A 20 años de la rebelión popular en Argentina: Un imaginario (todavía) en disputa y un proyecto emancipatorio (todavía) por venir

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Por Diego Saiegh.

Mucha agua ha corrido debajo del puente desde aquellos “tiempos extraordinarios” de efervescencia e insubordinación social frente a lo instituido. Mucho se ha escrito, analizado e interpretado también sobre aquella gesta y hoy a 20 años y, como suele suceder con fechas “redondas”, vuelven a proliferar análisis intentando no sólo rememorar, sino también encontrar aquellas claves que nos permitan situar nuestro presente de cara a ese legado y a posibles perspectivas hacia adelante. Este trabajo no es la excepción y las líneas a continuación intentarán “colarse” dentro de ese entramado de reflexiones, aunque más a modo de algunas ideas desordenadas que tratarán de tirar del hilo sobre algunos ejes puntuales que, a nuestro criterio, son de una actualidad importante para seguir configurando un campo emancipatorio para los tiempos que corren.

Los hechos son conocidos, no ahondaremos en ellos, pero sí se nos hace imperante volver a rescatar el carácter procesual que decantaron en aquellas jornadas, perfilándose aquel 19 y 20 del 2001 y parte de lo que vino después, como el momento bisagra de exposición y desarrollo “visible” en la cancha grande de la escena política, de toda una serie de experiencias, luchas y fenómenos que se venían cociendo a fuego lento y por abajo en el intrincado camino que significó la resistencia al período de profundización de las políticas neoliberales. No fue un hecho aislado, desde hacía tiempo venían produciéndose experiencias de impugnación en distintas partes del mundo, como el “Caracazo” del `89, el levantamiento zapatista del `94 y la “batalla” de Seattle del `99 entre otros. El “Argentinazo” entonces, amén de sus características particulares, formó parte de un contexto global que ponía sobre la mesa, no sólo el agotamiento del llamado “Consenso de Washington”, sino además de todo un conjunto de formas y perspectivas de lucha y orientación que post caída del muro de Berlín, se demostraron ineficaces para oponer un antagonismo radical al sistema capitalista, así como refractarias también a contener a los nuevos paradigmas de praxis contestataria que la emergente generación de nuevas militancias venían procesando.

En realidad, más que nuevos, se podrían plantear como “reelaborados” paradigmas, ya que muchas de las concepciones que se fueron esgrimiendo al calor de las intensas luchas e instancias de reagrupamiento, ya tenían una carga histórica de significación proveniente de ciertas tradiciones político-emancipatorias no dogmáticas y libertarias. Autonomía, democracia directa, acción directa, construcción de base, antiburocratismo, independencia de clase, critica a la forma partido tradicional, prefiguración, horizontalidad y otras, fueron la plataforma sobre la que se fue gestando la nueva radicalidad y que en nuestro país venían tomando impulso desde mediados de los `90.

Efectivamente, amén del cuestionamiento sobre el quién y el cómo nos representan, hubo un quiebre en la manera de imaginar la articulación de la vida social y la resolución de nuestros problemas y en eso, en las formas político-institucionales de llevar delante esos menesteres. Quiebre que implicó una crítica radical entre otras instituciones, a los partidos, a la burocracia sindical y fundamentalmente al Estado (no ya sólo a tal o cual gobierno) como condensador de lo público y espacio considerado privilegiado de lo político. El derrumbe de la durante años arraigada cultura estatal-paternalista producto del avance neoliberal en sus facetas económicas, políticas y también culturales, fue cocinando el caldo de cultivo de otra representación imaginaria por la cual un sector importante de la población comenzó a plantearse la posibilidad de otras formas de intervención y resolución de los temas que incumben a una sociedad toda. La política retornaba a su condición social desalienada y se expresaba en los barrios, en las plazas, en las calles, autoorganizada y en situación expectante de automovilización permanente.

Asimismo, y entre otros factores, la fetichización de ciertas concepciones y de ciertos repertorios de acción, la relación conflictiva con aquellos espacios políticos de la izquierda tradicional todavía imbuidos en viejos paradigmas y las loas a una diversidad demasiada “hibrida” redundando en cada vez mayores niveles de fragmentación con poca perspectivas de articulación política, fueron a su vez, otros de los trasfondos que redundaron en limitantes que fueron socavando las posibilidades de construcción de esa capacidad autogestiva prematura y que hicieron que la vapuleada clase dominante se reagrupara, tome algunas demandas históricamente reivindicadas, se lavase la cara y opere sobre el vacío abierto apuntalando sobre uno de los costados de la ambivalencia social que procuraba una vuelta a la “normalidad”.

Por supuesto que esto tampoco fue lineal. Necesitaron también demostrar su más feroz cara represiva y asesina, y a los muertos del 19 y 20 y a los distintos amedrentamientos que continuaron después, le siguieron los asesinatos de Darío y Maxi en el puente Pueyrredón en un intento de disciplinamiento de los movimientos sociales con mayor dinamismo en aquella etapa. Por supuesto que tuvieron un costo político, ya que el repudio sobre este hecho criminal perpetuado desde las esferas más altas del poder, incitó a que sectores que habían entrado en un reflujo se volvieran a movilizar, por lo que tuvieron que lanzar una convocatoria apresurada a elecciones, si bien sabiendo del desprestigio y el desinterés que éstas podían concitar, pero también sabiendo que ese dispositivo condensaba cierta demanda de orden y paz social y podía reestablecer, aunque con algunos retoques, la institucionalidad dominante frente al todavía entreverado, disperso y multiforme escenario de espacios antagonistas. Y efectivamente, eso sucedió. Y así, con un nuevo gobierno en el 2003, se cerraban los “tiempos extraordinarios”.

Pero claro, como toda tendencia no resuelta, su impronta está tironeada entre distintas perspectivas que buscaran canalizarla en favor de objetivos que poco tienen que ver con una orientación hacia la trasformación radical del estado de las cosas. Y es aquí entonces, desde donde se enmarca un escenario de disputa abierta frente a los alcances y perfilamiento de ese entramado de significaciones que hoy, aunque en un contexto distinto a aquel 2001, y con materialidad dispar, sostenemos que sigue persistiendo. Esta situación plantea e interpela a quienes nos situamos desde perspectivas emancipatorias desde abajo y con intención de retomar y profundizar el legado de incipiente intento de autoinstitución popular dejado por aquel “Diciembre del pueblo”, a tomar este eje de disputa con la importancia que se merece, habida cuenta que sectores reaccionarios e integracionistas de distinta índole también operan, como hemos dicho, en ese mapa tensional. Unos para ampliarlo hacia posiciones ultraliberales y de ultraderecha y otros para desactivarlo a los fines de seguir reproduciendo el statu quo estatal-capitalista, pero desde una tónica “progresista”, romantizando algunos rasgos de aquella gesta, pero anulando aquellos aspectos verdaderamente disruptivos que puedan seguir siendo fuentes de las actuales luchas.

Disputar ese imaginario todavía latente entonces, se presenta como desafío insoslayable para los tiempos que corren, para lo cual se hace necesario indefectiblemente, reconstruir un proyecto político que recupere lo mejor del legado “dosmilunesco”, que se plantee críticamente abordar y superar las falencias propias de aquel estadío embrionario, pero también del derrotero que siguió parte de ese campo que supo ser parido en ese período convulsionado pero prolífico de nueva experimentación social llamado izquierda independiente, fundamentalmente aquella devenida luego o autoproclamada como “izquierda popular” que, en nombre de la “maduración política”, confundió táctica con estrategia, Estado con Institución (y en eso estatalismo ramplón con institución de nuevo tipo), construcción de poder y vocación transformadora con “vocación de poder”, que compartimentó más allá de lo discursivo, lo social y lo político y que entendió que interpelación frente al heterogéneo mundo popular y relación dialéctica con lo instituido, se resuelven con pragmatismo absoluto, integración y subordinación a lógicas funcionales al posibilismo y al malmenorismo y por ende reproductoras del sistema.

Por esto, y resumiendo, la disputa necesaria por ese imaginario en los términos del rescate de la capacidad de autoinstitución social devendrá de la mano del también necesario relanzamiento de una nueva cultura emancipatoria que desplegada desde la reanimación bajo otros bríos, de ese campo de izquierda “por venir”, procure alentar procesos de construcción contrahegemónicos, teniendo como norte la superación y no la adaptación a los moldes de lo ya conocido. “Madurar” políticamente, no debiera ser actuar “administrativamente” sobre lo dado, sino impulsarse –aunque muchas veces a tientas y seguramente también dándose muchos golpes- sobre lo que nunca ha sido.

Tomado de Resumen Latinoamericano Argentina/ Fuente: Contrahegemonía.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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