Argentina: A 44 años del secuestro de Esther Ballestrino de Careaga, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo

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Entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977 en la Iglesia Santa Cruz, del barrio porteño de San Cristóbal fueron secuestrados por la última dictadura militar argentina un grupo de religiosos y laicos, entre ellos las fundadoras de la organización de Derechos Humanos Madres de Plaza de Mayo Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco.

La monja francesa Alice Domon y los militantes Ángela Auad, Gabriel Horane, Raquel Bulit y Patricia Oviedo que reclamaban por la aparición de sus familiares secuestrados por el gobierno de facto y “marcados” por el represor infiltrado Alfredo Astiz, también fueron secuestrados. Ese mismo 8 de diciembre secuestraron a Remo Berardo en su casa, y a Horacio Aníbal Elbert y José Julio Fondevila en un bar. El plan terminó el 10 de diciembre de 1977 con el secuestro de Azucena Villaflor y la monja francesa Léonie Duquet.

Al cumplirse un nuevo aniversario del «secuestro de los 12 de Santa Cruz», desde Resumen Latinoamericano queremos homenajear a Esther Ballestrino de Careaga, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, volviendo a traerles parte de una publicación que hemos realizado  en su memoria  en el Día del Detenido Desaparecido.

Esther Ballestrino nació en Paraguay en enero de 1918. Se recibió de maestra normal y luego de doctora en bioquímica y farmacia. Muy joven organizó del Movimiento Femenino del Paraguay y fue su primera secretaria. Se radicó en Buenos Aires en 1947 donde continuó sus labores de solidaridad con los Paraguayos exiliados por su oposición a la dictadura de Stroessner. Se casó en Argentina con Raymundo Careaga también paraguayo y tuvo tres hijas. Esther y su esposo adherían al Partido Revolucionario Febrerista (PRF) de Paraguay.

En 1976 dos de sus yernos Manuel Carlos Cuevas e Ives Domergue desaparecieron, y en 1977 su hija Ana María fue desaparecida. Esther comenzó a trabajar con otras madres de detenidos-desaparecidos, fue una de las principales fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. Colaboró con Familiares y con la Liga Argentina por los Derechos del Hombre.

Continuó este trabajo aún después que su hija Ana María retornara del campo de concentración El Atlético, donde fue vilmente torturada durante cuatro meses aunque estaba embarazada. Ana María y sus hermanas se refugiaron en Brasil y luego en Suecia, y aunque Esther fue con ellas luego regresó. Las otras madres le pidieron que se fuera, ya que ya había encontrado a su hija y su labor era muy peligrosa. Pero ella contestó «¿Y los otros? Mi obligación es estar acá. Voy a seguir hasta que los encontremos a todos».

Esther fue secuestrada el 8 de diciembre de 1977 junto a 11 familiares de desaparecidos que se reunían en la Iglesia de Santa Cruz, después de ser señaladas por Alfredo Astiz, un oficial de la Marina que había infiltrado a las Madres haciéndose pasar por familiar de desaparecido.

La operación fue realizada por el Grupo de Tareas 3.3.2,  formado por oficiales y suboficiales militares que dependían del Servicio de Inteligencia Naval –SIN- de la Marina de Guerra Argentina, dedicados al secuestro, tortura y robo de bienes de los detenidos ilegales. Esther, junto a las dos madres y los familiares fue llevada a la ESMA – Escuela de Mecánica de la Armada-. Fue asesinada en uno de los “vuelos de la muerte” y enterrada como NN en el cementerio de General Lavalle.

En 2005 el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó los restos de cinco personas, entre ellas las tres Madres de Plaza de Mayo: Esther Ballestrino de Careaga, Azucena Villaflor de De Vincenti y María Eugenia Ponce de Bianco.

Ana María Careaga era militante de la Juventud Guevarista. Fue secuestrada el 13 de junio de 1977, a los 16 años de edad, cuando tenía un embarazo de menos de tres meses, fue llevada al Centro Clandestino de Detención –CCD- “Club Atlético”. Fue liberada el 30 de septiembre del mismo año. Se exilió en Suecia, donde el 11 de diciembre nació su hija Anita.

Ana María fue encapuchada, desnudada, golpeada, le aplicaron descargas eléctricas en el cuerpo, en la vagina, en el ano, fue colgada de los brazos y piernas, le colocaban bolsas de plástico en la cara, y la quemaron con cigarrillos. Después de los primeros días fue colocada en un pasillo, maniatada y encapuchada.

En su testimonio señaló el especial ensañamiento que empleaban con los prisioneros de ascendencia judía, acompañados permanentemente de la transmisión de discursos de Hitler. Relató el modo en que se realizaban los traslados, los prisioneros eran llamados por el número que tenían asignados, debían dar un paso al frente, girarse y colocar la mano sobre el hombro del compañero o compañera que tuvieran delante, y, avanzar al destino que todos intuían.

«La Argentina durante la dictadura fue un país sembrado de campos de concentración. Buscaban la despersonalización (a los detenidos los llamaban por una letra y un número) y el aislamiento total absoluto. El método por excelencia era el interrogatorio y la tortura. Estando en esas circunstancias lo único que querés es morirte, porque no te podés defender ni hacer nada. Ellos lo saben, fíjate el grado de sofisticación y avance que tenían, que te decían sin que vos les diga nada ´nosotros sabemos que te querés morir, pero no te vamos a dejar para seguir torturándote.´ Te decían que tenían todo el tiempo del mundo porque nadie sabía dónde estabas», cuenta Ana María.

En un trabajo de investigación posterior y junto a otros sobrevivientes del Club Atlético, ha podido reconstruirse la lista de detenidos-desaparecidos y también la de los represores que actuaron en dicho campo, calculándose en 1500 los prisioneros que pasaron por ese centro clandestino de detención; de los 300 sobrevivientes están contactados entre sí 220.

Ana María Careaga, narra su impresión sobre el proyecto de recuperación del Centro Clandestino de Detención Club Atlético: «Cuando comenzaron las excavaciones y vinimos acá, ninguno de nosotros tomó conciencia de la dimensión de esto. Ese día nadie pensó que era como levantar una tapa y encontrarse con eso tan intacto. El grado de impunidad era tal, que plantaron la columna que sostiene a la autopista dentro de un cuartito de un campo de concentración. Cuando cuento mi testimonio siento que no hay palabras para la muerte. Tengo a mi mamá y a mi cuñado desaparecidos.

La desaparición no tiene figuras, no podés hacer el duelo, no tiene respuestas, no tiene palabras, nunca terminás de elaborarlo. Uno, al tener un familiar desaparecido, tantas veces se pregunta ¿dónde estará? ¿qué le estarán haciendo? ¿cómo estará? ¿qué habrá pensado? ¿cuándo se lo llevaron? ¿qué le hicieron? Son preguntas que nunca te podés contestar. Es tremendo cuando veo a los familiares que miran para abajo y dicen acá estuvo mi hijo o mi padre. Esto es parte de la memoria y de la lucha por la justicia. Con la verdad sola no alcanza, tiene que haber fin de la impunidad. Es una deuda pendiente del conjunto de la sociedad argentina».

Ana María es Lic. en Psicología, psicoanalista, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires –UBA-. Actualmente, Ana María ocupa el cargo de directora ejecutiva del Instituto Espacio para la Memoria (IEM).

Esther, Ana María y Anita / En la memoria de su nieta

«Mi nombre es Ana Fernández, llevaba menos de tres meses en la panza de mi mamá, Ana María Careaga, cuando fue secuestrada en una céntrica esquina porteña y trasladada a un Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio, donde fue brutalmente torturada. Tenía 16 años. Nadie sabía dónde estaba. Estaba desaparecida.

Mi abuela Esther Ballestrino la buscaba con desesperación, ninguna autoridad daba respuestas. Junto a otras madres cuyas hijas e hijos también habían desaparecido decidieron unir fuerzas para resistir frente a lo más terrible que puede vivir una madre, iniciando un movimiento que sería imparable, las Madres de Plaza de Mayo.

El 30 de septiembre mi abuela recuperó a su hija, lastimada y desnutrida, pero con su panza de casi siete meses. Pese a todos los pronósticos yo me aferraba a la vida. Madre e hija, panza mediante, se fundieron en un abrazo infinito e insuficiente, inundado de lágrimas y de amor. Un abrazo que nunca alcanzó. La ignominia genocida persistía.

Mi abuela mujer solidaria y luchadora, nos puso a salvo y volvió con las madres… “Hasta que aparezcan todos…” dijo.

La secuestraron, la desaparecieron, la arrojaron con vida al mar en los macabros vuelos de la muerte. El mar devolvió esos cuerpos y fue enterrada como NN. Mientras, la familia la buscaba.

Mi mamá la buscó incansablemente, como mi abuela la había buscado a ella. Sus restos fueron identificados en el año 2005 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Hoy, sus hijas, sus nietxs y sus bisnietxs, continúan reivindicando su ejemplo».

 

🇦🇷 Escucha el Podcast de Anita Fernández aquí: 🔊 https://bit.ly/3keIJlL

 

Aún caminan conmigo

Teresa Parodi

Aun caminan contigo,
Aun caminan conmigo,
Los que nunca se fueron,
Los que nunca se han ido.

Hasta el fin de los tiempos,
Los desaparecidos,
Los compañeros nuestros,
Nuestros seres queridos.

Van contigo y conmigo.
No contaban con eso,
No han desaparecido,
No pudieron con ellos,
Ni pudieron contigo.

Aun están con nosotros,
Todavía más vivos,
Nunca desaparecen
Los desaparecidos.

Ellos saltan las rejas,
Ellos salen del río,
Y derriban los muros,
Van contigo y conmigo.
Más allá del silencio,
Más allá del olvido,
Los compañeros nuestros,
Nuestros seres queridos

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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