Enfermería: El valor de la presencia

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Por Lisandra Fariñas Acosta.

Entre los 23 años que lleva Mailin ejerciendo la enfermería, y los cinco que de experiencia acumula en este camino Oyantay Ricardo, a sus solo 24 años, podría pensarse que hay mucha distancia.

Si se mira en términos de vivencias, al joven le resta mucho por andar en una de las profesiones que mayor consagración exige. Si el prisma se enfoca en eso que llaman vocación, la distancia se acorta y, aún sin conocerse, Mailin y Oyantay confluyen en un punto feliz.

Durante 13 meses no han tenido respiro; lucha cada uno, desde su trinchera, a brazo partido contra el SARS-CoV-2; pero hace 13 meses, cuando la COVID-19 llegó, ya transitaban la senda de la que consideran su “mejor elección”. Desde el día en que Mailin Cubas Curbelo se hizo licenciada en enfermería han pasado ya más dos décadas.

“La enfermería no era mi primera opción en el preuniversitario. Soy de Madruga y siempre quise estudiar, por lo que estuve en Melena del Sur en un Pre en el campo. En las pruebas de ingreso no me dio el acumulado para medicina y me otorgaron Licenciatura en Enfermería. Recuerdo que recién comenzaba la carrera por curso regular diurno”, escribe Mailin vía Whatsapp.

Eso fue en el 1992 en los comienzos del periodo especial y tenía que becarme en La Habana, en La Covadonga, que es la facultad Salvador Allende. Por supuesto, yo única hija, mi mamá no quería; y yo que soy fuerte de carácter le dije que sí, que yo me graduaba en la Universidad. Fueron tiempos duros, de crisis”, rememora.

Cuando me gradué, en 1997, me ubicaron en el mismo hospital Salvador Allende, pero salí embarazada de riesgo. Al reincorporarme, me fui hacia la Atención Primaria de Salud (APS): mi primer reto y la mejor decisión que he tomado en la vida, porque adoro la APS”, confiesa Mailin.

Insiste entonces, antes de continuar el diálogo, en que no hay lugar para la equivocación. Aunque no había decidido estudiar enfermería, y terminó en este camino por otros motivos, “si vuelvo a nacer sería nuevamente enfermera”, dice.

Para Mailin el comienzo en la APS fue difícil. “Solo conocía cómo era trabajar en este nivel de atención por la rotación que se hace en la carrera, pero es mucho más que eso”.

“Los primeros pasos los di en un consultorio del Médico y Enfermera de la Familia en el barrio La Timba, que pertenece al policlínico universitario 19 de Abril, en el municipio Plaza de la Revolución, del cual hoy soy la jefa del departamento de Enfermería. En el año 2000 me trasladé para el policlínico Puentes Grandes, donde me desempeñé como supervisora de grupo básico de trabajo y en el 2002 asumí la vicedirección de Enfermería de esta institución”.

Ese, remarca, ha sido uno de sus mayores retos laborales: con solo 28 años asumir tamaña responsabilidad, siendo la más joven del colectivo de enfermeras. “Me esforcé y en el 2005 me promueven al Ministerio de Salud Pública, en el Centro de Promoción y Educación para la Salud, hoy Unidad de Promoción de Salud y Prevención de Enfermedades, Prosalud, como especialista. Después de tener a mi segundo hijo decido regresar a la APS y en el 2013 vuelvo al policlínico Puentes Grandes, de nuevo al frente del departamento de Enfermería”, apunta.

Seis años después, en el 2019, justo antes que la pandemia desatada por el nuevo coronavirus llegara para trastocar la vida como la conocíamos, Mailin es promovida para el policlínico universitario 19 de Abril, de referencia nacional en la atención primaria de salud. De allí, puede decirse, no se ha movido.

Todavía hay mucha gente que cree que ser enfermero es solo saber inyectar, sentencia Oyantay Ricardo Vega.

Cinco años de experiencia en la enfermería trabajando en la institución que fuese también parte de su escuela, le han dado a este joven de 24 años la sabiduría para calibrar la trascendencia de su oficio.  “Me gradué en la facultad Finlay Albarrán y en el 2016 comencé a trabajar en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK)”.

Desde la sala E del IPK, Oyantay escribe. Me pide paciencia entre mensaje y mensaje, está trabajando en zona roja con pacientes contagiados de COVID-19. Hace apenas unos turnos rotó por la terapia intensiva.

“Desde muy pequeño siempre tuve ese amor para ayudar a cualquier persona que necesitara algo, por mínimo que fuese. Mi familia me educó con valores que me ayudaron a crecer como persona y como profesional; a saber lo que es tener sentido de pertenencia, empatía y más que nada a ser humano”, dice este joven que desea “seguir superándose”.

“El enfermero está más atento, más cerca de un paciente que cualquier otro profesional. Es maravilloso brindar amor, apoyo emocional, seguridad y más que nada salud. Ello implica mucha responsabilidad. Ver la evolución satisfactoria de un paciente, y que este te dé las gracias, es invaluable”, comenta.

Es una sensación que ha cobrado para él una fuerza única, en tantos días de estar allí, en primera línea contra la COVID-19. “Aquí se viven emociones y miedos de todo tipo, y ese mismo temor nos ha hecho más fuertes”, señala.

Esta ha sido una experiencia única. Estaba en el IPK cuando recibimos a los italianos, los primeros casos contagiados de COVID-19. No soy un hombre temeroso, pero sí afirmaría q tuve mucho miedo. Era algo nuevo, una enfermedad desconocida para el mundo, para Cuba, para nosotros… Imagínate que desde antes de esos casos de COVID-19, en el IPK se había preparado una sala para pacientes sospechosos de tener el virus, estábamos preparados en cuanto a protocolos y medios de protección personal, pero aún así era algo de lo que no sabíamos nada. Por otra parte las noticias eran alarmantes, donde muchas personas de los casos fallecidos o contagiados eran personal de salud”, rememora Oyantay.

El colega al que Oyantay señala en la instantánea es otro joven con cinco años de experiencia en la enfermería. Ari Ernesto Medina Rodríguez dice que quería ser médico y terminó siendo enfermero. “Hoy amo mi profesión y no la cambio por nada”.

No cree que le tocó estar en el momento equivocado en la sala del IPK donde trabajaba, cuando llegaron los primeros casos de coronavirus. “El mayor reto de mi vida, en mi carrera profesional, ha sido atender a pacientes positivos a la COVID-19. Ha sido un proceso muy duro y exigente porque es una enfermedad altamente contagiosa y hay q tener un estricto control en los procederes al atender a un paciente”, señala.

De estas largas jornadas recuerda muchas cosas, pero habla de una de las madrugadas más exigentes de su vida como profesional de la salud. “Fue la primera vez que participaba en un proceder similar. Asistí en la terapia a los médicos en la entubación de un paciente con COVID-19, proceder en el cual estuvimos trabajando desde la madrugada hasta el amanecer”.

Son detalles que el virus deja como marcas, incluso en quienes no lo padecen directamente. Su definición de quien ejerza la enfermería es clara: “Hay que ser muy humanitario, atento, cuidadoso, respetuoso e interactuar con los pacientes para que se sientan bien en el ambiente intrahospitalario”.

Mailin está segura de que la clave para ser un buen profesional de la enfermería es la vocación. “A los jóvenes les diría que es algo que nunca debe faltarles. Si ya la tienes no debe faltar entonces a la ética, al respeto. Ser profesional, desinteresados, brindar seguridad y confianza en cada proceder. Ponerse siempre en el lugar de la otra persona”, enumera.

Son estas las premisas que le mantienen en pie, cuando al final del día el agotamiento se siente. “Esta pandemia ha marcado un antes y un después en mi vida profesional y personal. Mi familia ha tenido que asumir roles que no estaban acostumbrados, mi hijo de 11 años se queda todo el día solo con sus teleclases y sus actividades de recreo hasta que alguien llegue a casa. A mi esposo no tengo palabras para agradecerle su dedicación y paciencia conmigo cuando a veces llego cansada o molesta porque algo no salió bien, o cuando tiene que de madrugada acompañarme para que asuma alguna tarea urgente”, explica.

Mailin es hoy, además, la responsable del proceso de atención de enfermería dentro del ensayo clínico para evaluar al candidato vacunal Soberana 02, que se desarrolla en el policlínico 19 de Abril.

Ha sido una de las experiencias más intensas y maravillosas que he vivido. Ser protagonista del ensayo clínico mas grande desarrollado en la APS es un privilegio, porque estuve desde su concepción, desde que solo era una propuesta. Anteriormente habíamos participado con el Instituto Finlay de Vacunas en la intervención con VA-MENGO e hicimos muy buen equipo de trabajo. Ellos nos habían escogido para esta tarea”, destaca.

Además—dice— es el orgullo de aportar otro granito a lograr acabar con la pandemia, es la responsabilidad de aportar resultados satisfactorios y de calidad a un estudio en el que está la esperanza de todo un país y trabajar incansablemente con la convicción de que todo tiene que salir bien, porque de eso depende el destino de todo un pueblo, incluido tus seres queridos”.

El ensayo, refiere,  llevó horas de desvelo estudiando protocolos de actuación, convirtiendo un área del policlínico en sitio de ensayos clínicos, capacitando y entrenando al personal entre los que habían diez enfermeras y enfermeros que participan en todos los procesos de evaluación inicial del sujeto, manejo del producto de investigación, la vacunación (que es el proceso más importante) hasta el seguimiento postvacunal. Y los resultados satisfactorios permitieron que pasáramos a otras etapas del ensayo clínico, comenta.

“Nuestra generación no pensó que enfrentaría una pandemia de esta magnitud y hemos aprendido haciendo, sin tiempo para recuperarnos. He estado en la primera línea como parte del equipo de respuesta rápida, asumiendo cualquier tarea con los casos positivos y en los centros de aislamiento. Tengo dos en mi área de salud con personal de nuestro policlínico. Hemos enfrentado todo tipo de misiones complejas desde marzo de 2020”, destaca.

Para Mailin, son muchas las experiencias difíciles de contar en una entrevista. “Pero lo mejor de todo es que cumpliendo las medidas de seguridad no me he contagiado”. Esta es la mejor de las noticias. Porque a los desafíos que aún depara la pandemia, le harán falta muchas Mailin y muchos jóvenes como Oyantay y Ari.

Leyendo sus mensajes pienso en cómo han sabido defender su trinchera, y en lo que escribiera Mahatma Gandhi sobre Florence Nightingale. 

Cuando las enfermeras a su cargo se acostaban, ella, lámpara en mano, salía sola a medianoche y acudía a la cabecera de sus pacientes, consolándolos, proporcionándoles comida o aquello que necesitaran. Ella no tenía miedo de ir al frente de batalla, no conocía el miedo”. Así decía Ghandi de la dama inglesa que impulsó la enfermería moderna, la mujer que en plena Guerra de Crimea hizo de la epidemiología, la higiene y la estadística en el campo de batalla, armas efectivas para el cuidado de los soldados, y en cuyo honor se celebra, coincidiendo con su cumpleaños, cada 12 de mayo, el Día Internacional de la Enfermería.

No sabremos si conocía el miedo. Puede simplemente que como los tres enfermeros de esta historia, decidiera espantarlo con el valor incalculable que para sanar cuerpos y almas sabía que tenía, ante el enfermo, su presencia.

Tomado de Cubadebate/ Infografia: Edilberto Carmona Tamayo/ Imagen de portada: Adán Iglesias Toledo.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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