Contar el epicentro: Salir y llegar

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Por Andy Jorge Blanco / Enrique Ubieta Gómez / Mario Almeida.

Desde el segundo piso de la Facultad “Victoria de Girón” de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana se ve el patio. “El patio verde”, le dicen. Tiene un césped verdísimo y un par de palmas escoltan la escalera central, por donde empiezan a bajar, de a poco, 60 recién graduados de las diferentes carreras de esta universidad.

–No es fácil esto –dice una madre como si en la expresión resumiera todo lo que se le agolpa adentro, una mezcla de tantas cosas.

–Yo estoy orgullosísima del mío –le responde otra, pero no se miran, no se conocen, aunque pareciera que sí. El cubano y esa rara costumbre de crear familiaridad con quien nos resulta ajeno. “Sentir en su mejilla el golpe dado a cualquier mejilla”, decía Martí. Las dos madres tienen la vista fija en el patio verde. No se miran, hasta que toman confianza.

–La mía es aquella grandona de la segunda fila. Licenciada en Epidemiología. Hizo la prueba estatal el viernes, después hablaron con ellos, preguntaron quiénes estaban dispuestos a ir. Todo rapidísimo. Tuvimos que correr para arreglarle la bata.

Si alguien no las escucha desde el principio, cuando se presentaron, y pasa diez minutos después, podría asegurar que son amigas de la infancia, de la vida. Hablan, se ríen, se emocionan y enmudecen cuando una de las dos dice, a rajatablas: “Si yo me pudiera ir, me voy también”.

En el patio, empiezan a organizarse. Dan el acto de despedida. El doctor Fabián Pérez Alonso, jefe de la brigada llamada “La Habana por la vida”, dice que es tiempo de decir “¡aquí estoy yo!”. Un trovador canta y la gente tararea “me vienen a convidar a indefinirme, me vienen a convidar a tanta mierda”.

Luis Antonio Torres Iríbar, primer secretario del Partido en La Habana, está allí con el gobernador de la capital. Se aleja de los mensajes vacíos, de las posturas predeterminadas de dirigente, se aleja de la verborrea. Habla sin micrófonos y no se para en el podio de los discursos:

“Ustedes van a demostrar que Cuba no está sola, que Matanzas no está sola. Van a dar amor, salud, a salvar vidas. Estaremos muy orgullosos de ustedes y los que vendrán detrás a ayudar a Matanzas y a cualquier otra provincia. La Habana también tiene una situación compleja, pero tenemos que compartir nuestros recursos humanos”.

Parten jóvenes graduados de Ciencia Médicas de La habana hacia Matanzas. Foto: Andy Jorge Blanco/Cubadebate

Afuera, la vicerrectora vocea los nombres y cada miembro de la brigada va subiendo a las guaguas. Son las 9:37 de la mañana de este domingo. Ómnibus 602.

“Es un honor presentarme. No podemos parar porque las dos guaguas van escoltadas por la policía. Gracias por su atención y feliz viaje”, nos dice el conductor y aplaudimos. En el asiento delante de nosotros, uno de los jóvenes médicos se vira y le dice al resto: “Estamos haciendo historia”. Cuánta razón tiene este chamaco, aunque quizás no sea consciente de eso. Aún no.

Estremecer un puño

Los jóvenes graduados habaneros a su llegada a Matanzas. Foto: Mario Almeida / Cubadebate

Los rostros siempre se repiten. Diferentes nombres, opuestos caracteres, distantes sitios de residencia y, sin embargo, caras tan aparatosamente iguales, tan exactas y repetitivas formas de mirar, que uno comienza a preguntarse si el ser humano tendrá acaso inscrito por algún costado un número de serie, para «ordenar» los ejemplares de distintos modelos.

Quizás por ello siento que conozco a estas gentes, a pesar de que jamás las he visto. Aquella, por ejemplo, por lo prietuzco y lacio del cabello y por la pose que asume mientras espera… me recuerda a Amanda, a quien nunca supe cómo enamorar en el pre, mientras que este calvo con ínfulas «me suena» a Richard, hermano que hace años tristemente no veo.

Ese de la bata estrujada, aunque no se le divise la boca, se da un aire al dentuzo que siempre estaba pidiendo último para jugar al fútbol.

Pero la gran verdad es que me recuerdan a quien pude acabar siendo. Yo también nací en el 97.

El contexto lo resemantiza todo. El hecho de que unos cuantos escriban novela no significa que estemos en presencia de una novelística, decía Carpentier, como mismo –agregaríamos– el que haya tristes en determinado lugar no significa necesariamente que estemos ante un «movimiento organizado de la tristeza», si queremos llevarlo literariamente.

Quizás por eso, estas dos guaguas con escolta no parecen significar mucho mientras se deslizan por las calles de La Habana. La vida, como en todas partes, tiene su marcado ritmo, un ritmo denso y pesado que estas dos guaguas no quiebran. Solo dos ómnibus como los de siempre… solo dos ómnibus, no más.

El negociante, el parlanchín, el arriero, el vendedor… todos presencian desde su habanero entorno sin que nada nuevo adviertan sus caras.

Sin embargo, la Matanzas del julio en curso es otra cosa.

Aquí la tristeza se ha ido acumulando en dolorosos cuadernos de poesía y ya parece tener características propias, tener cuerpo, esencia…

Quizás por eso, en estas dos guaguas con escolta, despiertan interés sobre el caminante las batas –novísimas, hay que decir– que estos niños y niñas de 23 años han doblado en la cabeza del asiento. Estos que se dicen: «¡O’e! ¿Trajiste eso?» y se responden desde otro costado del carro: «¡Claro, mío!».

Estos… que aún tienen muchísimo que aprender, un mundo… pero que ahora vienen a crecerse con lo que saben, que parece ser valioso por cómo sus profesores se acercan a felicitar, casi que a uno por uno, por el ejercicio de culminación de hace menos de 24 horas.

Hay inocencia, hay ansiedad, temeridad, miedo y ellos mismos lo cuentan y también lo dicen los ojos de sus padres que bien parecen mantener «la tabla» en la despedida, pero que cuando se les pregunta, se les anuda la garganta y la respiración promete espasmos y los ojos negros- blancos, negros-rojos ojos se vuelven.

«No nos pidió permiso, no nos lo pidió, no».

Estas cosas, brevedades, van cobrando máximo sentido cuando la guagua abandona el matancero paseo Martí, pasa por el cine Atenas y, antes de tomar la curva, el dependiente de la juguera levanta sus puños apretados y los estremece. Sin excesos pero sin frenos, con el movimiento lento y nervioso de la sinceridad.

Y la gente se queda mirando estupefacta las guaguas y las saludan, buscan nuestros ojos tras los cristales y dibujan un gracias desesperado con los suyos y con sus manos que se levantan y se agitan abiertas y se aprisionan ellas mismas. Adiós dicen a las guaguas quienes caminan por el puente de La Concordia y unos niños del parque adyacente y las viejas paradas en la esquina de Contreras y Ayón.

Las sirenas de la escolta anuncian el golpe de esperanza que emana de la cara de estas doctoras, enfermeros, tecnólogas… que mañana, cuando choquen con el monstruo, el gigante que atemoriza esta comarca, quizás desaprendan un poco lo que es la sonrisa.

No corren tiempos de poesía barata, menos aquí, donde la tristeza tiene nombres, apellidos y cenizas… No corren tiempos de ponerle sentimiento cosmético a la «desolada acera y sus papeles cuando cae la tarde».

No aquí, no ahora…

¿Qué decir? ¿Cómo contar? Son interrogantes que se yerguen sobre todo este sedimento y que nos ponen, a los periodistas, frente a la cara llena de furia y llanto, dolor… de la nieta que perdió a su abuelo, del hijo que no verá nunca más a su madre y hasta de quien, a la escucha de las broncoaspiraciones, tras conocer que no existe un hueco en los hospitales, dice cansado: «Ya yo sé que de aquí lo saco muerto».

Todo esto habrá que multiplicarlo por miles.

Desde aquí habrá que escribir con el lazo negro en la izquierda, pero habrá que escribir… aunque se llore cuando la gente cierre el puño y lo estremezca.

Los que aman y los que odian

“Cuídate, cuídate, cuídate”… imita con la voz el tono cariñoso de sus padres. El ómnibus dobla una curva y reaparece el mar; por unos segundos el diálogo se interrumpe. La hoy doctora Nadia Laura García Serrano venció ayer, con la máxima calificación, el examen estatal. Será cirujana general, una especialidad en la que no abundan las mujeres. Tiene 24 años. El doctor Fabián Pérez Alonso, a su lado, el más veterano del grupo, tiene 26 y tres años de experiencia en la profesión; es el secretario de la UJC, y jefe de la Brigada que componen 60 recién graduados.

El grupo viaja en dos ómnibus hacia Matanzas, que en esta etapa se ha convertido en el epicentro de la pandemia en Cuba. No todos los que manifestaron su voluntad fueron seleccionados. Entre otros requerimientos, tenían que haber recibido las tres dosis de los candidatos vacunales Abdala o Soberana 02, productos de la ciencia cubana y haber aprobado el examen estatal con buenas calificaciones. Pero la doctora Nadia Laura me rectifica cuando afirmo que esta es su primera misión: “no, ya estuve en los centros de aislamiento, la diferencia es que ahora lo haré como médico y no como estudiante, es grande la responsabilidad, la emoción se vive”, dice y le brillan los ojos. Sus padres son ingenieros, y aunque es hija única, siempre apoyan sus decisiones. Así fue esta vez: “con temor, cuídate mi niña, pero al final orgullosos de mí”. ¿Serás alguna vez internacionalista?, la provoco. “No se descarta, cuando el país pida el paso al frente, yo voy a estar”. Viajo en un ómnibus lleno de jóvenes voluntarios que enfrentarán como médicos y licenciados en enfermería, por primera vez, una pandemia que se extiende exponencialmente.

Cuando llegamos a Matanzas nos espera el doctor Jorge González (Popy), quien fuera el responsable –hace ya 24 años, la edad de la doctora Nadia Laura– del grupo que buscó y rescató los restos de Ernesto Che Guevara y sus compañeros en Bolivia. Un rato después llega el doctor José Ángel Portal, ministro de salud, quien se ha instalado permanentemente en la ciudad. Los muchachos bajan conmovidos, porque durante el recorrido hasta el parque Libertad, la gente asomada a la ventana de sus casas o de paso por la calle, ha saludado, aplaudido, o simplemente ha puesto el puño en el pecho, en señal de agradecimiento. La cantidad de contagios diarios que la nueva cepa produce en Cuba es muy alta, casi tan alta como la que tuvo Italia en la primavera de 2020. ¿Es posible comparar?: a su favor, Italia cuenta con la séptima economía del mundo y una tecnología de punta (nadie bloquea su comercio y sus finanzas); pero Cuba cuenta con un sistema único y comunitario de salud y su Gobierno puede centralizar y disponer de los recursos según las necesidades del país. El Ministerio de Turismo, por ejemplo, se deshizo de un stop de camionetas compradas para uso de sus empresas, las reconvirtió en ambulancias y las envió a Matanzas. Pero también están los seres humanos, los doctores formados para el servicio público y no para el lucro individual. Desde hace casi un mes se encuentran en la ciudad, por cierto, los doctores Julio y Carlos, quienes antes estuvieron al frente de las brigadas médicas cubanas en Italia entre otros muchos internacionalistas que ahora responden al llamado de la Patria.

Los muchachos siguen y quedo con tres jóvenes periodistas (dos de ellos, aún estudiantes), que han viajado también, porque son matanceros y sienten la necesidad de apoyar a los suyos. En la tarde, estamos reunidos con Adonis en las oficinas del periódico Girón, cuando empezamos a escuchar noticias de que la contrarrevolución intenta salir a las calles de varias ciudades del país. Hace apenas unos días el Congreso de los Estados Unidos aprobó una nueva partida millonaria para la subversión en Cuba. Sus peones acá no han pedido el cese inmediato del bloqueo, que en tiempos de pandemia se torna genocida, sino la apertura de un “corredor humanitario” que posibilite la intervención estadounidense; pretenden convertir al agresor del pueblo cubano en su salvador. El olor del dinero alienta. No puedo esperar y salimos hacia el lugar de los hechos en Matanzas. Ya no soy periodista (nunca, en ninguna parte, he sido ni seré observador), ahora soy un revolucionario cubano más. Nos unimos a decenas, a cientos de revolucionarios, de patriotas, que marchan con banderas cubanas. “¿Dónde está Fidel?”, grita alguien. “¡Aquí!, ¡aquí! ”, repetimos todos. Muchos vecinos nos apoyan. Otros permanecen inermes, como si la bronca no fuera con ellos, como si no estuviera en juego el futuro de sus hijos. Los mercenarios, los confundidos, se repliegan y se van. Allí estaban, en la calle, junto al pueblo, el joven Joel Queipo (de profesión físico nuclear), recién electo miembro del Secretariado del Comité Central y la joven Susely, ahora miembro del Buró Provincial del Partido. Mientras, en la zona roja de cada hospital matancero, cubano, se lucha por la vida, sin los recursos que el bloqueo nos niega, pero con el coraje sobrado del pueblo y la dignidad definitivamente conquistada.

Tomado de Cubadebate.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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