Cuba: Patria y vida en las mazmorras del Moncada

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Por César Gómez Chacón.

“Miren lo que me han hecho”, alcanzó apenas a balbucear Raúl Gómez García cuando su cuerpo fue lanzado cerca de Melba Hernández y Haydee Santamaría, las dos únicas muchachas que habían participado en el asalto al cuartel Moncada. Ya le habían arrancado los dientes. Sangraban sus encías, pero el poeta aún estaba vivo. Era el 26 de julio de 1953.

Investigaciones forenses posteriores cotejaron con Gómez García el cuerpo identificado como: “Cadáver No 5: Se presenta el cadáver de un desconocido que vestía camisa kaki, sin ninguna perforación de bala, faltándole en su dentadura dos incisivos centrales superiores y el primer molar superior derecho, y presenta destrucción completa del cráneo por herida de proyectiles de grueso calibre, una herida de bala de grueso calibre en la región deltoide izquierda (…) Causa directa de la muerte destrucción craneana, y la indirecta, herida por proyectil de arma de fuego.”

Un reportaje de la periodista, escritora e investigadora de los sucesos del Moncada, Marta Rojas, publicado en el periódico Granma Internacional el 24 de julio de 1996, ofrece detalles precisos de aquellos momentos de horror e incertidumbre:

Los periódicos de Santiago de Cuba publicaron la relación de militares muertos (…) El ejército tuvo en total 19 muertos y 30 heridos (…) La cifra de los asaltantes fallecidos (casi todos asesinados) aumentó de 33 el primer día a 43 el segundo, y así progresivamente. El día 27 todavía no se habían dado los nombres de los revolucionarios caídos (…)

Hasta el día 28, el único de los revolucionarios que asaltaron el Moncada, cuyo cadáver había sido identificado, era Renato Guitart. Se trataba del único residente en Santiago de Cuba que participó en el asalto a la segunda fortaleza del país (…)

El levantamiento de los cadáveres se verificó en dos etapas; las fuerzas armadas recogieron los suyos al cesar el tiroteo; los 33 primeros cadáveres de los revolucionarios fueron levantados con posterioridad (…). Todos los cadáveres, exceptuando el de Renato Guitart -reclamado por sus padres, residentes en Santiago-, se introdujeron en cajas rústicas de madera, sin forro, ni pintura, y se enviaron al Necrocomio del cementerio de Santa Ifigenia, en una rastra (…) El examen de los cadáveres, por parte de los forenses, se realizó con gran valentía (…)

En vista de que las heridas apreciadas en los cadáveres de los revolucionarios que asaltaron el Moncada, eran mortales por necesidad, los médicos forenses, después de examinarlos exhaustivamente, prescindieron de la autopsia, pero consignaron, en los certificados el estado deplorable de cada uno, la localización y grado de las heridas, las contusiones y mutilaciones que presentaban, así como las ropas que vestían. Muchos de ellos llevaban debajo del uniforme ropas de enfermos. Se trataba de aquellos que se refugiaron en las salas del Hospital Civil donde los hicieron prisioneros, para después darles muerte, en horrendos asesinatos, en el Moncada.

La madre de Raúl Gómez García, como la mayoría de las familias de los moncadistas, sufrió demasiados días de incertidumbre hasta saber el destino final de su hijo. En una entrevista que ofreció precisamente a Marta Rojas para la revista Bohemia muchos años después, Virginia García recordó:

“… aguanté a mi gente para que no fueran allá para averiguar nada, que había que esperar porque yo pensaba: si se ha salvado por algo y ha podido salir, el que vaya allí a preguntar lo va a hundir a él y se va a hundir el que va, y aguanté.”

Seis días después del asalto, Virginia envió finalmente a una de sus hijas a Santiago. Por medio del abogado de Jesús Montané ésta recibió un papelito que decía: “El pobre Gómez García falleció.” Así fue como la familia tuvo la noticia de su muerte.

“El SOS Cuba” que nadie quiso escuchar

El 10 de marzo de 1952 Fulgencio Batista dio el último golpe de estado en la caricatura de república nacida bajo la bota yanqui, el 20 de mayo de 1902.

Esa misma noche, Raúl Gómez García, golpeando duro las teclas de su vieja maquinita –como recordó años después Virginia- redactó las más de quince páginas del artículo Revolución sin Juventud, un manifiesto político de su época:

Sobre alegrías han de levantarse los pueblos y no sobre dolores. Después del sacrificio de la historia, la libertad democrática ha de coronar el esfuerzo de los hombres y no la mengua y el desprecio de su propia condición. Con el pecho agitado, en el ahogo mudo de la palabra buena, en esta hora aciaga de la patria de Martí, venimos a decir verdades justas sobre las circunstancias y los hechos. No nos anima el virus incapaz de un odio inútil, o el impulso temerario de un corazón joven que sueña y fructifica sin fronteras. Nos impulsa la fe del buen cubano ante las fuerzas nobles del espíritu, las ansias cívicas y la virtud sencilla de un pueblo hermoso.”

(…) Calle el pensamiento antes de sentirse encarcelado entre las paredes de las bayonetas… Enmudezca la voz antes que venderse, rendirse o humillarse… Paren los brazos si no han de llevar el pan a nuestras madres con honradez y con confianza… ¡Deténganse los corazones si sus latidos son al compás de un régimen traidor…!”

Sin haber dormido en toda la noche, el joven salió al amanecer con el manuscrito bajo el brazo. Cual alma en pena deambuló todo el día por las calles de La Habana. Ninguna imprenta, ningún periódico, nadie quiso asumir su publicación.

Desde aquel 10 de marzo, hasta el triunfo de la Revolución, el 1ro de enero de 1959, la dictadura de Fulgencio Batista convirtió a La Habana y Varadero en el destino preferido de millonarios y mafiosos norteamericanos. Casinos, burdeles cabarets, clubes exclusivos, mucha luz, oropel y publicidad mantenían a la sombra las villas miseria, territorios de chulos y bandidos de la peor calaña, donde vivían las prostitutas y morían los niños de enfermedades curables.

Nadie supuso que Cuba necesitaba algún socorro internacional. La mayoría del país, salvo honrosas excepciones, era campo, marabú y latifundios. El vasto paisaje rural se complementaba con los cementerios a las orillas de los caminos, destino final de aquellos enfermos que no llegaban con vida al médico o al curandero más cercano. Yuca y boniato era la dieta diaria de miles y miles de familias campesinas cubanas. El hambre y la muerte se daban la mano y paseaban entre cañaverales y palmeras. Nadie vino a socorrer a nadie.

Sólo la guardia rural acudía presta a quemar bohíos, desalojar guajiros, a robar y robar en cuanto negocito debía “proteger”. Y a matar sin dar cuenta a nadie.

La dictadura real, constante y sonante, en los ululares de las sirenas de día y de noche, o a la sombra tenebrosa de los cuarteles donde se torturaba y mataba, sin juicio y sin prejuicio, parecía invisible a los ojos del mundo.

Cualquier intento o idea por enfrentarla, amanecía cada mañana en los cuerpos asesinados de decenas de jóvenes tirados en las calles de las ciudades y en las cunetas de los caminos.

El poeta y periodista de la Generación del Centenario amaba a su familia y sufría por Cuba. Con sus hermanos de lucha clandestina, arriesgaba mucho más que su vida, al dirigir y redactar los periódicos Son los mismos y El Acusador, cascabeles y látigos contra la dictadura.

En su casa, poniendo en riesgo la seguridad familiar, Gómez García instaló uno de aquellos mimeógrafos donde se imprimían por cientos los encendidos ejemplares.

En medio de todo el ajetreo y los peligros, el joven revolucionario vivió varias pasiones idílicas, pero ninguna superaba su amor a la Patria.

La noche del 2 de junio de 1952, cuando el último ejemplar de Son los mismos salía con la tinta fresca a la calle, el poeta escribía una carta a su novia Liliam Llerena:

Estoy viviendo estos días como de fiesta en mi interior, como un regocijo sano de ver como se empieza a cumplir la meta de mi vida. Esta alegría debe ser tuya también… (es la alegría sincera del que ama el sacrificio por un ideal justo y por “la dignidad plena del hombre (…)

¡Sublime torbellino del amor! Te necesito sí. Mentiría si no te lo dijera. Necesito tenerte entretejida en las fibras de esperanza que retiene mi ser… necesito volver a buscarte para darte un “buen beso” y decirte con él todo lo que tengo para ti de quieto, dulce, melancólico y triste. Reír contigo es para mí reír. Reír yo solo es para mí: llorar!!

Créeme. Si la lucha ante el sol me endurece la voz para ti, si la fiebre de tener un mañana me devora mi Hoy… si la esperanza de vivir en calma me consume en el torrente intranquilo… Tú eres mi Hoy y mi mañana… mi calma… mi última y más distinguida meta…: mi Felicidad!!…” (*)

Tirado en el suelo en las mazmorras del cuartel Moncada, bañado en su propia sangre aquel 26 de julio de 1953, Raúl Gómez García debió clamar en silencio “Patria y vida”. Mientras le arrancaban a golpes lo que le quedaba de una y de la otra, el poeta enamorado supo cumplido su mayor anhelo: morir por Cuba, como Martí. Y en ese mismo instante comenzó a vivir.

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(*) Se respeta la redacción original.

Tomado de Cubadebate / Foto de portada: Archivo Cubadebate.

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Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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