Cuba: Tres tardes y dos noches con el cuello en rojo

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Por Mario Ernesto Almeida Bacallao.

Mientras escribo, Ariel Díaz canta, leve y sublime, canta, leve… y periodistas de algún medio extranjero fotografían el dorso de mi casa de campaña. Es, sin lugar a dudas, una rareza lo que ven… y una vez y otra a mi casa de campaña “embisten”. El Gitano, con dos pinzas de contrabando, colocó allí un cartel, un trozo de cartulina blanca que se pregunta con suramericana pasión para qué carajos servirá la Utopía.

Cuatro adolescentes —¿niños?— se han acercado y aquí parados andan, tras los más o menos treinta que a esta hora quedamos por acá. Fuimos unos cuantos más, hace no mucho. Tal vez mañana vuelvan quienes partieron u otros lleguen; no se sabe. Nada se sabe, piensa uno y ríe al cavilar en lo que en realidad sí se sabía. Hay cosas que se saben e incluso así cerramos los ojos y hacia el frente –cruda palabra, frente— vamos. Lluvia, linchamiento, manipulación… sabíase, sí; fueron claros los partes.

A Ariel se le partió una uña y ahora canta una de Silvio. Después del agua fuerte, el mar queda calmo y también calmo queda el parque, treinta para las once, mojadas nalgas y, en la casa de campaña, un cartel y, en la casa de campaña, la mochila, con sus nalgas igualmente húmedas, quizás chorreantes y, dentro, empapado: el abrigo; mojados: los bordes de computadora.

Las puntas de las que el cartel pendía quebradas fueron por la lluvia, pero —¡qué cosa!— tanta agua tragó la infortunada cartulina que, aún con extremos fracturados —la fractura… feliz destino para los extremos—, ha quedado fijada al nailon de la tienda. Como suspendida al aire, levita la cartulina y, en ella, la dichosa pregunta…

El fotógrafo de AFP se acerca y se aleja y no entiende o sí o qué sé yo… y sigue ametrallando imágenes que quizás mañana den la vuelta al mundo o que en realidad no les darán la vuelta a nada, mañana no, porque tres gatos en el parque escueto de cualquier país no deben ser noticia o porque, quién sabe, algún jefe o jefa de información advertirá peligroso mostrar que, en Cuba, la compleja y difícil Cuba, la misma agua que te rompe… te sostiene.

También es probable que, en el afán de separar tanto las cosas, los poderes, el trabajo, las artes, las gentes… hayan decidido, igualmente, separar el periodismo de la poesía o el periodismo de la militancia. Por suerte, desde Martí, en el Caribe nos venimos cagando un poco en todo eso.

Se va la prensa y una muchacha viene a mí. Me pide fuego. Al fin se fueron, dice, para poder fumar. Esta chiquilla está aquí jugándose el nombre y la garganta y todavía teme que sus padres la encuentren en una fotografía con cigarro en boca. No es que me sorprenda. Hace seis años, en una cafetería perdida de Matanzas, escuché a un viejo contar que, al bajar de la Sierra Maestra, con barba, grados y más barba, después de herir y ser herido, después de matar, prendió un cigarro en frente de su padre. “Yo sé que tú llevas años con el humo saliéndote de las narices, pero solo ahora eres lo suficientemente hombre como para hacerlo delante de mí”.

¿Tú quién eres?, dice ella. Un rato atrás, alguien me preguntó a qué colectivo pertenecía y comencé a balbucear, sin responder, al fin y al cabo, nada. Mientras caminábamos dando gritos por la calle Obispo, escuché a más de uno interrogar: ¿qué es esto?

Se trata, ciertamente, de preguntas difíciles de responder. En los próximos días, habrá prensa seria que insista en que nos mandó el gobierno, se referirán a nosotros como un «grupo de jóvenes», habrá quien asegure somos ridículos, oportunistas, privilegiados… que vinimos de campismo, que Marx se volvería destornillado de la risa a su tumba o que Rosa Luxemburgo tendría a bien palmear nuestras mojadas nalgas.

Paradójicamente, muchos no encontramos aún respuestas precisas, conscientes de que somos tantas cosas, de que venimos de tantas partes y en nombre de tanta gente, que quizás entre nosotros mismos coexistan al minuto que corre verdades irreconciliables entre sí.

Un cubano-chileno ha tocado su guitarra y otro, también del Cono Sur, acaba de leer varias cuartillas donde contextualiza a Cuba y propone lo que esta tendría que hacer para salvarse. Todos hemos llegado hasta aquí con fórmulas, puede que muchas, también, incompatibles. Se verá…

Ahora solo nos dejamos llevar por la lívido de la noche escampada y la trova suave de Raúl Torres que nadie sabe cómo llegó, pero aquí está, encorvado en el quicio, con las canciones más bellas de la tierra que una vez compuso y otras no suyas, superlativas también en cuanto a aquello de lo hermoso.

Cuando estos músicos marchen, quedará más tímida aún la madrugada y de entre nosotros saldrá otra guitarra y de entre nosotros poesía y canto suave, guitarra, poesía, como para no pensar y sentir, solo sentir… la frialdad del granito que se cuela por las plantas descalzas de los pies, que en su momento pidieron desertar del cuero mojado del zapato.

Nicolás, un negro viejo y flaco con la cabeza a dos metros del suelo, se ha quedado entre nosotros y ha pedido la palabra, solo para decir que se siente bien, que extrañaba esto, que esto es lo suyo… y ha malrecitando una canción de Silvio.

Adriana habla de su proyecto y de su casa de alquiler en Trinidad, cuenta que se siente esclava de su trabajo en el alquiler, pero que lo necesita para sobrevivir. No obstante, insiste, ha descubierto que lo más valioso que tiene es el tiempo y la poesía. Por eso limpia, dobla sábanas y sonríe para rostros foráneos, al tiempo que engendra un arte al que no se atreve poner precio. Nosotros decidimos, dice, convertir el dinero en poesía y no la poesía en dinero, como normalmente ocurre.

Cierta vez, cuenta, una española intentó comprarle un libro artesanal de los que hacen en “Callejas”, así se llama su proyecto. Adriana le explicó que no podía venderlos, en primera instancia, porque no eran para vender y, en segunda, porque cada uno había sido elaborado pensando en la persona a la que se regalaría. Eran libros, como quien dice, prometidos. La ibérica continuó insistiendo y colocando cifras sobre la mesa: veinte, cuarenta, ochenta, cien, ciento cincuenta, ciento ochenta, doscientos… Y no puedo creer, espetó cansada, que exista algo en Cuba que yo no pueda comprar.

Me temblaron las piernas, recuerda, necesitaba el dinero, pero no me dio la gana.

Ahora somos un puñado de siete o seis tirados al suelo, compartiendo cigarros maltrechos por la lluvia, que se fue hace horas, cierto, pero nos dejó un temblor cansino pegado al cuerpo y el agua en los zapatos y en el pantalón, que de a poco seca sobre nuestras canillas.

Dime León Azul, insiste Dichel. Ese es su nombre en Telegram y por el cual, al parecer, casi todos lo conocen. Dichel se pone a hablar sobre los días que pasó internado en un centro de aislamiento. Aquello estaba, recuenta, tan sucio que llamé al médico para que me explicara. Me dijo que solo había dos voluntarios para limpiar todo aquello, porque nadie quería estar allí.

Mira —recrea él—, te voy a decir dos cosas: la primera es que en cuanto salga de aquí, sin reposo ni nada porque yo sé que mi PCR tuvo que estar mal y yo no estoy enfermo ni ocho cuartos, voy a entrar de voluntario; pero antes de eso, voy a ir a ver a la secretaria del Partido del municipio para hablar de lo que está pasando, porque el trabajo de ella es que haya gente ayudando aquí, más aún cuando tantos estudiantes andan sin ir a la escuela, cuando tantos trabajadores están cobrando un salario sin salir del sillón de su casa.

Y así fue, continúa. Salí del centro de aislamiento y fui directo para el Partido municipal. Me quería atender otra gente pero me puse en tres y dos hasta que me atendió la que era. Le dije que aquello era una falta de respeto, que qué clase de trabajo político estaban haciendo. Su respuesta fue que había mandado la convocatoria a los centros de trabajo pero la gente no quería y entonces le dije que aquello era cualquier cosa menos convocar. Yo entré de voluntario y, “mágicamente”, aparecieron unos cuantos más para trabajar conmigo.

Tras escuchar esto, pensé en todos los estudiantes y profesores de la Universidad de La Habana, así como de otras, por supuesto, que entramos como voluntarios dos, tres, cuatro veces, más, muchas… a centros de aislamiento; pensé en Robe y en Dana que, en la Universidad de Matanzas, llegaron a cumplir once rotaciones sin cobrar un centavo. Pensé también que éramos muchos si —y solo si— sacábamos una cuenta burda y escuálida, porque en la matemática real no fue un gran porciento del estudiantado y del profesorado el que se “aventuró”. De haber sido así, ninguno de nosotros habría tenido que catar tantas veces la asfixia del traje protector, las mascarillas, la careta… y quizás nuestros compañeros y compañeras de estudio no nos mirarían asombrados cuando contamos que el cloro ya es parte de nuestra memoria afectiva; quizás el centro de aislamiento en el que fue atendido León Azul, al parecer no respaldado por universidad alguna, no habría tenido solo dos voluntarios para limpiar todo aquel monstruo.

Pienso también en una reunión de la UJC, en la Facultad de Comunicación, la mía, allá por los tiempos en que el futuro pandémico que fue solo habría podido imaginarse en distopías literarias. Pienso en esa reunión, sí, y no olvido al compañero nuestro que nos llamó a ser realistas y a convencernos de que aquello de ser la vanguardia era muy bonito, pero resultaba imposible y, por tanto, debíamos abortar la idea, que no podíamos aspirar a ser la dichosa vanguardia.

El futuro, como un perro sanguinolento, apareció. No hizo falta la “impracticable” vanguardia de los estatutos de la UJC, solo hizo falta ayuda, y “no podemos aspirar a ser la vanguardia”, sentí que volvían a decirme aquellos ojos y los de tantos…

Seguimos aquí tirados… Hay quien solo mueve la cabeza y escucha, hay quien retorna a pedir la fosforera, en tanto nos volvemos a preguntar cuán locos estamos para seguir tirados al suelo, mientras los reflectores de algún cabaret dibujan neuróticas ruedas en el cielo empedrado y rojizo.

Qué hacemos aquí nosotros, con veinte o treinta años, pero fundamentalmente, qué rayos hace aquí Margarita, nacida el catorce de agosto de 1954, a sus sesenta y siete, sentada a las cuatro de la madrugada sobre estas lozas de granito sucio, Margarita, que pronto se irá a dormir dos horas en una de las casas de campaña, sobre este mismo suelo recio, para despertar a las seis, sonreír por vernos aún despiertos y volver a pedir la fosforera. Qué está haciendo aquí el Gitano, o José, como en verdad se llama, de sesenta años, padre de Adriana, artista plástico, rotulador de carteles que dejan en shock a reporteros pagados por agencias internacionales.

Y nuevamente alguien se acerca a preguntar tu nombre.

Con las primeras luces, ha llegado otro aguacero fuerte que limpia las legañas a esta ciudad en la que el último ojo jamás cierra.

Han pasado semanas de todo esto y he descubierto mi reciente temor, irracional quizás, como todos los temores, a la lluvia. En los poros quedó cierto escalofrío guardado que sale como un dolor de huesos resentidos cuando el cielo amenaza. ¿Estaré siendo un poco más cobarde? ¿Estaré acaso alcanzando mayor consciencia de mis debilidades corpóreas?

Han pasado semanas y todavía retumban preguntas de difícil respuesta. ¿Quiénes éramos, a qué fuimos? Con piadosa lástima, varios amigos me han dicho que nuestras “buenas intenciones” habían sido saboteadas de distintas maneras. Saboteadas por la visita del presidente, saboteadas por la “verdad” de los medios, por el contexto… Nadie saboteó nada, he dicho.

Desde la Tángana del Trillo, vengo sospechando que cada cual se acerca en busca de lo que dictan sus predisposiciones y, más o menos, por lo general, con mayor o menor suerte, cada cual lo encuentra.

De mi cabeza no sale aquella periodista que apareció el domingo, grabadora en mano, a preguntar qué nos parecía cerrar con la presencia del presidente de la República. Lo primero que urgió aclarar fue que aquello no era el cierre de nada. Y que sí, estábamos satisfechos con que el presidente nos acompañase unos minutos en una causa que, sentimos, es también la suya; pero que algunos andábamos algo incómodos por todo lo que tras el presidente llega.

Algunos vimos llegar personas con pulóveres conmemorativos que ni siquiera tuvieron la decencia de “empañolarse” el cuello, personas que impusieron un ritmo estruendoso, ajeno al espíritu de lo que estábamos haciendo; personas que comenzaron a gritar consignas cuando menos falta hacía, cuando menos encajaba; personas de rasgos similares a las que, he comprobado, gritan solo para que alguien de arriba las escuche y para que “nadie se equivoque” con lo que está pasando o su signo; personas que suelen entonar todo el tiempo que las calles son de los revolucionarios, pero que sin una orden, sabrá Dios con cuántos grados de aprobación, resultan incapaces de tomar las calles, aun cuando las calles lo piden; personas que con el presidente llegan y después del presidente parten; personas ante cuyos gritos, sospeché, desconocían en aquel minuto a qué huele el cuero tras tres soles y dos lunas de lluvia intermitente; personas que nos recuerdan las palabras de Villena cuando le contaba a su Asela del “nauseabundo ambiente burocrático, donde viven tipos tan repugnantes como espiones policiales, y a los cuales hay sin embargo que aguantar y considerar como ‘compañeros’”.

La periodista tenía cerca de setenta años y representaba a un medio radial. Comencé a hablarle de algunos de nuestros motivos, de algunos muy míos, ciertamente, de algunos de nuestros conceptos, puntos de partida, móviles, tácticas, herramientas y estrategias, a decirle que yo estaba allí no solo como un simple estudiante de quinto año de Periodismo, que también estaba en nombre de mis ocho bisabuelos: de una guajira que tuvo que vender su voto en las presidenciales para que su hijo enfermo recibiera, en el acto, una cama de hospital; de un campesino carretero que entregó voluntariamente su trozo de tierra en medio de pasiones que la cruda vida fue degastando, hermano, a su vez, de otro que loco volvió, porque prometió en nombre propio lo que la Revolución no pudo cumplir, tan noble siendo, que la locura se apoderó de él antes de que comprender pudiera que las revoluciones, por muy grandes que sean, tardan mucho en ser todo lo grandes que el pueblo necesita; bisnieto de un guajiro que, empírico, tocaba música con su conjunto y ayudaba a pulir sillones de carpintería, bisnieto de su esposa… de quien nada sé; bisnieto de una obrera del calzado que aún nadie sabe cómo negoció para que su hijo estudiara en el Sagrado Corazón, bisnieto de un abakuá, también obrero del calzado; bisnieto de una canaria que escapó de la guerra española escondida en un barco, sin decir adiós a sus padres; bisnieto de un guajiro que escuchó los tiros del cuartel Goicuría y que, en la madrugada siguiente, mientras ordeñaba su vaca, vio a un muchacho escuálido que huía de la avioneta que rasgaba el monte, un chiquillo que le pidió un sombrero de yarey para escapar y llegar hasta La Habana. Candelario, así se llamaba mi bisabuelo, le dio el único sombrero que tenía, el suyo, el que llevaba puesto, y el joven se marchó sin que jamás se volviera a saber, ni para bien ni para mal, del dichoso sombrero.

También yo estaba ahí, le dije, en nombre de mis cinco abuelos, de Jesús y Rosa y Jorge, miembros de ínfimo grado, años hace, del Ministerio del Interior; de Delia y Mario, campesina devenida ama de casa y bodeguero, que en esencia entrañaban aquella poética y necesaria “Unión obrero-campesina” que aún da nombre a la última bodega donde abuelo tuvo fuerzas para trabajar.

Mis abuelos, en sí, representan las brechas sociales de la Revolución, una Revolución que culturalmente no siempre ha podido llegar a todos al mismo tiempo o con la misma fuerza, porque cuando la guajira Rosa, primer expediente de su curso, quiso ir a estudiar para Minas del Frío, sus padres le dijeron que ella era mujer y que no tenía nada que hacer tan lejos de la casa; pero la vida se las trae y mi abuela… siempre tuvo cosas que hacer lejos de la casa, porque casarse y tener dos hijos siendo adolescente, fatalidad sí permitida por sus padres, la llevó a trabajar lejos desde el minuto cero; mi abuela… que hasta el sol de hoy, con su luz, me sigue recordando, a partir de lo que vivió, que los ricos se fueron, que muchos militaron en el Partido y en la UJC mientras tuvieron privilegios por ser hijos y nietos de mártires, que gracias a esto, muchos que no tenían nada hoy tienen bastante, y que muchos se “viraron” cuando la ecuación dejó de ser ganar-ganar, que los pobres se hicieron gente, pero que hubo pobres que ni en la vacas gordas dejaron de ser pobres. Mi abuelo… que cuando fue a empezar la universidad, allá en los sesenta, tuvo que dejarlo todo para comenzar a trabajar y mantener a la familia; mi abuelo, parte del “lumpen” que llegó hasta las puertas del Mariel y no abordó la lancha, mi abuelo, que cuando mi padre dudó en dejar la universidad para tomar un trabajo bien remunerado, le gritó tres malas palabras y no permitió que el error o la impotencia o la soledad de sueños mancos trascendiera de su historia a la de su hijo.

Eso, yo estaba en nombre de mis abuelos, de sus complejidades y contradicciones, de sus virtudes, certezas y fracasos, de mis abuelos que soñaban con ser médicos y no pudieron, pero que sí lograron que sus hijos lo fueran, yo estaba ahí pujando para que los médicos y periodistas de hoy no olviden que son hijos y nietos y bisnietos de campesinos y obreros, y también para que los hijos y nietos y bisnietos de los campesinos y obreros de hoy, si así lo quieren, sean médicos y periodistas y estudien sin pagar un centavo en universidades de música, consciente de que la no profundización del proceso que lo hizo posible, puede equivaler, a la larga o a la corta, a la desaparición de esos derechos que el pueblo, a riesgo de todo, en sus defectos, dudas, furias y esperanzas, levantó con sus propias manos.

   referirse a la Cuba posible, de posibles ensueños, de posibles tristezas, que sus hijas habrán de vivir, construir, sufrir, luchar.

Yo confío en esa gente que llora; no en el llanto histérico y escandaloso, sino en ese que llega imperceptible y te quebranta la voz, ese llanto que, en vez de al grito, se lo juega todo al silencio, como aquel de Luis Emilio Aybar, meses atrás, recuerdo, cuando hablaba de su madre.

Luis Emilio, el segundo día, dio un discurso con el altavoz en mano. Los altavoces no sirven de nada cuando se habla en tono llano, los altavoces tienen alma de revuelta, de discurso a pecho abierto, de alarido, por eso se precisa casi gritar para que propaguen las vibras. Yo he escuchado y leído muchas veces a Luis, sé lo que piensa, las revoltosidades que pueblan el cráneo suyo, poblado también por pelos revoltosos.

Ayer un amigo me dijo que, con mis pelos, me parecía a aquel chamaco que habló en la Sentada, que tuviera cuidado, se reía, no vaya a ser que un día me matasen por confundirme con aquel. Nos matarán, entonces, por lo mismo, respondí, porque Luis Emilio dice y escribe muchas cosas que yo también pienso y porque Luis Emilio grita un arriba el poder popular con la misma fuerza con que grita un abajo la corrupción y el burocratismo. Yo he visto a Luis Emilio llorar y gritar y hablar calmo y reírse.

Retornando a los viejos, hay que decir que, cuando habíamos recogido las tiendas, en la tarde del domingo, aparecieron dos señoras mayores con bastón, disculpándose porque la lluvia no les había permitido llegar en la mañana y “¡qué cosa!, ahora llegamos y todo acabó. Teníamos que venir a acompañarlos, porque esto que están haciendo ustedes lo hicimos nosotras también, esto y más, a los veinte”.

Mientras nos agolpábamos para desarrollar el resumen, apareció un hombre maduro que, al escuchar la edad del Gitano, pidió la palabra y dijo: “él tiene sesenta, pero yo tengo cincuenta y nueve y también tenía que venir, aunque fuera solo hoy, porque tenía compromisos de trabajo”, como también pidió voz una mujer de unos cincuenta, con su hijo pequeño, y creo que algo lloró mientras decía que vino para que su hijo supiera y sintiera, para que su hijo…

Esos no-jóvenes no llegaron hasta allí solo en el nombre de sí mismos; tampoco lo hicieron Gisselle o Anisia o Camilo, un mulato de acento colombiano al que Cuba hizo médico, cuando, en la tarde del sábado, a lo Paulo Freire, intentaban subvertir a los niños y niñas, a los tembas, a los viejos y viejas que pasaban, en cuanto a la problemática de la mujer, que es, también, una problemática de hombres. Ellas y él también llegaron en nombre de mucha gente, a intentar cumplir una promesa que les precede, pero que, por mística, consciencia y asunción, les involucra.

Más que un fin de semana, la sentada resultó meses de guerra, de tiranteces, de negociaciones, de fuerza, decepción, diálogo, convencimiento… instantes de sentir, algunos, según me dijo una muchacha: “si no nos dan permiso me voy a sentar de todas formas”, porque hay fuerzas casi telúricas que calan el espinazo, porque hay quien que no aguanta que digan “los cubanos piensan” para decir lo que ella, cubana, no piensa.

La Sentada fue un reclamo a la pasión, al sueño, a la fe… combustibles indispensables para los pueblos que llegamos tarde a la repartición de privilegios, para quienes fuimos convertidos —por quienes pretenden que así sigamos— en parte del botín. La pasión, el sueño, la fe… que a veces quedan dormidos y se precisa, entonces, de una cruda y tierna sacudida, una bofetada… que los —nos— despierten.

Tomado de Cubahora/ Fotos: Yaimi Ravelo/ Archivo Resumen Latinoamericano.

cubaenresumen

Corresponsalía en Cuba de Resumen Latinoamericano

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