Argentina: Tiago o la lección del mamífero

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Por Sandra Russo.

Hace ya unos cuantos años, por una relación familiar, conocí a Tiago Ares. El recién salía del secundario. Fueron unos tres años de compartir cumpleaños, años nuevos, vacaciones en la playa a la que venían él y sus tres hermanos mayores. Tiago tenía unos pocos años más que mi hija. Pero no era un chico, no era un adolescente, no era un adulto, no tenía edad. En las conversaciones grupales, en las sobremesas, en los viajes en colectivo, en las visitas de fines de semana, en las marchas, su presencia no tenía edad. Su luminosidad era inexplicable.

Ya desde que estaba en el secundario diagramaba un periódico de arte y antigüedades que editaba Alvaro, su padre. Tiago había aprendido diseño gráfico de Laura, su mamá. En las vacaciones, sobre todo, que era cuando había tiempo libre y ese deambular en las horas desocupadas llevaba a cada uno a leer, a abismarse en una hamaca paraguaya o a mantener charlas deshilachadas, lo veía a Tiago acomodarse en una silla con el block que tenía siempre a mano y a hacer esos dibujitos que solemos hacer todos mientras hablamos por teléfono o escuchamos a otros. Pero Tiago no hacía “dibujitos”. Dibujaba. Una vez se levantó y dejó el block sobre la mesa. Miré. Parecían, desde el otro lado de la mesa, un montón de redondelitos, pero visto de cerca era una trama de muchas cabezas adultas entre las que sobresalía la de un niño.

La Cámpora recién nacía y ya se hablaban pestes, y muy pronto Tiago se abrazó ahí. Se combinaron, se entrecruzaron desde entonces, el don del diseño y la épica con la que él tanto insistía. De muchas cosas me enteré después, cuando ya no lo veía en los cumpleaños pero siempre que podía saber algo de su vida, me interesaba, porque él era interesante, tenía ese magnetismo. En cada chiste, en cada observación, en cada gesto, había una convicción estética y política, diluida en su decisión de no perder el tiempo en discusiones inútiles. Jamás conocí a nadie con tanta actitud.

Su politización fue temprana y entregada con la certeza de que sin “épica” las cosas no llegaban a su clímax. En el video de homenaje que hizo la FADU después de su muerte –y que vi decenas de veces–, supe que su primer trabajo en diseño industrial había sido un triciclo que sólo servía si lo usaban dos niños: la “épica” del compartir llevada al ejercicio universitario con contenido político. Vi también cómo su profesora describía otro trabajo, basado en el agua, y contaba que muchos pibes habían hecho cosas “interesantes” como jarras o botellas, cosas, decía ella, que hubiesen sido aceptadas en cualquier local de diseño de Palermo. Pero Tiago trabajó en un filtro de agua para algunas poblaciones chaqueñas.

Quizá, un poco supe antes y otro poco escuché después de sus amigos que lo conocieron bien, que lo adoraron, porque Tiago navegaba la vida con un solo remo y en paz con los demás, sin irritación y sin competir con nadie, la enfermedad que lo acompañaba desde su nacimiento lo llevó a desdramatizarse a sí mismo, a encontrar muy pronto una causa, a olvidarse de sí y a pensar en los demás, a obsesionarse con que su vida sirviera para contribuir en algo para aplacar el dolor.

No lo vi un par de años, supe en un pasillo de canal 7 que estaba ya muy enfermo y la noticia me atravesó, y así y todo muy pocos días después lo vi por televisión saltar una valla de Tecnópolis para subirse al escenario en el que estaba Cristina. Fue cuando se presentó Qunita, del que Tiago fue mentor y artífice, y fue y es ése su legado, lo que nos dejó, una herramienta social para salvar vidas de bebés y también una señal de Tiago, de su aura: miremos lo importante, lo puro, lo frágil, miremos hacia abajo, miremos a los que nadie ve.

Qunita fue, como escribió la entonces presidenta en la carta que le mandó, “maravilloso”. Porque estaba al alcance de un Estado salvar vidas de bebés, era barato, era delicado, era seguro, era generoso porque no se trataba sólo de la cuna sino del ajuar y las toallas y las sabanitas y los móviles y los sonajeros y el libro para orientar a las madres primerizas.

Era una bienvenida al mundo. Al mundo que Tiago sabía que abandonaría rápido pero no sin antes dejar esa huella, que es la maravillosa Qunita pero sobre todo es la demostración y constatación concreta de que un Estado que esté del lado de los débiles tiene herramientas a disposición para mejorar hoy, ya, sin perder tiempo en correlación de fuerzas o vaivenes polémicos, la vida real nada menos que de los más vulnerables de todos, porque necesitan ser asistidos y cuidados para sobrevivir.

Tiago nos dejó su lección de mamífero. Si no nos cuidan de bebés, morimos. Y esto, que es cierto y obvio, se le ocurrió a un militante, a un estudiante de diseño industrial que era peronista y sabía que aunque en Finlandia las cunas eran de cartón, en la Argentina las resistencias gorilas impedirían que el plan prosperara. Buscaron otros materiales para que se salvaran miles de bebés del peligro de asfixia en camas en las que duerme toda una familia. Con sus actos, y con el poco tiempo que tuvo, Tiago fue capaz de gestar esa pregunta y dar la respuesta: ¿Cómo salvar bebés? Así.

Nunca Graciela Ocaña terminará de purgar la vileza de su falsa denuncia. La ruindad política, mediática y judicial han privado durante varios años a esos niños la oportunidad de ser bienvenidos al mundo que nació en el corazón de ese chico flaco, incandescente, de una inteligencia pasmosa y de una humildad no menos pasmosa que fue Tiago.

De todos los resortes sádicos que la reacción tenía listos para arrancar al kirchnerismo del mapa político argentino, los que se activaron contra el plan Qunita fue el más perverso. Trajo dolores de cabeza y acusaciones infundadas a varios funcionarios, pero sobre todo y especialmente les quitó la chance a miles de bebés de sentirse arropados, resguardados y queridos no sólo por su madre o su padre, sino por su comunidad.

No hay muchos como Tiago Ares. Nunca hubo muchos ni los habrá. Sí con su convicción, sí con su obstinación, pero no con ese talento extraordinario que muchos otros hubiesen querido usar para brillar. El la usó para cuidar.

La canallesca reacción conservadora contra ese gesto de amor debe ser reparada, y su nombre, el del chico relajado y en permanente interés por los otros, el de ese pibe militante que corrió sus propios dolores para aliviar los dolores ajenos, será bandera.

La épica fue tu vida entera, Tiago. 

Tomado de Pagina12 / Foto de portada: Pagina12.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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