Cuba, diversidad biológica y el reto del cambio de comportamiento

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Por Alejandro Palmarola.

Cuba, quien lo duda, es un paraíso natural. Somos convivientes de una singular flora, con un estimado de entre 7 000 y 7 500 especies de plantas. Estas cifras ubican a nuestro archipiélago como el territorio insular más rico en plantas a nivel mundial y la primera isla en número de especies por kilómetro cuadrado. Por otra parte, la flora cubana posee alrededor del 53 % de especies endémicas, valor que la posiciona entre las siete islas con mayor porcentaje de endemismo en el planeta. Sin embargo, la exclusividad de la flora cubana no solo se encuentra en las cifras; la compleja formación geológica de la isla propició que fuera origen y centro de diversificación de numerosos grupos de plantas, los que por más de dos siglos cautivaron la atención de eminentes científicos cubanos y foráneos.

En 1944, el Dr. Antonio Ponce de León, presidente fundador de la Sociedad Cubana de Botánica, se refería a estas bellezas cubanas: “Cuba es el país de las localizaciones vegetales. Tenemos aquí un verdadero Museo Botánico viviente, un gran Jardín Botánico natural…”

Nuestra diversidad de suelos, de ecosistemas y de condiciones geográficas ha propiciado que nuestro territorio nacional sea un hervidero evolutivo de vida. Por ejemplo, la fauna de moluscos terrestres de Cuba está considerada entre las más diversas y exclusivas del mundo, con más de 1 300 especies, de las cuales aproximadamente el 95% son endémicas. Rebasa el umbral de las 1.500 especies el carismático grupo de mariposas y polillas, con más de 250 endémicas de Cuba. La sorprendente cifra de más de un 95% de exclusividad la ostentan también los anfibios que, con más de 60 especies se considera la tercera parte del total de anfibios antillanos. Los reptiles cubanos ascienden a más de 150 especies entre los que destacan los cinco quelonios marinos y más de 100 lagartos.

Los ornitólogos cubanos, investigadores que estudian las aves, han registrado hasta la fecha 397 especies, de las más de 550 aves que habitan el Caribe, por lo que ha sido considerada la región más diversa de la avifauna antillana y con un alto grado de endemismo. Siendo de especial interés para la conservación las zonas de residencia invernal o los sitios de tránsito de numerosas aves migratorias. Otros grupos están también representados en nuestro archipiélago: 17 especies de delfines y ballenas, 26 murciélagos, siete jutías y los conocidos manatíes y almiquí. En el pasado existieron perezosos, monos y otras especies actualmente extintas.

Sin embargo, más allá del orgullo que podamos sentir por nuestra biodiversidad, debemos trabajar para minimizar el impacto de la presencia humana en el planeta. Muchas especies cubanas están amenazadas de extinción y esta situación no es inusual: más del 60 % de las extinciones en el planeta han ocurrido en islas. Esta irrefutable alerta de la comunidad científica nos indica que nuestra biodiversidad es frágil y debemos trabajar con ahínco en su conservación. Sin dudas, las islas son uno de los lugares donde más urge realizar trabajos encaminados a frenar la actual crisis de la biodiversidad.

Calentamiento global, contaminación, extinción de especies, invasiones biológicas, fragmentación, pérdida de hábitat… ¿quién no ha escuchado estos términos en los últimos años? Muchas veces sin saber su significado a ciencia cierta, estas palabras nos persiguen en los medios de comunicación, en los programas educativos e incluso, corroen nuestra conciencia como eternos “pecadores ambientales”, condenados a vivir en un mundo caliente, inundado, sin bosques ni oxígeno.

Aunque existen numerosos ejemplos de programas de educación para la conservación con resultados positivos mesurables, la mayoría de los proyectos ambientales actuales, evalúan el éxito de sus objetivos, en cantidad de información distribuida, personas asistentes a los talleres y actividades, o voluntarios involucrados.
Algunos expertos han llamado a esto “el círculo vicioso de los proyectos medioambientales”. Utilizar los mismos métodos para, supuestamente, hacer llegar su mensaje y modificar conductas. Con objetivos loables, muchas veces con problemas bien identificados, nuestros proyectos medioambientales se centran casi siempre en concursos de dibujo, festivales culturales, recogida de desechos en playas, producción de afiches y folletos, y una lista de acciones reiteradas.

“No pretendas que las cosas cambien si siempre actúas de la misma manera”
Albert Einstein

Por otro lado, los mensajes catastrofistas sobre el estado del planeta, el papel de hombre en la destrucción de la biodiversidad, el estado irreversible de la situación actual, están muy lejos de promover un cambio de mentalidad hacia la conciencia ambiental, y lo que es más importante aún, un cambio de comportamiento. Numerosos investigadores de las ciencias sociales han planteado que el sentido de culpabilidad no genera sentido de responsabilidad. ¿Qué logramos con que un niño escuche, una y otra vez, que en pocos minutos desaparecen más de diez mil hectáreas de selva? ¿Estaremos sembrando conciencia e impulsando adultos ambientalistas?

Ya en 1995 el Prof. David Sobel se preguntaba: “¿Pero qué es lo que ocurre realmente cuando depositamos el peso de los problemas ambientales sobre espaldas de ocho o nueve años, ya angustiados por demasiadas preocupaciones y con escaso contacto con la naturaleza?” En los casos de abuso físico, por ejemplo, los niños aprenden a aislarse del dolor, desarrollan personalidades múltiples o simplemente no registran las experiencias dolorosas; ¿no sucederá lo mismo en el caso del catastrofismo ambiental? Es, al menos válido, evaluar si esta información no terminará igualmente distanciando a los niños del mundo natural en vez de vincularlos con él.

La reiteración de estos mensajes produce, en la gran mayoría de las personas, lo que es conocido por muchos autores como “ecofobia”. Es decir, una fobia a todos los problemas ambientales. Estamos, tal vez, creando nosotros mismos una barrera para el cambio de comportamiento que queremos lograr: como en toda reacción fóbica, la persona siente ansiedad y trata de escapar de la situación.

Pero, ¿cómo fueron los inicios de las personas que hoy son considerados ambientalistas? Varios estudios señalan que la mayoría de los ecologistas de hoy tuvieron una infancia vinculada a ambientes naturales. Es muy importante dar a los niños la oportunidad de vincularse con la naturaleza y aprender a amarla, antes de comenzar a cuestionarse como sanar sus heridas. No podemos pedir una responsabilidad, antes de permitir que una relación afectuosa florezca.

Para conservar la biodiversidad es preciso vincularse a ella primero, esta es la clave. Debemos rescatar nuestros programas de excursiones, las actividades de los pioneros exploradores y las actividades al aire libre; utilizar nuestra Red de Jardines Botánicos, nuestros parques, los espacios ajardinados y las áreas protegidas.

El gran Simón Rodríguez (1769-1854), pensador y maestro venezolano, que formó al Libertador Simón Bolívar, decía: “Lo que no se hace sentir, no se entiende y lo que no se entiende no interesa”. La Biodiversidad de Cuba necesita ser protegida, pero más que eso, necesita ser explorada, sentida y conocida por quienes la van a proteger.

Tomado de Cubadebate/ Foto de portada: Maikel Cañizares / Cubadebate.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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