Estados Unidos: De nuevo a la venta el embutido de “voto cubano”

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Por José Ramón Cabañas Rodríguez.

Varios artículos han aparecido en la prensa estadounidense en días recientes acudiendo al argumento del impacto del “voto cubano”, como razón probable que explique que el gobierno de Joe Biden no haya corregido aún los retrocesos registrados en la relación bilateral con Cuba, bajo la administración precedente.

Cuando aseveraciones como estas se ven como lluvia de estrellas en los medios de prensa de Estados Unidos es que existe comunidad de criterios entre un grupo de observadores, o se ha lanzado intencionalmente la idea para ver hasta dónde es asumida o rechazada por el público.

Sobre este tema se ha escrito mucho a ambos lados del Estrecho de la Florida. El profesor Guillermo Grenier y su equipo de la Universidad Internacional de la Florida poseen un registro exacto de las variaciones de opinión entre los cubanos residentes en dicho estado a partir de 1991. Desde La Habana expertos como los doctores Antonio Aja y Jesús Arboleya, del Centro de Estudios Demográficos y de Migraciones, poseen datos y conclusiones que tienen puntos de contacto con las observaciones del primero.

Los entendidos en la materia coinciden en que el por ciento de cubanoamericanos registrados para votar son y han sido una porción mínima de los residentes en el estado de la Florida con derecho al sufragio, que estos no votan en bloque como grupo, ni en relación con los temas que se registran en la boleta y que en aquellas circunscripciones donde tienen mayor presencia siempre han ganado los demócratas, aunque el estado en general alterne entre uno y otro partido en cada elección. Pero a pesar de ello, el tema resurge cada cuatro años.

Quizás se deba proponer la perspectiva de dejar las cifras a un lado por un momento, para adentrarnos en cuestiones cualitativas.

Después de todo, las estadísticas que se analizan son en la mayoría de los casos aproximaciones, no son datos definitivos, ya que no hay registros oficiales sobre cuántos cubanos son elegibles para votar en cada ciclo, cuántos se registran y muchos menos sobre quién votó y por qué candidatos. Las especulaciones sobre el tema se basan en encuestas y otros estudios parciales, que en un ambiente de polarización son cada vez más cuestionables.

Hay un elemento poco manejado a la hora de entender las distorsiones del voto entre los cubanos. La mitad de los empleos no agropecuarios del estado de la Florida están relacionados con los servicios (desde restaurantes hasta pescaderías) o pertenecen al aparato estatal, en particular los distintos niveles del sistema de educación.

Es decir, un cubano de bajos ingresos (y sobre todo recién llegado) que no declare su fe contrarrevolucionaria (aunque vote de otra manera) verá siempre reducidas sus posibilidades de empleo y, por tanto, la manutención de su familia. En el área de los servicios serán entrevistados por las generaciones que se “exiliaron” primero a raíz del triunfo revolucionario. Muchos de los empleos gubernamentales no decisorios se contratan en ese estado por mecanismos que hacen recordar la “chambelona” cubana prerrevolucionaria: voto contra chequera.

Tenemos derecho a preguntar por qué si radica en New York tanta población judía como en Israel, que cuenta además con poderosas organizaciones para promover sus intereses, nunca escuchamos hablar de voto de ese origen como un elemento definitorio a nivel nacional o local. Algo similar podría cuestionarse sobre la cantidad de mexicanos en el sur y oeste del país, que raramente se presentan como elemento decisivo en una u otra contienda.

El llamado “voto cubano” en Estados Unidos es un producto político que ha sido bien promovido en el mercado electoral, que está sustantivamente financiado y que cuenta con un grupo importante de compradores y publicistas. Pero no deja de ser eso, un producto fabricado, ficción más que historia real.

Los primeros cubanoamericanos que obtuvieron puestos electivos en la política local del sur de la Florida eran militantes demócratas y accedieron a sus responsabilidades sin el apoyo de una maquinaria engrasada desde el nivel local hasta el federal. No es hasta 1982 que se fabrica la primera versión de “voto cubano” bajo el gobierno de Ronald Reagan.

Durante las dos décadas anteriores, las agencias federales estadounidenses (dominadas por demócratas o republicanos en alternancia) fueron construyendo poco a poco una “comunidad” que tenía un respaldo legal único para instalar su enclave (Ley de Ajuste Cubano), que contaba con presupuestos especiales para garantizar su asentamiento en el nuevo destino y que tuvo siempre un espacio político preferente en la corriente principal del pensamiento social estadounidense, por ser una consecuencia del “comunismo extra hemisférico”.

Ningún otro grupo inmigrante contó con tales privilegios, a ningún otro grupo inmigrante se le construyó una identidad con tanto nivel de articulación y recursos.

Después del flujo migratorio del Puerto de Mariel (1980) y la lectura que hizo la sociedad estadounidense sobre los nuevos migrantes, se percibió con más claridad que los amplios sectores de la “comunidad cubanoamericana” no se sumarían en lo adelante a proyectos como el de la invasión por Playa Girón, o la Operación Mangoose. Cada vez más la “liberación” de Cuba parecía un objetivo que no se lograría de inmediato, ni de un solo golpe, por lo que habría que planificar en el largo plazo.

Existe una amplia bibliografía que ha hablado de líderes cubanoamericanos, cuando en realidad los “presidentes” y “coordinadores” de las principales organizaciones que los fueron nucleando, de alguna manera actuaron como operativos de los servicios especiales estadounidenses. En tal calidad, aunque ya varios en condición de jubilados, cumplieron tareas políticas con respaldo del financiamiento oculto del presupuesto federal estadounidense.

De manera curiosa, aunque promovían la “causa” de restaurar la “democracia” en Cuba, ninguno de ellos estuvo dispuesto a someterse a sufragio al interior de su organización, salvo muy raras excepciones, ni abandonaron o han abandonado el “cargo” durante décadas. Los que han fallecido fueron heredados monárquicamente por sus familiares más cercanos. Muchas de las llamadas “organizaciones” cubanoamericanas tenían menos miembros que palabras en su denominación.

La evolución cualitativa de los cubanoamericanos en los años ochenta fue respaldada por la percepción de los manejadores de influencias republicanos, con el razonamiento de que tal grupo humano se podría convertir en un factor importante para ampliar y asentar la presencia del partido en un estado con fuerte militancia rival (demócrata) y que cada vez cobraba más importancia en el juego del Colegio Electoral en las elecciones presidenciales, o para sumar y restar apoyos en la Cámara de Representantes en los comicios de medio término.

Los cabecillas que fueron escogidos para ponerse al frente del llamado “voto cubano” prometieron lealtad solo a cambio de que comenzaran a aprobarse programas “contra Cuba” en el Congreso federal, que llevaban asociados un financiamiento importante, la mayor parte del cual sería invertido ¿dónde?, pues en el sur de la Florida.

Por las plantillas de las llamadas Radio y TV Martí, en las listas de empleados de innumerables programas de “cambio de régimen” han desfilado cientos y miles de cubanoamericanos que fueron conformando un modo de vida y creando una fortuna gracias a la venta del producto denominado “voto cubano”.

El círculo del oportunismo se cerraba cuando una parte importante de los fondos antes mencionados pasaban de los bolsillos de los empleados federales a las campañas políticas de aquellos candidatos que juraban fidelidad ¿a quién?, pues al Partido Republicano.

A inicios de la década de los años 90 los patrocinadores floridanos del “voto cubano” mostraron cierta mayoría de edad, al distanciarse de sus “padres” republicanos (el equipo de George H. W. Bush) para apoyar a un candidato rival (William J.Clinton) que prometió medidas extremas contra la Isla (la llamada Ley Torricelli).

Sin embargo, a pesar del acuerdo en la cima política, los patrones de votación de los cubanoamericanos no cambiaron de forma significativa, ni en los comicios de 1992, ni en el 1996. La historia narra que en el 2000 el “voto cubano” no fue definitorio para George W. Bush. Su victoria fue sellada gracias al golpe palaciego que protagonizaron las congas cubanas para detener el reconteo de votos en Miami-Dade.

A pesar de dichas oscilaciones en las preferencias de los caciques cubanoamericanos, el Partido Demócrata no fue capaz de fabricar su propio producto (con un discurso asociado) para intentar prevalecer entre los cubanoamericanos y mucho menos promoverlo.

Gracias a la agresividad verbal y física de los cabecillas miamenses, en muchos casos ni siquiera se atrevieron los demócratas a abrir oficinas locales, o a imprimir octavillas para pegarlas en los postes del sistema de alumbrado. La victoria republicana más significativa ocurrió cuando incluso importantes personeros demócratas pasaron a ser consumidores la fabricación sobre el “voto cubano”, la cual han digerido desde entonces a conveniencia.

La política hacia Cuba diseñada por Barack Obama para los últimos años de su período presidencial, considerando los más altos intereses de la política estadounidense, aunque no significó de inmediato un reto a las finanzas de los vendedores promotores del “voto cubano”, sí indicó una preferencia hacia el papel de otros actores dentro de la masa cubanoamericana, que no militaban en la casta de los primeros co-propietarios del engendro electoral.

Obama fue reelecto a un segundo mandato no solo sin el apoyo de aquellos, sino a pesar de una racista oposición protagonizada por aquellos. Para frustración de los estrategas de la Calle Ocho y sus padrinos, en los años de la recomposición política oficial entre Cuba y Estados Unidos, todas las encuestas (imprecisas o no) apuntaron a una modificación de la actitud cubanoamericana en cuanto a la relación con su país de origen, la llamada “agenda familiar” y a los viajes en número nunca vistos hacia la Isla, para participar de varios modos en la realidad cubana.

Durante estos mismos años, sin embargo, se produjeron al menos otros dos procesos paralelos que tendrían cierto impacto sobre el funcionamiento del “voto cubano”.

El enfrentamiento bipartidista brutal contra la Venezuela chavista provocó una desestabilización interna, que a su vez generó un flujo migratorio de personas y capitales en diversas direcciones, entre ellas de manera relevante la ciudad de Miami.

En Colombia las interpretaciones generadas por las fuerzas de derecha después de la firma de los Acuerdos de Paz y las políticas neoliberales que se reforzaron desde entonces, también impulsaron a un sinnúmero de nacionales a buscar la realización de sus expectativas personales en el exterior, preferentemente en la Florida, lugar que tenía el valor agregado de contar con una extensa lista de asociados comerciales en el negocio del tráfico de las sustancias prohibidas.

Ambos grupos humanos y sus recursos financieros asociados no han creado estructuras políticas propias en el nuevo escenario hasta el momento. Un alto por ciento de ellos se subordinó al cacicazgo cubanoamericano en la “gran cruzada” contra el socialismo en la región. Aquellos que patentaron la historia del “voto cubano” en la enciclopedia de la política estadounidense ofrecieron respaldo incondicional a las “causas” venezolana y colombiana. A los recién llegados solo se les ha pedido amplificar el mensaje reaccionario, anticomunista y a la altura del 2016 y el 2020 ser más trumpista que el propio Trump.

La estrategia demócrata para llevar a Joe Biden al poder centró esfuerzos y recursos en estados, ciudades y grupos étnicos que consideraron esenciales para la victoria. Sólo muy cerca de los comicios los operativos de dicho partido concluyeron que tendrían algunas opciones de éxito en la Florida e hicieron esfuerzos tardíos para atraer cierta audiencia.

Pero ante el “voto cubano” no presentaron una defensa coherente de su plataforma, no escogieron candidatos con opciones de éxito y no apoyaron con financiamiento a los que tenían posibilidades reales de vencer a sus oponentes demócratas. Estos errores dejaron un espacio vacío que fue llenado por el discurso radical trumpista, por los miedos a invasiones alienígenas y por el rechazo a conspiraciones de todo tipo.

De alguna manera el candidato republicano ganó en la Florida porque el demócrata ya había perdido con antelación.

Aún así, tomando como buenas las llamadas encuestas a boca de urna, el por ciento aproximado del “voto cubano” a favor de Trump en el 2020 no se separó de modo significativo de los patrones históricos y mucho menos “definió” la balanza final al nivel del estado. Otras acciones sí lo hicieron, como por ejemplo, la imposibilidad de más de un millón de ex convictos y otros procesados por la ley que no pudieron reconquistar su derecho al voto, a pesar de que la población del estado aprobó tal posibilidad (Tema 4) en las elecciones del 2016.

De todos modos, el resultado de los comicios sirvió para una nueva subasta del “voto cubano”, que muchos adquirieron a bajo costo y han consumido con placer.

Los resultados debían, sin embargo, invitar a algunos a hacer una lectura inversa de lo publicado hasta ahora sobre el tema. A pesar de las campañas de demonización contra la izquierda real o supuesta, la instauración de un discurso uniforme en todos los medios masivos y la demonización de cualquier disidente en las redes sociales, entre un 40 y 45 por ciento de los cubanos americanos residentes en el Sur de la Florida se mantuvo firme en el respaldo de la agenda demócrata; una parte de ellos aspirando a la continuidad de la política de acercamiento hacia la Isla.

Hay muchas razones para no consumir la historieta sobre el “voto cubano”. Aquellos que compran el supuesto asociado están huérfanos de argumentos, en el fondo tienen coincidencia ideológica con sus promotores, o no cuentan con la voluntad política para asumir riesgos en el agitado mar de las preferencias.

La política de Estados Unidos hacia Cuba debería estar construida a partir de los intereses nacionales de aquel país. No ya de una dominación imposible que se ha probado por más de 60 años, sino en la representación de la voluntad de una mayoría de granjeros, maestros, doctores, obreros, funcionarios públicos, empresarios y también de muchos cubanoamericanos (demócratas, republicanos y de otras varias filiaciones) que ven en la normalización de relaciones con la Isla la actitud más racional.

Sorry guys, aquí el “voto cubano” no vende.

Tomado de Cubadebate/ Foto de portada: Michael Ciaglo / Getty Images.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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