Las emes de Madelín, una profe cubana en Venezuela

Compartir

Por Yosdany Morejón Ortega.

A la espirituana Madelín Miranda Montes le dicen en Venezuela “la profe de las 4 emes”, en alusión directa a palabras como maestra, magnifica, maravillosa, miel. Los anteriores vocablos inician con la décima consonante del alfabeto español, al igual que su nombre y apellidos.

Por supuesto, la llaman así con todo respeto, porque además de las 3 emes existentes en su identificación personal, ella se ha entregado de tal forma por los humildes e iletrados de Miranda que es allí todo un referente de humanismo y perseverancia.

Las “emes” de Madelín son también para sus compañeros y alumnos una especie de personificación onomatopéyica de otras palabras como “ángel” o “heroína” -vocablos sin eme claro-; pero que llevan implícito las convicciones profundas de la guerrera jatiboniquense.

A la República Bolivariana llegó hace más de dos años para hacer posible que cientos de personas se alfabetizaran y graduaran como técnicos medios productivos a través de las Misiones Robinson y Ribas.

“Estos programas sociales llegaron para bien del pueblo venezolano, para ayudar a los más necesitados, a los más vulnerables, a los desposeídos, a los que no tenían la posibilidad de educarse, de instruirse, o de graduarse en cualquier especialidad”, cuenta la asesora de la Misión educativa cubana en ese Estado (Miranda).

Para los especialistas cubanos el desafío comenzó en julio de 2003 por la Misión Robinson, la cual supuso el sueño de alfabetizar a la población venezolana excluida -por décadas-, del acceso gratuito y masivo a la educación.

Afortunadamente ahí no se detuvo la aspiración de sus creadores, los Comandantes Chávez y Fidel. Apenas 4 meses después (en noviembre de 2003), se firma el convenio de colaboración para la Misión Ribas, cuyo objetivo sería incluir a todas las personas que ya sabían leer y escribir, pero no habían culminado los estudios de bachillerato o secundaria.

Más tarde, dada la importancia para el país, se valoraría la necesidad de vincular los estudiantes a labores productivas y se oferta entonces la modalidad de técnicos medios (bachilleres productivos) en especialidades como: agropecuaria, construcción civil, petroquímica, mecánica, turismo, informática, confección textil, recursos hídricos, motor fuera de borda e intraborda.

“Si te resumo el principal logro de nuestra asesoría en Venezuela te diría que ha sido diseñar y aplicar con éxito planes de estudio que les permiten a miles de personas alfabetizarse, alcanzar el sexto grado y continuar rumbo a un técnico medio, o incluso la universidad”, explica.

Para la espirituana el estar en contacto con tanta gente noble y humilde de corazón, es una experiencia única en la vida.

Por ello cada vez que viaja hasta una comunidad apartada, o a una base de Misiones, intercambia con los alumnos, los escucha y le reconforta saber que los cubanos en Venezuela, (a pesar de las campañas pérfidas y manipuladoras que sin argumentos dicen lo contrario); son de tanta utilidad para el prójimo.

“El trabajo directo con el pueblo en el Estado de Miranda me ha hecho crecer como profesional. Me emociono junto a los maestros o facilitadores, junto a los alumnos. Lloro cuando se gradúan, cuando lápiz o tiza en mano escriben: ¡Vivan Fidel y Chávez!; cuando su voz agradecida me habla de Cuba. Lloro porque sé, la educación los ha hecho hombres y mujeres de bien”, confiesa.

Elijo creer en las revoluciones; elijo la verdad y el conocimiento

En las aulas de las Misiones Robinson y Ribas en Venezuela estudian hoy alumnos con edades comprendidas entre los 18 y los 85 años.

Sí, leyó bien, 85 años de edad, porque para aprender nunca es tarde, porque para escribir por vez primera tu nombre nunca es tarde, porque para leer a Cervantes, Martí, Neruda, o Benedetti; jamás será tarde.

Con esas elucubraciones se encontró a los 60 años de vida Alfonso, quien apenas sabía leer las letras del abecedario. Había dedicado toda su vida al ocio, le cuenta a Cubadebate, y también a vicios como las drogas.

Su estilo de vida le hizo tener pocos amigos. Estaba solo en cuerpo y también en alma. Al final perdió la casa y vagaba durmiendo debajo de los puentes. Alfonso tocó más que fondo porque tocó el abismo de la desesperación.

Entonces decidió darles una oportunidad a los libros y gracias a la Misión Ribas se graduará próximamente como Bachiller Técnico Medio en Agropecuaria. Ahora disfruta del trabajo honrado, de arar la tierra para arrancarle los secretos.

“A todos les digo que no se dejen vencer, sigamos adelante, sigamos estudiando que la cultura vale más que todo el oro del mundo. Hoy con la agricultura Venezuela tiene la oportunidad de salir adelante y por eso elegí esa especialidad; para ayudar a mi país. Gracias les doy a los cubanos por todo cuanto han hecho por nosotros”, dice entre lágrimas.

A Norka le pasó diferente. El destino no le permitió sentarse en un aula antes de los 58 años porque tuvo que ser madre y padre a la vez. No había tiempo para soñar, solo para buscar la comida, lavar, planchar, cocinar…

Pero un día la vida le favoreció y mientras trabajaba en un Centro de Diagnóstico Integral gestionado por la Misión médica cubana en Venezuela, alguien le habló de escuelas gratis y clases para todas las edades.

Sin pensarlo dos veces matriculó en un bachillerato productivo del cual egresará feliz dentro de muy poco. Su fuerza de voluntad y deseos de aprender la hacen desandar cada día varios kilómetros hasta que logra, cual maná necesario, recibir la docencia.

Además de las anteriores historias, Madelín Miranda Montes atesora el recuerdo de Helena; una venezolana de mirada triste a quien la bravuconería de los hombres le había arrebatado a varios hijos y nietos, pero que en el aula había encontrado un motivo para seguir adelante.

Tenía 75 años en el momento de su graduación cono técnico medio en confección textil y la luz volvía a su alma. Ahora se sentía útil de nuevo, energizada, llena de esperanza.

Y es que eso significa la Misión educativa cubana en Venezuela: resplandor para los humildes, aire para los desposeídos, color para los incrédulos.

Hoy Helena consagra su existencia a la comunidad donde vive y educa a jóvenes (que abandonaron los estudios), en el noble arte de la costura y el bordado. Ha perdido la mirada triste, dice Madelín; ahora se impone orgullosa entre la multitud. Nunca pensó que encontraría el valor para hacerlo, pero la educación le dio las herramientas necesarias.

“Yo sí puedo” y como puedo, moriré alfabetizada

Más de 3.197.744 personas se han graduado de la Misión Robinson en Venezuela; de ellos 1 369 979 culminaron su sexto grado y no solo aprendieron a leer y a escribir, sino que también dominan la esencia de varias materias.

La fórmula cubana no tiene ingredientes secretos y sí mucho amor. Se trata del programa de alfabetización «Yo sí Puedo», una cartilla que combina números y letras para enseñar a leer y a escribir a personas adultas, mediante la utilización de recursos audiovisuales.

Su creadora, la Doctora en Ciencias Pedagógicas Leonela Inés Relys Díaz, nacida en Camagüey un 20 de abril de 1947, participó en la campaña de alfabetización cubana.

“El método “Yo sí Puedo» es el corazón y los cimientos de la Misión educativa cubana en Venezuela. Tienes que ver lo rápido que progresan los adultos mediante su empleo, lo accesible que se les hace el contenido a vencer. Ellos tienen que esforzarse por supuesto, tienen que estudiar, poner de su parte; pero el resultado final es una persona feliz, con los ojos y el alma abiertas”, explica Miranda Montes.

Tal vez el éxito se deba a que el objetivo fundamental es la inserción activa de los participantes en el quehacer social, económico y político de las comunidades donde viven. O quizás sea el empleo de medios audiovisuales en tres estadios diferentes: adiestramiento y enseñanza de lectura y escritura, para luego consolidar lo aprendido.

En lo particular me inclino a pensar que junto a la ciencia y los postulados didácticos del “Yo sí Puedo» está la savia, el humanismo y la sencillez de su creadora y de los maestros cubanos asociados al programa en casi 30 países.

La enciclopedia colaborativa EcuRed (en la entrada referida al Programa cubano de Alfabetización “Yo Sí Puedo”), cita a una venezolana con más de un siglo de existencia, quien expresó: “He tenido que esperar 102 años para escribir mi nombre. Ahora me puedo morir tranquila”.

Mientras redacto este reportaje no dejo de pensar en el Apóstol y lo orgulloso que estaría de maestros como Madelín, no en vano el nombre de la espirituana también lleva la eme de Martí.

“De Miranda me llevo el carisma del pueblo, el amor a Cuba, el amor a Chávez, su corazón inmenso para vencer los obstáculos, su grandeza de pensamiento; pero sobre todo me llevo el agradecimiento de miles de personas para con las misiones sociales aquí».

Fueron los saberes aprendidos en la Patria y las enseñanzas de Martí lo que me ha permitido entregarme hasta el cansancio por el pueblo venezolano”, refiere la pedagoga.

Así se le ve, siempre ajetreada, papeles en mano, pero con una sonrisa que llena el ser como la lectura de un viejo libro. No sabe cuándo regresará junto a la familia, solo está segura de la “utilidad de la virtud”.

Al final de cada jornada, cuando el cansancio y la añoranza embargan la existencia, nunca olvida las 4 emes que lleva tatuadas en el alma, regalo por tanto bien realizado junto los pobres de la Tierra. Ella solo toma la tiza y el borrador mientras escribe en la pizarra: “Mi nombre es Madelín…”

Tomado de Cubadebate/ Fotos: Yosdany Morejón Ortega.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

Dejanos tu comentario