Fina García Marruz cumple 98 años

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Por Rosa Miriam Elizalde

Cuando el poeta español Juan Ramón Jiménez vio a las dos hermanitas, preguntó: «¿De qué colegio son estas niñas?» Bella y Fina García Marruz llevaban zapatos parecidos, faldas del mismo corte, boinas ligeramente ladeadas. No habían cumplido 20 años. En 1941 y en la órbita juanramoniana, las hermanas conocieron a dos amigos, Cintio Vitier y Eliseo Diego. En 1946 Fina se casaría con Cintio y dos años después, Bella con Eliseo.

No ha habido en la historia de la literatura cubana un encuentro de escritores más valioso que ese. En la casa de las dos hermanas, mientras noviaban con los poetas, comenzaron las tertulias de quienes terminarían colaborando con la Revista Orígenes, fundada en 1944 y dirigida por José Lezama Lima y José Rodríguez Feo, uno de los proyectos literarios más ambiciosos de América Latina. La publicación, diría Eliseo, «fue de las pocas cosas reales en un mundo de fantasmagorías» y «el hallazgo de una realidad cubana universal, la provocación de nuestra sustancia más dura y resistente», añadiría Cintio.

Ha transcurrido toda una vida y de las personas aquí nombradas sólo Fina está físicamente. Es la más grande poeta viva de Cuba, acaba de cumplir 98 años en La Habana y sigue con rigor el mandato de sus primeros versos: «Quiero escribir con el silencio vivo».

Siendo la esposa de Cintio, la cuñada de Eliseo Diego –ambos premios Juan Rulfo–, la hermana de Bella y la madre de dos músicos geniales, Sergio y José María Vitier, Fina tiene una obra intransferiblemente personal con algunos de los poemas más bellos de la lengua española.

Leer su escasa producción en solitario –apenas una decena de títulos– tiene un efecto físico: «No es que le falte / el sonido, / es que tiene / el silencio», dice en uno de sus poemas más conocidos dedicado a Charlot. «Su traje me conmueve / como una oscura música / que no comprendo bien. / Toco palabra pobre», añade en otro, donde describe una de las pocas fotografías conocidas del héroe nacional cubano José Martí. Es el efecto físico de Whitman o del Antiguo Testamento, el de Campos de Castilla o Poeta en Nueva York, el de Las flores del mal o el de Moby Dick.

No es hermética en absoluto y no elude los versos de gran carga política, aunque sus tres grandes temas son -recordaría Cintio- «la intimidad de los recuerdos, el sabor de lo cubano y los misterios católicos»: «Dios mío, tú no les darás a los que padecieron atrozmente / por la justicia, a los enterrados vivos, / a los que les sacaron los ojos o les arrancaron / los testículos, a los amenazados / en lo más vulnerable, la mujer o los hijos, / tú no les darás la gloria efímera de un nombre / que se repite vagamente en las conmemoraciones patrias.»

Hay que adaptar el oído para escuchar la voz de Fina, como cuando uno se familiariza con una música rara y poco a poco arrebatadora. No la hemos escuchado nunca y la hemos oído muchas veces. No se parece a ninguna otra, pero convivimos con ella. Lo cotidiano y lo místico se superponen en el mismo poema, la intimidad de «las pequeñas cosas» y las grandes preguntas de la filosofía y la religión, la pesadumbre sórdida de la soledad y la franca alegría del amor. Unas veces la forma se contiene hasta la concisión de un haiku: otras se expanden a la manera de Eliot o de los encabalgamientos de Whitman o las amplitudes épicas de Derek Walcott y los versos libres de José Martí, con su confianza en la potestad de la poesía para abarcar el mundo. Pero en Fina hay, ante cualquier posibilidad de la desmesura, una contención casi franciscana. «La poesía no estaba para mí en lo nuevo desconocido, sino en una dimensión nueva de lo conocido, o acaso, en una dimensión desconocida de lo evidente», dice.

Tuve la suerte de visitar su casa durante años y publicar en Juventud Rebelde textos inéditos de Cintio y varias conversaciones, casi siempre con él. Cuando le dieron a Fina el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2007, le pregunté por qué le costaba tanto dar entrevistas y hablar de sí misma: «Me siento en esos casos como una violinista a la que le piden un concierto de flauta. Yo me comunico mejor con el silencio, sin el que no se podrían dar la poesía, la música, ni el encuentro con uno mismo.»

Gracias por todo esto y felicidades, querida Fina.

Tomado de La Jornada/ Foto de portada: La Jiribilla

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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