Tato Ayress: Con la utopía entre el humo y la metralla

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Por Andy Jorge Blanco

El día que bombardearon el Palacio de La Moneda, con Allende dentro, Tato Ayress estaba en la Escuela Experimental de Artes Plásticas, y no creyó, o no quería creer, que había muerto el presidente, hasta que vio las imágenes en la televisión. La escuela donde estudiaba se ubicaba en la comuna La Reina, en la periferia de Santiago de Chile, muy próxima a la Cordillera de los Andes. Cerca de allí –cuenta– Pinochet dirigía el golpe de Estado desde Peñalolén.

“Yo estaba aquel 10 de septiembre de 1973 en la casa del subdirector de la escuela. Sobre las 11 o 12 de la noche la atmósfera empezó a cambiar y se escuchaban rumores de movimientos de tropas. Ni dormimos casi. Por la mañana del día 11 la radio informaba de los tanques en La Moneda y se supo entonces que era un golpe militar. Muchos padres fueron a buscar a los estudiantes. Yo me quedé casi al final. Era martes, y había un día medio gris”, recuerda.

Antes de que las Fuerzas Armadas, de conjunto con el Cuerpo de Carabineros de Chile, arremetieran con saña contra el palacio presidencial, Salvador Allende habló por Radio Magallanes. Fueron sus últimas palabras. Su último día. 11 de septiembre de 1973. “Lo escuché. Todos estábamos con los pelos parados”, dice Carlos “Tato” Ayress Moreno, mientras añade, como si fueran suyas, las palabras de Allende: “Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”. Lo dice y hace silencio.

A sus 16 años, cuando ocurrió el golpe de Estado, Tato conocía a Allende. Lo admiraba. Había crecido en la comuna de San Miguel, un lugar que apoyaba las candidaturas del líder de la Unidad Popular hasta que salió presidente.

“Tengo muy fresco en la memoria su penúltima candidatura. Era un sábado, nunca se me olvida, y yo me levanté como a las ocho de la mañana. La casa tenía una escalerita a la entrada y allí me senté.

“De pronto siento un ruido de carros, eran como seis, doblan la esquina y pasa Allende, compadre. Había tremenda desolación en la calle. Venían con bocinas, haciendo la propaganda de su campaña electoral. Corrí al lado del carro donde él iba y me regaló una banderita chilena. Yo crecí en ese ambiente de lucha en San Miguel”, dice ahora, a sus 64 años, desde un apartamento del barrio La Timba, en La Habana.

Aquel martes, gris, septiembre 11, en Chile, los carros que bajaron de la cordillera no regalaban banderas. Eran tanques blindados y camiones repletos de militares que se desplegaron entre los pobladores de la comuna La Reina y empezaron a sacar a la gente de sus casas a puro culatazo.

Durante el gobierno de Allende, los estudiantes de la Escuela Experimental de Artes Plásticas hicieron 40 murales que representaban las 40 medidas tomadas por la Unidad Popular desde la toma del poder en 1970. Tato Ayress pertenecía al Frente de Estudiantes Revolucionarios, que era el ala estudiantil del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), dirigido por Miguel Enríquez.

“La escuela estaba comprometida con la izquierda y eso fue motivo para que la prensa reaccionaria de la derecha en Chile tirara todos los dardos contra nosotros, hasta que llegaron los militares y nos sacaron ese día”.

“En ese momento me dije: ‘¿para dónde cojo?’. Salimos y me refugié en casa de unos compañeros. Allí estuve una semana sin poder salir a ninguna parte porque estaba el toque de queda. Algunos compañeros intentamos seguir la lucha revolucionaria. Hicimos planes para rescatar armamento y definirnos como una guerrilla urbana. Teníamos algunas granadas y escopetas hechas a mano, pero… ¡qué va!.

“Dada la situación, nos dimos cuenta que era una locura. Nos iban a coger, y nada más que supieran que tenías una granada, eso era fusilamiento al acto. Quien se resistiera –decían en la radio y así era– iba a ser bombardeado o fusilado al momento. Las pocas armas que teníamos las tiramos en un baño colectivo porque si allanaban una casa y encontraban eso, imagínate. Después comenzamos a saber de los secuestros, los desaparecidos y los campos de concentración”.

En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, un operativo de la temible Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) llegó a su casa en San Miguel. Buscaban a su hermana Nieves, vinculada a un grupo del Partido Socialista, en cuyas filas se infiltraron varios agentes de la derecha más radical de Chile, incluso antes del golpe.

En las camionetas estacionadas a la entrada de la casa, había dos personas detenidas, con los ojos vendados. Eran amistades de la familia. Al esposo de una de ellas lo habían asesinado como parte del Plan Leopardo, diseñado por el general Sergio Arellano Stark, el mismo que dirigió la Caravana de la Muerte, cuando fueron por todo Chile fusilando gente. En 17 años de dictadura, hubo más de 40 000 víctimas.

La DINA buscaba a su hermana Nieves, pero se llevaron también al padre y a Tato. Los lanzaron a la camioneta, les taparon los ojos, y con los pies y manos amarrados empezó el recorrido hacia el primer campo de concentración en el que estuvieron: Londres 38, una casa clandestina en el centro de Santiago de Chile.

“Nos desnudaban a los tres. Me decían que yo tenía que violar a mi hermana. Te metían palos por el ano, te amarraban los pies, los brazos, los testículos con cables y te daban corrientazos. Abusos sexuales con mi hermana. Y cosas así…”, cuenta Tato Ayress y se obliga a dejar de enumerar las torturas. Hace una pausa, como si quisiera olvidarlo todo, y sentencia: “Nosotros estamos vivos de milagro”. Tenía 16 años. Era casi un niño.

En la prisión, aprendió a tocar guitarra. Es fácil descubrir su aire trovadoresco, sobre todo si se le mira a las manos, de uñas largas en la derecha y recortadas en la izquierda. “Calle Londres, cuántas vidas separadas, dónde están nuestros hermanos, dónde están los que lucharon, sus presagios convocaron al nuevo canto”, dice la letra de una de sus canciones.

Como prisionero de guerra junto a su padre y su hermana, a Tato Ayress lo trasladaron durante tres años a seis campos de concentración, distribuidos por todo el país: Londres 38, Tejas Verdes, Estadio de Chile, Chacabuco, Puchuc Cabi y Tres Álamos. Cuenta que tenían la misma estructura de los de la Alemania Nazi, con sus torres y torretas, el alambrado, las minas al medio… “Allí la palabra de orden era sobrevivir”, agrega.

Campo de concentración de Puchun Cabi, durante la dictadura de Pinochet. Foto: Cortesía del entrevistado.

“En Tejas Verdes las torturas eran de un desgastamiento físico, moral y espiritual muy grande. Todo te lo hacían para aniquilarte mentalmente. Hay gente que no resistió y se volvió loca. Yo los vi. Es duro. En la celda me ponía a contar las tablas y las puntillas para mantener la mente ocupada en algo. Pero en eso sacaban a un compañero y lo regresaban hecho mierda. Tuve compañeros que les sacaron las 10 uñas. A otros los asesinaban. Y eso te descompensaba.

“A mi hermana la violaron, acabaron con ella, no podía caminar porque le fracturaron las piernas y los brazos. Yo recuerdo que cuando nos bajaban de los camiones a ella la envolvían en una frazada y la cargaban entre dos soldados. Así la llevaban a la celda.

“Yo estaba completamente negro. Mientras nos desnudábamos nos caían a latigazos y para esperar por tu turno te ponían en puntillas con los brazos amarrados detrás y la cabeza dentro de un hueco, de pie. Eran horas así. Yo decía llorando ‘¡no doy más, no doy más!’”.

En Tejas Verdes la escena era surreal. A los prisioneros los torturaban en un subterráneo y arriba, en el club social de los militares, se escuchaba música. Debajo los gritos y el llanto. Arriba el canto y la risa.

“Recuerdo una vez que estaban poniendo a Nino Bravo y aquella canción: ‘Dicen que la alambrada solo es un trozo de metal’. Y abajo torturándonos, compadre.

“Me pusieron en una cama que le decían el potro. Me amarraban los brazos y los pies, y aquella cama tenía unas palancas con las que comenzaban a estirarte por ambas extremidades. Yo decía por dentro: ‘¡me van a partir por la mitad!’. Nos metían hasta en tanques con mierda”.

Una de las canciones de Tato Ayress dice: “Por los 70’ tocábamos guitarra, con la utopía entre el humo y la metralla, luego el exilio, apagaron la palabra, acallaron la guitarra, Víctor Jara”. Ahora, sentado en una silla, 48 años después del golpe y de tanta tortura, añade: “Cuando uno tiene convicciones bien arraigadas, si te llega la hora jodida uno asume”. Así también lo hizo Jara, pero lo asesinaron en el Estadio Nacional que hoy lleva su nombre.

Tato Ayress Moreno pudo salir de Chile en 1976 junto a su padre, luego de ser torturados durante tres años por la dictadura de Pinochet. Foto: Cortesía del entrevistado.

“Salir de Chile era difícil. Mi mamá hizo muchas cartas y denuncias al Papa, a la Comisión de Derechos Humanos, las Naciones Unidas, y fue muy perseguida por eso. Nuestro caso fue conocido mundialmente por todas las barbaridades que hicieron con nosotros. Después empezaron a cerrar lugares de detención. Mi papá y yo fuimos de los últimos presos de Tres Álamos. Gracias a la presión internacional aparecimos en una lista y salimos en libertad en 1976. Fue una tarde, casi oscureciendo. Ya en la calle uno tenía ese síndrome de la persecución. Yo estaba asustado. Todo el tiempo me preguntaba: ‘¿Qué me va a pasar ahora?’.

Tato tiene cinco hermanos. Tras el golpe, uno de ellos se asiló en la embajada de Italia, tres huyeron a Argentina y después viajaron a Cuba. Nieves seguía en prisión.

“Pasaron seis meses hasta que salió nuestro viaje por Naciones Unidas. Nos fuimos mi papá y yo para Italia. Pero mi hermana seguía presa y mi mamá tenía que ocuparse de ella. Salieron poco después del país”, recuerda Tato Ayress y agrega que meses después viajaron juntos a La Habana, en mayo de 1977. “En Cuba me afinqué, y me fui aplatanando”, dice y, por dura que le haya sido la vida, Tato Ayress sonríe.

La Isla lo recibió como refugiado de la dictadura de Pinochet. Aquí estudió Artes Plásticas en la Escuela Nacional de Arte y luego en el ISA. Y como rara vez un artista sabe hacer una sola cosa, también es parte del movimiento de la nueva trova. Fundó el grupo musical Guaicán. Conoció a Noel Nicola, Silvio, Pablo, Gerardo Alfonso, Frank Delgado, Vicente Feliú. Tuvo dos hijos y volvió a Chile, cuatro años después del fin pinochetista. Pero “siempre mis recuerdos regresaban a La Habana”, tararea. En Cuba dirigió la Casa Memorial “Salvador Allende” durante diez años.

En su apartamento en La Habana hay una bandera del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), una pequeña pegatina en la pared de la cocina. Tato Ayress Moreno reafirma que después de 48 años, las imágenes de aquellos años no se borran de la conciencia.

“Ahora mi hermana y yo presentamos demandas que pronto se discuten en los tribunales. Hace dos años fui a Chile, a un cara a cara con mis torturadores. Yo decía todas las barbaridades que me hicieron y los tipos como si nada, no reconocían nada. Que te lo sienten delante de ti después de tantos años… En la cárcel de Punta Peuco están los que nos torturaron, los principales jefes de la DINA. Son tipos que tienen casi 80 años”, cuenta.

Otra de sus canciones dice: “Escribiendo en caminos en celdas del tiempo, sus heridas enseñan que el honor no es un juego”.

Chacabuco, uno de los seis campos de concentración por los que pasó Tato Ayress en Chile. Foto: Cortesía del entrevistado.
Cuarenta años después de las torturas, Tato Ayress visitó el campo de concentración de Chacabuco. Foto: Cortesía del entrevistado.
Mural de Tato Ayress. Foto: Cortesía del entrevistado.

Tomado de Cubadebate/ Foto de portada: Andy Jorge Blanco

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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