Estados Unidos y el 11 de septiembre: Una mirada a la historia y la cultura veinte años después

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Por Jorge Hernández Martínez

Los actos terroristas perpetrados el 11 de septiembre de 2001, introducen jalones en la historia contemporánea de Estados Unidos, propiciando brotes de intolerancia que conducen a períodos oscuros, en los que se entroniza la cultura política de la violencia como recurso de “salvación” ante problemas cuya envergadura, supuestamente, pone en peligro la estabilidad, la gobernabilidad o la seguridad de la nación. Es oportuno reflexionar sobre ello a partir de su vigencia o legado, atendiendo a las experiencias acumuladas durante el período transcurrido, de veinte años, prestando atención entre la diversidad de dimensiones a examinar y de posibles ángulos analíticos en su abordaje, a aspectos de la historia norteamericana, de ayer y de hoy, que explican la naturaleza de dicha cultura y permiten comprender el proceso político-ideológico  con que Estados Unidos inicia el año en curso, con el escenario que sigue a la contienda presidencial de 2020 y se extiende hasta el presente.

A la luz de lo acontecido, sin desconocer la violencia implicada en los estremecedores atentados de ese día y sin perder de vista las connotaciones del terrorismo, que le hacen repudiable e injustificable, es oportuno retener, dada su recurrencia como pauta, la no menos reacción violenta del gobierno de George W. Bush,  que desata la paranoica atmósfera doméstica y la operación bélica intervencionista en Afganistán, cínicamente denominada ¨Justicia Infinita¨, orientada a encontrar a los autores del siniestro, y  la ulterior intervención en Irak, con el pretexto de hallar armas de destrucción masiva. Con ello se puso de manifiesto la visceral naturaleza intransigente de la ideología dominante en Estados Unidos, compartida desde el punto de vista partidista por demócratas y republicanos, en términos ideológicos por conservadores y liberales, dado el fondo clasista común, patrimonio de la burguesía norteamericana, que impregna el universo cultural y en buena medida, contamina el imaginario popular. Los componentes aludidos –la intolerancia y la violencia– se entrelazan históricamente en una especie de amalgama que contribuye a dar cuerpo a la cultura política nacional, troquelada por las circunstancias e imperativos que de manera peculiar condicionaron la evolución del colonialismo, el capitalismo y muy especialmente,  del imperialismo en Estados Unidos.

Los atentados que destruyeron las célebres torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York, y una parte de las instalaciones del Pentágono, en Washington, removieron a la sociedad norteamericana,  conmovieron a la opinión pública mundial  y marcaron las relaciones internacionales con un acontecimiento, en su escala, sin precedentes.

Como expresaría con razón Noam Chomsky, no se trataba de que fuesen hechos criminales inéditos, en tanto existían antecedentes similares en el pasado, basados en el ejercicio de violencia desbordada, o aún de mayor alcance. Acciones genocidas promovidas por la política hegemonista, de doble moral, de Estados Unidos, como los bombardeos de la administración Clinton en Sudán, o  con anterioridad la prolongada guerra contra Vietnam y la del Golfo Pérsico,  confirmaban el criterio del intelectual norteamericano.

El impacto brutal, inesperado y trágico de los atentados se hizo presente, como lo conoció el mundo mediante las imágenes trasmitidas de inmediato, reproducidas múltiples veces, que reflejaron el aciago acontecimiento en pleno desarrollo, en tiempo real, al mostrar el momento en que los vuelos 11 y 175 de American Airlines se incrustaran respectivamente, a las 8:47 am, a la altura del piso 94 de la torre norte del World Trade Center, que colapsó a las 10:28 am, y entre los pisos 78 y 87 de la torre sur, a las 9:03 am, que se desplomó a las 9:50 am. A una velocidad de más de 600 kilómetros por hora y con los depósitos de combustible con más de 25 mil litros, es decir, casi llenos. Como se reflejaría en la prensa mundial y en los análisis políticos, se trató, literalmente, de dos bombas únicas en su tipo y uso, compuestas de aviones comerciales  con personal civil a bordo, dirigidas en contra de población inocente, como sus  víctimas y blancos directos, y concebidas cuidadosamente como cargas mortales cuyo propósito era derrumbar ambas edificaciones. Paralelamente a esos ataques, el vuelo 77 de la misma aerolínea caía a las 9:39 am sobre uno de los costados del Pentágono, destruyendo por completo uno de sus cinco muros, y a las 10:10 am, el vuelo 93, también de American Airlines, presumiblemente dirigido contra la Casa Blanca o el Capitolio, se estrelló en un campo en el sureste de Pittsburgh, en el estado de Pennsylvania, al parecer durante el intento de los pasajeros por arrebatar el control a los secuestradores.

Más allá de que, ciertamente, Estados Unidos fue herido, como país, en dos de los  símbolos más sensibles y representativos de su vida nacional, el hecho fue un duro golpe al sistema vigente y a las políticas que con impunidad y barbarie se habían promovido a lo largo del proceso de desarrollo histórico del capitalismo premonopolista y del arribo a la fase imperialista, desde el siglo XIX y el XX, mediante acciones invasivas, de despojo y sometimiento, neocolonial e imperial: el centro financiero por excelencia del capitalismo norteamericano y mundial, y la sede de su aparato militar. Las consecuencias del ataque, de una descomunal fuerza destructiva, contra las principales insignias del poderío norteamericano, desestabilizó en varias formas la vida cotidiana y la confianza en los valores fundacionales y mitos de la nación. Perturbó la sensación histórica de seguridad y estabilidad que rodeaba la dinámica consuetudinaria del american way of life.

Los edificios del World Trade Center, en el corazón de Wall Street, y el peculiar edificio de cinco lados, representativo del complejo militar-industrial, reflejaban con singularidad la idea de excepcionalismo generalizada en Estados Unidos. El líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, posteriormente ejecutado bajo la Administración Obama con una acción de fuerzas especiales norteamericanas, se atribuyó la responsabilidad de los ataques terroristas, dejando claro el pase de cuentas y abonado el terreno para la siembra y la cosecha  del odio contra el mundo musulmán, para el recelo contra inmigrantes y extranjeros, en sentido más amplio, alimentando antecedentes y tradiciones

En resumen, se trató de ataques a símbolos del poderío mundial de Estados Unidos y, hasta cierto punto, de la cultura norteamericana. Se cometieron contra centros simbólicos y reales de un imperio poderoso, ante la mirada atónita y espantada de millones de seres humanos y en un momento en que Estados Unidos, país de origen y residencia de la mayoría de las víctimas, parecía constituir una fortaleza inexpugnable y cuando su gobierno, de dudosa legitimidad, proyectaba su política internacional con singular arrogancia y unilateralismo.

En esa medida han tenido un profundo y perdurable impacto para la vida cotidiana, la psicología nacional y la cultura política en la sociedad estadounidense. A tales acontecimientos se enlazan, de forma inseparable, las ulteriores diseminaciones y ataques de ántrax,  dirigidos principalmente a los círculos gubernamentales y  a ciertos miembros del Congreso.

Todo ello contribuyó  a mantener viva la sensación de ansiedad, temor, desconfianza, a nivel de la población y de las estructuras políticas, y a alimentar los imperativos de la supuesta “defensa” de la seguridad nacional, sobre la base del argumento de la llamada guerra contra el terrorismo, con expresiones dentro y fuera del territorio norteamericano. Ello suponía constantes apelaciones a un expediente de violencia ilimitada, que   lejos de ser ajeno a la cultura nacional, se encuentra incrustado en el propio tejido socioclasista e ideológico de Estados Unidos.

En este sentido, son sugerentes algunas referencias a la historia relativamente reciente. Una mirada retrospectiva  conduce a un incidente, que pareciera olvidado, a pesar del traumatismo que conllevó. El 19 de abril de 1995, un camión-bomba, cargado con aproximadamente media tonelada de explosivos destruyó una instalación estatal en Oklahoma.  El edificio Alfred Murrah contenía numerosas oficinas federales, además de una guardería infantil, y en condiciones normales, se concentraban en él, diariamente, unos 500 empleados, sin contar los visitantes. El atentado ocasionó la muerte a 168 personas, entre ellas, niños. Ese mismo día, otros 17 edificios del gobierno norteamericano, en diferentes ciudades y  estados, recibieron amenazas dinamiteras. Varios años antes, el 29 de febrero de 1993, otra acción terrorista deterioraba, con explosivos, cinco pisos de las torres del World Trade Center, instalación que, desde luego, desde esa fecha y aún mucho antes ya poseía el mismo simbolismo que ocho años después, cuando serían destruidas: representaban el corazón del capital financiero en Wall Street. Aquél atentado, además de provocar numerosos heridos, le costó la vida a cinco personas.

Está claro que, por su magnitud,  esos acontecimientos no eran comparables a los del 11 de septiembre de 2001, si bien encajaban como acciones, según se les denominaría, antinorteamericanas. Lo sucedido ponía el dedo sobre una vieja llaga de la sociedad norteamericana. Al menos en el caso de Oklahoma, los autores eran ciudadanos estadounidenses y estaban ligados a tendencias de extrema derecha, cuya presencia tiene antecedentes en la historia nacional.

Ambos sucesos dejaban claro la existencia de grupos e individuos identificados con el terrorismo interno, así como su capacidad de ejecución de acciones violentas de destrucción masiva. Con tales historiales, está de más preguntarse si le hacían falta mayores evidencias a la sociedad norteamericana, incluido en primer lugar el Gobierno,  para preocuparse al respecto. No obstante, no sería hasta el 11 de septiembre que sería planteado el asunto desde el punto de vista de la defensa de la seguridad  nacional,  sobre todo en su dimensión interna. Y aunque no se descartaban a ciudadanos estadounidenses como posibles autores (pero sobre todo, se buscarían cómplices, bajo la certeza de que los responsables serían extranjeros), lo cierto es que ni siquiera bajo circunstancias tan críticas y conmocionantes, se colocaría encima de la mesa el fértil terreno  proporcionado por la propia historia nacional. Pareciera como si el medio propicio dentro del cual se masacró a los indios nativos, se les despojó de sus tierras y se les limitó a humillantes reservaciones,  donde se explotó a los negros esclavos de origen africano y se les sometió posteriormente a un régimen de discriminación, en el que se persiguió a sindicalistas, intelectuales, políticos e inmigrantes, por sus ideas radicales, fuese un territorio y un marco social  externo o  extraño a la sociedad norteamericana.

Una vez más, en la historia de Estados Unidos se apelaba a circunstancias favorables para responsabilizar a minorías étnicas, ciudadanos extranjeros, países subdesarrollados,  movimientos sociales progresistas, ideologías radicales, Estados nacionalistas y gobiernos antiimperialistas, de los peligros y males que aquejaban al país. Como en anteriores períodos –quizás el más cercano es el de la llamada revolución conservadora, encarnada durante tres mandatos presidenciales republicanos por Reagan y Bush, padre,   cuando se lanzó aquella cruzada anticomunista contra el denominado imperio del mal. Como lo había diagnosticado tempranamente Lenin, la superestructura del imperialismo se caracteriza por el viraje de la democracia a la reacción, en toda línea. En esta oportunidad, la política imperialista norteamericana, después del 11 de septiembre de 2001, se escudaba en la tragedia para emprender una nueva y simbólica ola de intolerancia y violencia, con bases reales, que más que ripostar procuraba superar de manera simbólica a la agresión, bajo el eufemismo de la lucha contra el terrorismo. Se aprovechó la ocasión para redefinir un “nuevo” enemigo interno y público, una “nueva” percepción de la amenaza, una vez desaparecidos los presuntos “peligros” domésticos y externos de la época de Guerra Fría.

Por encima de los lugares comunes que constituyen las realidades de que en ninguna de las dos guerras mundiales fue invadido el territorio de Estados Unidos, y de que, en rigor,  el país nunca fue escenario, durante el siglo XX, del dramatismo de la destrucción y la guerra, hay que recordar que  la única situación así conocida en la historia norteamericana sería aquella, en 1814, cuando el ejército británico ocupó la ciudad de Washington y prendió fuego al Capitolio y la Casa Blanca, en el marco de confrontación con las potencias coloniales europeas, en el siglo XIX. El enemigo actuaba ¨dentro¨ del país, pero era un enemigo “externo”.

Desde luego, tales codificaciones todavía no operaban en el pensamiento político norteamericano de modo explícito. Eran aún los tiempos en que la joven nación estadounidense pugnaba por consolidarse, cuando el signo revolucionario denotaba al naciente Estado burgués que enfrentaba la dominación colonial del Viejo Mundo. En aquél entonces, si bien la vocación expansionista estaba prácticamente esbozada desde el fragor de la Revolución de Independencia,  aún no se habían decretado el monroísmo ni el destino manifiesto como soportes doctrinales del hegemonismo hemisférico ni había comenzado el avance hacia el Oeste. Sin embargo, las consideraciones que colocaban, por ejemplo, a los indios nativos (los reales pobladores autóctonos, que ya estaban allí) y a los negros procedentes de África (esclavizados y llevados allí a la fuerza), en niveles infrahumanos que justificaban el desprecio, la sumisión y el exterminio mediante la violencia masiva, estaban prefiguradas en la cultura política estadounidense con anterioridad al advenimiento de la fase imperialista. Sus causas estaban en las peculiaridades históricas relacionadas con la colonización inglesa en América del Norte, se vinculaban a las características de su territorio y población y a la manera sui generis en que se implantaron las relaciones de producción capitalistas, el liberalismo, las tradiciones morales y religiosas europeas, en ausencia de estructuras feudales o absolutistas contra las cuales reaccionar.

Como es bien conocido, la colonización inglesa se inicia en el siglo XVII por los territorios norteamericanos en los que se establecen las trece colonias, teniendo como protagonistas a individuos que actuaban cual portadores materiales y espirituales del modo de producción capitalista, del mercantilismo, las relaciones clasistas en que estaban inmersos, la ideología política liberal y el puritanismo protestante, prevalecientes en su país de origen. Los rasgos de la Norteamérica de entonces, sin instituciones feudales, con una población india nativa cuyo nivel de desarrollo civilizatorio era inferior al de las culturas indígenas, pongamos por caso, de Mesoamérica, se traducían prácticamente en una falta de contrapeso a la carga ideológica y cultural de los colonizadores ingleses.

La  heterogeneidad socioclasista de estos últimos, junto a las difíciles condiciones de la temprana vida colonial, que exigían  gran fuerza de voluntad a los pobladores y la creciente conciencia de autonomía frente a la metrópoli británica,  propiciaron la gestación de valores que, de manera ecléctica, se irían fundiendo en el crisol norteamericano, a tono con las circunstancias encontradas y con las que se iban creando y transformando a lo largo del proceso de desarrollo de las colonias, primero, y de formación de la nación, después. En ese sentido,  tanto por acción como por reacción, se van instalando los componentes centrales del mosaico ideológico y cultural de lo que sería posteriormente la sociedad estadounidense: liberalismo, individualismo, idealismo, exaltación de la propiedad privada, sentido mesiánico, sentimiento antiestatal, apego a la tradición. De esa síntesis emergería lo que algunos autores han denominado como “el credo norteamericano”, es decir,  una suerte de consenso básico, o alto nivel de acuerdo, en relación con las formas de organizar política y económicamente la vida de la nación. Ese “credo” ha servido a lo largo de la historia como fuente de identidad de los estadounidenses, toda vez que en él se mezclan y complementan, pongamos por caso, elementos de liberalismo y conservadurismo, que en las experiencias europeas eran tendencias contrapuestas.

Con independencia de las manipulaciones recurrentes, casi constantes, de que han sido objeto, esos componentes retroalimentan, desde el punto de vista ideológico y cultural, al  modo de producción fundamental que ha conocido, durante toda su historia, la sociedad norteamericana: el capitalista, que no se ha manifestado de forma pura, sino que ha llevado consigo relaciones de servidumbre y vasallaje feudal, así como de esclavitud, estimulando autopercepciones de superioridad,  posiciones individualistas, nacionalismo chauvinista, visiones intolerantes, atravesado todo ello por una determinada predisposición al uso de la violencia, bajo condiciones supuestamente “legítimas”, avalada por la apelación necesaria que de ella hicieron los colonos, enfrentando tribus hostiles, en sus primeros tiempos,  y a los soldados de la Corona, después, en el marco de la Revolución de Independencia.

Es  ese el contexto en el que en  la sociedad norteamericana florecería el conservadurismo dentro de una matriz liberal, que afirma una concepción puritana, tradicionalista, intransigente, elitista, que nutre desde bien temprano la cultura del país y se proyecta, entre otras maneras, con una orientación reaccionaria,  contra toda tendencia que promueva cambios. Así, dentro del limitado abanico ideológico, las corrientes de derecha o conservadoras encuentran un espacio favorable para su despliegue y reproducción. Entre ellas, las conocidas como derecha radical o extrema derecha, son precisamente las de mayor beligerancia, favorecedoras de toda suerte de segregacionismo.

Podría  afirmarse que en buena medida, orientaciones ideológicas como las descritas son las que han definido prácticas como las que han dado vida a grupos de extrema derecha, como el Ku Klux Klan, la Sociedad John Birch, la Asociación Nacional del Rifle, la Fundación Nacional Cubano-Americana,  a movimientos fanáticos como los denominados “nuevo nativismo” y “derecha religiosa”, o a gobiernos como los de Ronald Reagan, George W. Bush y Donald Trump, registrándose en este último caso un destacado accionar de grupos de odio y proclividad fascista.  En esos casos, el común denominador radica en su intolerancia y en la manifestación de la cultura política de la violencia, expresadas a través de manifestaciones aberradas de racismo, nativismo, antirradicalismo, xenofobia y belicismo.

Han transcurrido veinte años de los actos terroristas contra las torres gemelas en Nueva York y una de las instalaciones del Departamento de Defensa, en Washington, y las implicaciones del hecho mantienen su presencia y trascendencia en la sociedad norteamericana, así como en el sistema internacional.

Se evidencia que aún persiste el clima de inseguridad e incertidumbre que se generalizó a partir de aquel día, en 2001, en el que perdieron la vida unas tres mil personas, y que mantienen vigencia las concepciones que impregnaron entonces la política exterior de Estados Unidos, basadas en la percepción del terrorismo como eje de las amenazas al mundo occidental.

Renacería así en ese país una atmósfera ideológica que marca, como en los tiempos de la Guerra Fría, la política interna y externa de modo muy similar a la entronizada en la década de 1950, definida por la histeria y la paranoia. Entonces, estas reacciones giraban alrededor, a nivel interno, del macartismo –con la llamada cacería de brujas, desatada contra supuestas conductas antinorteamericanas–, y a nivel externo, de la estrategia de contención al comunismo– considerado como la amenaza internacional a la democracia liberal–, que sería el soporte de la proyección mundial norteamericana durante casi cuatro decenios.

Los sucesos del 11 de septiembre constituyeron significativo un punto de inflexión en la historia reciente de Estados Unidos, con implicaciones planetarias. Desde el punto de vista ideológico y doctrinal,  se sustituirían a partir de ese momento los ejes en torno a los cuales se había articulado la política doméstica y exterior norteamericana, al reformularse la representación del enemigo que había sostenido la mencionada Guerra Fría.

Los resultados electorales de 2020 dejaron ver, en medio de no poca ni efímera incertidumbre, que junto al predominio de la votación popular y del Colegio Electoral a favor de Joseph Biden, persiste la tendencia conservadora, de extrema derecha, a la que se ha hecho referencia, nada despreciable. Ello se palpa en el respaldo recibido por Trump –con más de 70 millones de votos, seguido por la adhesión a su figura mediante movilizaciones públicas, proclives a la violencia, que se sumaron a su empeño en aferrarse a presidencia–, que aunque no consiguió impedir su impugnación con el juicio político iniciado luego de haber concluido su mandato presidencial, es expresión de una corriente en la sociedad norteamericana, apoyada en las organizaciones de la llamada derecha alternativa o desafecta, que contribuye a estimular las divisiones internas en el Partido Republicano, o a mantener vivas, al menos, las posibilidades de conformación de un nuevo partido, con pretensiones de insertarse en el proceso electoral de 2024.

Expresiones ideológicas de disgusto, apartamiento y búsqueda de opciones ante la política tradicional, sus figuras y maneras de actuar, aunque ciertamente, no tan intensas ni de virtual ruptura con las reglas del sistema político, como las que se manifestaron en el violento asalto al Capitolio, han tenido presencia anterior en la historia norteamericana, según lo muestran la década de 2000 y de 2010, en los tres resultados electorales implicados.

En los casos comprendidos entre 2008-2012, a causa del triunfo y reelección, respectivamente, de Barack Obama, un presidente de piel negra, que despertó fuertes sentimientos de racismo y nativismo, se produjo el reavivamiento de viejas conductas colectivas, a través de los existentes grupos de odio. Así ganarían espacios los neonazis, los “cabezas rapadas” (skinheads), el Movimiento Vigilante, las Milicias, las Naciones Arias, el Movimiento de Identidad Cristiana, entre otros, que hasta entonces tenían un bajo perfil, a los que se añadió entonces el naciente Tea Party, haciendo gala de no menos extremismo derechista. En 2016, resurgirían algunos de ellos, alentados por la victoria de Trump, al sentir el amparo de un presidente que les cobijaba cuatro años atrás, y la necesidad de defenderle luego, en 2020, ante la derrota electoral.

Para concluir, vale la pena reiterar que las tendencias de mayor beligerancia florecen en Estados Unidos desde comienzos del siglo en el escenario de crisis provocado por los atentados terroristas veinte años atrás, que como se ha señalado, recrearon un clima parecido al del macartismo, al definirse nuevas percepciones de amenaza que estimularon prejuicios, temores y odios, como las que surgieron contra los musulmanes e inmigrantes latinoamericanos, bajo la bandera de la lucha contra todo lo que significase antinorteamericanismo. Desde entonces, la crisis no parece abandonar el escenario norteamericano.

Los efectos han sido perdurables en términos político-jurídicos, ideológicos y estratégico-militares a partir de los cambios institucionales que tuvieron lugar, al surgir casi de inmediato, por ejemplo, la llamada Ley Patriótica, el Homeland Security Department y el Comando Norte, que antes de que concluyera 2001 y en los primeros meses de 2002, reflejaron la construcción simbólica de los “nuevos” enemigos a la identidad y la seguridad de la nación, junto a la redefinición de la política exterior en torno a la declarada lucha sin cuartel contra el Terrorismo.

El gobierno actual conmemora la tragedia de 2001 en circunstancias en las que, al mirar retrospectivamente los veinte años transcurridos, los problemas con los talibanes no se han resuelto, no se encontraron armas de destrucción masiva en Irak, y la guerra con Afganistán, aunque no se presente así por la Administración Biden, se parece a una derrota general, y ya lo es desde un punto de vista ético y político. Con Trump, la última  conmemoración anual de los atentados se produjo a la sombra de las conversaciones de paz con los talibanes, cuyo reconocimiento como interlocutores no acaba de materializarse.

La política imperialista de Trump se caracterizó por una evidente carga regresiva en lo interno y hacia el exterior, afincada en la cultura política nacional, visible en una desbordada retórica de índole populista, nativista, racista, xenófoba, misógina, con ribetes fascistas, cuya proyección internacional se resumió en las consignas America First Make Great America Again; y su manifestación hacia América Latina, se concretó en la profunda reacción antinmigrante contra México, la obsesión con la construcción del muro fronterizo, y la beligerancia contra Venezuela, Nicaragua y Cuba –ubicados dentro de la “troika” de las tiranías–, a lo que se suma su posición explícita contra toda alternativa socialista. En su visión estratégica global le concedió tratamientos específicos a cada proceso y país, pero guiado por la simbología de avanzar, en cada acción, hacia el derrocamiento de la Revolución Cubana.

La novedad atribuida a la narrativa geopolítica que servía de soporte a dicha proyección, sin embargo, es bien relativa. Trump retomaba el enfoque geopolítico bipolar, o sea, la relación binaria “amigo-enemigo”, que aplica a nuevas percepciones de amenaza. Ya no se trataba del comunismo, ni tampoco del terrorismo internacional, sino de “nuevas” potencias revisionistas, identificadas con supuestos enemigos vigentes, como Rusia, China, Corea del Norte e Irán. Así, si bien el lenguaje fijado desde el 11 de septiembre ha variado, se advierte una línea de continuidad estratégica al definir las supuestas amenazas.

Para un país imperialista no podía ser de otra manera. Ese era el enfoque más funcional a la hora de enfrentar lo que se consideraba como retos estratégicos en el mapa internacional (en su mayor parte provenientes de Estados, como los mencionados, pero también de procesos de cambio, movimientos sociales, organizaciones políticas u otros actores, considerados preocupantes) con el propósito de neutralizarlos, en función de ajustar su poderío a las nuevas condiciones. Todo se ello se organizaba en torno a los temas de significación geopolítica, como la seguridad nacional,  que ha ocupado un sitio central, abordados en estrecha ligazón con los valores del ideario fundacional norteamericano, situando la defensa de la identidad, la patria y los intereses nacionales como foco de una narrativa permanente, que con frecuencia se maquilla o disfraza, y que en ciertas etapas, gobiernos, mandatarios y estrategas de turno, se empeñan en calificar como “nuevas”, con la intención de presentarse con imágenes innovadoras, como liderazgos intelectuales o políticos trascendentes.

Con Trump se prolongaría, si bien con matices y expresiones diferentes, en un contexto distinto, el enfoque que hicieron suyo en este siglo los anteriores presidentes en su política exterior, confrontando lo que consideraban como conductas antinorteamericanas y este es un hilo conductor, más allá de los giros retóricos, que muestra la vigencia de las codificaciones norteamericanas a partir del 11 de septiembre, proyectándose contra los enemigos o peligros que en el sistema internacional rodean a Estados Unidos desde los atentados terroristas, ubicándolos en un presumible mundo hostil. Las ilustraciones más diáfanas de ello aparecen en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, en las que le anteceden –como las de 2002 y 2006, el caso de W. Bush  y en el de Obama, las de 2010 y 2015–, y en el documento que le sigue, con Biden, la Guía estratégica interina de seguridad nacional, de 2021, dada a conocer en el mes de marzo.

En este último documento se expresan elementos de continuidad con la política norteamericana en los últimos veinte años, aunque también algunas cuestiones que la diferencian de la del gobierno de Trump. Como línea general, se señala que se mantiene la intención de preservar el papel de Estados Unidos como potencia hegemónica a nivel mundial, ejerciendo un “liderazgo” más coordinado con sus aliados, y recuperando el protagonismo en el sistema de organizaciones internacionales. Se afirma que se utilizarán todas las herramientas del poderío nacional, dando prioridad a la diplomacia y la economía, preservando la condición de principal potencia militar y la opción de emplear la fuerza cuando consideren afectados sus intereses. Se mantiene la visión de que China es el principal rival a nivel global, se califica a Rusia como un contrincante estratégico, y se sigue considerando a Irán y a Corea del Norte como Estados que “desestabilizan” regiones de interés para Estados Unidos.

Al apreciar en su interrelación las proyecciones de las cuatro figuras que han ocupado la presidencia norteamericana durante los veinte años transcurridos en el siglo XXI, es posible concluir que en el caso de Biden, aún no se ha distanciado realmente, de modo significativo, de las líneas de acción de su predecesor ante determinados temas y regiones, como por ejemplo, hacia América Latina, manteniendo hacia Cuba la política heredada, aunque en el plano internacional global ha dado importantes pasos en función de restablecer las relaciones con los aliados europeos, de retornar a tratados e impulsar un enfoque multilateral, procurando desmontar la herencia de Trump.

Biden ha recibido exigencias reiteradas para que se revelen informaciones aún clasificadas sobre los atentados de 2001, en el marco del vigésimo aniversario del siniestro, usualmente realizado en la llamada Zona Cero, donde otrora se erigían las torres gemelas, convertida en monumento como lugar de homenaje a las víctimas, sin que se haya previsto esta vez un discurso.

Los atentados han sido objeto, según es bien conocido de numerosas interpretaciones, plasmadas en textos, investigaciones y materiales audiovisuales, en los que aún se duda y discute sobre la autoría, la versión conspirativa incluida, que hablaba de la autoagresión, si bien lo trascendente son las repercusiones o consecuencias  objetivas de  dichos  acontecimientos, unido a su contextualización, y como parte de ésta, el trasfondo histórico, político y cultural, que son elementos que no deben opacarse, entre  interpretaciones  mediáticas  y hegemónicas que abruman con verdades a medias y  escamotean la realidad.

Tomado de Cubadebate/ Foto de portada: Getty Images

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Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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