Cuba: El mejor de todos

Compartir

Por María de las Nieves Galá León

Jesús García Carnero no tiene dudas de que nació para hacer vinos. Según recuerda, fue junto a su tío, Isidoro Carnero, que se atrevió, a los 17 años de edad, a hacer el primer licor. No le fue muy bien, no tenía la dosis exacta y lo que obtuvo prácticamente fue vinagre. Pero siguió probando, descubriendo los secretos hasta lograr un néctar que fuera apetecible.

Ya casado, los botellones ocuparon cualquier rincón del hogar y el hobby ganó la comprensión y el apoyo de la esposa, Ofelia Rodríguez (con quien vivió 49 años, hasta que ella falleció) y de las dos hijas, quienes crecieron rodeadas del entusiasmo contagioso del padre.

Poco a poco, sus bebidas cobraron notoriedad entre familiares y amigos. Y cuando llegaban a su casa, ubicada de la Víbora en el municipio capitalino de 10 de Octubre, no demoraban en recibir una propuesta: “¿Quieres probar un vinito, a ver si adivinas de qué es?”. Pocos acertaban.

Durante años ha ensayado con los más disímiles productos: desde chícharos, frijoles negros, cortezas de cocos y de almendras, hojas de yuca o frutas exóticas, pues de acuerdo con su punto de vista, es posible hacer vino de cualquier cosa.

Ahora su sapiencia está en una finca en Bejucal, donde vive junto a su nueva compañera. Allí cultiva frutos y hortalizas en una pequeña parcela; sin embargo, parte de su corazón sigue en la antigua casa donde están los recuerdos y a donde retorna de vez en cuando para seguir cuidando la amplia colección de añejas botellas, algunas con más de 60 años.

De Guantánamo a La Habana

Natural de la provincia de Guantánamo, llegó casi niño a La Habana. Por su inteligencia, Jesús hubiera podido ser ingeniero, pero en sus años mozos eso representaba un sacrificio para la amplia familia: solo uno de los hijos de Manuel e Isabel, los españoles que apostaron por Cuba, pudo llegar a la universidad. Los ocho restantes, hembras y varones, empezaron a trabajar muy temprano.

A los nueve años y con solo tercer grado, el avispado niño de hermosos ojos azules, empezó de aprendiz de carpintero, oficio en el que estuvo hasta los 13 años y de forma autodidacta se convirtió en mecánico de refrigeración, que ejerció junto a uno de sus hermanos, quien tuvo un pequeño negocio antes del triunfo de la Revolución.

Luego de 1960 comenzó a laborar en la hilandería del Wajay. Ahí estaría hasta 1989, en que pasó a trabajar en una fábrica de Plásticos, ubicada en Los Pinos, también en el municipio de Boyeros. Su espíritu innovador lo llevó a dar soluciones a cuanta rotura aparecía en los procesos fabriles. Siempre hallaba el modo de “inventar” para que la producción no se parara.

Fue a inicios de la década del 90 del pasado siglo, que se vinculó a la microbrigada social, en el municipio de Diez de Octubre y ahí le dieron la tarea de producir vinos para los trabajadores de esa fuerza. Según contó en el trabajo Vinicultura, mejor sabor a la vida, publicado en la revista Bohemia en junio de 2016, fue en ese período que surgió el nombre de su vino. Un amigo le preguntó: “¿cómo vas a ponerle a tu vino?” Jesús estaba sentado en la escalerilla con la que accede a los estantes donde los guarda, y dijo: “La Escalera” y así quedó inscrito y participaría en competencias con vinicultores de todo el país.

En el referido reportaje, Jesús confesó que no tenía secretos ni escondía la fórmula de sus creaciones, y a todo el que se interesaba por aprender, le explicaba cómo hacerlo. Entre los consejos dados estaban: “mantener una estricta higiene en todas las fases del proceso; las frutas no deben hervirse, pero a cualquier otra cosa (cáscaras, semillas u hojas) hay que darle unos minutos de cocción; solamente al vino de uva se le agrega un puñado de cáscaras de la misma fruta, el resto debe fermentar limpio; siempre hay que moverlo para la derecha cuando se manipula; los recipientes de cristal deben permanecer en lugares oscuros, y la fermentación adecuada oscila entre 30 y 40 días”.

Lo que Jesús sí no presta ni permite que le toquen son sus instrumentos de trabajo, los cuales creó con sus manos: jarros, un singular embudo de acero inoxidable y hasta una batidora hecha con un motor de lavadora son parte de los pertrechos que también suman años.

Durante algún tiempo, este renombrado vinicultor estuvo vinculado al Jardín Botánico, donde apreció la diversidad de especies vegetales existentes en el lugar, algunas de las cuales logró reproducir hasta en el techo de su casa, donde creó un área de cultivo. A los amigos también le regalaba posturas de diferentes variedades de frutas y también de plantas medicinales.

Desde hace cinco años, el octogenario habanero celebra su cumpleaños dos veces: el 26 de abril, fecha en que lo inscribió su padre, y el 26 de diciembre, en la que realmente nació. Ni siquiera el marcapasos que lleva en su corazón le ha robado el entusiasmo de cultivar la tierra y los deseos de seguir haciendo y regalando sus vinos, por el simple placer de escuchar entre sus catadores decir: “Este es el mejor de todos”.

Tomado de Trabajadores/ Foto de portada: Cortesía de la familia

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

Dejanos tu comentario

A %d blogueros les gusta esto: