroamérica, a una demostración de cómo capturaban a los militantes anti dictadura en sus casas. El objetivo era ingresar en las viviendas y controlar a la gente lo más rápido posible. Llevaban médicos, que les aplicaban inyecciones para poder sedarlos y llevárselos vivos. Ellos buscaban información, y eso, según el parecer de la CIA, era correcto, para desestabilizar a la organización.

La CIA ha negado haber preparado a los militares argentinos y de otros países en esas técnicas violentas, sádicas, aseguran que en la Escuela de las Américas, no se enseñaba esos métodos y procederes. Le atribuyen a escuelas francesas o sudafricanas esas experiencias.

Años después, en la primera entrevista que otorgó a un medio argentino, Clarridge aceptó brindar su visión sobre cómo fue la relación entre los militares argentinos y la CIA durante aquellos años. No evadió ninguna de las preguntas que el diario Clarín le formuló sobre la guerra sucia en América Central y la guerra de las Malvinas.

Funcionario apegado a las normas de la CIA, Clarridge es su gran defensor y un convencido de que todo gobierno tiene derecho a defenderse. Justifica de este modo la guerra sucia que la junta militar infligió a lo interno de Argentina. Es en este contexto que el lector deberá analizar su testimonio y decidir dónde la verdad y los recuerdos pueden estar cediendo ante la ideología del entrevistado. Es, en realidad una visión parcializada donde la objetividad puede ser menoscabada. Así se debe asumir.

Relata Clarridge: “Los hondureños y los argentinos ya estaban trabajando juntos en América Central. Yo había ido a Buenos Aires a negociar con Galtieri la formación de una Tripartita, con los argentinos, los hondureños y la CIA. La meta era desarrollar una guerra de insurgencia y los que iban a actuar eran los paramilitares.”

“El general Galtieri, quería conocer si EEUU iba a cumplir con la misión hasta el final. Galtieri desconfiaba de la CIA y con razón. Después del escándalo Watergate, la Comisión Churchill Pike había sacado a relucir muchos trapos sucios de la CIA al sol en el Congreso. El presidente James Carter estaba instrumentando una política con acento en los derechos humanos que no favorecía los operativos encubiertos. Todo lo contrario. El director de la CIA, Stanfield Turner, era un moralista. Es decir, la CIA estaba en retirada”.

“El Congreso le cortaba todo el tiempo los fondos. Trabajar con la CIA en ese momento no era seguro, y Galtieri sabía eso. Le expliqué a Galtieri que con la llegada de Reagan a la Casa Blanca las cosas habían cambiado. Que yo tenía órdenes directas del director de la CIA, Bill Casey, que había aceptado mi plan. Reagan también estaba de acuerdo”.

Sobre el procedimiento de las desapariciones Clarridge observó de manera crítica: “Tenían mucha gente detenida que no pertenecía al corazón del grupo subversivo, eran militantes periféricos. Esa gente quedó atrapada y ellos también murieron. Eso fue un error. Pero el gobierno tenía el derecho a protegerse”.

Con admiración Clarridge valoró la dedicación de los asesores argentinos: “Enseñaban la doctrina de la Seguridad Nacional. Los Contras dicen que durante los entrenamientos los argentinos eran mucho más ideológicos que ustedes. Dicen que los argentinos transformaron la reivindicación local de terminar con el gobierno sandinista, en una verdadera guerra internacional contra el comunismo. Eso era el mesianismo argentino. Para ellos era como una cruzada en el siglo XIII”.

Algo más increíble es la afirmación de negación plausible de Clarridge sobre el mero rol supuestamente observador de su agencia: “La CIA sabía lo que estaba pasando, pero no estuvo involucrada.“

Sobre el caso de Malvinas, Clarridge afirmó: “La colaboración con los argentinos comenzó en Honduras. Es más, déjeme decirle algo, las Malvinas nunca fueron tema de conversación ni siquiera tangencialmente”.

Sobre la aseveración de que los militares argentinos siempre dijeron que habían obtenido el visto bueno de Estados Unidos para el desembarco en Malvinas debido a la contribución que habían hecho en América Central, Clarridge dijo: “Las Malvinas nunca fueron tema de conversación con la CIA. Más aún, el 2 de abril, Davico estaba en mi oficina cuando vinieron a avisarme que los argentinos habían desembarcado en las Islas ¡No se imagina el asombro de Davico! Dijo que no sabía nada. Yo le creo. No parecía estar fingiendo, se refería al coronel Mario Davico, quien era el jefe de la inteligencia militar argentina de la época.

Es cuestionable que el superior de la inteligencia argentina no conociera los preparativos que las fuerzas armadas de su país realizaban para recuperar militarmente a las Malvinas. Demasiados indicios tenían que haberse producido para escapar a las responsabilidades de Davico y pasar como despistado de esta realidad.

Sobre qué pasó cuando estalló la guerra en las Malvinas y Ronald Reagan se alineó con Margaret Thatcher, Clarridge afirmó: “Nada. Los argentinos se quedaron hasta las elecciones de 1983 a pesar de las Malvinas”. Continuará…

(*) Escritor y profesor universitario. Es el autor, entre otros, del libro “Bajo las alas del Cóndor”, «La Operación Cóndor contra Cuba» y «Demócratas en la Casa Blanca y el terrorismo contra Cuba». Es colaborador de Cubadebate y Resumen Latinoamericano.

Foto de portada: Marcos Brindicci/ Reuters.

 

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